/ martes 2 de junio de 2020

Antes del incendio de la Guardería ABC, Alexia jugaba a cantar

Todos los días, en los brazos de su madre Alma Zulema, la pequeña llegaba al centro de cuidados que hace once años fue consumido por el fuego y el horror

El sol no terminaba de salir cuando Alma Zulema Ortiz García dejó a su hija de un año en la guardería. Era invierno y el frío mañanero entumecía sus mejillas, pero Alexia Karime permanecía ensoñando con tibieza y eso era lo que importaba.

En el lugar siempre encontraba a un hombre de semblante amable que, al igual que ella, llevaba a su niña temprano a cuidar, a menudo Alma Zulema intercambiaba palabras con él debido a la coincidencia de aquella rutina, pero no se entretenía demasiado pues debía laborar.

Recordaba los ojos amables de aquel individuo que, al igual que ella, cargaba con ternura a su hija para dejarla en la guardería ABC, en la colonia Y Griega de Hermosillo; sin embargo, meses después, la tarde del 5 de junio, cuando volvió a verlos, aquellos ojos estaban inyectados de un indescriptible horror.

Eran las tres de la tarde y el trabajo de Alma Zulema transcurría con normalidad, quedaban dos horas para su salida cuando recibió una llamada de su excuñada Gaby, cuyas palabras, aunque breves, retumbaron en su cabeza: "Guardería”. “Incendio”. “Niña”. “Paso por ti”.

Ambas mujeres abordaron la camioneta pick up doble cabina y salieron rumbo a Perisur, Alma Zulema permanecía anestesiada por lo incomprensible de aquella situación. Su mente estaba tan saturada que había perdido la noción del asombro.

“Zule, no te preocupes, tal vez sea una llantera que está a un lado, a lo mejor no es la guardería”, decía con optimismo Gaby. Sin embargo, mirándola por el retrovisor, Alma Zulema podía ver a su compañera limpiándose las lágrimas con nerviosismo, incesantemente, mientras conducía.

Una vez que llegaron a gasolinera El Gallo, las dos mujeres vieron cómo el viento arrastraba consigo ceniza, como la escena que anunciaba el apocalipsis en una película de desastre natural, mientras la masa de automóviles, ambulancias, bomberas y patrullas les cortaba el paso y se expandía a lo lejos. Decidieron dejar el vehículo y echarse andar.

La mente de Alma Zulema era un juego de bloques que se mantenía en pie a pesar de que las piezas eran retiradas con brusquedad, trotaba por inercia.

El claxon de los automóviles, los gritos de angustia a la distancia y los sollozos eran como una pintura que empezaba desde los extremos del lienzo: cada paso era una pincelada que la dirigía hacia una imagen demencial.

Al cruzar la calle, las dos mujeres vieron a una señora llorando sin consuelo y, al cuestionarla sobre aquello que ardía a lo lejos, la mujer dijo las palabras que ni Alma Zulema ni Gaby estaban listas para oír.

Era la guardería, la guardería ABC estaba en llamas.

En ese momento, la pila de pensamientos que mantenían la tranquilidad de Alma Zulema se desmoronó en su conciencia, quedando como leños en una hoguera donde ardía la memoria de su adorada Alexia Karime.

“¡La Gorda, mi gorda, Gaby!”, gritó Alma Zulema antes entrar en la absoluta desesperación y correr como nunca antes lo había hecho en su vida.

En más de una ocasión, Alma Zulema sintió que le faltaba aire, que sus piernas cederían en cualquier momento, sin embargo llegó al supermercado que quedaba a escasos metros de la guardería, donde vio al hombre de la -alguna vez- mirada afable, quien aferraba sus brazos al pequeño cuerpo de su niña.

“¿Y mi hija? ¿Dónde está mi hija?”, preguntó Alma Zulema consternada, sin embargo, el individuo estaba petrificado y, todavía con la mirada perdida, se limitó a mover la cabeza en señal de no saber el paradero de Alexia Karime, pero también de no tener idea de lo que estaba pasando.

La gasolinera que permanecía frente a la guardería marcaba el límite de lo que un civil podía llegar, ahí la mujer sólo observó el agujero en la pared de la estancia infantil que fue provocado momentos antes por Héctor Manuel López a bordo de su camioneta Silverado modelo 1997.

Creyendo que había sucedido una explosión, Alma Zulema gritó que la dejaran pasar, que su hija podía estar dentro, a ello un agente explicó que no había más niños en esa bodega acondicionada como guardería subrogada al Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS) y que debía buscar en los hospitales.

La esperanza de volver ver a Alexia Karime era lo único que mantenía a Alma Zulema en el territorio de la cordura, por lo que abandonó el lugar para revisar todos los hospitales de la ciudad en búsqueda de su hija.

Alexia Karime era una niña singular. Todas las madres dicen eso sobre sus hijos, y todas esas veces tienen la razón; la pequeña de sólo un año y ocho meses había tomado interés por seguir los pasos de su padre, la expareja de Alma Zulema, y a menudo cantaba.

Incluso sin el filtro del amor maternal, Alma Zulema podía distinguir que su hija demostraba un talento innato para el canto; su canto era su ímpetu por vivir y por ello, Alma Zulema decidió embarcarse en la búsqueda por la voz de su hija en las frías salas de los hospitales, sin saber que su odisea apenas empezaba.

La desesperada búsqueda

Los gritos y sollozos de decenas de mujeres inundaban las paredes del Hospital CIMA Hermosillo, el nosocomio más cercano a la catástrofe y primera parada de Alma Zulema, quien era incapaz de dominar su llanto.

El personal, ya instruido para ese momento, la dirigió al pasillo que decía check out, donde permanecían el resto de las madres que, como Alma Zulema, buscaban indicios de sus hijos o, en el peor de los casos, los restos de ellos.

La tensión era real, el conflicto inminente: las mujeres gritaban, jalaban sus cabellos, rompían el mobiliario, algunas se golpeaban entre sí… Como si la violencia fuera único que pudiera reconfortarlas en ese momento.

Después de un momento, el director del hospital se presentó frente al grupo y pidió a los padres que comenzaran a traer fotos de los niños, incluso visa y pasaporte, pues muchos de ellos serían trasladados al Hospital Shriners en Sacramento, California.

Momentos más tarde llegó el padre de Alexia Karime, igualmente, con su compostura pendiendo de un hilo, llorando; pese a la ruptura de la relación, ambos habían acordado continuar apoyándose por el bienestar de la niña.

Comenzaron a hablar de la pequeña, faltaban cuatro meses para su cumpleaños y se lamentaban porque ahora no podrían festejarle; hablaban de ella como si ya hubiera muerto, como si no la volvieran a ver: su conciencia, en un acto de traición, estaba aliviando el dolor con resignación.

Al darse cuenta de que Alexia Karime no estaba en el hospital, acudieron a DIF (como se identifica popularmente al HIES), luego al Hospital General. Los cuerpos de los bebés estaban en tan mal estado que sólo podían ser reconocidos por las prendas que usaban ese mismo día.

Sala de hospital tras sala de hospital, la escena se repetía como un demencial déjà vu: padres gritando, sufriendo la incompetencia de un personal de salud que jamás imaginó atender a casi una centena de niños que agonizaban, si no por el dolor de ver su piel convertida en ceniza, por el humo ardiente retenido en sus pulmones.

Por fin, Alma Zulema encontró un indicio, una niña con un traje parecido al de Alexia Karime fue llevada a la Clínica del Noroeste, en la colonia Centro. Temiendo lo peor, la mujer junto con su expareja, exhaustos pero sin saberlo, acudieron al hospital para reconocer al infante.

En la clínica, un doctor atendió a los padres, al momento de retirar su mascarilla para dirigirse a ellos, Alma Zulema notó que el galeno había sido presa de la desesperanza, su mirada era como la de un soldado cuyo pelotón fue fusilado frente a sí: viva hasta cierto punto.

Lo que quedaba de aquel hombre les informó, en algo que parecía más una advertencia que una indicación, que el cadáver de la niña estaba muy lesionado pero podía reconocerse, por lo que podían pasar por turnos a reconocerlo.

Dentro de la clínica sólo estaban los padres de Alexia Karime y otra mujer, todo se definiría en ese momento; la expareja de Alma Zulema no pudo afrontar la idea de ver el cadáver de su hija y por ello, humillado, pidió a la madre de su niña que entrara a dar fe del cuerpo.

El momento llegó. En aquella morgue Alma Zulema fue confrontada por la mortalidad de su hija. En esos segundos la humanidad de esa amorosa madre se tiñó de un repugnante egoísmo, deseando que la niña ahí tendida fuera la hija de la otra mujer, que no fuera la suya.

A once años, Alma Zulema sigue sin poder perdonarse el que esos pensamientos cruzaran su mente. Asomó la mirada. Vio el cadáver. Su hija no estaba ahí.

A pesar de que la sensación de alivio se apoderó del cuerpo de Alma Zulema como un poderoso anestésico, todavía quedaba la duda ¿dónde estaba Alexia Karime? Desconsolados, los padres reemprendieron su búsqueda.

Fatigada, inconsolable e intranquila, la mujer recibió una llamada de su padre desde Puerto Peñasco, Alma Zulema aprovechó el momento para desahogarse y maldecir su suerte con su progenitor.

No obstante, a pesar de la lejanía física entre ambos, el padre pronunció unas palabras que trajeron a la madre de Alexia Karime de vuelta en sí:

“La niña está saliendo en la tele, está sentada, cerca de la guardería; tiene su cara llena de hollín”, dijo a través del teléfono. Alma Zulema no reflexionó sobre ello, se calmó y volvió a ABC, donde todavía permanecían elementos policiales.

Y ahí estaba.

La niña estaba en brazos, débil por la inhalación de humo, pero consciente y, sobre todo, viva; Alma Zulema la abrazó como si hubieran estado separadas una vida de distancia, como si el fin del mundo hubiera tocado a su puerta.

Y lo hizo, más tarde dentro de las cifras oficiales se daría a conocer que 44 niños fallecieron en el percance, mientras otros cinco morirán las semanas subsecuentes al no poder superar sus heridas, alrededor de 40 niños y seis adultos fueron hospitalizados con quemaduras.

Una vez que la niña fue encontrada la llevaron a la clínica 37 del IMSS, donde estuvo en observación y tuvo que ser nebulizada, pues había materia negra que salía de su nariz, sin embargo había niños más graves por lo que se la regresaron a su casa, donde no durmió.

No fue sino hasta el día siguiente en el que pudieron hospitalizar a Alexia Karime y se descubrió que, debido a la inhalación de humo, ahora la niña tenía neumonitis, lo cual ponía en peligro su futuro como cantante.

Los cambios

Las consecuencias de ese fatídico día pueden encontrarse hasta el día de hoy en la vida de Alma Zulema y su familia. Desde las múltiples consultas médicas hasta los conflictos internos entre familiares y el luchar por ser reconocidos como genuinos afectados por el incendio.

Sin embargo, la herida más profunda fue quizás el hecho de que los hijos mayores de Alma Zulema crecieron sin una figura materna cuando más la necesitaban, pues las atenciones que requería la hija menor consumían todo el tiempo de la madre.

“Me siento muy mal y muy culpable todavía porque ellos me echaron en cara muchas cosas, me dijeron que ellos no tenían mamá, que la única hija que tenía se llamaba Alexia Karime, pues desde que pasó esa tragedia comencé a viajar con la niña a México y a Estados Unidos a que le chequen sus pulmones”, relató.

Alexia Karime quedó permanentemente afectada en un pulmón, además, debido a los constantes medicamentos su vesícula quedó arruinada y tuvo que ser removida, y lleva terapia psicológica constante.

Sin embargo ahora, con 12 años, la niña continúa cantando y obteniendo papeles en producciones teatrales musicales; ella obtuvo el protagónico en “Anita La Huerfanita” cuando se reestrenó la obra durante el 2017.

Alexia Karime es muy apegada a su madre, quien la apoya en todos sus proyectos artísticos, y en superarse, pues no busca ser definida por la tragedia ABC, por más heridas que aquel día haya dejado. Si estas son el precio por alzar la voz en un escenario, ella seguirá su tratamiento.

“Ya estoy impuesta de tomar mil medicamentos, pero mientras pueda seguir cantando pues ni modo, me voy a seguir tomando el medicamento a ver hasta cuándo me alivio”, explicó.

Sin embargo, tal como sucedía en aquellas mañanas de invierno cuando el sol tardaba en asomarse por el horizonte, Alma Zulema seguirá llevando en su hija en brazos, permitiendo que siga con su ensoñación.

El sol no terminaba de salir cuando Alma Zulema Ortiz García dejó a su hija de un año en la guardería. Era invierno y el frío mañanero entumecía sus mejillas, pero Alexia Karime permanecía ensoñando con tibieza y eso era lo que importaba.

En el lugar siempre encontraba a un hombre de semblante amable que, al igual que ella, llevaba a su niña temprano a cuidar, a menudo Alma Zulema intercambiaba palabras con él debido a la coincidencia de aquella rutina, pero no se entretenía demasiado pues debía laborar.

Recordaba los ojos amables de aquel individuo que, al igual que ella, cargaba con ternura a su hija para dejarla en la guardería ABC, en la colonia Y Griega de Hermosillo; sin embargo, meses después, la tarde del 5 de junio, cuando volvió a verlos, aquellos ojos estaban inyectados de un indescriptible horror.

Eran las tres de la tarde y el trabajo de Alma Zulema transcurría con normalidad, quedaban dos horas para su salida cuando recibió una llamada de su excuñada Gaby, cuyas palabras, aunque breves, retumbaron en su cabeza: "Guardería”. “Incendio”. “Niña”. “Paso por ti”.

Ambas mujeres abordaron la camioneta pick up doble cabina y salieron rumbo a Perisur, Alma Zulema permanecía anestesiada por lo incomprensible de aquella situación. Su mente estaba tan saturada que había perdido la noción del asombro.

“Zule, no te preocupes, tal vez sea una llantera que está a un lado, a lo mejor no es la guardería”, decía con optimismo Gaby. Sin embargo, mirándola por el retrovisor, Alma Zulema podía ver a su compañera limpiándose las lágrimas con nerviosismo, incesantemente, mientras conducía.

Una vez que llegaron a gasolinera El Gallo, las dos mujeres vieron cómo el viento arrastraba consigo ceniza, como la escena que anunciaba el apocalipsis en una película de desastre natural, mientras la masa de automóviles, ambulancias, bomberas y patrullas les cortaba el paso y se expandía a lo lejos. Decidieron dejar el vehículo y echarse andar.

La mente de Alma Zulema era un juego de bloques que se mantenía en pie a pesar de que las piezas eran retiradas con brusquedad, trotaba por inercia.

El claxon de los automóviles, los gritos de angustia a la distancia y los sollozos eran como una pintura que empezaba desde los extremos del lienzo: cada paso era una pincelada que la dirigía hacia una imagen demencial.

Al cruzar la calle, las dos mujeres vieron a una señora llorando sin consuelo y, al cuestionarla sobre aquello que ardía a lo lejos, la mujer dijo las palabras que ni Alma Zulema ni Gaby estaban listas para oír.

Era la guardería, la guardería ABC estaba en llamas.

En ese momento, la pila de pensamientos que mantenían la tranquilidad de Alma Zulema se desmoronó en su conciencia, quedando como leños en una hoguera donde ardía la memoria de su adorada Alexia Karime.

“¡La Gorda, mi gorda, Gaby!”, gritó Alma Zulema antes entrar en la absoluta desesperación y correr como nunca antes lo había hecho en su vida.

En más de una ocasión, Alma Zulema sintió que le faltaba aire, que sus piernas cederían en cualquier momento, sin embargo llegó al supermercado que quedaba a escasos metros de la guardería, donde vio al hombre de la -alguna vez- mirada afable, quien aferraba sus brazos al pequeño cuerpo de su niña.

“¿Y mi hija? ¿Dónde está mi hija?”, preguntó Alma Zulema consternada, sin embargo, el individuo estaba petrificado y, todavía con la mirada perdida, se limitó a mover la cabeza en señal de no saber el paradero de Alexia Karime, pero también de no tener idea de lo que estaba pasando.

La gasolinera que permanecía frente a la guardería marcaba el límite de lo que un civil podía llegar, ahí la mujer sólo observó el agujero en la pared de la estancia infantil que fue provocado momentos antes por Héctor Manuel López a bordo de su camioneta Silverado modelo 1997.

Creyendo que había sucedido una explosión, Alma Zulema gritó que la dejaran pasar, que su hija podía estar dentro, a ello un agente explicó que no había más niños en esa bodega acondicionada como guardería subrogada al Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS) y que debía buscar en los hospitales.

La esperanza de volver ver a Alexia Karime era lo único que mantenía a Alma Zulema en el territorio de la cordura, por lo que abandonó el lugar para revisar todos los hospitales de la ciudad en búsqueda de su hija.

Alexia Karime era una niña singular. Todas las madres dicen eso sobre sus hijos, y todas esas veces tienen la razón; la pequeña de sólo un año y ocho meses había tomado interés por seguir los pasos de su padre, la expareja de Alma Zulema, y a menudo cantaba.

Incluso sin el filtro del amor maternal, Alma Zulema podía distinguir que su hija demostraba un talento innato para el canto; su canto era su ímpetu por vivir y por ello, Alma Zulema decidió embarcarse en la búsqueda por la voz de su hija en las frías salas de los hospitales, sin saber que su odisea apenas empezaba.

La desesperada búsqueda

Los gritos y sollozos de decenas de mujeres inundaban las paredes del Hospital CIMA Hermosillo, el nosocomio más cercano a la catástrofe y primera parada de Alma Zulema, quien era incapaz de dominar su llanto.

El personal, ya instruido para ese momento, la dirigió al pasillo que decía check out, donde permanecían el resto de las madres que, como Alma Zulema, buscaban indicios de sus hijos o, en el peor de los casos, los restos de ellos.

La tensión era real, el conflicto inminente: las mujeres gritaban, jalaban sus cabellos, rompían el mobiliario, algunas se golpeaban entre sí… Como si la violencia fuera único que pudiera reconfortarlas en ese momento.

Después de un momento, el director del hospital se presentó frente al grupo y pidió a los padres que comenzaran a traer fotos de los niños, incluso visa y pasaporte, pues muchos de ellos serían trasladados al Hospital Shriners en Sacramento, California.

Momentos más tarde llegó el padre de Alexia Karime, igualmente, con su compostura pendiendo de un hilo, llorando; pese a la ruptura de la relación, ambos habían acordado continuar apoyándose por el bienestar de la niña.

Comenzaron a hablar de la pequeña, faltaban cuatro meses para su cumpleaños y se lamentaban porque ahora no podrían festejarle; hablaban de ella como si ya hubiera muerto, como si no la volvieran a ver: su conciencia, en un acto de traición, estaba aliviando el dolor con resignación.

Al darse cuenta de que Alexia Karime no estaba en el hospital, acudieron a DIF (como se identifica popularmente al HIES), luego al Hospital General. Los cuerpos de los bebés estaban en tan mal estado que sólo podían ser reconocidos por las prendas que usaban ese mismo día.

Sala de hospital tras sala de hospital, la escena se repetía como un demencial déjà vu: padres gritando, sufriendo la incompetencia de un personal de salud que jamás imaginó atender a casi una centena de niños que agonizaban, si no por el dolor de ver su piel convertida en ceniza, por el humo ardiente retenido en sus pulmones.

Por fin, Alma Zulema encontró un indicio, una niña con un traje parecido al de Alexia Karime fue llevada a la Clínica del Noroeste, en la colonia Centro. Temiendo lo peor, la mujer junto con su expareja, exhaustos pero sin saberlo, acudieron al hospital para reconocer al infante.

En la clínica, un doctor atendió a los padres, al momento de retirar su mascarilla para dirigirse a ellos, Alma Zulema notó que el galeno había sido presa de la desesperanza, su mirada era como la de un soldado cuyo pelotón fue fusilado frente a sí: viva hasta cierto punto.

Lo que quedaba de aquel hombre les informó, en algo que parecía más una advertencia que una indicación, que el cadáver de la niña estaba muy lesionado pero podía reconocerse, por lo que podían pasar por turnos a reconocerlo.

Dentro de la clínica sólo estaban los padres de Alexia Karime y otra mujer, todo se definiría en ese momento; la expareja de Alma Zulema no pudo afrontar la idea de ver el cadáver de su hija y por ello, humillado, pidió a la madre de su niña que entrara a dar fe del cuerpo.

El momento llegó. En aquella morgue Alma Zulema fue confrontada por la mortalidad de su hija. En esos segundos la humanidad de esa amorosa madre se tiñó de un repugnante egoísmo, deseando que la niña ahí tendida fuera la hija de la otra mujer, que no fuera la suya.

A once años, Alma Zulema sigue sin poder perdonarse el que esos pensamientos cruzaran su mente. Asomó la mirada. Vio el cadáver. Su hija no estaba ahí.

A pesar de que la sensación de alivio se apoderó del cuerpo de Alma Zulema como un poderoso anestésico, todavía quedaba la duda ¿dónde estaba Alexia Karime? Desconsolados, los padres reemprendieron su búsqueda.

Fatigada, inconsolable e intranquila, la mujer recibió una llamada de su padre desde Puerto Peñasco, Alma Zulema aprovechó el momento para desahogarse y maldecir su suerte con su progenitor.

No obstante, a pesar de la lejanía física entre ambos, el padre pronunció unas palabras que trajeron a la madre de Alexia Karime de vuelta en sí:

“La niña está saliendo en la tele, está sentada, cerca de la guardería; tiene su cara llena de hollín”, dijo a través del teléfono. Alma Zulema no reflexionó sobre ello, se calmó y volvió a ABC, donde todavía permanecían elementos policiales.

Y ahí estaba.

La niña estaba en brazos, débil por la inhalación de humo, pero consciente y, sobre todo, viva; Alma Zulema la abrazó como si hubieran estado separadas una vida de distancia, como si el fin del mundo hubiera tocado a su puerta.

Y lo hizo, más tarde dentro de las cifras oficiales se daría a conocer que 44 niños fallecieron en el percance, mientras otros cinco morirán las semanas subsecuentes al no poder superar sus heridas, alrededor de 40 niños y seis adultos fueron hospitalizados con quemaduras.

Una vez que la niña fue encontrada la llevaron a la clínica 37 del IMSS, donde estuvo en observación y tuvo que ser nebulizada, pues había materia negra que salía de su nariz, sin embargo había niños más graves por lo que se la regresaron a su casa, donde no durmió.

No fue sino hasta el día siguiente en el que pudieron hospitalizar a Alexia Karime y se descubrió que, debido a la inhalación de humo, ahora la niña tenía neumonitis, lo cual ponía en peligro su futuro como cantante.

Los cambios

Las consecuencias de ese fatídico día pueden encontrarse hasta el día de hoy en la vida de Alma Zulema y su familia. Desde las múltiples consultas médicas hasta los conflictos internos entre familiares y el luchar por ser reconocidos como genuinos afectados por el incendio.

Sin embargo, la herida más profunda fue quizás el hecho de que los hijos mayores de Alma Zulema crecieron sin una figura materna cuando más la necesitaban, pues las atenciones que requería la hija menor consumían todo el tiempo de la madre.

“Me siento muy mal y muy culpable todavía porque ellos me echaron en cara muchas cosas, me dijeron que ellos no tenían mamá, que la única hija que tenía se llamaba Alexia Karime, pues desde que pasó esa tragedia comencé a viajar con la niña a México y a Estados Unidos a que le chequen sus pulmones”, relató.

Alexia Karime quedó permanentemente afectada en un pulmón, además, debido a los constantes medicamentos su vesícula quedó arruinada y tuvo que ser removida, y lleva terapia psicológica constante.

Sin embargo ahora, con 12 años, la niña continúa cantando y obteniendo papeles en producciones teatrales musicales; ella obtuvo el protagónico en “Anita La Huerfanita” cuando se reestrenó la obra durante el 2017.

Alexia Karime es muy apegada a su madre, quien la apoya en todos sus proyectos artísticos, y en superarse, pues no busca ser definida por la tragedia ABC, por más heridas que aquel día haya dejado. Si estas son el precio por alzar la voz en un escenario, ella seguirá su tratamiento.

“Ya estoy impuesta de tomar mil medicamentos, pero mientras pueda seguir cantando pues ni modo, me voy a seguir tomando el medicamento a ver hasta cuándo me alivio”, explicó.

Sin embargo, tal como sucedía en aquellas mañanas de invierno cuando el sol tardaba en asomarse por el horizonte, Alma Zulema seguirá llevando en su hija en brazos, permitiendo que siga con su ensoñación.

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