/ domingo 14 de abril de 2019

Hojas de papel volando | Gabriel García Márquez: Mariposas amarillas y ríos de tinta

El Gabo tenía que salir a buscar la información y esmerarse en escribirlas según los cánones del periodismo. Pero él no se conformaba y escribía y relataba acontecimientos

  1. Escribo para que me quieran más mis amigos


“Todo estaba en penumbra, un hombre tocaba piano en la sombra, y los pocos clientes que había eran parejas de enamorados. Esa tarde supe que si no fuera escritor, hubiera querido ser el hombre que tocaba el piano sin que nadie le viera la cara, sólo para que los enamorados se quisieran más”.

Esto le dijo Gabriel García Márquez a su hermano Eligio en un viaje que hicieron a Zúrich y durante una tormenta que los hizo entrar en un bar del lugar. A lo mejor hubiera sido cierto. Pero era a tal grado y a raudales la imaginación del escritor que quizá también hubiera querido ser una de esas mariposas amarillas con las que vistió de colores su obra magna o ese río de luz que un día inundó al mundo según su propio relato, lo que no está lejos de la realidad.

… En todo caso ahí está un leit motiv de su obra: la soledad y el amor como principio y fin de la naturaleza humana.

Foto: Cuartoscuro

Pero también esa necesidad de cariño siempre en el ser humano. Gabriel García Márquez necesitaba que le quisieran y por lo mismo escribía. Y lo consiguió, aunque mucho tiempo después muchos más lo quisieron, y no frente a un pelotón de fusilamiento, sino cuando su obra había cuajado y cuando el mundo entero supo que había un lugar llamado Macondo, una aldea con veinte casas de barro y caña brava, en donde vivió una familia Buendía y en el que en una ocasión Remedios la Bella se elevó al cielo envuelta en las sábanas blancas que iluminaron noches y días después…

Pero siempre hay un principio. Y primero que todo estudió derecho en 1948 en la Universidad de Colombia cuando fue asesinado el candidato presidencial Jorge Eliécer Gaitán -“El Bogotazo”-. Tiempo después regresó a Aracataca, lugar en el que había nacido el 6 de marzo de 1927 como primer hijo de once, de Luisa Santiaga Márquez y Gabriel Eligio García, y nieto de Tranquilina Iguarán Cotes y del coronel Nicolás Ricardo Márquez Mejía, con quienes se crió. Y es precisamente su abuelo Nicolás quien le inspiró al coronel Aureliano Buendía…

Regresó –decíamos- para anunciar a la familia que se había vuelto periodista. Así, sin más, aunque un periodista ‘que amaba su profesión pero odiaba las preguntas’ –dijo-. En todo caso empezó en el periodismo escribiendo en El Universal, de Cartagena, luego en El Heraldo de Barranquilla y, en 1954, ya en El Espectador, de Bogotá. Fue en éste en donde se publicó su primer cuento en 1947: “La tercera resignación”.

En aquellos periódicos escribía crónicas y reportajes. Por supuesto tenía que salir a buscar la información y esmerarse en escribirlas según los cánones del periodismo. Pero él no se conformaba y escribía y relataba acontecimientos a los que dotaba del rigor y la técnica periodística, pero también de la intensidad de los hechos. En 1955 escribió una serie de reportajes que finalmente se transformaron en el “Relato de un náufrago”.

Según se lee, a Ryszard Kapuscinski, el gran periodista polaco que escribió que “el periodismo no es para cínicos” dijo que de García Márquez admiraba sus novelas, aunque también apuntó que “la grandeza estriba en sus reportajes. Sus novelas provienen de sus textos periodísticos. Es un clásico del reportaje con dimensiones panorámicas que trata de mostrar y describir los grandes campos de la vida o los acontecimientos. Su gran mérito consiste –dijo Kapuscinski- en demostrar que el gran reportaje es también gran literatura”. García Márquez, en una conferencia dijo que “el periodismo escrito es un género literario”.

Reflexionaba entonces cómo es que la práctica del oficio periodístico impone la necesidad de formar una base cultural, y que el mismo ambiente de trabajo se encarga de fomentarla: “La lectura es una adicción laboral”

¿Pero cuál es la virtud más importante en un periodista hecho y derecho? Y contestó enfático: la curiosidad por la vida. E increpa: “el mal periodista piensa que su fuente es su vida misma –sobre todo si es oficial- y por eso la sacraliza, la consciente, la protege y termina por establecer con ella una peligrosa relación de complicidad, que lo lleva inclusive a menospreciar la decencia de la segunda fuente”.

En todo caso su gran pasión fue el periodismo. De él vivió y se entregó por años al oficio de informar y crear. Este era un hombre que era periodista pero que también era escritor y a la inversa, eternamente dicho.

En todo caso, a la par del periodismo, García Márquez iba desgranando literatura. ¿O fue a la inversa? en este caso estaría bien si definimos qué fue primero: periodismo-literatura o literatura-periodismo.

Para 1955 ya había publicado “La hojarasca”; en 1957 “El coronel no tiene quien le escriba”; en 1961 “La mala hora”…

Es en 1961 cuando a instancia de su amigo Álvaro Mútis (Maqroll, el gaviero) se instala en México, junto con su esposa Mercedes Barcha, “La Gaba”, el gran amor de su vida, su protectora y cómplice en las aventuras literarias, sus hijos Rodrigo y Gonzalo.

A México llega y descubre a un país del que se enamora pronto; en el que se siente a gusto y en donde inicia la gesta literaria más emblemática de su vida. México fue para él el país al que, después de Colombia, más quiso y en el que después de muchas andanzas y vivencias decidió morir el jueves 17 de abril de 2014 cuando tenía 87 años de edad y muchos más de haber vivido.

Al principio pasó las de Caín, en México. Llegó como periodista y casi como murmullo, como escritor. Comenzó a reportear y editar en algunos medios locales como “Sucesos” y “La familia”. Escribe para anuncios publicitarios. Guiones para cine. Y su obra en la quietud de su casa de San Angel Inn, al sur del Distrito Federal.

Pronto se hace de amigos entrañables Luis Alcoriza, Luis Buñuel, Jomí García Ascot y María Luisa Elío (a quienes dedica su obra máxima) y muchos más.

Llega y lo primero que hace Mútis es entregarle dos libros enormes, y le dice: “Tenga, para que sepa lo que es escribir”. Le dio “Pedro Páramo” y “El llano en llamas”, ni más, ni menos. Y esas lecturas no sólo lo impactaron, sino que influyeron en su obra posterior. Y había una razón de fondo en ello:

Rulfo escribe de las formas de vida de las que se impregnó en Sayula, Jalisco; de sus modos de hablar, de sus formas de vivir y, sobre todo, de esa magia que envuelve cada uno de sus relatos y lo extremadamente irreal de Pedro Páramo: “Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo”. Los orígenes como fuente de inspiración y como refugio. La tierra y sus vacíos, sus conflictos y, sobre todo, sus soledades…

Así que luego habría de nacer aquel “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo”. Gran comienzo para una obra máxima bajo la premisa de que “La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla”.

En 1965 tenía 38 años y la comenzó a escribir entre penurias económicas, en su casa de México durante 18 meses de seis horas diarias en los que la magia de Mercedes consiguió la sobrevivencia de la familia García Márquez. Pero él estaba entregado a la obra, y emocionado:

“En los primeros meses conservé mis mejores ingresos, pero cada vez me faltaba más tiempo para escribir tanto como quería. Llegué a trabajar de noche hasta muy tarde para cumplir mis compromisos pendientes, hasta que la vida se me volvió imposible. Poco a poco fui abandonando todo hasta que la realidad insobornable me obligó a escoger sin rodeos entre escribir o morir”.

Con muchas dificultades decidió mandar su manuscrito a la Editorial Sudamericana en Buenos Aires. Inmediato aceptada y en junio de 1967 estaba impresa una de las obras máximas de la literatura mundial, que es latinoamericana y que nació en México: “Cien años de soledad”.

Fue un éxito instantáneo. Habían transcurrido dos meses cuando se habían vendido 80 mil ejemplares. Luego millones de lectores en todo el mundo y en 130 idiomas distintos. Luego el Premio Nobel de Literatura en 1982 y luego la gloria mundial, sin que esto menguara su sentido humano y sus ojos ávidos que nunca perdieron la curiosidad por la vida.

El 17 de abril de 2014 se fue a seguir a Remedios la Bella, para encontrar a Amaranta Úrsula, a José Arcadio, a Aureliano, a Melquiades y a todos aquellos que él creo y que lo estaban esperando.

jhsantiago@prodigy.net.mx

  1. Escribo para que me quieran más mis amigos


“Todo estaba en penumbra, un hombre tocaba piano en la sombra, y los pocos clientes que había eran parejas de enamorados. Esa tarde supe que si no fuera escritor, hubiera querido ser el hombre que tocaba el piano sin que nadie le viera la cara, sólo para que los enamorados se quisieran más”.

Esto le dijo Gabriel García Márquez a su hermano Eligio en un viaje que hicieron a Zúrich y durante una tormenta que los hizo entrar en un bar del lugar. A lo mejor hubiera sido cierto. Pero era a tal grado y a raudales la imaginación del escritor que quizá también hubiera querido ser una de esas mariposas amarillas con las que vistió de colores su obra magna o ese río de luz que un día inundó al mundo según su propio relato, lo que no está lejos de la realidad.

… En todo caso ahí está un leit motiv de su obra: la soledad y el amor como principio y fin de la naturaleza humana.

Foto: Cuartoscuro

Pero también esa necesidad de cariño siempre en el ser humano. Gabriel García Márquez necesitaba que le quisieran y por lo mismo escribía. Y lo consiguió, aunque mucho tiempo después muchos más lo quisieron, y no frente a un pelotón de fusilamiento, sino cuando su obra había cuajado y cuando el mundo entero supo que había un lugar llamado Macondo, una aldea con veinte casas de barro y caña brava, en donde vivió una familia Buendía y en el que en una ocasión Remedios la Bella se elevó al cielo envuelta en las sábanas blancas que iluminaron noches y días después…

Pero siempre hay un principio. Y primero que todo estudió derecho en 1948 en la Universidad de Colombia cuando fue asesinado el candidato presidencial Jorge Eliécer Gaitán -“El Bogotazo”-. Tiempo después regresó a Aracataca, lugar en el que había nacido el 6 de marzo de 1927 como primer hijo de once, de Luisa Santiaga Márquez y Gabriel Eligio García, y nieto de Tranquilina Iguarán Cotes y del coronel Nicolás Ricardo Márquez Mejía, con quienes se crió. Y es precisamente su abuelo Nicolás quien le inspiró al coronel Aureliano Buendía…

Regresó –decíamos- para anunciar a la familia que se había vuelto periodista. Así, sin más, aunque un periodista ‘que amaba su profesión pero odiaba las preguntas’ –dijo-. En todo caso empezó en el periodismo escribiendo en El Universal, de Cartagena, luego en El Heraldo de Barranquilla y, en 1954, ya en El Espectador, de Bogotá. Fue en éste en donde se publicó su primer cuento en 1947: “La tercera resignación”.

En aquellos periódicos escribía crónicas y reportajes. Por supuesto tenía que salir a buscar la información y esmerarse en escribirlas según los cánones del periodismo. Pero él no se conformaba y escribía y relataba acontecimientos a los que dotaba del rigor y la técnica periodística, pero también de la intensidad de los hechos. En 1955 escribió una serie de reportajes que finalmente se transformaron en el “Relato de un náufrago”.

Según se lee, a Ryszard Kapuscinski, el gran periodista polaco que escribió que “el periodismo no es para cínicos” dijo que de García Márquez admiraba sus novelas, aunque también apuntó que “la grandeza estriba en sus reportajes. Sus novelas provienen de sus textos periodísticos. Es un clásico del reportaje con dimensiones panorámicas que trata de mostrar y describir los grandes campos de la vida o los acontecimientos. Su gran mérito consiste –dijo Kapuscinski- en demostrar que el gran reportaje es también gran literatura”. García Márquez, en una conferencia dijo que “el periodismo escrito es un género literario”.

Reflexionaba entonces cómo es que la práctica del oficio periodístico impone la necesidad de formar una base cultural, y que el mismo ambiente de trabajo se encarga de fomentarla: “La lectura es una adicción laboral”

¿Pero cuál es la virtud más importante en un periodista hecho y derecho? Y contestó enfático: la curiosidad por la vida. E increpa: “el mal periodista piensa que su fuente es su vida misma –sobre todo si es oficial- y por eso la sacraliza, la consciente, la protege y termina por establecer con ella una peligrosa relación de complicidad, que lo lleva inclusive a menospreciar la decencia de la segunda fuente”.

En todo caso su gran pasión fue el periodismo. De él vivió y se entregó por años al oficio de informar y crear. Este era un hombre que era periodista pero que también era escritor y a la inversa, eternamente dicho.

En todo caso, a la par del periodismo, García Márquez iba desgranando literatura. ¿O fue a la inversa? en este caso estaría bien si definimos qué fue primero: periodismo-literatura o literatura-periodismo.

Para 1955 ya había publicado “La hojarasca”; en 1957 “El coronel no tiene quien le escriba”; en 1961 “La mala hora”…

Es en 1961 cuando a instancia de su amigo Álvaro Mútis (Maqroll, el gaviero) se instala en México, junto con su esposa Mercedes Barcha, “La Gaba”, el gran amor de su vida, su protectora y cómplice en las aventuras literarias, sus hijos Rodrigo y Gonzalo.

A México llega y descubre a un país del que se enamora pronto; en el que se siente a gusto y en donde inicia la gesta literaria más emblemática de su vida. México fue para él el país al que, después de Colombia, más quiso y en el que después de muchas andanzas y vivencias decidió morir el jueves 17 de abril de 2014 cuando tenía 87 años de edad y muchos más de haber vivido.

Al principio pasó las de Caín, en México. Llegó como periodista y casi como murmullo, como escritor. Comenzó a reportear y editar en algunos medios locales como “Sucesos” y “La familia”. Escribe para anuncios publicitarios. Guiones para cine. Y su obra en la quietud de su casa de San Angel Inn, al sur del Distrito Federal.

Pronto se hace de amigos entrañables Luis Alcoriza, Luis Buñuel, Jomí García Ascot y María Luisa Elío (a quienes dedica su obra máxima) y muchos más.

Llega y lo primero que hace Mútis es entregarle dos libros enormes, y le dice: “Tenga, para que sepa lo que es escribir”. Le dio “Pedro Páramo” y “El llano en llamas”, ni más, ni menos. Y esas lecturas no sólo lo impactaron, sino que influyeron en su obra posterior. Y había una razón de fondo en ello:

Rulfo escribe de las formas de vida de las que se impregnó en Sayula, Jalisco; de sus modos de hablar, de sus formas de vivir y, sobre todo, de esa magia que envuelve cada uno de sus relatos y lo extremadamente irreal de Pedro Páramo: “Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo”. Los orígenes como fuente de inspiración y como refugio. La tierra y sus vacíos, sus conflictos y, sobre todo, sus soledades…

Así que luego habría de nacer aquel “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo”. Gran comienzo para una obra máxima bajo la premisa de que “La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla”.

En 1965 tenía 38 años y la comenzó a escribir entre penurias económicas, en su casa de México durante 18 meses de seis horas diarias en los que la magia de Mercedes consiguió la sobrevivencia de la familia García Márquez. Pero él estaba entregado a la obra, y emocionado:

“En los primeros meses conservé mis mejores ingresos, pero cada vez me faltaba más tiempo para escribir tanto como quería. Llegué a trabajar de noche hasta muy tarde para cumplir mis compromisos pendientes, hasta que la vida se me volvió imposible. Poco a poco fui abandonando todo hasta que la realidad insobornable me obligó a escoger sin rodeos entre escribir o morir”.

Con muchas dificultades decidió mandar su manuscrito a la Editorial Sudamericana en Buenos Aires. Inmediato aceptada y en junio de 1967 estaba impresa una de las obras máximas de la literatura mundial, que es latinoamericana y que nació en México: “Cien años de soledad”.

Fue un éxito instantáneo. Habían transcurrido dos meses cuando se habían vendido 80 mil ejemplares. Luego millones de lectores en todo el mundo y en 130 idiomas distintos. Luego el Premio Nobel de Literatura en 1982 y luego la gloria mundial, sin que esto menguara su sentido humano y sus ojos ávidos que nunca perdieron la curiosidad por la vida.

El 17 de abril de 2014 se fue a seguir a Remedios la Bella, para encontrar a Amaranta Úrsula, a José Arcadio, a Aureliano, a Melquiades y a todos aquellos que él creo y que lo estaban esperando.

jhsantiago@prodigy.net.mx

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