/ sábado 13 de enero de 2024

La Moviola | Chicas pesadas pero sin caloría

Cada generación tiene el remake que se merece. Algo así va la frase, pero bueno, no entro en detallas. El problema con Chicas pesadas, la adaptación del musical que a su vez está basado en la película que dicen por ahí que es un clásico moderno (en serio lo leí en algún lado), radica en un respeto en la forma y un atentado en el fondo.

Sin sobre interpretar el asunto, porque tampoco es el caso, no hay en este filme musical dirigido por Arturo Pérez Jr. y Samantha Jayne, algo que medianamente pueda incomodar o que tenga un tufo de agudeza en el humor. Signo de los tiempos, que convierten al final en algo anodino. Replicar gags no resulta malo en realidad, el problema es cuando se hace sin identidad.

La película original de 2004, basada en un guion de la comediante Tina Fey -y que aparece en los dos largometrajes-, que a su vez se basó en el libro Queen Bees and Wannabes de Rosalind Wiseman, tenía por lo menos algunos chispazos de agudeza con todo y que no dejaba de ser un producto para los adolescentes de aquella época.

En una escena por ejemplo, cuando la protagonista Cady Heron (en ese entonces Lindsay Lohan ) le cuenta a las chicas populares que ha vivido en África, una de ellas le responde: “pero si no eres negra”. Por supuesto, el chascarrillo en la adaptación está digamos descafeinado. Es decir, la forma está intocable pero en el fondo se percibe hacia quien se dirige este trabajo.

En esta ocasión Cady es interpretada por Angourie Rice, una chava con un mayor rango actoral que Lohan, eso la verdad se nota desde el principio, pero en un filme que se percibe hecho con recetario en mano. No es la primera vez que Hollywood comete este error, basta recordar la chapuza de Psicosis en 1998, en la que el talentoso Gus Van Sant se tuvo que tragar la vergüenza de tocar y no tocar a ya sabemos quién.

La premisa es la misma de la primera versión: una adolescente llega a una High school donde se hace amiga de los raros de la escuela quienes la ayudan para que se adapte pero en el camino se le cruzan las populares, liderada por una rubia hueca pero maliciosa . Eso es todo.

Lo malo es que en Chicas pesadas (Mean Girls por su título original) se percibe una corrección que el cine había evitado al retratar a sus púberes. Ya para 2004 había quedado atrás el humor sexual y desinhibido de los setenta y los ochenta pero aún y con esto, había sus momentos de cierta valentía. Ya para entonces y estamos hablando de hace dos décadas, se decía adiós en el género a asuntos como Porky’s (Bob Clark, 1981), Sixteen Candiles (John Hughes, 1984), que además lanzaba como ídolos juveniles a Molly Ringwald, Anthony Michael Hall, por mencionar dos (aunque luego les llegó el síndrome del ídolo adolescente, acabaron casi en el anonimato, un poco como la Lohan) e incluso Grease (Randall, Kleiser, 1978), que es mucho más aguda y valiente de lo que se le reconoce. En Chicas pesadas, sobre todo la actual, las cosas son más dulces que una malteada de fresa. Y eso, es un signo de los tiempos.

Incluso los números musicales en la adaptación fílmica lucen poco. La adaptación teatral por lo menos tenía el mérito de ser agradable para un público general.

Lástima, aún y cuando tiene o mejor dicho conserva algunos gags bien ejecutados, se siente sosa. Evitable, aunque como producto se ha mantenido en tendencia de redes.

Ya lo escribí pero lo repito por si queda alguna duda: signo de los tiempos.

@lamoviola

Cada generación tiene el remake que se merece. Algo así va la frase, pero bueno, no entro en detallas. El problema con Chicas pesadas, la adaptación del musical que a su vez está basado en la película que dicen por ahí que es un clásico moderno (en serio lo leí en algún lado), radica en un respeto en la forma y un atentado en el fondo.

Sin sobre interpretar el asunto, porque tampoco es el caso, no hay en este filme musical dirigido por Arturo Pérez Jr. y Samantha Jayne, algo que medianamente pueda incomodar o que tenga un tufo de agudeza en el humor. Signo de los tiempos, que convierten al final en algo anodino. Replicar gags no resulta malo en realidad, el problema es cuando se hace sin identidad.

La película original de 2004, basada en un guion de la comediante Tina Fey -y que aparece en los dos largometrajes-, que a su vez se basó en el libro Queen Bees and Wannabes de Rosalind Wiseman, tenía por lo menos algunos chispazos de agudeza con todo y que no dejaba de ser un producto para los adolescentes de aquella época.

En una escena por ejemplo, cuando la protagonista Cady Heron (en ese entonces Lindsay Lohan ) le cuenta a las chicas populares que ha vivido en África, una de ellas le responde: “pero si no eres negra”. Por supuesto, el chascarrillo en la adaptación está digamos descafeinado. Es decir, la forma está intocable pero en el fondo se percibe hacia quien se dirige este trabajo.

En esta ocasión Cady es interpretada por Angourie Rice, una chava con un mayor rango actoral que Lohan, eso la verdad se nota desde el principio, pero en un filme que se percibe hecho con recetario en mano. No es la primera vez que Hollywood comete este error, basta recordar la chapuza de Psicosis en 1998, en la que el talentoso Gus Van Sant se tuvo que tragar la vergüenza de tocar y no tocar a ya sabemos quién.

La premisa es la misma de la primera versión: una adolescente llega a una High school donde se hace amiga de los raros de la escuela quienes la ayudan para que se adapte pero en el camino se le cruzan las populares, liderada por una rubia hueca pero maliciosa . Eso es todo.

Lo malo es que en Chicas pesadas (Mean Girls por su título original) se percibe una corrección que el cine había evitado al retratar a sus púberes. Ya para 2004 había quedado atrás el humor sexual y desinhibido de los setenta y los ochenta pero aún y con esto, había sus momentos de cierta valentía. Ya para entonces y estamos hablando de hace dos décadas, se decía adiós en el género a asuntos como Porky’s (Bob Clark, 1981), Sixteen Candiles (John Hughes, 1984), que además lanzaba como ídolos juveniles a Molly Ringwald, Anthony Michael Hall, por mencionar dos (aunque luego les llegó el síndrome del ídolo adolescente, acabaron casi en el anonimato, un poco como la Lohan) e incluso Grease (Randall, Kleiser, 1978), que es mucho más aguda y valiente de lo que se le reconoce. En Chicas pesadas, sobre todo la actual, las cosas son más dulces que una malteada de fresa. Y eso, es un signo de los tiempos.

Incluso los números musicales en la adaptación fílmica lucen poco. La adaptación teatral por lo menos tenía el mérito de ser agradable para un público general.

Lástima, aún y cuando tiene o mejor dicho conserva algunos gags bien ejecutados, se siente sosa. Evitable, aunque como producto se ha mantenido en tendencia de redes.

Ya lo escribí pero lo repito por si queda alguna duda: signo de los tiempos.

@lamoviola