/ viernes 21 de febrero de 2020

"Hemos perdido la libertad", así vive una mexicana en China en los tiempos del coronavirus

En las calles los controles, los tapabocas, drones rociando desinfectante… Así es la nueva realidad en las ciudades chinas

Hay ocasiones en las que sólo hace falta una llamada para alterar el rumbo de las cosas. Como si se tratara de un trueno que de pronto cae y deja todo en penumbras. No recuerdo bien cuándo, aunque de lo que sí estoy segura es que fue en una llamada de mi suegra en la que escuchamos por primera vez hablar de un virus peligrosísimo descubierto en China, un virus de fácil contagio que ya había infectado a mucha gente. Mi esposo la escuchó, pero no le dio mucha importancia, y quiso creer que se trataba solo de uno sus tantos intentos para que regresáramos al continente americano. La distancia es dura y entiende poco de razones.

Vivimos en Kunming, una ciudad al sur de China en la que la vida suele ser más bien tranquila. El año comenzó con esperanza, como todos. Estábamos emocionados de que las vacaciones del Año Nuevo chino empezaban y había grandes planes en puerta. En lo personal me hacía ilusión disfrutar más de la naturaleza y sus paisajes, compartir esos momentos con mi hija y que ella descubriera el valor incalculable del mundo.

Estaba previsto que en el primer día del Año Nuevo los feligreses acudieran al templo a realizar los rituales de turno. Foto: AFP

Llega la tormenta

En realidad, nadie en la ciudad hablaba del virus. En los grupos de WeChat, algo así como el Facebook chino, ni siquiera se mencionaba el tema. Recuerdo que al día siguiente de la llamada de mi suegra organizamos una reunión con nuestros amigos. Nos divertimos con juegos de mesa, comimos como nunca, reímos, hablamos de nuestros planes y agendamos más reuniones a lo largo de las vacaciones. No teníamos ni idea de que China iba a cambiar tanto en tan poco tiempo y que ninguno de nuestros planes se iba a realizar. El coronavirus llegó como una tormenta que al poco tiempo nubló el cielo despejado de Kunming y la convirtió en una ciudad fantasma.

Con el paso de los días la avalancha incontenible de rumores sobre el virus fue tomando fuerza. En las redes sociales comenzaron a aparecer noticias llenas de pánico y alarma provenientes de Wuhan, una ciudad ubicada a poco más de mil 500 kilómetros, pero cuando se trata de una emergencia sanitaria ninguna distancia parece suficiente.

Entre las publicaciones había una recurrente con recomendaciones para evitar el contagio y el tipo de tapabocas adecuado para estas situaciones. La histeria se fue apoderando de todos, incluso, algunos administradores de grupos de WeChat tuvieron que pedir que no se compartieran noticias de fuentes no oficiales. En este país la libertad de expresión no existe y si al gobierno no le gusta lo que publicas puedes enfrentar problemas legales.

Foto: AFP

Como siempre ocurre en esta clase de contingencias, el desabasto suele ser el primer síntoma de que algo grave está por ocurrir. En el caso de Kunming la crisis no fue con los alimentos, sino con los cubrebocas. Fue cuando no quedaba ninguno que nos dimos cuenta de que todo era real, que estábamos inmersos en una situación de emergencia. Cada día que pasaba la sensación de anormalidad crecía. A los locales cerrados por el Año Nuevo chino se le fueron sumando el miedo, las cuarentenas forzadas, las historias surreales de aviones echando desinfectante allá en Wuhan. Lo que antes era un rumor se convirtió con vértigo en la pesadilla de un país entero.

Una noche, acostados en la cama, con el sueño lento, comenzamos a pensar en la posibilidad de escapar. A buscar incesantemente vuelos a México o a Estados Unidos antes de que los cancelaran y fuera demasiado tarde. Empezamos a imaginarnos qué pasaría si alguno de los dos se enfermaba, o peor aún, si nuestra bebé contraía el virus.

Foto: AFP

Pasamos dos días planeando, organizando, pensando y dándole vueltas hasta que decidimos que no, que no podíamos irnos, que ya habíamos convertido este país en nuestra casa y no queríamos empezar de cero en otro lado. Además, viajar y pasar por al menos dos aeropuertos podría resultar aún más peligroso que quedarnos en casa. Pero más allá de todo, no nos gustaría volver a México, al menos no por ahora. Este virus no me asusta más de lo que me asustan la violencia e inseguridad allá.

"Estamos aburridos"

A China llegué hace poco más de dos años para enseñarle a una familia a hablar español, y nunca más quise irme. Cuando me entra la melancolía estando aquí y quisiera irme a casa, siempre me pregunto realmente dónde es mi casa. Y la respuesta termina por ser la misma, que mi casa está aquí, en China. Ésta es una tierra de contrastes, o la amas o la odias. Este país no es para todos. Yo misma detestaba vivir acá cuando apenas llevaba un año, y mírenme ahora, aquí estoy, alargando mi estancia cada vez más, porque si de algo estoy segura es que en ningún país me he sentido tan segura como me siento aquí. Acá caminas sola en la madrugada con la seguridad de que lo peor que te puede pasar es perderte.

Con la decisión tomada afrontamos la cuarentena. El gobierno pide salir lo menos posible y eso hemos hecho. Fue hace unos días cuando fui por primera vez al supermercado. Eran casi las 7 de la noche y las calles estaban vacías, el centro comercial estaba cerrado y todas las luces apagadas a excepción de la puerta que te lleva al supermercado subterráneo. El silencio era absoluto, casi abrumador, como si se tratara de una película del fin del mundo, de esas que te presentan un panorama oscuro y desolador.

Foto: AFP

Las pocas personas que compraban en el supermercado llevaban tapabocas y guantes, sin excepción. Me dio pavor rascarme la cara a pesar de la comezón que sentía en la frente. Me aterraba hasta empujar el carrito porque la sola idea de pensar que alguien enfermo lo había ocupado horas antes era más fuerte que todo. Si alguien estornudaba o tosía cerca de mí inmediatamente aguantaba la respiración y me alejaba lo antes posible.

Si algo nos ha enseñado el coronavirus es que el gobierno lo controla todo. En las calles de vez en cuando se ven drones rociando desinfectante. Los rumores eran ciertos. En los edificios, quieras o no, los encargados de seguridad te toman la temperatura, y por regla, a la entrada de los lugares públicos se debe escanear un código QR con la intención de ubicar a futuro a las personas infectadas, y calcular así las posibilidades de contagio. Pese a todo, la vida intenta seguir su curso. Algunas personas han comenzado a trabajar desde casa y los niños regresaron a clases mediante plataformas en línea. En China el tiempo es un misterio.

Foto: AFP

No nos ha dado el sol en días, semanas quizá, ya ni las cuento. Al principio mi bebé se acercaba a la puerta con su bicicleta lista para salir a jugar, ahorita ya no estoy segura si extrañe ir a los juegos o ver los papalotes, pero sé que se aburre a pesar de todas las actividades y juegos que me he inventado. Yo he tenido días buenos y no tan buenos, hay veces que me dan ganas de meterme a la cama y no moverme en todo el día, pero no sería justo para mi bebé.

Decidí ya no leer noticias ni checar los comentarios que hablen del virus, al menos no tan frecuentemente como en los primeros días. Ya ni sé cuántos infectados hay en esta ciudad o si el aeropuerto sigue abierto o no. Estamos aburridos, muy aburridos. Mi esposo y yo nos hemos creado una rutina para mantenernos ocupados, distraídos y activos y sobretodo para no perder la cabeza. Habíamos querido tener una rutina desde que volvimos a China por tercera vez hace unos meses y no fue sino hasta ahora, y por culpa de un virus, que lo logramos. Leemos, bailamos, cocinamos, horneamos, hacemos yoga, vemos películas, jugamos… ¡Vaya!, estamos viviendo una vida que muchos quisieran pero que no tiene mucho sentido porque hemos perdido la libertad.

Foto: AFP

Dato

Kunmíng es la capital de la provincia de Yunnan en la República Popular China, ubicada en el extremo suroeste del país limita con Vietnam,Laos y Myanmar; la ciudad esta situada en el extremo norte del lago Dian y tiene una población de más de cuatro millones de habitantes.

Hay ocasiones en las que sólo hace falta una llamada para alterar el rumbo de las cosas. Como si se tratara de un trueno que de pronto cae y deja todo en penumbras. No recuerdo bien cuándo, aunque de lo que sí estoy segura es que fue en una llamada de mi suegra en la que escuchamos por primera vez hablar de un virus peligrosísimo descubierto en China, un virus de fácil contagio que ya había infectado a mucha gente. Mi esposo la escuchó, pero no le dio mucha importancia, y quiso creer que se trataba solo de uno sus tantos intentos para que regresáramos al continente americano. La distancia es dura y entiende poco de razones.

Vivimos en Kunming, una ciudad al sur de China en la que la vida suele ser más bien tranquila. El año comenzó con esperanza, como todos. Estábamos emocionados de que las vacaciones del Año Nuevo chino empezaban y había grandes planes en puerta. En lo personal me hacía ilusión disfrutar más de la naturaleza y sus paisajes, compartir esos momentos con mi hija y que ella descubriera el valor incalculable del mundo.

Estaba previsto que en el primer día del Año Nuevo los feligreses acudieran al templo a realizar los rituales de turno. Foto: AFP

Llega la tormenta

En realidad, nadie en la ciudad hablaba del virus. En los grupos de WeChat, algo así como el Facebook chino, ni siquiera se mencionaba el tema. Recuerdo que al día siguiente de la llamada de mi suegra organizamos una reunión con nuestros amigos. Nos divertimos con juegos de mesa, comimos como nunca, reímos, hablamos de nuestros planes y agendamos más reuniones a lo largo de las vacaciones. No teníamos ni idea de que China iba a cambiar tanto en tan poco tiempo y que ninguno de nuestros planes se iba a realizar. El coronavirus llegó como una tormenta que al poco tiempo nubló el cielo despejado de Kunming y la convirtió en una ciudad fantasma.

Con el paso de los días la avalancha incontenible de rumores sobre el virus fue tomando fuerza. En las redes sociales comenzaron a aparecer noticias llenas de pánico y alarma provenientes de Wuhan, una ciudad ubicada a poco más de mil 500 kilómetros, pero cuando se trata de una emergencia sanitaria ninguna distancia parece suficiente.

Entre las publicaciones había una recurrente con recomendaciones para evitar el contagio y el tipo de tapabocas adecuado para estas situaciones. La histeria se fue apoderando de todos, incluso, algunos administradores de grupos de WeChat tuvieron que pedir que no se compartieran noticias de fuentes no oficiales. En este país la libertad de expresión no existe y si al gobierno no le gusta lo que publicas puedes enfrentar problemas legales.

Foto: AFP

Como siempre ocurre en esta clase de contingencias, el desabasto suele ser el primer síntoma de que algo grave está por ocurrir. En el caso de Kunming la crisis no fue con los alimentos, sino con los cubrebocas. Fue cuando no quedaba ninguno que nos dimos cuenta de que todo era real, que estábamos inmersos en una situación de emergencia. Cada día que pasaba la sensación de anormalidad crecía. A los locales cerrados por el Año Nuevo chino se le fueron sumando el miedo, las cuarentenas forzadas, las historias surreales de aviones echando desinfectante allá en Wuhan. Lo que antes era un rumor se convirtió con vértigo en la pesadilla de un país entero.

Una noche, acostados en la cama, con el sueño lento, comenzamos a pensar en la posibilidad de escapar. A buscar incesantemente vuelos a México o a Estados Unidos antes de que los cancelaran y fuera demasiado tarde. Empezamos a imaginarnos qué pasaría si alguno de los dos se enfermaba, o peor aún, si nuestra bebé contraía el virus.

Foto: AFP

Pasamos dos días planeando, organizando, pensando y dándole vueltas hasta que decidimos que no, que no podíamos irnos, que ya habíamos convertido este país en nuestra casa y no queríamos empezar de cero en otro lado. Además, viajar y pasar por al menos dos aeropuertos podría resultar aún más peligroso que quedarnos en casa. Pero más allá de todo, no nos gustaría volver a México, al menos no por ahora. Este virus no me asusta más de lo que me asustan la violencia e inseguridad allá.

"Estamos aburridos"

A China llegué hace poco más de dos años para enseñarle a una familia a hablar español, y nunca más quise irme. Cuando me entra la melancolía estando aquí y quisiera irme a casa, siempre me pregunto realmente dónde es mi casa. Y la respuesta termina por ser la misma, que mi casa está aquí, en China. Ésta es una tierra de contrastes, o la amas o la odias. Este país no es para todos. Yo misma detestaba vivir acá cuando apenas llevaba un año, y mírenme ahora, aquí estoy, alargando mi estancia cada vez más, porque si de algo estoy segura es que en ningún país me he sentido tan segura como me siento aquí. Acá caminas sola en la madrugada con la seguridad de que lo peor que te puede pasar es perderte.

Con la decisión tomada afrontamos la cuarentena. El gobierno pide salir lo menos posible y eso hemos hecho. Fue hace unos días cuando fui por primera vez al supermercado. Eran casi las 7 de la noche y las calles estaban vacías, el centro comercial estaba cerrado y todas las luces apagadas a excepción de la puerta que te lleva al supermercado subterráneo. El silencio era absoluto, casi abrumador, como si se tratara de una película del fin del mundo, de esas que te presentan un panorama oscuro y desolador.

Foto: AFP

Las pocas personas que compraban en el supermercado llevaban tapabocas y guantes, sin excepción. Me dio pavor rascarme la cara a pesar de la comezón que sentía en la frente. Me aterraba hasta empujar el carrito porque la sola idea de pensar que alguien enfermo lo había ocupado horas antes era más fuerte que todo. Si alguien estornudaba o tosía cerca de mí inmediatamente aguantaba la respiración y me alejaba lo antes posible.

Si algo nos ha enseñado el coronavirus es que el gobierno lo controla todo. En las calles de vez en cuando se ven drones rociando desinfectante. Los rumores eran ciertos. En los edificios, quieras o no, los encargados de seguridad te toman la temperatura, y por regla, a la entrada de los lugares públicos se debe escanear un código QR con la intención de ubicar a futuro a las personas infectadas, y calcular así las posibilidades de contagio. Pese a todo, la vida intenta seguir su curso. Algunas personas han comenzado a trabajar desde casa y los niños regresaron a clases mediante plataformas en línea. En China el tiempo es un misterio.

Foto: AFP

No nos ha dado el sol en días, semanas quizá, ya ni las cuento. Al principio mi bebé se acercaba a la puerta con su bicicleta lista para salir a jugar, ahorita ya no estoy segura si extrañe ir a los juegos o ver los papalotes, pero sé que se aburre a pesar de todas las actividades y juegos que me he inventado. Yo he tenido días buenos y no tan buenos, hay veces que me dan ganas de meterme a la cama y no moverme en todo el día, pero no sería justo para mi bebé.

Decidí ya no leer noticias ni checar los comentarios que hablen del virus, al menos no tan frecuentemente como en los primeros días. Ya ni sé cuántos infectados hay en esta ciudad o si el aeropuerto sigue abierto o no. Estamos aburridos, muy aburridos. Mi esposo y yo nos hemos creado una rutina para mantenernos ocupados, distraídos y activos y sobretodo para no perder la cabeza. Habíamos querido tener una rutina desde que volvimos a China por tercera vez hace unos meses y no fue sino hasta ahora, y por culpa de un virus, que lo logramos. Leemos, bailamos, cocinamos, horneamos, hacemos yoga, vemos películas, jugamos… ¡Vaya!, estamos viviendo una vida que muchos quisieran pero que no tiene mucho sentido porque hemos perdido la libertad.

Foto: AFP

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