/ jueves 13 de mayo de 2021

Indígena tarahumara vive a las afueras del Hospital Central de SLP, en espera de cirugía

A Fermín le rompieron su brazo en un asalto y espera ser operado, al mismo tiempo que ayuda a otras familias en la misma situación que él

Ser pobre no solo es enfrentarse a la desigualdad y a la marginación de sus necesidades básicas, sino también hacer frente al flagelo de la miseria y la invisibilización. Rostros que para muchos no existen, porque sus carencias económicas los han excluido de una sociedad a la cual pertenecen.

Con la llegada del Covid-19, las familias que sopesan las desventajas sociales que les ha impuesto la pobreza, hoy más que nunca sufren por el acceso a una salud digna que les aligere sus malestares.

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Completamente empapados por las recientes lluvias, con los tenis desgastados y con algunas maletas que les sirven de asiento y almohada, familias enteras se enfrentan a la merced del Hospital Central “Dr. Ignacio Morones Prieto”, a la espera de saber noticias de sus enfermos.

Ninguno de ellos cuenta con un hogar fijo en la capital, vienen desde muy lejos, de otros municipios y comunidades. Juntos y organizados han dispuesto pequeñas casas de campaña elaboradas con lo que alguno que otro transeúnte o vecino les ha regalado.

Plásticos, sábanas y algunos costales son su techo de cada noche. La acera que forma parte de la avenida Doctor Nava es la cama donde recuestan a los integrantes más pequeños de la familia y si ésta está húmeda por las inclemencias del tiempo, no les queda más que guarecerse entre el goteo y el viento que arrebata de a poco las bolsas plásticas que cubren sus cabezas.

Fermín Martínez, de 59 años de edad, es una de las tantas personas que llegó a las afueras de este hospital para convertirlo en su hogar en plena crisis pandémica. Indígena tarahumara, nacido en la comunidad de Encarnación de Díaz, Jalisco, llegó a este sitio buscando ayuda a finales del año 2020 tras sufrir un asalto con la más cruel de las violencias.

Tres individuos no mayores a los 30 años de edad rodearían a Fermín a las afueras del Mercado República para increparlo y quitarle sus pertenencias. No obstante, el asalto se convertiría en una situación dantesca, pues lo golpearían sin piedad con algunos tubos de metal.

Fermín quedó con los brazos rotos tras la agresión, para terminar en una sala de emergencias y ser intervenido de urgencia en una clínica del IMSS de la capital. Sin papeles y ninguna documentación que avalara su identidad, este indígena sería dado de alta sin haberse recuperado por completo.

Por eso ahora se encuentra a la espera de conseguir una ayuda que le permita atenderse en el Hospital Central, pues la intervención quirúrgica realizada con anterioridad le dejó graves secuelas que le impiden realizar trabajos forzosos.

“Llegué hace siete meses buscando ayuda médica en este lugar. Como me quedé sin papeles y sin trabajo debido al incidente, por mucho tiempo estuve viviendo en diversos lugares de la ciudad, en medio de las inclemencias del tiempo, sin nada ni nadie. Me dijeron que aquí en el Hospital Central podrían ayudarme”.

“Lamentablemente por la llegada del coronavirus y la situación tan grave que enfrentaron en los centros de salud, les ha sido imposible atenderme. No tengo dinero, sólo cuento con mi CURP y vivo de los pequeños trabajos que realizo, o bien de la ayuda gentil de las personas. Necesito una operación en donde logren poner en su lugar mi brazo derecho, pues lo dejaron en una postura en la cual me es imposible realizar algún esfuerzo”, explicó Fermín.

SOLIDARIDAD EN MEDIO DE LA ENFERMEDAD

A pesar de ello y a sus casi 60 años de edad, Fermín ha sabido sobrellevar esta situación tan compleja que lo ha obligado a ponerse más de una vez en los zapatos de otros, y hoy es él quien ayuda a otras familias que se encuentran en la misma situación.

Como lo es la familia de Don Tiburcio González, quienes son ladrilleros originarios de la comunidad Lagunas de San Vicente. Esta familia tiene un total de ocho días viviendo en la acera que da en la entrada de urgencias del Hospital Central. Sin poder moverse y sin conocer a alguien de la capital, han hecho de la humilde morada improvisada de Fermín también su hogar.

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“Aquí nos quedamos porque no hay horarios de información. No dejan entrar a nadie, a ningún familiar y con lo del coronavirus no hay dónde resguardarnos. Tenemos que estar todo el día y noche esperando noticias. No podemos ir a albergues, porque si nos vamos a alguno, ya no nos dan información de nuestro familiar”.

Y es que no sólo se enfrentan a la soledad y el peligro de la calle, también confrontan la carencia y la falta de acceso a una atención de salud digna y accesible. “Ha sido difícil tener que dormir afuera del hospital y además tratar de conseguir los medicamentos. Si bien el hospital se hace cargo de algunos procedimientos, no tienen las medicinas necesarias y los aditamentos médicos para atender a los pacientes”.

Es por ello que solicitan a las autoridades se acerquen a los familiares que se encuentran rodeando la salida del hospital para que escuchen sus necesidades. “Aquí viene gente muy pobre que no tiene nada y que hace hasta lo imposible por lograr la mejora de la salud de sus enfermos. Nosotros tuvimos que comprar un medicamento de mil 500 pesos de un día para otro y no teníamos dinero. Mi hijo (Guadalupe) sufrió un accidente en motocicleta, lo que le provocó una lesión en su rostro y un golpe fuerte en su cráneo, y por eso nos encontramos aquí”, mencionaron.

Además no es difícil notar el choque de realidades. Mientras se muestra imponente un edificio con más de 230 camas y 76 especialidades médicas, y una inversión que se aproxima a los 888 millones de pesos y alrededor de 243 millones de pesos en equipamiento, en ambas salidas y entradas del hospital se encuentran al menos tres casas elaboradas de manera improvisada con cartones y sábanas, algunas casas de campaña y familiares de enfermos dormidos en posición fetal tratando de cubrirse de la humedad y el frío de las mañanas.

Fermín menciona que las personas batallan hasta por solicitar el simple uso del baño del hospital “no dejan entrar a las mujeres. A los hombres sí, pero sólo en horarios de oficina. Muchas madres de familia tienen que caminar y buscar por la zona a alguien que les preste su baño, o bien, ir al del supermercado más cercano”.

“La zona es peligrosa y aunque el hospital luzca en maravillosas condiciones, a sus alrededores hay muchos asaltos y gente aprovechada. Las familias que aquí descansan -porque no tienen a dónde acudir-, han sido hostigadas en ocasiones por algunos vendedores informales”.

“Pero también hay comerciantes muy buenos y gente que viene a calmar su hambre y frío”.

Hasta el momento cuentan con un total de 15 cobijas para asistir y cubrir del frío a cualquiera que llegue a quedarse afuera del hospital Central. Cuentan con ropa donada, para que las personas que decidan permanecer en el lugar tengan una vestimenta más para cambiarse.

Sin embargo, las lluvias los han puesto en una situación más vulnerable."aquí no hay techo que soporte tanta lluvia, pero las personas se quedan aquí pese al mal tiempo porque no quieren perder detalle de la salud de sus enfermos".

Para Fermín, la familia González y otras más de 20 personas esta situación en medio de una pandemia se ha convertido en un reto a superar.

"No es fácil, sabemos que se corre peligro aunque hayan bajado los casos de Covid-19. Somos conscientes que esta situación también nos vulnera, podemos enfermar y también caer en el hospital", remarcaron.

Ser pobre, los posiciona en un estado de vulnerabilidad terrible, pero a pesar de ello, sin conocerse han formado una alianza que los fortalece pese a la situación de gravedad que enfrentan.

"Sabemos que el acceso a la salud para muchos de nosotros es casi incosteable, por eso estamos aquí. Sin prestaciones ni recursos, el Hospital Central ha sido nuestra única manera de tener entrada a un servicio médico, son sus obstáculos y carencias, pero es lo único que nos queda".



Ser pobre no solo es enfrentarse a la desigualdad y a la marginación de sus necesidades básicas, sino también hacer frente al flagelo de la miseria y la invisibilización. Rostros que para muchos no existen, porque sus carencias económicas los han excluido de una sociedad a la cual pertenecen.

Con la llegada del Covid-19, las familias que sopesan las desventajas sociales que les ha impuesto la pobreza, hoy más que nunca sufren por el acceso a una salud digna que les aligere sus malestares.

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Completamente empapados por las recientes lluvias, con los tenis desgastados y con algunas maletas que les sirven de asiento y almohada, familias enteras se enfrentan a la merced del Hospital Central “Dr. Ignacio Morones Prieto”, a la espera de saber noticias de sus enfermos.

Ninguno de ellos cuenta con un hogar fijo en la capital, vienen desde muy lejos, de otros municipios y comunidades. Juntos y organizados han dispuesto pequeñas casas de campaña elaboradas con lo que alguno que otro transeúnte o vecino les ha regalado.

Plásticos, sábanas y algunos costales son su techo de cada noche. La acera que forma parte de la avenida Doctor Nava es la cama donde recuestan a los integrantes más pequeños de la familia y si ésta está húmeda por las inclemencias del tiempo, no les queda más que guarecerse entre el goteo y el viento que arrebata de a poco las bolsas plásticas que cubren sus cabezas.

Fermín Martínez, de 59 años de edad, es una de las tantas personas que llegó a las afueras de este hospital para convertirlo en su hogar en plena crisis pandémica. Indígena tarahumara, nacido en la comunidad de Encarnación de Díaz, Jalisco, llegó a este sitio buscando ayuda a finales del año 2020 tras sufrir un asalto con la más cruel de las violencias.

Tres individuos no mayores a los 30 años de edad rodearían a Fermín a las afueras del Mercado República para increparlo y quitarle sus pertenencias. No obstante, el asalto se convertiría en una situación dantesca, pues lo golpearían sin piedad con algunos tubos de metal.

Fermín quedó con los brazos rotos tras la agresión, para terminar en una sala de emergencias y ser intervenido de urgencia en una clínica del IMSS de la capital. Sin papeles y ninguna documentación que avalara su identidad, este indígena sería dado de alta sin haberse recuperado por completo.

Por eso ahora se encuentra a la espera de conseguir una ayuda que le permita atenderse en el Hospital Central, pues la intervención quirúrgica realizada con anterioridad le dejó graves secuelas que le impiden realizar trabajos forzosos.

“Llegué hace siete meses buscando ayuda médica en este lugar. Como me quedé sin papeles y sin trabajo debido al incidente, por mucho tiempo estuve viviendo en diversos lugares de la ciudad, en medio de las inclemencias del tiempo, sin nada ni nadie. Me dijeron que aquí en el Hospital Central podrían ayudarme”.

“Lamentablemente por la llegada del coronavirus y la situación tan grave que enfrentaron en los centros de salud, les ha sido imposible atenderme. No tengo dinero, sólo cuento con mi CURP y vivo de los pequeños trabajos que realizo, o bien de la ayuda gentil de las personas. Necesito una operación en donde logren poner en su lugar mi brazo derecho, pues lo dejaron en una postura en la cual me es imposible realizar algún esfuerzo”, explicó Fermín.

SOLIDARIDAD EN MEDIO DE LA ENFERMEDAD

A pesar de ello y a sus casi 60 años de edad, Fermín ha sabido sobrellevar esta situación tan compleja que lo ha obligado a ponerse más de una vez en los zapatos de otros, y hoy es él quien ayuda a otras familias que se encuentran en la misma situación.

Como lo es la familia de Don Tiburcio González, quienes son ladrilleros originarios de la comunidad Lagunas de San Vicente. Esta familia tiene un total de ocho días viviendo en la acera que da en la entrada de urgencias del Hospital Central. Sin poder moverse y sin conocer a alguien de la capital, han hecho de la humilde morada improvisada de Fermín también su hogar.

➡️ 4T "inventa" la fundación de Tenochtitlan en 1321

“Aquí nos quedamos porque no hay horarios de información. No dejan entrar a nadie, a ningún familiar y con lo del coronavirus no hay dónde resguardarnos. Tenemos que estar todo el día y noche esperando noticias. No podemos ir a albergues, porque si nos vamos a alguno, ya no nos dan información de nuestro familiar”.

Y es que no sólo se enfrentan a la soledad y el peligro de la calle, también confrontan la carencia y la falta de acceso a una atención de salud digna y accesible. “Ha sido difícil tener que dormir afuera del hospital y además tratar de conseguir los medicamentos. Si bien el hospital se hace cargo de algunos procedimientos, no tienen las medicinas necesarias y los aditamentos médicos para atender a los pacientes”.

Es por ello que solicitan a las autoridades se acerquen a los familiares que se encuentran rodeando la salida del hospital para que escuchen sus necesidades. “Aquí viene gente muy pobre que no tiene nada y que hace hasta lo imposible por lograr la mejora de la salud de sus enfermos. Nosotros tuvimos que comprar un medicamento de mil 500 pesos de un día para otro y no teníamos dinero. Mi hijo (Guadalupe) sufrió un accidente en motocicleta, lo que le provocó una lesión en su rostro y un golpe fuerte en su cráneo, y por eso nos encontramos aquí”, mencionaron.

Además no es difícil notar el choque de realidades. Mientras se muestra imponente un edificio con más de 230 camas y 76 especialidades médicas, y una inversión que se aproxima a los 888 millones de pesos y alrededor de 243 millones de pesos en equipamiento, en ambas salidas y entradas del hospital se encuentran al menos tres casas elaboradas de manera improvisada con cartones y sábanas, algunas casas de campaña y familiares de enfermos dormidos en posición fetal tratando de cubrirse de la humedad y el frío de las mañanas.

Fermín menciona que las personas batallan hasta por solicitar el simple uso del baño del hospital “no dejan entrar a las mujeres. A los hombres sí, pero sólo en horarios de oficina. Muchas madres de familia tienen que caminar y buscar por la zona a alguien que les preste su baño, o bien, ir al del supermercado más cercano”.

“La zona es peligrosa y aunque el hospital luzca en maravillosas condiciones, a sus alrededores hay muchos asaltos y gente aprovechada. Las familias que aquí descansan -porque no tienen a dónde acudir-, han sido hostigadas en ocasiones por algunos vendedores informales”.

“Pero también hay comerciantes muy buenos y gente que viene a calmar su hambre y frío”.

Hasta el momento cuentan con un total de 15 cobijas para asistir y cubrir del frío a cualquiera que llegue a quedarse afuera del hospital Central. Cuentan con ropa donada, para que las personas que decidan permanecer en el lugar tengan una vestimenta más para cambiarse.

Sin embargo, las lluvias los han puesto en una situación más vulnerable."aquí no hay techo que soporte tanta lluvia, pero las personas se quedan aquí pese al mal tiempo porque no quieren perder detalle de la salud de sus enfermos".

Para Fermín, la familia González y otras más de 20 personas esta situación en medio de una pandemia se ha convertido en un reto a superar.

"No es fácil, sabemos que se corre peligro aunque hayan bajado los casos de Covid-19. Somos conscientes que esta situación también nos vulnera, podemos enfermar y también caer en el hospital", remarcaron.

Ser pobre, los posiciona en un estado de vulnerabilidad terrible, pero a pesar de ello, sin conocerse han formado una alianza que los fortalece pese a la situación de gravedad que enfrentan.

"Sabemos que el acceso a la salud para muchos de nosotros es casi incosteable, por eso estamos aquí. Sin prestaciones ni recursos, el Hospital Central ha sido nuestra única manera de tener entrada a un servicio médico, son sus obstáculos y carencias, pero es lo único que nos queda".



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