/ viernes 25 de diciembre de 2020

La historia de Greta Thunberg

Greta no siempre había sido una heroína valiente, famosa en todo el mundo por su determinación...

Fragmento del libro La historia de Greta (Planeta), © 2020, Valentina Camerini. © 2019 Traducción: Delivering. Cortesía otorgada bajo el permiso de Grupo Planeta México.

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Greta no siempre había sido una heroína valiente, famosa en todo el mundo por su determinación. Al contrario: antes de comenzar su increíble aventura enfrente del Parlamento sueco, era una chica retraída, silenciosa y tímida. La típica estudiante que sigue las clases en silencio, sentada donde nadie se fija en ella, en las últimas filas. En su vida no había ocurrido nada especialmente llamativo, nada que hiciera sospechar que algún día convencería a centenares de miles de jóvenes para seguir su ejemplo.

Eso sí, el tema del medio ambiente le interesaba desde hacía mucho tiempo. Todavía era una niña cuando oyó hablar de él por primera vez. A los ocho años descubrió que el clima del planeta estaba cambiando a marchas forzadas.

En el colegio, los profesores muchas veces recordaban a los alumnos lo importante que era apagar las luces cada vez que se salían de una habitación, para ahorrar electricidad y no desperdiciar el agua ni la comida. Todas estas recomendaciones despertaron el interés de Greta, que hizo una pregunta muy simple: “¿Por qué?”.

Entonces le explicaron que el ser humano, con sus actividades diarias, podía provocar un cambio climático.

Esa situación le pareció muy grave a Greta: si de verdad estaban así las cosas, todos deberíamos estar muy preocupados. En efecto, no hacía falta una carrera universitaria para darse cuenta de que se trataba de un asunto muy serio, y a ella, que aún era una niña, le resultaba aterrador. Pero, extrañamente, ningún adulto parecía darle mucha importancia. ¡Y eso era lo más preocupante de todo!

¿Cómo podía ser que ninguno de los “mayores” que conocía no estuviese haciendo algo para resolver ese problema que estaba frente a las narices de todo el mundo?

¿Por qué en la televisión, en los periódicos y en internet se hablaba de infinitas cuestiones sin importancia, pero no de esta?

¿Cómo podían seguir todos tranquilamente con su vida mientras el mundo corría el peligro de terminar sacudido por una catástrofe ambiental?

Greta no encontraba respuesta a aquellas preguntas. Acabó por sentirse muy muy triste. Puede que los adultos no se preocuparan, pero ella sí.

Greta tenía algo que la diferenciaba de los demás niños y no era solo su gran interés por el medio ambiente. Un tiempo antes, cuando tenía once años, los médicos le habían diagnosticado el síndrome de Asperger.

Cuando una persona con este síndrome se interesa por un tema, suele darle vueltas y más vueltas sin poder quitárselo de la cabeza. Eso era justo lo que le ocurría a ella.

Todos los días nos bombardean con infinidad de historias, datos y noticias; nos impresionan, emocionan y preocupan, pero al poco tiempo —casi siempre— nos olvidamos de ellos, inmersos como estamos en nuestros quehaceres. Podemos estar muy preocupados por la contaminación, pero acabamos arrinconando esos pensamientos y usamos el coche o la moto para salir con nuestros amigos, sin pararnos a pensar en los gases de escape ni en cómo contaminan el aire. Pero eso a Greta no le resultaba tan fácil. Su cerebro funciona de una forma un poco distinta al de los demás. Para ella, el mundo es blanco o negro, hay situaciones justas y situaciones injustas. No se puede pensar que la contaminación sea terrible y luego seguir contaminando como si nada.

Un tiempo antes, en el colegio, pasaron un documental sobre el plástico que invade los océanos. En la pantalla aparecían osos polares hambrientos y animales sufriendo. Como al resto de la clase, a Greta le impresionó y preocupó mucho aquella historia. Había estado llorando durante todo el rato. Sin embargo, en cuanto las luces volvieron a encenderse después de la película, sus compañeros empezaron a hablar de otras cosas: de la hora del recreo, de lo que iban a hacer por la tarde o de los deberes para el día siguiente. Greta, en cambio, no conseguía hacer eso. Las imágenes del planeta contaminado por el plástico se le quedaron grabadas y no podía quitárselas de la cabeza.

Foto: Reuters

Como estaba muy interesada en el tema, Greta participó en un concurso convocado por un diario sueco, el Svenska Dagbladet. Se documentó mucho y escribió un artículo. Fue considerada la mejor de todos los participantes y ganó la competición. Su artículo fue publicado, y diversos activistas por el medio ambiente (es decir, personas comprometidas en defender la causa ecologista) se pusieron en contacto con la joven autora, intrigados por aquella chica tan preparada.

De este modo, gracias al periódico, Greta tuvo la oportunidad de conocer a personas que compartían sus preocupaciones. Se dedicaron a pensar en formas de llamar la atención de sus conciudadanos sobre el tema y a buscar soluciones juntos. Por desgracia, ninguna de las numerosas ideas que surgieron los convencían de verdad, y al final no se hizo nada. Pero Greta no estaba dispuesta a rendirse.

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La cabeza de Greta tenía otra característica muy especial: podía concentrarse muchísimo en cualquier cosa que despertara su curiosidad. Las personas con síndrome de Asperger pueden ser muy determinadas y capaces de implicarse de un modo extraordinario. Durante años, Greta se dedicó a estudiar el cambio climático a fondo, informándose hasta un punto poco habitual para una chica de su edad.

Sabía tanto como un experto: durante una visita escolar a un museo, se dio cuenta de que algunos datos sobre las cantidades de dióxido de carbono escritos en los paneles explicativos eran inexactos. Se enfadó tanto por aquellos errores que se separó de los compañeros, se perdió la visita y se sentó en la entrada del museo.

Cuanto más leía, más detalles preocupantes descubría. Se preguntaba cuál sería su futuro si las temperaturas del planeta seguían subiendo. Eran pensamientos sombríos y aterradores, muy difíciles de afrontar sin acabar presa de un gran malhumor.

Por desgracia, Greta nunca había sido muy habladora, por lo que guardó para sí toda esa angustia, hasta sentirse tan triste y abatida que no era capaz de salir de casa por las mañanas para ir a la escuela.

Tenía once años cuando toda esa tristeza se convirtió en una auténtica enfermedad que los médicos llaman depresión. Era como si se hubiera roto algo dentro de ella. Dejó de hablar, de leer e incluso de comer. En dos meses perdió cerca de diez kilos. Le parecía que no valía la pena vivir, porque había demasiada injusticia en el mundo. No podía explicar qué le estaba sucediendo, permanecía muda y ausente.

Sus padres, Svante y Malena, se preguntaron si habría ocurrido algo en la escuela, pero los profesores les contestaron que no. Decían que Greta era excesivamente tranquila, que tendía a aislarse de los demás, que hablaba poco. Pero su madre, Malena, no veía la relación: no le parecía que su forma de ser fuera un problema. Ella misma había sido una niña silenciosa e introvertida. ¿Qué tenía eso de malo? Al crecer, ella misma había encontrado fuerza en la música. Ser cantante la había ayudado a ganar seguridad, a encontrar su lugar en el mundo.

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Foto: AFP

Fue un periodo muy duro para Malena, su madre, que se encontró dividida entre los compromisos de trabajo y las dificultades de su hija. Malena era la protagonista de un importante espectáculo en Estocolmo en el que debía cantar y bailar delante de miles de espectadores. Aunque debería haber sido una época feliz para ella, le resultaba terrible salir al escenario sabiendo que en casa sus dos hijas estaban mal.

Y es que, mientras Greta sufría con la depresión, su hermana pequeña, Beata, empezó también a tener problemas. No soportaba el barullo, los ruidos la agobiaban y le costaba mucho ir a clase, igual que a Greta.

Las dos hermanas visitaron a muchos médicos para intentar comprender qué problema tenían exactamente. No fue sencillo, pero finalmente los médicos consiguieron poner nombre a lo que hacía distintas a Greta y Beata: el síndrome de Asperger. Ahora, sus padres podían encontrar la solución adecuada para que las dos niñas pudieran volver a llevar una vida normal, paso a paso.

Muchas situaciones que a la mayoría de la gente le parecen perfectamente normales se vuelven a menudo insoportables para las personas con el síndrome de Asperger. La vida cotidiana puede llegar a ser muy complicada. En estas circunstancias, Greta y Beata no podían volver a la escuela a la que iban.


Fragmento del libro La historia de Greta (Planeta), © 2020, Valentina Camerini. © 2019 Traducción: Delivering. Cortesía otorgada bajo el permiso de Grupo Planeta México.

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Greta no siempre había sido una heroína valiente, famosa en todo el mundo por su determinación. Al contrario: antes de comenzar su increíble aventura enfrente del Parlamento sueco, era una chica retraída, silenciosa y tímida. La típica estudiante que sigue las clases en silencio, sentada donde nadie se fija en ella, en las últimas filas. En su vida no había ocurrido nada especialmente llamativo, nada que hiciera sospechar que algún día convencería a centenares de miles de jóvenes para seguir su ejemplo.

Eso sí, el tema del medio ambiente le interesaba desde hacía mucho tiempo. Todavía era una niña cuando oyó hablar de él por primera vez. A los ocho años descubrió que el clima del planeta estaba cambiando a marchas forzadas.

En el colegio, los profesores muchas veces recordaban a los alumnos lo importante que era apagar las luces cada vez que se salían de una habitación, para ahorrar electricidad y no desperdiciar el agua ni la comida. Todas estas recomendaciones despertaron el interés de Greta, que hizo una pregunta muy simple: “¿Por qué?”.

Entonces le explicaron que el ser humano, con sus actividades diarias, podía provocar un cambio climático.

Esa situación le pareció muy grave a Greta: si de verdad estaban así las cosas, todos deberíamos estar muy preocupados. En efecto, no hacía falta una carrera universitaria para darse cuenta de que se trataba de un asunto muy serio, y a ella, que aún era una niña, le resultaba aterrador. Pero, extrañamente, ningún adulto parecía darle mucha importancia. ¡Y eso era lo más preocupante de todo!

¿Cómo podía ser que ninguno de los “mayores” que conocía no estuviese haciendo algo para resolver ese problema que estaba frente a las narices de todo el mundo?

¿Por qué en la televisión, en los periódicos y en internet se hablaba de infinitas cuestiones sin importancia, pero no de esta?

¿Cómo podían seguir todos tranquilamente con su vida mientras el mundo corría el peligro de terminar sacudido por una catástrofe ambiental?

Greta no encontraba respuesta a aquellas preguntas. Acabó por sentirse muy muy triste. Puede que los adultos no se preocuparan, pero ella sí.

Greta tenía algo que la diferenciaba de los demás niños y no era solo su gran interés por el medio ambiente. Un tiempo antes, cuando tenía once años, los médicos le habían diagnosticado el síndrome de Asperger.

Cuando una persona con este síndrome se interesa por un tema, suele darle vueltas y más vueltas sin poder quitárselo de la cabeza. Eso era justo lo que le ocurría a ella.

Todos los días nos bombardean con infinidad de historias, datos y noticias; nos impresionan, emocionan y preocupan, pero al poco tiempo —casi siempre— nos olvidamos de ellos, inmersos como estamos en nuestros quehaceres. Podemos estar muy preocupados por la contaminación, pero acabamos arrinconando esos pensamientos y usamos el coche o la moto para salir con nuestros amigos, sin pararnos a pensar en los gases de escape ni en cómo contaminan el aire. Pero eso a Greta no le resultaba tan fácil. Su cerebro funciona de una forma un poco distinta al de los demás. Para ella, el mundo es blanco o negro, hay situaciones justas y situaciones injustas. No se puede pensar que la contaminación sea terrible y luego seguir contaminando como si nada.

Un tiempo antes, en el colegio, pasaron un documental sobre el plástico que invade los océanos. En la pantalla aparecían osos polares hambrientos y animales sufriendo. Como al resto de la clase, a Greta le impresionó y preocupó mucho aquella historia. Había estado llorando durante todo el rato. Sin embargo, en cuanto las luces volvieron a encenderse después de la película, sus compañeros empezaron a hablar de otras cosas: de la hora del recreo, de lo que iban a hacer por la tarde o de los deberes para el día siguiente. Greta, en cambio, no conseguía hacer eso. Las imágenes del planeta contaminado por el plástico se le quedaron grabadas y no podía quitárselas de la cabeza.

Foto: Reuters

Como estaba muy interesada en el tema, Greta participó en un concurso convocado por un diario sueco, el Svenska Dagbladet. Se documentó mucho y escribió un artículo. Fue considerada la mejor de todos los participantes y ganó la competición. Su artículo fue publicado, y diversos activistas por el medio ambiente (es decir, personas comprometidas en defender la causa ecologista) se pusieron en contacto con la joven autora, intrigados por aquella chica tan preparada.

De este modo, gracias al periódico, Greta tuvo la oportunidad de conocer a personas que compartían sus preocupaciones. Se dedicaron a pensar en formas de llamar la atención de sus conciudadanos sobre el tema y a buscar soluciones juntos. Por desgracia, ninguna de las numerosas ideas que surgieron los convencían de verdad, y al final no se hizo nada. Pero Greta no estaba dispuesta a rendirse.

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La cabeza de Greta tenía otra característica muy especial: podía concentrarse muchísimo en cualquier cosa que despertara su curiosidad. Las personas con síndrome de Asperger pueden ser muy determinadas y capaces de implicarse de un modo extraordinario. Durante años, Greta se dedicó a estudiar el cambio climático a fondo, informándose hasta un punto poco habitual para una chica de su edad.

Sabía tanto como un experto: durante una visita escolar a un museo, se dio cuenta de que algunos datos sobre las cantidades de dióxido de carbono escritos en los paneles explicativos eran inexactos. Se enfadó tanto por aquellos errores que se separó de los compañeros, se perdió la visita y se sentó en la entrada del museo.

Cuanto más leía, más detalles preocupantes descubría. Se preguntaba cuál sería su futuro si las temperaturas del planeta seguían subiendo. Eran pensamientos sombríos y aterradores, muy difíciles de afrontar sin acabar presa de un gran malhumor.

Por desgracia, Greta nunca había sido muy habladora, por lo que guardó para sí toda esa angustia, hasta sentirse tan triste y abatida que no era capaz de salir de casa por las mañanas para ir a la escuela.

Tenía once años cuando toda esa tristeza se convirtió en una auténtica enfermedad que los médicos llaman depresión. Era como si se hubiera roto algo dentro de ella. Dejó de hablar, de leer e incluso de comer. En dos meses perdió cerca de diez kilos. Le parecía que no valía la pena vivir, porque había demasiada injusticia en el mundo. No podía explicar qué le estaba sucediendo, permanecía muda y ausente.

Sus padres, Svante y Malena, se preguntaron si habría ocurrido algo en la escuela, pero los profesores les contestaron que no. Decían que Greta era excesivamente tranquila, que tendía a aislarse de los demás, que hablaba poco. Pero su madre, Malena, no veía la relación: no le parecía que su forma de ser fuera un problema. Ella misma había sido una niña silenciosa e introvertida. ¿Qué tenía eso de malo? Al crecer, ella misma había encontrado fuerza en la música. Ser cantante la había ayudado a ganar seguridad, a encontrar su lugar en el mundo.

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Foto: AFP

Fue un periodo muy duro para Malena, su madre, que se encontró dividida entre los compromisos de trabajo y las dificultades de su hija. Malena era la protagonista de un importante espectáculo en Estocolmo en el que debía cantar y bailar delante de miles de espectadores. Aunque debería haber sido una época feliz para ella, le resultaba terrible salir al escenario sabiendo que en casa sus dos hijas estaban mal.

Y es que, mientras Greta sufría con la depresión, su hermana pequeña, Beata, empezó también a tener problemas. No soportaba el barullo, los ruidos la agobiaban y le costaba mucho ir a clase, igual que a Greta.

Las dos hermanas visitaron a muchos médicos para intentar comprender qué problema tenían exactamente. No fue sencillo, pero finalmente los médicos consiguieron poner nombre a lo que hacía distintas a Greta y Beata: el síndrome de Asperger. Ahora, sus padres podían encontrar la solución adecuada para que las dos niñas pudieran volver a llevar una vida normal, paso a paso.

Muchas situaciones que a la mayoría de la gente le parecen perfectamente normales se vuelven a menudo insoportables para las personas con el síndrome de Asperger. La vida cotidiana puede llegar a ser muy complicada. En estas circunstancias, Greta y Beata no podían volver a la escuela a la que iban.


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