/ martes 26 de mayo de 2020

Hallan vestigios de un naufragio del siglo XVIII

Arqueólogos subacuáticos del INAH creen que los tripulantes de aquella embarcación hicieron un último esfuerzo para evitar la catástrofe que se suscitó en costas de Quintana Roo

Mediante el hallazgo de un ancla 'activada', es decir, que fue lanzada al mar con la intención de sujetarse a la barrera arrecifal del mar de Quintana Roo, comienza una revelación de la historia del velero, cuyo conocimiento actual, posiblemente, un finales del siglo XVIII o inicios del XIX.

Los arqueólogos subacuáticos del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), que dan cuenta de este descubrimiento, tienen la idea de que los tripulantes de aquella embarcación hicieron un último esfuerzo para evitar la catástrofe y el combustible, que hoy hoy continúan siendo completamente completos al sistema coralino.

Los vestigios del velero representan el pecio (pedazo o resto de una nave que tiene un naufragado o porción de lo que ella contiene), número 70 registrado por la Subdirección de Arqueología Subacuática (SAS) del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) en esta reserva natural quintanarroense.

En la información del Instituto se estipula que aquel naufragio recién comienza literalmente a 'salir a flote' y es Laura Carrillo Márquez, investigadora de la SAS y responsable del Proyecto Banco Chinchorro, quien dice que se llevó a cabo una primera jornada de inspección a fin de registro tal descubrimiento, por medio de dos sesiones de buceo, la localización en GPS del derrelicto y una inspección general del mismo.

Una vez que pase la contingencia sanitaria por el Covid-19, se informó, se llevará a cabo la segunda fase de trabajo, cuando los especialistas vuelven al campo para levantar planos, ahondar en las características del contexto y tomar algunas muestras para indagar en su temporalidad

La arqueóloga subacuática, señala que es difícil hablar de las dimensiones del velero, de su cargamento u otros detalles, pues la zona en la que se ubica, al sureste del Banco Chinchorro, es compleja. "Yace directamente en la barrera arrecifal donde la corriente marina es fuerte".

Lo anterior, sumado a que el pecio está a dos o tres metros de la superficie, hace que prácticamente no quede nada del casco de madera, pues el material orgánico de esa estructura se ha desintegrado con el paso de los siglos.

"Sólo permanecen los elementos sólidos, muy concretos al arrecife", describan Carrillo al enumerar algunos de los objetos registrados en el reconocimiento inicial: lingotes de hierro que se usaban como lastre, algunos tubos, un cañón de aproximadamente 2.5 metros de largo y un ancla 'almirantazgo', término que designa a las guías que emiten el reino inglés para los fabricantes de estas herramientas.

Sin embargo, algunos de los vestigios parecerían indicar una filiación británica, la investigadora del INAH aclara que esta hipótesis debe ser corroborada o descartada mediante el análisis que se hará meticulosamente, cuidando el equilibrio ambiental del sitio.

Del mismo modo, se destacó que los pescadores son quienes mejor conocen a Chinchorro dado que lo navegan en un diario para el día, buceando las aguas caribeñas para encontrar los peces, langostas o caracoles que venden en Mahahual o en Xcalak, ya veces que se encontramos contextos arqueológicos sumergidos.

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Mediante el hallazgo de un ancla 'activada', es decir, que fue lanzada al mar con la intención de sujetarse a la barrera arrecifal del mar de Quintana Roo, comienza una revelación de la historia del velero, cuyo conocimiento actual, posiblemente, un finales del siglo XVIII o inicios del XIX.

Los arqueólogos subacuáticos del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), que dan cuenta de este descubrimiento, tienen la idea de que los tripulantes de aquella embarcación hicieron un último esfuerzo para evitar la catástrofe y el combustible, que hoy hoy continúan siendo completamente completos al sistema coralino.

Los vestigios del velero representan el pecio (pedazo o resto de una nave que tiene un naufragado o porción de lo que ella contiene), número 70 registrado por la Subdirección de Arqueología Subacuática (SAS) del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) en esta reserva natural quintanarroense.

En la información del Instituto se estipula que aquel naufragio recién comienza literalmente a 'salir a flote' y es Laura Carrillo Márquez, investigadora de la SAS y responsable del Proyecto Banco Chinchorro, quien dice que se llevó a cabo una primera jornada de inspección a fin de registro tal descubrimiento, por medio de dos sesiones de buceo, la localización en GPS del derrelicto y una inspección general del mismo.

Una vez que pase la contingencia sanitaria por el Covid-19, se informó, se llevará a cabo la segunda fase de trabajo, cuando los especialistas vuelven al campo para levantar planos, ahondar en las características del contexto y tomar algunas muestras para indagar en su temporalidad

La arqueóloga subacuática, señala que es difícil hablar de las dimensiones del velero, de su cargamento u otros detalles, pues la zona en la que se ubica, al sureste del Banco Chinchorro, es compleja. "Yace directamente en la barrera arrecifal donde la corriente marina es fuerte".

Lo anterior, sumado a que el pecio está a dos o tres metros de la superficie, hace que prácticamente no quede nada del casco de madera, pues el material orgánico de esa estructura se ha desintegrado con el paso de los siglos.

"Sólo permanecen los elementos sólidos, muy concretos al arrecife", describan Carrillo al enumerar algunos de los objetos registrados en el reconocimiento inicial: lingotes de hierro que se usaban como lastre, algunos tubos, un cañón de aproximadamente 2.5 metros de largo y un ancla 'almirantazgo', término que designa a las guías que emiten el reino inglés para los fabricantes de estas herramientas.

Sin embargo, algunos de los vestigios parecerían indicar una filiación británica, la investigadora del INAH aclara que esta hipótesis debe ser corroborada o descartada mediante el análisis que se hará meticulosamente, cuidando el equilibrio ambiental del sitio.

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