/ sábado 28 de marzo de 2020

Calles mueren de aburrimiento en la noche, Covid-19 impacta a sexoservidoras

Así como en el resto del país, la situación en Morelia se pone crítica debido al coronavirus, sobre todo con grupos vulnerables y desprotegidos que la sociedad no quiere voltear a ver

Morelia, Michoacán (OEM-Infomex).- La calle muere de aburrimiento. El Arcadia cerró sus puertas y dejó sin funciones a los cinéfilos, la “Burbuja” se pierde en un silencio insólito y en los Baños Valladolid nadie parece asomarse aunque sea por curiosidad. Justo en la esquina de la antigua Central de Autobuses, una mujer bosteza profundamente, una y otra vez. Es jueves por la noche y el trabajo escasea.

Pamela solamente consiguió dos clientes en tres días de servicio sexual. “Fatalmente mal”. Es tiempo de Covid-19 y éste no perdona a nadie. “Desde el sector salud nos han estado avisando que esto se va a poner cada vez peor, que en cualquier momento nos pueden decir que nos retiremos a nuestras casas porque en la noche nos estamos arriesgando de más”.

Tiene 42 años de edad y 23 como trabajadora sexual. Pamela se mira apresurada, como si en cada minuto que transcurre se le escapara la posibilidad de dar con algún cliente. Conversa mientras juguetea con el ajustador de su chaleco. No han sido días fáciles y eso les preocupa.

Derriba mitos. Explica que no hay nada más falso que creer que el trabajo sexual es bien remunerado. Desglosa cómo funcionan las cosas en la Eduardo Ruíz: “Si tú cobras 300 pesos por 15 o 30 minutos, el cliente te ofrece solamente 200 pesos y te terminas por acoplar a esas condiciones”.

En tiempo de coronavirus la cosa empeora. Sumado a los bajos ingresos económicos, dice que también preocupa los riesgos de contraer la enfermedad. Asegura que tanto ella como las trabajadoras sexuales de su organización procuran acatar las medidas recomendadas: no hay servicio si el cliente no accede a ponerse un cubre bocas y su respectivo gel antibacterial.

Le suena el teléfono. Es una colega. Por allá también las cosas van mal. Hablan de la reunión de trabajo que sostendrán al día siguiente para preparar un escrito dirigido al gobernador del estado, Silvano Aureoles Conejo, donde le solicitarán apoyo para poder subsistir durante las próximas semanas.

“Sí nos han mirado un poco más, no como quisiéramos, pero ya se tienen algunos acercamientos” afirma Pamela y detalla que en los gobiernos de Fausto Vallejo Figueroa y Salvador Jara Guerrero se perdió totalmente el contacto. Su colega no se escucha del todo convencida, considera que van estar pidiendo limosna con gente que al final “se vuelven culos cuando están en el poder”.

Con el Ayuntamiento de Morelia también han tocado puertas. El compromiso de las autoridades municipales es repartir despensas entre las trabajadoras sexuales, sobre todo a aquellas que son adultas mayores. Todavía no se tiene fecha de entrega.

A la par, el colectivo Michoacán es Diversidad ha organizado un acopio solidario exclusivamente para trabajadoras(es) sexuales en Morelia. Cuenta el vocero de la organización, Raúl Martínez Rojas, que el objetivo es apoyar a esos grupos marginados que están, pero que la sociedad hace como que no los ve.

“Hay compañeros y compañeras que todavía no cumplen la edad de los programas federales, pero ante esta contingencia se ven perjudicados porque viven al día. Se les busca estigmatizar diciendo que se vive bien y se cobra mucho dinero, habrá algunos que paguen bien, pero otros no. Por eso decidimos abrir este centro de acopio, pues estarán obligadas a no salir a trabajar y la epidemia más que letal, es un tema de salud que puede traer otras afectaciones”.

Lo que se está solicitando son artículos de primera necesidad como harinas, cereales, frijoles, azúcar y aceite. Todo se puede llevar a Manuela Medina #567 en la colonia Jacarandas, o bien, está la opción del depósito bancario a la cuenta 0184498070 en Bancomer.

Al igual que Pamela, Raúl también prioriza a las trabajadoras mayores de edad para que puedan recibir esta ayuda. En un primer listado tienen contabilizadas a 50 sexoservidoras que rebasan los 65 años de edad, pero la idea es que todas alcancen a verse beneficiadas. Están apelando a la generosidad ciudadana.

“No contamos con un censo oficial, con la autoridad municipal habíamos empezado a trabajar en una mesa para ordenar y regular el trabajo sexual en Morelia, pero por la situación que estamos viviendo se tuvo que suspender. Sabemos que hay 40 puntos de trabajo sexual dentro de la ciudad y eso nos dificulta que podamos atender a todas”.

Para Pamela también es tiempo de dignificar, de visibilizar que su trabajo es como cualquier otro. “Si fuéramos millonarias no estaríamos en esta esquina” explica aunque no entiende por qué todavía tiene que hacerlo, por qué lo evidente sigue siendo tan incomprendido para las miradas a las que ya se acostumbró.

“Siempre nos han visto como bichos raros. Estamos paradas y nos gritan cosas. El sábado pasaron varias personas a gritarnos tonterías de coronavirus y una se termina enganchando, contestándoles que sí, eso y más, VIH SIDA”.

Pamela se inmiscuyó en el trabajo sexual hace 23 años, casi por coincidencia. Relata que trabajaba en Sears por un sueldo mediocre que no le alcanzaba para cubrir sus necesidades básicas. Recibió la invitación de una amiga para trabajar como sexoservidora y aunque en un inicio se negaba, la renta del alquiler comenzaba a asfixiarla.

Por aquellos años la zona de trabajo se ubicaba en el Jardín de las Rosas. La primera vez que la contactaron con un cliente, Pamela sintió miedo, vergüenza y asco. Con el tiempo comprendió que era una fuente de ingresos económicos.

El miedo. Confiesa que se aprende a vivir con él. Cada jornada laboral se juegan la vida. No olvida la noche del 2 de septiembre, hace 11 años. El cliente insistía en que bebiera una copa de licor. Accedió y no recuerda más. Cuando despertó estaba colgada con un cinturón de gamuza sobre el cuello en el baño de un hotel.

“Esas son las historias que las amas de casa no saben, esas historias tristes, felices y crueles”. ¿Si te estuvieran leyendo justo en este momento qué les dirías? “Que sean conscientes, que la educación comienza en casa, que no enseñen a sus hijos a gritarnos putas en las calles, ellas no saben el por qué llegamos aquí, por qué elegimos este trabajo”.

Tiene 42 años de edad y Pamela piensa en el futuro. En 10 o 15 años, cuando no pueda más. A su mente llega la jubilación, ese derecho que anhelan todos los trabajadores de este país. “Ya es tiempo de que en el Congreso del Estado se pongan a trabajar en el tema, que regularicen el trabajo sexual, que se den cuenta que tenemos garantías como cualquier otro”.

Es jueves en tiempos de contingencia y se tienen pocas expectativas en la calle. Dice Pamela que si sale para comer y para su taxi, ya es ganancia. Se prende un cigarrillo y se despide. La noche es para trabajar, no para conversar.

Morelia, Michoacán (OEM-Infomex).- La calle muere de aburrimiento. El Arcadia cerró sus puertas y dejó sin funciones a los cinéfilos, la “Burbuja” se pierde en un silencio insólito y en los Baños Valladolid nadie parece asomarse aunque sea por curiosidad. Justo en la esquina de la antigua Central de Autobuses, una mujer bosteza profundamente, una y otra vez. Es jueves por la noche y el trabajo escasea.

Pamela solamente consiguió dos clientes en tres días de servicio sexual. “Fatalmente mal”. Es tiempo de Covid-19 y éste no perdona a nadie. “Desde el sector salud nos han estado avisando que esto se va a poner cada vez peor, que en cualquier momento nos pueden decir que nos retiremos a nuestras casas porque en la noche nos estamos arriesgando de más”.

Tiene 42 años de edad y 23 como trabajadora sexual. Pamela se mira apresurada, como si en cada minuto que transcurre se le escapara la posibilidad de dar con algún cliente. Conversa mientras juguetea con el ajustador de su chaleco. No han sido días fáciles y eso les preocupa.

Derriba mitos. Explica que no hay nada más falso que creer que el trabajo sexual es bien remunerado. Desglosa cómo funcionan las cosas en la Eduardo Ruíz: “Si tú cobras 300 pesos por 15 o 30 minutos, el cliente te ofrece solamente 200 pesos y te terminas por acoplar a esas condiciones”.

En tiempo de coronavirus la cosa empeora. Sumado a los bajos ingresos económicos, dice que también preocupa los riesgos de contraer la enfermedad. Asegura que tanto ella como las trabajadoras sexuales de su organización procuran acatar las medidas recomendadas: no hay servicio si el cliente no accede a ponerse un cubre bocas y su respectivo gel antibacterial.

Le suena el teléfono. Es una colega. Por allá también las cosas van mal. Hablan de la reunión de trabajo que sostendrán al día siguiente para preparar un escrito dirigido al gobernador del estado, Silvano Aureoles Conejo, donde le solicitarán apoyo para poder subsistir durante las próximas semanas.

“Sí nos han mirado un poco más, no como quisiéramos, pero ya se tienen algunos acercamientos” afirma Pamela y detalla que en los gobiernos de Fausto Vallejo Figueroa y Salvador Jara Guerrero se perdió totalmente el contacto. Su colega no se escucha del todo convencida, considera que van estar pidiendo limosna con gente que al final “se vuelven culos cuando están en el poder”.

Con el Ayuntamiento de Morelia también han tocado puertas. El compromiso de las autoridades municipales es repartir despensas entre las trabajadoras sexuales, sobre todo a aquellas que son adultas mayores. Todavía no se tiene fecha de entrega.

A la par, el colectivo Michoacán es Diversidad ha organizado un acopio solidario exclusivamente para trabajadoras(es) sexuales en Morelia. Cuenta el vocero de la organización, Raúl Martínez Rojas, que el objetivo es apoyar a esos grupos marginados que están, pero que la sociedad hace como que no los ve.

“Hay compañeros y compañeras que todavía no cumplen la edad de los programas federales, pero ante esta contingencia se ven perjudicados porque viven al día. Se les busca estigmatizar diciendo que se vive bien y se cobra mucho dinero, habrá algunos que paguen bien, pero otros no. Por eso decidimos abrir este centro de acopio, pues estarán obligadas a no salir a trabajar y la epidemia más que letal, es un tema de salud que puede traer otras afectaciones”.

Lo que se está solicitando son artículos de primera necesidad como harinas, cereales, frijoles, azúcar y aceite. Todo se puede llevar a Manuela Medina #567 en la colonia Jacarandas, o bien, está la opción del depósito bancario a la cuenta 0184498070 en Bancomer.

Al igual que Pamela, Raúl también prioriza a las trabajadoras mayores de edad para que puedan recibir esta ayuda. En un primer listado tienen contabilizadas a 50 sexoservidoras que rebasan los 65 años de edad, pero la idea es que todas alcancen a verse beneficiadas. Están apelando a la generosidad ciudadana.

“No contamos con un censo oficial, con la autoridad municipal habíamos empezado a trabajar en una mesa para ordenar y regular el trabajo sexual en Morelia, pero por la situación que estamos viviendo se tuvo que suspender. Sabemos que hay 40 puntos de trabajo sexual dentro de la ciudad y eso nos dificulta que podamos atender a todas”.

Para Pamela también es tiempo de dignificar, de visibilizar que su trabajo es como cualquier otro. “Si fuéramos millonarias no estaríamos en esta esquina” explica aunque no entiende por qué todavía tiene que hacerlo, por qué lo evidente sigue siendo tan incomprendido para las miradas a las que ya se acostumbró.

“Siempre nos han visto como bichos raros. Estamos paradas y nos gritan cosas. El sábado pasaron varias personas a gritarnos tonterías de coronavirus y una se termina enganchando, contestándoles que sí, eso y más, VIH SIDA”.

Pamela se inmiscuyó en el trabajo sexual hace 23 años, casi por coincidencia. Relata que trabajaba en Sears por un sueldo mediocre que no le alcanzaba para cubrir sus necesidades básicas. Recibió la invitación de una amiga para trabajar como sexoservidora y aunque en un inicio se negaba, la renta del alquiler comenzaba a asfixiarla.

Por aquellos años la zona de trabajo se ubicaba en el Jardín de las Rosas. La primera vez que la contactaron con un cliente, Pamela sintió miedo, vergüenza y asco. Con el tiempo comprendió que era una fuente de ingresos económicos.

El miedo. Confiesa que se aprende a vivir con él. Cada jornada laboral se juegan la vida. No olvida la noche del 2 de septiembre, hace 11 años. El cliente insistía en que bebiera una copa de licor. Accedió y no recuerda más. Cuando despertó estaba colgada con un cinturón de gamuza sobre el cuello en el baño de un hotel.

“Esas son las historias que las amas de casa no saben, esas historias tristes, felices y crueles”. ¿Si te estuvieran leyendo justo en este momento qué les dirías? “Que sean conscientes, que la educación comienza en casa, que no enseñen a sus hijos a gritarnos putas en las calles, ellas no saben el por qué llegamos aquí, por qué elegimos este trabajo”.

Tiene 42 años de edad y Pamela piensa en el futuro. En 10 o 15 años, cuando no pueda más. A su mente llega la jubilación, ese derecho que anhelan todos los trabajadores de este país. “Ya es tiempo de que en el Congreso del Estado se pongan a trabajar en el tema, que regularicen el trabajo sexual, que se den cuenta que tenemos garantías como cualquier otro”.

Es jueves en tiempos de contingencia y se tienen pocas expectativas en la calle. Dice Pamela que si sale para comer y para su taxi, ya es ganancia. Se prende un cigarrillo y se despide. La noche es para trabajar, no para conversar.

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