/ sábado 28 de noviembre de 2020

Violencia de ida y vuelta

La muerte de Diego Armando Maradona, causa duelo a nivel mundial y en México, pocos, cada vez menos, se conduelen del fallecimiento de más de 100 mil personas por el Covid y de los muchos otros miles de muertes producto de la brutal violencia.

Una violencia que llega a extremos nunca vistos. La crueldad en su máxima expresión, el ensañamiento salvaje con las víctimas, la indiferencia de las grandes masas, frente a un fenómeno asolador.

Una violencia de ida y vuelta, porque lo mismo la ejercen autoridades que delincuentes. El reciente homicidio de un hombre en Guanajuato, es ejemplo. Policías ministeriales de Celaya llegaron a detener a Juan Carlos Padilla de 56 años, vendedor de tamales. Sin enseñar una orden, frente a su esposa y su pequeña hija, se le fueron encima y le aplicaron la misma fórmula de asfixia, de los policías yanquis que mataron a George Floyd.

Padilla no llegó vivo al hospital, a pesar de la solicitud de auxilio de su señora. La tragedia de una muerte en vano, auspiciada por la brutalidad del abuso policiaco y que, sin lugar a dudas, dejará impunes a sus verdugos.

Grave la reacción del Fiscal estatal, Carlos Zamarripa, quien dijo que el inculpado “perdió la vida”, cuando se cumplimentó una orden de aprehensión, bajo condiciones de oposición de un tumulto. ¿Perdió la vida? No: se la arrebataron de manera miserable quienes están para salvaguardar a la población. Lo del tumulto, cuento chino.

¿No existen protocolos de actuación para las policías? ¿Les enseñan lo que es el uso excesivo de la fuerza, el respeto a los Derechos Humanos? Se supone que reciben un entrenamiento que los instruye a actuar conforme a las normas. Dudo que se aplique la ley a quienes, investidos por un uniforme, asesinan a sangre fría.

Nos quedamos impávidos. Crímenes de niños, a los que se torturó y cortó a pedazos. En el centro de la Capital son cotidianos y se concentran contra pequeños indígenas (Mazahuas), a quienes les arrebatan la vida bandas de narcomenudistas, sádicos hasta la demencia.

Toda una legión de chamacos a los que se enseña y obliga a participar de la venta de droga y a quienes se desecha de manera inconcebible. Niñas y adolescentes que desaparecen como si se las tragara la tierra, o sujetas a esclavitud, a violaciones, a daños irreversibles físicos y psicológicos.

Los ataques contra las mujeres se reproducen como esporas y más del 90 por ciento quedan en la impunidad –a la par que el resto de los delitos-. Recién se conmemoró el Día Internacional contra el maltrato a la mujer, fecha que, salvo algunas manifestaciones feministas, les pasa de noche a las autoridades.

Se cumple un año del asesinato de Abril Cecilia, presumiblemente por parte del marido y las pesquisas no avanzan. Soledad Jarquín, llegó desde Oaxaca a suplicarle a AMLO justicia para su hija, a la que mataron a tiro limpio.

Sólo dos casos de los miles que se apilan en los escritorios de Ministerios Públicos, algunos rebasados por la carga de trabajo, otros negligentes e indiferentes al dolor de los deudos.

La violencia sube de nivel y nos acostumbramos a ello. La decadencia social se acentúa, mientras la alta jerarquía nacional ni siquiera se ocupa de temas que afectan a extremos inauditos, a los desgobernados. Un tejido social roto devalúa al ser humano y lo convierte en objeto de “uso y tírese”. O recomponemos la escala de valores o nos devorará la creciente violencia.

catalinanq@hotmail.com

@catalinanq


La muerte de Diego Armando Maradona, causa duelo a nivel mundial y en México, pocos, cada vez menos, se conduelen del fallecimiento de más de 100 mil personas por el Covid y de los muchos otros miles de muertes producto de la brutal violencia.

Una violencia que llega a extremos nunca vistos. La crueldad en su máxima expresión, el ensañamiento salvaje con las víctimas, la indiferencia de las grandes masas, frente a un fenómeno asolador.

Una violencia de ida y vuelta, porque lo mismo la ejercen autoridades que delincuentes. El reciente homicidio de un hombre en Guanajuato, es ejemplo. Policías ministeriales de Celaya llegaron a detener a Juan Carlos Padilla de 56 años, vendedor de tamales. Sin enseñar una orden, frente a su esposa y su pequeña hija, se le fueron encima y le aplicaron la misma fórmula de asfixia, de los policías yanquis que mataron a George Floyd.

Padilla no llegó vivo al hospital, a pesar de la solicitud de auxilio de su señora. La tragedia de una muerte en vano, auspiciada por la brutalidad del abuso policiaco y que, sin lugar a dudas, dejará impunes a sus verdugos.

Grave la reacción del Fiscal estatal, Carlos Zamarripa, quien dijo que el inculpado “perdió la vida”, cuando se cumplimentó una orden de aprehensión, bajo condiciones de oposición de un tumulto. ¿Perdió la vida? No: se la arrebataron de manera miserable quienes están para salvaguardar a la población. Lo del tumulto, cuento chino.

¿No existen protocolos de actuación para las policías? ¿Les enseñan lo que es el uso excesivo de la fuerza, el respeto a los Derechos Humanos? Se supone que reciben un entrenamiento que los instruye a actuar conforme a las normas. Dudo que se aplique la ley a quienes, investidos por un uniforme, asesinan a sangre fría.

Nos quedamos impávidos. Crímenes de niños, a los que se torturó y cortó a pedazos. En el centro de la Capital son cotidianos y se concentran contra pequeños indígenas (Mazahuas), a quienes les arrebatan la vida bandas de narcomenudistas, sádicos hasta la demencia.

Toda una legión de chamacos a los que se enseña y obliga a participar de la venta de droga y a quienes se desecha de manera inconcebible. Niñas y adolescentes que desaparecen como si se las tragara la tierra, o sujetas a esclavitud, a violaciones, a daños irreversibles físicos y psicológicos.

Los ataques contra las mujeres se reproducen como esporas y más del 90 por ciento quedan en la impunidad –a la par que el resto de los delitos-. Recién se conmemoró el Día Internacional contra el maltrato a la mujer, fecha que, salvo algunas manifestaciones feministas, les pasa de noche a las autoridades.

Se cumple un año del asesinato de Abril Cecilia, presumiblemente por parte del marido y las pesquisas no avanzan. Soledad Jarquín, llegó desde Oaxaca a suplicarle a AMLO justicia para su hija, a la que mataron a tiro limpio.

Sólo dos casos de los miles que se apilan en los escritorios de Ministerios Públicos, algunos rebasados por la carga de trabajo, otros negligentes e indiferentes al dolor de los deudos.

La violencia sube de nivel y nos acostumbramos a ello. La decadencia social se acentúa, mientras la alta jerarquía nacional ni siquiera se ocupa de temas que afectan a extremos inauditos, a los desgobernados. Un tejido social roto devalúa al ser humano y lo convierte en objeto de “uso y tírese”. O recomponemos la escala de valores o nos devorará la creciente violencia.

catalinanq@hotmail.com

@catalinanq


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