/ martes 7 de febrero de 2017

Conserva la esperanza de ver a sus hijas de nuevo

Raúl Alvarado, El Sol de Irapuato

Familiares establecidos en Estados Unidos lo invitaron a buscar el sueño americano y, junto con otros cuatro, decidió probar suerte. En camión de pasajeros se fueron de Guanajuato a Tijuana, donde pagó a un coyote 1,500 dolares a su llegada. Negociaron. Los organizó y programó la internación al vecino pais.

Tomaron la ruta más peligrosa, pero cruzando pleno desierto pudo estar en el otro lado, no sin antes vivir una odisea de riesgo al caminar por cerros y montes, soportando inclemencias del tiempo, temperaturas bajo cero, así como los fuertes vientos. Pasó noches a la intemperie exponiendo la vida; durmió ante el peligro de animales venenosos pero se corrió con suerte… la Policía Fronteriza no los ubicó.

Luego de 15 días, Luis Enrique Hernández y sus acompañantes llegaron a California; un primo les dió alojo. No salieron en una semana. Contactó con otros familiares en Alabama, donde se dio la posibilidad de tabajar en el campo, en la pisca de tomate, sandia, chile y melón. Luego entró en una procesadora de pollo, hasta donde sopresivamente llegó la Policía Migratoria; hicieron revisión de documentos, fue detenido y repatriado a México.

Segundo aire, tercero… Tentó a la suerte de nuevo y consiguió llegar a Alabama; en esta ocasión conoció una mujer y tuvo familia: dos niñas. Lo detuvieron policías de tránsito y la historia se repitió.

Insistió, regresó, pero fue ubicado y volvió a México por tercera vez, separado de su familia.

Luis Enrique se encuentra en Huanímaro, con sus padres y hermanos, trabajando en el campo con la esperanza de algún día estar con sus hijas, abrazarlas y apoyarlas; Donald Trump hace que eso suene cada vez más difícil.

Raúl Alvarado, El Sol de Irapuato

Familiares establecidos en Estados Unidos lo invitaron a buscar el sueño americano y, junto con otros cuatro, decidió probar suerte. En camión de pasajeros se fueron de Guanajuato a Tijuana, donde pagó a un coyote 1,500 dolares a su llegada. Negociaron. Los organizó y programó la internación al vecino pais.

Tomaron la ruta más peligrosa, pero cruzando pleno desierto pudo estar en el otro lado, no sin antes vivir una odisea de riesgo al caminar por cerros y montes, soportando inclemencias del tiempo, temperaturas bajo cero, así como los fuertes vientos. Pasó noches a la intemperie exponiendo la vida; durmió ante el peligro de animales venenosos pero se corrió con suerte… la Policía Fronteriza no los ubicó.

Luego de 15 días, Luis Enrique Hernández y sus acompañantes llegaron a California; un primo les dió alojo. No salieron en una semana. Contactó con otros familiares en Alabama, donde se dio la posibilidad de tabajar en el campo, en la pisca de tomate, sandia, chile y melón. Luego entró en una procesadora de pollo, hasta donde sopresivamente llegó la Policía Migratoria; hicieron revisión de documentos, fue detenido y repatriado a México.

Segundo aire, tercero… Tentó a la suerte de nuevo y consiguió llegar a Alabama; en esta ocasión conoció una mujer y tuvo familia: dos niñas. Lo detuvieron policías de tránsito y la historia se repitió.

Insistió, regresó, pero fue ubicado y volvió a México por tercera vez, separado de su familia.

Luis Enrique se encuentra en Huanímaro, con sus padres y hermanos, trabajando en el campo con la esperanza de algún día estar con sus hijas, abrazarlas y apoyarlas; Donald Trump hace que eso suene cada vez más difícil.