/ domingo 29 de octubre de 2023

Los voladores de San Pedro; desafían la altura por las buenas cosechas y la lluvia

Este ritual en la comunidad de Tlalpujahua se realiza para pedir por las buena cosechas y las lluvias

Hay todo un ritual detrás del instante en que los niños y jóvenes se lanzan desde la cruceta, el punto más alto del palo, en honor a “San Pedrito”, la tierra, agua, viento y fuego para pedir por las buenas cosechas en la localidad de San Pedro Tarímbaro, ubicado en Tlalpujahua y donde los pobladores aseguran que comenzó la tradición de los voladores y no en Papantla.

➡️ También puedes leer: Tlatlauquitepec: El pueblo mágico de las luciérnagas y el senderismo

Carlos Medina Valdez, volador desde hace 10 años y encargado de los jóvenes detalló que la tradición tiene 2 mil 500 años en el país. En 1537 el virrey de la Nueva España, Antonio de Mendoza reconoció a Tangambacho, (actualmente San Pedro Tarímbaro) cuyo significado era tierra de cerros humeantes por dedicarse a hacer carbón, como “Tierra de Voladores”, pero fue hasta 1603, con la llegada de los españoles que la comunidad se convirtió al catolicismo.

"Hubo mucho mestizaje, pero se siguió conservando la tradición del palo volador y para que el nativo no perdiera por completo sus raíces, se realizó un sincretismo con la religión católica"


Todos los habitantes participan en la ceremonia / Foto: Carmen Hernández | El Sol de Morelia

Sobre la rivalidad que existe con los voladores de Papantla en Veracruz, dice que al impulsarlos tuvieron un boom, y aunque no pretenden generar controversias, la comunidad toma en cuenta la historia antes contada, aunque asegura que hoy en día existe una especie de hermandad con San Luis Potosí, Veracruz, Puebla y Guatemala para funcionar como un equipo.

Una altura de 18 metros

Medina Valdez afirma que es una tradición importante que debe ser tomada con seriedad, pues se pide a la madre tierra por las buenas cosechas y un buen ciclo de lluvias. Pese a que la mayoría de voladores son menores de edad, asegura que cada uno debe saber por qué vuela.

Se dice que los voladores de San Pedro Tarímbaro iniciaron la tradición / Foto: Carmen Hernández | El Sol de Morelia

Para instalar el palo hay un trabajo arduo por parte de toda la comunidad: el Consejo conformado por la gente mayor se dirige al monte a buscar el árbol, lo hacen por la noche, pues la Luna influye, sin embargo, días antes se encomiendan a San Pedro, se bendicen las hachas y trasladan en su recorrido al santo para que todo salga bien.

La ceremonia se encuentra ligada a fechas marcadas con fiestas religiosas / Foto: Carmen Hernández | El Sol de Morelia

Luego, al elegir a los voladores se le pide permiso a la madre tierra. Al llegar al sitio donde se va a instalar el palo se levantan las crucetas, el 24 de junio se viste el árbol con las cuerdas que servirán para volar y el 29 del mismo mes se celebra una misa en la que los voladores se encomiendan a San Pedro. El caporal, cuya persona guía con el sonido que emite una flauta a los demás, se dirige al pie del palo.

Los niños que tienen entre 9 y 18 años de edad suben hasta la cruceta, se aseguran y minutos después dejan caer su cuerpo para girar al son de la música y ser cómplices del viento. Cuando los voladores tocan el suelo, las súplicas y oraciones han sido escuchadas, entonces termina el ritual.

Hay todo un ritual detrás del instante en que los niños y jóvenes se lanzan desde la cruceta, el punto más alto del palo, en honor a “San Pedrito”, la tierra, agua, viento y fuego para pedir por las buenas cosechas en la localidad de San Pedro Tarímbaro, ubicado en Tlalpujahua y donde los pobladores aseguran que comenzó la tradición de los voladores y no en Papantla.

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Carlos Medina Valdez, volador desde hace 10 años y encargado de los jóvenes detalló que la tradición tiene 2 mil 500 años en el país. En 1537 el virrey de la Nueva España, Antonio de Mendoza reconoció a Tangambacho, (actualmente San Pedro Tarímbaro) cuyo significado era tierra de cerros humeantes por dedicarse a hacer carbón, como “Tierra de Voladores”, pero fue hasta 1603, con la llegada de los españoles que la comunidad se convirtió al catolicismo.

"Hubo mucho mestizaje, pero se siguió conservando la tradición del palo volador y para que el nativo no perdiera por completo sus raíces, se realizó un sincretismo con la religión católica"


Todos los habitantes participan en la ceremonia / Foto: Carmen Hernández | El Sol de Morelia

Sobre la rivalidad que existe con los voladores de Papantla en Veracruz, dice que al impulsarlos tuvieron un boom, y aunque no pretenden generar controversias, la comunidad toma en cuenta la historia antes contada, aunque asegura que hoy en día existe una especie de hermandad con San Luis Potosí, Veracruz, Puebla y Guatemala para funcionar como un equipo.

Una altura de 18 metros

Medina Valdez afirma que es una tradición importante que debe ser tomada con seriedad, pues se pide a la madre tierra por las buenas cosechas y un buen ciclo de lluvias. Pese a que la mayoría de voladores son menores de edad, asegura que cada uno debe saber por qué vuela.

Se dice que los voladores de San Pedro Tarímbaro iniciaron la tradición / Foto: Carmen Hernández | El Sol de Morelia

Para instalar el palo hay un trabajo arduo por parte de toda la comunidad: el Consejo conformado por la gente mayor se dirige al monte a buscar el árbol, lo hacen por la noche, pues la Luna influye, sin embargo, días antes se encomiendan a San Pedro, se bendicen las hachas y trasladan en su recorrido al santo para que todo salga bien.

La ceremonia se encuentra ligada a fechas marcadas con fiestas religiosas / Foto: Carmen Hernández | El Sol de Morelia

Luego, al elegir a los voladores se le pide permiso a la madre tierra. Al llegar al sitio donde se va a instalar el palo se levantan las crucetas, el 24 de junio se viste el árbol con las cuerdas que servirán para volar y el 29 del mismo mes se celebra una misa en la que los voladores se encomiendan a San Pedro. El caporal, cuya persona guía con el sonido que emite una flauta a los demás, se dirige al pie del palo.

Los niños que tienen entre 9 y 18 años de edad suben hasta la cruceta, se aseguran y minutos después dejan caer su cuerpo para girar al son de la música y ser cómplices del viento. Cuando los voladores tocan el suelo, las súplicas y oraciones han sido escuchadas, entonces termina el ritual.

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