/ viernes 23 de febrero de 2024

Hojas de papel | Domingo de plaza en Tlacolula

Es la torre de Babel. Es un rehilete feliz, de mil colores, que da vueltas interminables. Cielo azul turquesa arriba. Sol resplandeciente que nos envuelve con su luz y su calor. Tierra ocre. Aire fresco de mañana de verano interminable. Fragancias intensas. Transparencia absoluta que nos permite mirar a lo lejos.

Es domingo, día de plaza en Tlacolula, en los Valles Centrales de Oaxaca –a 38 kilómetros de la capital del estado-.Y hoy se viste de fiesta. ¡Si señor!

Y uno, paso a paso, se siente real. Vivo. Hecho de esencias naturales y con la certidumbre de que se está en presencia de una historia cuyo origen se pierde en los siglos atrás. Y se está también en un presente que se siente orgulloso de sí, de su indiferencia por el futuro porque ahí todo es pasado y es presente… Carpe diem.

Siglos de historia están en la mirada intensa y cordial de aquel hombre de vestimenta sencilla y honorable y quien en cuclillas, frente a sus canastos, espera vender sus productos que recién cortó de su huerto apenas aquella mañana dominical y por lo tanto huele a frescura, a tierra húmeda, a sudor de la frente…

… El hombre nos mira y en sus ojos hay una sonrisa porque sabe que somos sus huéspedes, que estamos en su casa, en su hogar dominical, en donde él es dueño y señor…

Y lo son cada uno de los oaxaqueños que acuden ahí este y todos los domingos para reunirse, para saludarse, para verse, para saber que se es comunidad y que se es uno solo, que es raza y origen; para dar y recibir; para ofrecer su Guelaguetza que es la esencia de los oaxaqueños: generosidad y cordialidad. Abrazo completo.

Son oaxaqueños ancestrales. Muchos de ellas y ellos hablan en sus idiomas de origen: zapoteco, triqui, chinanteco, amuzgo, mixe y otros Es una sinfonía de voces, sonidos, palabras, cantar de gorriones. Son ellos mismos hoy y aquí, y son sus padres, y sus abuelos y sus ancestros hasta el origen del universo. Dignos y orgullosos son.

Y se es feliz frente a niños zapotecas que miran azorados el paso de quienes los visitan, de quienes les compran a sus padres, de quienes les acarician el cabello para decirles un “te quiero” suavecito…

Porque no es humano pasar y dejar de percibir la emotiva sensación de que la gente que llega de los lugares cercanos para vender sus mercancías, sus productos, sus bienes, sus creaciones, sus animales de traspatio, el ramito de albahaca, de epazote, de romero, de poleo, son personas que buscan la cordialidad y el íntimo decoro del comercio…

… El ganar para vivir y el ganar para satisfacer lo que falta en casa y que nada ni nadie regala, porque todo es producto de nuestro trabajo, y nadamás que de nuestro trabajo... y de la tierra y de los ríos… y de las cañadas y de los bosques y de huerto que está atrás de la casa solariega.

Y uno llega ahí, oaxaqueño o no, paso a paso, con cuidado porque eso sí, todo ahí merece respeto; todo ahí merece nuestra admiración y nuestra mano extendida.

Una mano extendida que no regresa sola, porque en ella se depositan las semillas de calabaza bien hechecitas y crujientes, porque ahí se depositan los trozos de chocolate como lo hacían los abuelos de sus abuelos… o el pan de yema que no puede consigo mismo porque lleva el color de la alegría, el sabor de la felicidad, el aroma de los sueños.

Pues eso: ahí están dispuestos, ya llegan, todos los dueños de esta plaza, como el Jibarito de Rafael Hernández,’ locos de contentos con su cargamento’; y se ubican en los lugares predispuestos en las calles adyacentes a las bardas de la Iglesia y su capilla monumentales.

Son edificaciones que son su orgullo. Son joyas hechas por manos oaxaqueñas que transformaron el barro y el oro en honor a su fe religiosa. Nada comparable a este arte barroco ni al largo camino recorrido para concretar una creencia en arte: La Iglesia de la Asunción, Dominica y la Capilla Franciscana del señor de Tlacolula, conviven y murmuran con sigilo los siglos que han vivido.

Los muros de ambas están cubiertos por pinturas y retablos coloniales. Se percibe su decoración en yesería sobredorada. En la capilla sobresale el conjunto de cuatro mártires cristianos, en cuyos rostros hay dolor. Es notable el dorado del altar y de las columnas, sus relieves policromados y sobre todo su herrería forjada. Para aprovechar la luz externa, hay espejos ubicados en las paredes y columnas así como en su cúpula octagonal.

Ver esta iglesia y su capilla “es tocar los dinteles de la gloria”, diría el poeta Manuel M. Flores.

Fuera de bardas, están los puestos a lo largo de calles y dentro del mercado porfiriano. Dispuestos como si fuera al azar, pero no; hay las especialidades.

Ahí el pasillo con frutas y verduras que son el campo mismo puesto en pilas de colores como cuadro de María Izquierdo, o “La vendedora de frutas” de Olga Costa; u obra de Van Gogh que de aquí pedía la cochinilla para sus tintes de rojos intensos; que son una obra de Tamayo o de Diego o de Frida…

Son pasillos interminables en donde está la fruta bendita y los vegetales y las piñas que huelen a Loma Bonita y que huelen a tepache y que huelen a jugoso almíbar. Y cuando muerde usted ahí una ‘dulce y fresca rebanada de sandía’ el sabor se derrite en su paladar y el jugo sale de sus comisuras porque quiere ser libre para seguir siendo sandía…

¿Cuántas veces ha percibido usted el aroma fresco de la vida puesto en tablones y mesas o sobre alfalfa o en el piso mismo sobre un buen petate?

La vendedora corta una rebanada de melón, una rodaja de piña, de mamey, chico-zapote o mango que son miel, frutos que el Papa Juan Pablo II prefería cuando estuvo en Oaxaca…

¿Ha pasado usted por un lugar en donde todo huele a mandarinas frescas y saludables? ¿A guayabas? ¿O en donde hay mangos que sueñan con estar en el paladar ingenuo que es el nuestro? Y qué tal cuando talla usted un poco de romero entre sus dedos, o el albahaca que huele a perfume y sabe a morisca…

O el corredor de carne –en donde hay braceros con carbón encendido para que usted mismo se prepare su carne a su gusto y sabor—…

… Y los ingredientes que acompañan a los sabrosos tacos de tasajo, cecina, chorizo aromático saboreados con aguacates de ahí y chiles de agua, de ahí, y cada bocado es un manjar que no envidia a la mejor comida del mundo. Por esto la UNESCO declaró el 16 de noviembre de 2010 a la comida mexicana como “Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad.”

Están ahí, dispuestas las semillas, la lana hecha sarape de colores, el barro negro, amarillo o rojo, los cueros curtidos, el maíz, todo en medio del bullicio. Ahí está el comal con empanadas de mole amarillo o la barbacoa y su consomé inigualable porque no es como el que usted conoce: es mejor.

Los panes que saben a gloria; metates y molcajetes de piedra con colores emotivos; hay sombreros y comales gigantes de barro; harinas, orégano; condimentos, hierbas de todas, petates y cazuelas, huaraches.

Y las vendedoras felices, muchas de ellas portan pañoletas solferino, con brillo en ellas; rebozos amarillos, blusas floreadas, faldas de lana, fajas rojas, enredos grises… Vienen de San Bartolomé Quialana… La hermosura, pues.

Y ahí la venta de guajolotes, pollos, gallinas, huevos que las vendedores extienden con sus manos para que “compre usted”. Y flores. Muchas flores. El paraíso terrenal a la vista. Cañas verdes…

Todo ahí como una avalancha de vida en un solo día, como en “Bajo el volcán” de Malcom Lowry; o como “Las mañanas de México” que escribió en Oaxaca el gran D.H. Lawrence.

Es Tlacolula (Queche Baca, en zapoteco) de orígenes ancestrales, prehispánicos, con huellas de su origen en Yagul y Lambiteco y que consigue asentarse y ser reconocido como pueblo en 1560. Se le habilitó como villa de paso, abastecimiento y descanso para los viajeros con rumbo a Tehuantepec.

Y es hoy un municipio oaxaqueño de muy alta actividad económica, comercial, mercantil, de trabajo, de educación y de cultura. Ahí nació “Dios nunca muere” el himno oaxaqueño de Macedonio Alcalá.

Pero su plaza dominical es su carta de presentación al mundo: el origen y destino; la vida y el presente; la alegría de vivir y de estar; el regocijo hecho color, sabor, aromas y sonrisas que abrazan y que nos acompañan al regreso “llenos de contento, con nuestro cargamento, a la capital…” y que nunca, nunca, nunca olvidaremos: “Que en todo Tlacolula, no hay otra como asté, si señor”

Es la torre de Babel. Es un rehilete feliz, de mil colores, que da vueltas interminables. Cielo azul turquesa arriba. Sol resplandeciente que nos envuelve con su luz y su calor. Tierra ocre. Aire fresco de mañana de verano interminable. Fragancias intensas. Transparencia absoluta que nos permite mirar a lo lejos.

Es domingo, día de plaza en Tlacolula, en los Valles Centrales de Oaxaca –a 38 kilómetros de la capital del estado-.Y hoy se viste de fiesta. ¡Si señor!

Y uno, paso a paso, se siente real. Vivo. Hecho de esencias naturales y con la certidumbre de que se está en presencia de una historia cuyo origen se pierde en los siglos atrás. Y se está también en un presente que se siente orgulloso de sí, de su indiferencia por el futuro porque ahí todo es pasado y es presente… Carpe diem.

Siglos de historia están en la mirada intensa y cordial de aquel hombre de vestimenta sencilla y honorable y quien en cuclillas, frente a sus canastos, espera vender sus productos que recién cortó de su huerto apenas aquella mañana dominical y por lo tanto huele a frescura, a tierra húmeda, a sudor de la frente…

… El hombre nos mira y en sus ojos hay una sonrisa porque sabe que somos sus huéspedes, que estamos en su casa, en su hogar dominical, en donde él es dueño y señor…

Y lo son cada uno de los oaxaqueños que acuden ahí este y todos los domingos para reunirse, para saludarse, para verse, para saber que se es comunidad y que se es uno solo, que es raza y origen; para dar y recibir; para ofrecer su Guelaguetza que es la esencia de los oaxaqueños: generosidad y cordialidad. Abrazo completo.

Son oaxaqueños ancestrales. Muchos de ellas y ellos hablan en sus idiomas de origen: zapoteco, triqui, chinanteco, amuzgo, mixe y otros Es una sinfonía de voces, sonidos, palabras, cantar de gorriones. Son ellos mismos hoy y aquí, y son sus padres, y sus abuelos y sus ancestros hasta el origen del universo. Dignos y orgullosos son.

Y se es feliz frente a niños zapotecas que miran azorados el paso de quienes los visitan, de quienes les compran a sus padres, de quienes les acarician el cabello para decirles un “te quiero” suavecito…

Porque no es humano pasar y dejar de percibir la emotiva sensación de que la gente que llega de los lugares cercanos para vender sus mercancías, sus productos, sus bienes, sus creaciones, sus animales de traspatio, el ramito de albahaca, de epazote, de romero, de poleo, son personas que buscan la cordialidad y el íntimo decoro del comercio…

… El ganar para vivir y el ganar para satisfacer lo que falta en casa y que nada ni nadie regala, porque todo es producto de nuestro trabajo, y nadamás que de nuestro trabajo... y de la tierra y de los ríos… y de las cañadas y de los bosques y de huerto que está atrás de la casa solariega.

Y uno llega ahí, oaxaqueño o no, paso a paso, con cuidado porque eso sí, todo ahí merece respeto; todo ahí merece nuestra admiración y nuestra mano extendida.

Una mano extendida que no regresa sola, porque en ella se depositan las semillas de calabaza bien hechecitas y crujientes, porque ahí se depositan los trozos de chocolate como lo hacían los abuelos de sus abuelos… o el pan de yema que no puede consigo mismo porque lleva el color de la alegría, el sabor de la felicidad, el aroma de los sueños.

Pues eso: ahí están dispuestos, ya llegan, todos los dueños de esta plaza, como el Jibarito de Rafael Hernández,’ locos de contentos con su cargamento’; y se ubican en los lugares predispuestos en las calles adyacentes a las bardas de la Iglesia y su capilla monumentales.

Son edificaciones que son su orgullo. Son joyas hechas por manos oaxaqueñas que transformaron el barro y el oro en honor a su fe religiosa. Nada comparable a este arte barroco ni al largo camino recorrido para concretar una creencia en arte: La Iglesia de la Asunción, Dominica y la Capilla Franciscana del señor de Tlacolula, conviven y murmuran con sigilo los siglos que han vivido.

Los muros de ambas están cubiertos por pinturas y retablos coloniales. Se percibe su decoración en yesería sobredorada. En la capilla sobresale el conjunto de cuatro mártires cristianos, en cuyos rostros hay dolor. Es notable el dorado del altar y de las columnas, sus relieves policromados y sobre todo su herrería forjada. Para aprovechar la luz externa, hay espejos ubicados en las paredes y columnas así como en su cúpula octagonal.

Ver esta iglesia y su capilla “es tocar los dinteles de la gloria”, diría el poeta Manuel M. Flores.

Fuera de bardas, están los puestos a lo largo de calles y dentro del mercado porfiriano. Dispuestos como si fuera al azar, pero no; hay las especialidades.

Ahí el pasillo con frutas y verduras que son el campo mismo puesto en pilas de colores como cuadro de María Izquierdo, o “La vendedora de frutas” de Olga Costa; u obra de Van Gogh que de aquí pedía la cochinilla para sus tintes de rojos intensos; que son una obra de Tamayo o de Diego o de Frida…

Son pasillos interminables en donde está la fruta bendita y los vegetales y las piñas que huelen a Loma Bonita y que huelen a tepache y que huelen a jugoso almíbar. Y cuando muerde usted ahí una ‘dulce y fresca rebanada de sandía’ el sabor se derrite en su paladar y el jugo sale de sus comisuras porque quiere ser libre para seguir siendo sandía…

¿Cuántas veces ha percibido usted el aroma fresco de la vida puesto en tablones y mesas o sobre alfalfa o en el piso mismo sobre un buen petate?

La vendedora corta una rebanada de melón, una rodaja de piña, de mamey, chico-zapote o mango que son miel, frutos que el Papa Juan Pablo II prefería cuando estuvo en Oaxaca…

¿Ha pasado usted por un lugar en donde todo huele a mandarinas frescas y saludables? ¿A guayabas? ¿O en donde hay mangos que sueñan con estar en el paladar ingenuo que es el nuestro? Y qué tal cuando talla usted un poco de romero entre sus dedos, o el albahaca que huele a perfume y sabe a morisca…

O el corredor de carne –en donde hay braceros con carbón encendido para que usted mismo se prepare su carne a su gusto y sabor—…

… Y los ingredientes que acompañan a los sabrosos tacos de tasajo, cecina, chorizo aromático saboreados con aguacates de ahí y chiles de agua, de ahí, y cada bocado es un manjar que no envidia a la mejor comida del mundo. Por esto la UNESCO declaró el 16 de noviembre de 2010 a la comida mexicana como “Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad.”

Están ahí, dispuestas las semillas, la lana hecha sarape de colores, el barro negro, amarillo o rojo, los cueros curtidos, el maíz, todo en medio del bullicio. Ahí está el comal con empanadas de mole amarillo o la barbacoa y su consomé inigualable porque no es como el que usted conoce: es mejor.

Los panes que saben a gloria; metates y molcajetes de piedra con colores emotivos; hay sombreros y comales gigantes de barro; harinas, orégano; condimentos, hierbas de todas, petates y cazuelas, huaraches.

Y las vendedoras felices, muchas de ellas portan pañoletas solferino, con brillo en ellas; rebozos amarillos, blusas floreadas, faldas de lana, fajas rojas, enredos grises… Vienen de San Bartolomé Quialana… La hermosura, pues.

Y ahí la venta de guajolotes, pollos, gallinas, huevos que las vendedores extienden con sus manos para que “compre usted”. Y flores. Muchas flores. El paraíso terrenal a la vista. Cañas verdes…

Todo ahí como una avalancha de vida en un solo día, como en “Bajo el volcán” de Malcom Lowry; o como “Las mañanas de México” que escribió en Oaxaca el gran D.H. Lawrence.

Es Tlacolula (Queche Baca, en zapoteco) de orígenes ancestrales, prehispánicos, con huellas de su origen en Yagul y Lambiteco y que consigue asentarse y ser reconocido como pueblo en 1560. Se le habilitó como villa de paso, abastecimiento y descanso para los viajeros con rumbo a Tehuantepec.

Y es hoy un municipio oaxaqueño de muy alta actividad económica, comercial, mercantil, de trabajo, de educación y de cultura. Ahí nació “Dios nunca muere” el himno oaxaqueño de Macedonio Alcalá.

Pero su plaza dominical es su carta de presentación al mundo: el origen y destino; la vida y el presente; la alegría de vivir y de estar; el regocijo hecho color, sabor, aromas y sonrisas que abrazan y que nos acompañan al regreso “llenos de contento, con nuestro cargamento, a la capital…” y que nunca, nunca, nunca olvidaremos: “Que en todo Tlacolula, no hay otra como asté, si señor”

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