/ viernes 17 de julio de 2020

Hojas de papel volando | Jane Austen. Sin orgullo y sin prejuicio

Los libros no se escriben solos. Ya se sabe. Hasta los más sacrosantos fueron hechos por la inteligencia humana

Cada obra literaria tiene la personalidad de su autor, de grado o por fuerza, pero ahí está quien eso escribe.

A veces es fácil descubrirlo porque salta a la vista la personalización en uno o dos protagonistas, en base a quien los construye. Otras veces no es tan fácil porque la transformación es extrema y sin embargo con mucha frecuencia escriben a partir de experiencias personales, a lo que pergeña en la vida y, por supuesto, en base a la creación-imaginación-arte.

Por esto, si se jala el hilo de la personalidad de personajes, ideas, ambiente, tiempo, forma, ritmo verbal, estructura, se puede saber qué pasaba por la mente del escritor, lo que nos habrá de entregar cernido luego de sus lecturas interminables, correcciones, ajustes, precisiones y emoción.

Los libros no se escriben solos. Ya se sabe. Hasta los más sacrosantos fueron hechos por la inteligencia humana. Ahí están, por ejemplo, “La Iliada” y “La Odisea” que se atribuye al gran Homero, aunque algunos dicen que es obra colectiva, o la “Epopeya de Gilgamesh”, así mismo un poema presuntamente colectivo.

Y lo dicho: hay obras en los que el autor está ahí; somete su propia naturaleza a la de sus personajes y los dota de ese espíritu único que hace que sus propias vivencias, razones, prejuicios y soluciones les den vida y trascendencia.

Así que ahí está la obra monumental de Jane Austen. La escritora inglesa que a la “chita-callando” escribió una saga que parece hecha de miel y hojuelas, pero que no es tanto así porque de forma sutil, elegante, sobria y soberbia pone el dedo en la llaga de las formas y maneras y costumbres y manías y ambiciones y fortalezas y debilidades de la sociedad en la que vivió y en un momento en la historia de su país.

Y trasciende porque es el reflejo mismo de la ambición humana, del sentido de mercado, de cargos y abonos en nombre de la sociedad y sus costumbres; como también la atemporalidad de la exigencia femenina de tomar sus propias decisiones en un momento y un mundo en el que el recato, el silencio y la docilidad eran muestra de ser mujer “como debe ser”, “como la sociedad manda”.

Jane Austen

Eso hizo esta mujer en una aparente literatura envuelta en romance y papel de celofán para entregarnos ese retrato escrito de sus observaciones minuciosas; de esa capacidad que tenía para detenerse en los detalles, las formas, las costumbres, las intrigas, las bajezas y grandezas del ser humano en circunstancias aparentemente nobles pero cuya ruindad arrasaba sentimientos, orgullos, prejuicios...

Dicen sus biógrafos que Jane Austen nació en la rectoría de Steventon, un pequeño pueblo al noroeste de Hampshire, Inglaterra, el 16 de diciembre de 1775.

Que fue la séptima hija y segunda niña del rector, el reverendo George Austen, y su mujer Cassandra Leigh. De sus hermanos, dos pertenecían al clero, uno (Edward) heredó ricas posesiones en Kent y Hampshire de un primo lejano, y los dos más jóvenes se convirtieron en almirantes de la Marina británica y su única hermana, Cassandra.

Que la rectoría de Steventon fue el hogar de Jane durante los primeros 25 años de su vida. Que desde aquí viajó a Kent para quedarse con su hermano Edward en su mansión de Godmersham Park cerca de Canterbury, y que luego pasó un tiempo breve en Bath, donde vivían sus tíos.

Que durante la década de 1790 escribió los primeros borradores de “Sentido y Sensibilidad”, “Orgullo y Prejuicio” y “Northanger Abbey” y que sus viajes a Kent y Bath le proporcionaron el carácter local del marco de estas dos últimas novelas.

Que en 1801 el reverendo George Austen se retiró y que él y su mujer, con sus dos hijas Jane y Cassandra, dejaron Steventon y se establecieron en Bath donde el señor Austen falleció en 1805. Que es en esta época de su vida cuando escribe “Persuasión.”

Así que la mujer que escribe sobre el amor y sus sueños y complicaciones, nunca se casó, igual que su hermana Cassandra, a pesar de que Jane tuvo tres oportunidades serias durante su vida, sin embargo, y ahí el meollo del asunto, en un caso no pudo casarse porque su dote no era suficiente para sustentar el compromiso, según se acostumbraba, y en otro caso el novio no tenía recursos para sustentar su propuesta; en el tercer caso ella de plano se echó para atrás.

Al quedarse solas, vivieron en una pequeña casita que les proporcionó su hermano Edward en tierras que heredó y les apoyó con recursos, por lo que ella pudo dedicarse a escribir en secreto, porque no era ni usual ni era “conveniente” según las reglas de comportamiento. De hecho, su primera novela publicada aparece sin su nombre. El primer libro contratado fue “Susan” (“La abadía de Northanger”) en 1803, aunque al final no se imprimió.

(‘Después de levantarse a preparar el desayuno y practicar un poco el piano, le quedaba el resto del día libre a su disposición, le cedieron el uso del comedor y ahí sentada en una silla frente a una mesita al lado de una ventana, podía dedicarse a escribir.’)

Que Jane enfermó en 1816 y en el verano de 1817 su familia la llevó a Winchester para tratamiento médico. Sin embargo, ya no se pudo hacer nada por ella y falleció el 18 de Julio de 1817, hace doscientos tres años.

Más allá de sus datos biográficos, la vida de Jane fue al modo de la época; una familia con rasgos de nobleza, pero que no tenían recursos suficientes. La familia pertenecía al privilegiado mundo de la baja aristocracia (‘Gentry’), una especie de clase alta baja o media alta, de la campiña inglesa.

La familia de Jane Austen ‘nunca llevó una vida de grandes lujos; al contrario, sus ingresos alcanzaban simplemente para cubrir las necesidades inherentes a esa posición social. Los hijos de la familia sabían que tendrían que ganarse la vida de alguna forma y en aquel tiempo había muy pocas opciones disponibles para hombres de su posición mientras que las hijas se encontraban en una situación aún más dependiente, su único recurso era casarse y no tenían la ventaja de una dote que las hiciera más elegibles’.

Y de una vida rural así es la obra de Jane, una forma de repudio a estas formas y de rechazo al conformismo femenino. Subyace en su obra una cierta indignación porque ese mundo. Según Paloma Rodríguez:

‘...las obras de Austen no sólo sirven para explicar una época, unas costumbres, más o menos satirizadas gracias a la fina ironía de la voz narradora; no son solo indagaciones en el alma humana con personajes que intercambian diálogos llenos de humor y dobles intenciones, ni retratos de los sentimientos. Han suscitado discusiones sobre el pensamiento político, filosófico y económico que encierran.

‘Según The Economist, sus novelas contienen una parte de la historia económica de Inglaterra: “La riqueza de los terratenientes, que dominó el siglo XVIII, estaba siendo suplantada por la riqueza monetaria, que llegó a dominar el siglo XIX.

‘Entre 1796, cuando Austen comenzó Orgullo y prejuicio, y 1817, cuando murió mientras escribía Sanditon, la tierra y el dinero se encontraban en una áspera e incómoda igualdad. En este equilibrio cambiante estaban los fundamentos tanto de la prosperidad comercial del mundo anglosajón como de gran parte del drama y el humor de los libros de Austen”.

Así que la esencia de la obra de Austen se puede sintetizar en: la pobreza, la acumulación de capital humano y el mercado matrimonial.

Y por lo mismo hay hondura en su obra. Hay esencialmente un mundo aparentemente color de rosa, en donde las relaciones humanas se fincan a partir de la confianza-desconfianza; el orgullo; la sensatez, los prejuicios y un desenlace predecible y dulce, pero asimismo una ruta en donde existe ese espacio limitado para la mujer, en donde el recurso económico es fundamento para la felicidad o la infelicidad y en el que no tener en un mundo poderoso puede ser el pecado capital del ser humano.

Para algunos, la obra de Jane Austen es aparentemente “novela romántica”, pero ahí está el secreto de su enormidad: los hondos perfiles sicológicos de sus personajes; sus diálogos intachables; su intensidad in crescendo, su complejidad al tiempo que redondez literaria... Obras de arte que son eso, obras de arte y que a pesar de que ya hace más de doscientos años que murió Jane Austen, sus libros siguen siendo referencia, obligación y deleite: ni más, ni menos.


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joelhsantiago@gmail.com


Cada obra literaria tiene la personalidad de su autor, de grado o por fuerza, pero ahí está quien eso escribe.

A veces es fácil descubrirlo porque salta a la vista la personalización en uno o dos protagonistas, en base a quien los construye. Otras veces no es tan fácil porque la transformación es extrema y sin embargo con mucha frecuencia escriben a partir de experiencias personales, a lo que pergeña en la vida y, por supuesto, en base a la creación-imaginación-arte.

Por esto, si se jala el hilo de la personalidad de personajes, ideas, ambiente, tiempo, forma, ritmo verbal, estructura, se puede saber qué pasaba por la mente del escritor, lo que nos habrá de entregar cernido luego de sus lecturas interminables, correcciones, ajustes, precisiones y emoción.

Los libros no se escriben solos. Ya se sabe. Hasta los más sacrosantos fueron hechos por la inteligencia humana. Ahí están, por ejemplo, “La Iliada” y “La Odisea” que se atribuye al gran Homero, aunque algunos dicen que es obra colectiva, o la “Epopeya de Gilgamesh”, así mismo un poema presuntamente colectivo.

Y lo dicho: hay obras en los que el autor está ahí; somete su propia naturaleza a la de sus personajes y los dota de ese espíritu único que hace que sus propias vivencias, razones, prejuicios y soluciones les den vida y trascendencia.

Así que ahí está la obra monumental de Jane Austen. La escritora inglesa que a la “chita-callando” escribió una saga que parece hecha de miel y hojuelas, pero que no es tanto así porque de forma sutil, elegante, sobria y soberbia pone el dedo en la llaga de las formas y maneras y costumbres y manías y ambiciones y fortalezas y debilidades de la sociedad en la que vivió y en un momento en la historia de su país.

Y trasciende porque es el reflejo mismo de la ambición humana, del sentido de mercado, de cargos y abonos en nombre de la sociedad y sus costumbres; como también la atemporalidad de la exigencia femenina de tomar sus propias decisiones en un momento y un mundo en el que el recato, el silencio y la docilidad eran muestra de ser mujer “como debe ser”, “como la sociedad manda”.

Jane Austen

Eso hizo esta mujer en una aparente literatura envuelta en romance y papel de celofán para entregarnos ese retrato escrito de sus observaciones minuciosas; de esa capacidad que tenía para detenerse en los detalles, las formas, las costumbres, las intrigas, las bajezas y grandezas del ser humano en circunstancias aparentemente nobles pero cuya ruindad arrasaba sentimientos, orgullos, prejuicios...

Dicen sus biógrafos que Jane Austen nació en la rectoría de Steventon, un pequeño pueblo al noroeste de Hampshire, Inglaterra, el 16 de diciembre de 1775.

Que fue la séptima hija y segunda niña del rector, el reverendo George Austen, y su mujer Cassandra Leigh. De sus hermanos, dos pertenecían al clero, uno (Edward) heredó ricas posesiones en Kent y Hampshire de un primo lejano, y los dos más jóvenes se convirtieron en almirantes de la Marina británica y su única hermana, Cassandra.

Que la rectoría de Steventon fue el hogar de Jane durante los primeros 25 años de su vida. Que desde aquí viajó a Kent para quedarse con su hermano Edward en su mansión de Godmersham Park cerca de Canterbury, y que luego pasó un tiempo breve en Bath, donde vivían sus tíos.

Que durante la década de 1790 escribió los primeros borradores de “Sentido y Sensibilidad”, “Orgullo y Prejuicio” y “Northanger Abbey” y que sus viajes a Kent y Bath le proporcionaron el carácter local del marco de estas dos últimas novelas.

Que en 1801 el reverendo George Austen se retiró y que él y su mujer, con sus dos hijas Jane y Cassandra, dejaron Steventon y se establecieron en Bath donde el señor Austen falleció en 1805. Que es en esta época de su vida cuando escribe “Persuasión.”

Así que la mujer que escribe sobre el amor y sus sueños y complicaciones, nunca se casó, igual que su hermana Cassandra, a pesar de que Jane tuvo tres oportunidades serias durante su vida, sin embargo, y ahí el meollo del asunto, en un caso no pudo casarse porque su dote no era suficiente para sustentar el compromiso, según se acostumbraba, y en otro caso el novio no tenía recursos para sustentar su propuesta; en el tercer caso ella de plano se echó para atrás.

Al quedarse solas, vivieron en una pequeña casita que les proporcionó su hermano Edward en tierras que heredó y les apoyó con recursos, por lo que ella pudo dedicarse a escribir en secreto, porque no era ni usual ni era “conveniente” según las reglas de comportamiento. De hecho, su primera novela publicada aparece sin su nombre. El primer libro contratado fue “Susan” (“La abadía de Northanger”) en 1803, aunque al final no se imprimió.

(‘Después de levantarse a preparar el desayuno y practicar un poco el piano, le quedaba el resto del día libre a su disposición, le cedieron el uso del comedor y ahí sentada en una silla frente a una mesita al lado de una ventana, podía dedicarse a escribir.’)

Que Jane enfermó en 1816 y en el verano de 1817 su familia la llevó a Winchester para tratamiento médico. Sin embargo, ya no se pudo hacer nada por ella y falleció el 18 de Julio de 1817, hace doscientos tres años.

Más allá de sus datos biográficos, la vida de Jane fue al modo de la época; una familia con rasgos de nobleza, pero que no tenían recursos suficientes. La familia pertenecía al privilegiado mundo de la baja aristocracia (‘Gentry’), una especie de clase alta baja o media alta, de la campiña inglesa.

La familia de Jane Austen ‘nunca llevó una vida de grandes lujos; al contrario, sus ingresos alcanzaban simplemente para cubrir las necesidades inherentes a esa posición social. Los hijos de la familia sabían que tendrían que ganarse la vida de alguna forma y en aquel tiempo había muy pocas opciones disponibles para hombres de su posición mientras que las hijas se encontraban en una situación aún más dependiente, su único recurso era casarse y no tenían la ventaja de una dote que las hiciera más elegibles’.

Y de una vida rural así es la obra de Jane, una forma de repudio a estas formas y de rechazo al conformismo femenino. Subyace en su obra una cierta indignación porque ese mundo. Según Paloma Rodríguez:

‘...las obras de Austen no sólo sirven para explicar una época, unas costumbres, más o menos satirizadas gracias a la fina ironía de la voz narradora; no son solo indagaciones en el alma humana con personajes que intercambian diálogos llenos de humor y dobles intenciones, ni retratos de los sentimientos. Han suscitado discusiones sobre el pensamiento político, filosófico y económico que encierran.

‘Según The Economist, sus novelas contienen una parte de la historia económica de Inglaterra: “La riqueza de los terratenientes, que dominó el siglo XVIII, estaba siendo suplantada por la riqueza monetaria, que llegó a dominar el siglo XIX.

‘Entre 1796, cuando Austen comenzó Orgullo y prejuicio, y 1817, cuando murió mientras escribía Sanditon, la tierra y el dinero se encontraban en una áspera e incómoda igualdad. En este equilibrio cambiante estaban los fundamentos tanto de la prosperidad comercial del mundo anglosajón como de gran parte del drama y el humor de los libros de Austen”.

Así que la esencia de la obra de Austen se puede sintetizar en: la pobreza, la acumulación de capital humano y el mercado matrimonial.

Y por lo mismo hay hondura en su obra. Hay esencialmente un mundo aparentemente color de rosa, en donde las relaciones humanas se fincan a partir de la confianza-desconfianza; el orgullo; la sensatez, los prejuicios y un desenlace predecible y dulce, pero asimismo una ruta en donde existe ese espacio limitado para la mujer, en donde el recurso económico es fundamento para la felicidad o la infelicidad y en el que no tener en un mundo poderoso puede ser el pecado capital del ser humano.

Para algunos, la obra de Jane Austen es aparentemente “novela romántica”, pero ahí está el secreto de su enormidad: los hondos perfiles sicológicos de sus personajes; sus diálogos intachables; su intensidad in crescendo, su complejidad al tiempo que redondez literaria... Obras de arte que son eso, obras de arte y que a pesar de que ya hace más de doscientos años que murió Jane Austen, sus libros siguen siendo referencia, obligación y deleite: ni más, ni menos.


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