/ domingo 28 de mayo de 2017

¿Quién gana con el distanciamiento entre Estados Unidos y Europa?

Estados Unidos y Europa nunca estuvieron tan distanciados y con tan poca voluntad de buscar un acercamiento. La última crisis importante entre las dos orillas del Atlántico se remonta a la intervención norteamericana en Irak, en 2003, decidida por George W. Bush sobre la base de una falacia: las armas de destrucción masiva supuestamente acumuladas en secreto por Saddam Hussein.

En esa ocasión, Bush contaba con el apoyo irreflexivo u oportunista de Tony Blair y José María Aznar. El desacuerdo de la Casa Blanca con el resto de sus aliados era puntual y —con la buena voluntad de ambas partes—  demoró poco tiempo en ser reabsorbido.

Esta vez, sin embargo, la grieta es profunda, abarca la mayoría de los temas estratégicos y coloca a Washington en una situación de total aislamiento frente a Europa, Japón y Canadá. Hasta Gran Bretaña, aliada incondicional de Estados Unidos desde hace un siglo, comenzó a fruncir el ceño frente al amateurismo, la intransigencia, el comportamiento grosero y –no es exagerado decirlo–  la puerilidad del presidente Donald Trump.

“La vulgaridad del reclamo financiero y la omisión de mencionar el artículo 5 del tratado de la OTAN (…) marcan un cambio radical en los 65 años de relaciones entre Estados Unidos y Europa. El pacto con Washington dejó de ser incondicional (porque) no hay más garantía de seguridad automática entre los miembros de la Alianza Atlántica”, afirmó con desazón François Heisbourg, presidente del Instituto Internacional de Estudios Estratégicos (IISS) con sede en Londres.

El responsable de ese cambio geopolítico es en gran parte Stephen Miller, consejero de Trump para Relaciones Internacionales, señalado como autor del discurso presidencial en Bruselas. Miller, al parecer, escribió ese texto clave basándose en la retórica de la campaña, cuando Trump definía la OTAN como “obsoleta”. Pero, desde entonces, cambió varias veces de posición. Su actitud errática alcanzó su punto culminante en Bruselas donde el mismo día del discurso comentaba con los otros líderes occidentales que estaba “a cien por ciento con la OTAN”, recuerda Steven Keil, del German Marshall Fund, organización norteamericana que promueve las relaciones transatlánticas.

Idéntico desconcierto creó su actitud en la cumbre del G-7 de Taormina, donde se negó a modificar su posición hostil al Acuerdo de París sobre cambio climático y prometió una respuesta para la semana próxima.

El acuerdo alcanzado sobre temas internacionales cruciales como Corea del Norte, Libia, Siria y la Lucha antiterrorista, no alcanza a disimular la perplejidad que mostraron los otros seis miembros del G-7 ante la falta de posición concreta de Estados Unidos sobre algunos asuntos de la agenda de Taormina o, peor aún, los cambios de opinión sobre las sanciones a Rusia. A última hora Washington dio marcha atrás sin dar explicaciones y el asesor económico, Gary Cohn, confirmó que “seguirían en la misma línea”.

Otro cambio de rumbo de 180 grados se produjo con respecto al comercio internacional. Después de haberse negado a incluir toda alusión a la liberación del intercambio y la “dimensión multilateral del comercio mundial para favorecer la prosperidad general” en la declaración de la reunión preparatoria del G-20 de junio próximo en Alemania, ayer aceptó mencionar ese principio “antiproteccionista” en el documento final del G-7.

“¿Quién gana con las divisiones que genera la política errática de Trump con Europa y con la OTAN?”, se preguntó inquieto el geopolitólogo francés Dominique Moisi, profesor en el King’s College de Londres.

La ausencia de liderazgo norteamericano  —incluso la actitud de abandonar a sus aliados—  puede incitar a algunos miembros de la Unión Europea (UE) y de la OTAN a elevar el nivel de sus relaciones con la Rusia de Vladimir Putin, como es el caso del húngaro Viktor Orban y del turco Recep Tayyip Erdogan. La pregunta que se impone es saber si Putin soñaba encontrarse un día con esos regalos.

Estados Unidos y Europa nunca estuvieron tan distanciados y con tan poca voluntad de buscar un acercamiento. La última crisis importante entre las dos orillas del Atlántico se remonta a la intervención norteamericana en Irak, en 2003, decidida por George W. Bush sobre la base de una falacia: las armas de destrucción masiva supuestamente acumuladas en secreto por Saddam Hussein.

En esa ocasión, Bush contaba con el apoyo irreflexivo u oportunista de Tony Blair y José María Aznar. El desacuerdo de la Casa Blanca con el resto de sus aliados era puntual y —con la buena voluntad de ambas partes—  demoró poco tiempo en ser reabsorbido.

Esta vez, sin embargo, la grieta es profunda, abarca la mayoría de los temas estratégicos y coloca a Washington en una situación de total aislamiento frente a Europa, Japón y Canadá. Hasta Gran Bretaña, aliada incondicional de Estados Unidos desde hace un siglo, comenzó a fruncir el ceño frente al amateurismo, la intransigencia, el comportamiento grosero y –no es exagerado decirlo–  la puerilidad del presidente Donald Trump.

“La vulgaridad del reclamo financiero y la omisión de mencionar el artículo 5 del tratado de la OTAN (…) marcan un cambio radical en los 65 años de relaciones entre Estados Unidos y Europa. El pacto con Washington dejó de ser incondicional (porque) no hay más garantía de seguridad automática entre los miembros de la Alianza Atlántica”, afirmó con desazón François Heisbourg, presidente del Instituto Internacional de Estudios Estratégicos (IISS) con sede en Londres.

El responsable de ese cambio geopolítico es en gran parte Stephen Miller, consejero de Trump para Relaciones Internacionales, señalado como autor del discurso presidencial en Bruselas. Miller, al parecer, escribió ese texto clave basándose en la retórica de la campaña, cuando Trump definía la OTAN como “obsoleta”. Pero, desde entonces, cambió varias veces de posición. Su actitud errática alcanzó su punto culminante en Bruselas donde el mismo día del discurso comentaba con los otros líderes occidentales que estaba “a cien por ciento con la OTAN”, recuerda Steven Keil, del German Marshall Fund, organización norteamericana que promueve las relaciones transatlánticas.

Idéntico desconcierto creó su actitud en la cumbre del G-7 de Taormina, donde se negó a modificar su posición hostil al Acuerdo de París sobre cambio climático y prometió una respuesta para la semana próxima.

El acuerdo alcanzado sobre temas internacionales cruciales como Corea del Norte, Libia, Siria y la Lucha antiterrorista, no alcanza a disimular la perplejidad que mostraron los otros seis miembros del G-7 ante la falta de posición concreta de Estados Unidos sobre algunos asuntos de la agenda de Taormina o, peor aún, los cambios de opinión sobre las sanciones a Rusia. A última hora Washington dio marcha atrás sin dar explicaciones y el asesor económico, Gary Cohn, confirmó que “seguirían en la misma línea”.

Otro cambio de rumbo de 180 grados se produjo con respecto al comercio internacional. Después de haberse negado a incluir toda alusión a la liberación del intercambio y la “dimensión multilateral del comercio mundial para favorecer la prosperidad general” en la declaración de la reunión preparatoria del G-20 de junio próximo en Alemania, ayer aceptó mencionar ese principio “antiproteccionista” en el documento final del G-7.

“¿Quién gana con las divisiones que genera la política errática de Trump con Europa y con la OTAN?”, se preguntó inquieto el geopolitólogo francés Dominique Moisi, profesor en el King’s College de Londres.

La ausencia de liderazgo norteamericano  —incluso la actitud de abandonar a sus aliados—  puede incitar a algunos miembros de la Unión Europea (UE) y de la OTAN a elevar el nivel de sus relaciones con la Rusia de Vladimir Putin, como es el caso del húngaro Viktor Orban y del turco Recep Tayyip Erdogan. La pregunta que se impone es saber si Putin soñaba encontrarse un día con esos regalos.