/ martes 26 de marzo de 2024

El adiós de Blanca Ríos: Una vida dedicada a la Danza

La primera bailarina de la Compañía Nacional de Danza se retira después de 33 años de carrera, 23 en dicha organización y 15 como su protagonista principal

Lo trae en los genes y se nota. Al entrar en su casa se pueden ver decenas de arreglos florales, rosas, orquídeas y otros adornos que le dieron el adiós en su función de retiro, el 10 de marzo de 2024.

Blanca Ríos se retiró luego de 15 años como Primera Bailarina de la Compañía Nacional de Danza (CND), 23 como parte de ella y 33 de carrera.

Te puede interesar: Un ballet pobre, pero con mucha autoestima

La artista regiomontana cuenta en entrevista con El Sol de México: “Desde que era muy chiquita, a los cuatro años, comencé tomando clases de ballet con una de mis tías en casa de mi abuela. Mis papás se preguntaban por qué me gustaba tanto bailar, entonces mi abuelo les contó que una tía abuela había sido bailarina profesional. A los ocho años entré a la Escuela Superior de Música y Danza de Monterrey. Poco a poco me fui dando cuenta de que el baile era mi gran pasión”.

“Bailé en el Palacio de Bellas Artes y al siguiente año en el Auditorio Nacional. Esas dos oportunidades me abrieron las puertas a la Compañía Nacional de Danza” Blanca Ríos, bailarina / Foto: Hugo Maguey

“No sé ni cómo sucedió- cuenta Ríos- yo era feliz, nunca me obligaron a ir. Iba todos los días de 3 a 8, jamás dije que no me gustara, al contrario. La Superior fue mi lugar feliz toda la infancia”.

La bailarina recuerda cómo llegó a la Compañía Nacional de Danza: “Siendo alumna de la Superior, la escuela tuvo la oportunidad de participar con la CND en dos ocasiones. La primera vez nos invitaron a hacer las princesas en el Lago de los Cisnes, que se presentó en Chapultepec. Entonces vinimos aproximadamente seis alumnas a hacer funciones y en esa ocasión estaba el maestro James Kelly como observador. Él haría la próxima versión coreográfica del Cascanueces. Me vio haciendo un grand jeté y preguntó quién era esa niña. Es Blanca, contestó mi maestra, y él pidió que yo fuera la Clara de su Cascanueces.

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“Allí se abrió una gran puerta -continúa-, la de ser la protagonista del Cascanueces ese diciembre. Ese año bailé en el Palacio de Bellas Artes y al siguiente en el Auditorio Nacional. Esas dos oportunidades me abrieron las puertas a la Compañía Nacional de Danza. Cuando me gradué hice una audición para la compañía y entré a las filas del cuerpo de baile”.

Cuenta que “ha sido maravilloso, un gran honor poder haber logrado una carrera en mi propio país”.

Ella describe sus 33 años de carrera como el viaje más hermoso de su vida, pues jamás imaginó ser nombrada con el título más alto del mundo del ballet.

Sus puntas, que ahora permanecen en su mesita de centro, lucen polvorientas y desgastadas, pero no las cambiaría por unas nuevas, porque sólo estas cuentan su historia / Foto: Hugo Maguey

“Todavía no me la creo”

Consagrarse al ballet no es cualquier cosa, más aún si consideramos que Blanca se mantuvo 15 años como primera bailarina. Para ella, uno de los primeros retos, y quizá de los más grandes, fue irse de su natal Monterrey y dejar a su familia a los 17 años de edad y adaptarse a la gran ciudad. Después, el de mantenerse. “No es nada fácil, todavía no me la creo, pues de pronto llegó la oportunidad de ser primera bailarina. Primero hay que pasar por todas estas categorías, haber interpretado todos esos roles y después la suerte de ser elegida y tener las condiciones para poder cumplir el contrato”.

Para Blanca, todos los ballets tienen su grado de dificultad. En alguna ocasión, ya como principal de la CND, no fue la elegida para ser la protagonista, un momento que la hizo crecer y madurar, porque luego le llegó la oportunidad de interpretar Gisselle, al que se refiere como “uno de los roles que toda bailarina sueña hacer, un ballet muy difícil técnicamente, que además tiene el reto de la actuación. Gisselle es la culminación de cualquier bailarina en la danza clásica”.

La ex primera bailarina eligió concluir su trayectoria con el ballet clásico La Esmeralda / Archivo Cuartoscuro.com

Tiempos difíciles

Para Blanca Ríos, continuar con el ritmo que exige el ballet durante los tiempos del Covid-19 fue un gran desafío y tomar un descanso no era viable, pues reconoce que su habilidad artística ha sido trabajada con base en mucha disciplina.

“Yo cada vez que me paraba en el escenario era algo indescriptible, amaba estar ahí. Entonces, en la pandemia me levantaba para mis clases, sabía que en algún momento íbamos a regresar y que tenía que sentirme bien (…) tuve que poner un equilibrio por mi familia justo en la pandemia. Mi hijo tuvo un problema de salud bastante fuerte y ahí fue cuando puse las cosas en una balanza”, asegura.

Su pasión por la danza la animó a formar su propia escuela de baile

Ser madre y bailarina

Si bien, durante años, logró un equilibrio con la misma gracia con la que mantiene una pirueta, la artista reconoció que estaba llegando a un límite y que la exigencia durante más tiempo podría traerle consecuencias a su salud y para su relación familiar, ya que era impensable perderse el crecimiento de sus dos hijos.

Desde entonces, se planteó cómo cerraría con amor su etapa de bailarina profesional, después de tantos años entregándose al arte. Así, consciente de la responsabilidad que conlleva ser primera bailarina y madre presente reveló: “Ya hice lo que más quería en la vida y, además, ser mamá. Logré todo eso junto (…) sabía que iba a ser difícil tomar la decisión y me siento muy contenta de haber logrado afrontarlo”.

Describe sus 33 años de carrera como el viaje más hermoso de su vida, pues jamás imaginó ser nombrada con el título más alto del mundo del ballet


Abrir espacios a las nuevas generaciones

Un anhelo de Blanca Ríos es transmitir a los jóvenes la importancia del desarrollo artístico fundamental para la danza clásica, comenta que en tiempos recientes es más notoria la preocupación de los estudiantes de ballet por explotar la virtuosidad visible de los pasos que su correcta ejecución técnica.

“A veces, a lo mejor hasta los aprenden mal (..) también tampoco debería perderse esa validez de la parte emocional, la parte artista que tiene la danza”. Asimismo asevera que, en lo personal, ella apoyaría más la intencionalidad en, por ejemplo, el movimiento de los brazos para que la audiencia conecte realmente con la historia que se pretende contar a través del ballet. “Es el bailarín del que te vas a acordar porque te tocó el alma”.

Su pasión por la danza la animó a formar su propia escuela de baile. “Quiero abrir las puertas a nuevos talentos, como cuando a mí se me abrieron las puertas”. Blanca sabe que la danza brinda herramientas valiosas en las infancias para afrontar las dificultades que se pueden presentar en la vida, como lo es el miedo al fracaso.

El epílogo del sueño

La ex primera bailarina eligió concluir su trayectoria con el ballet clásico La Esmeralda, que en esta ocasión fue coreografiada por los rusos Vasily Medvedev y Stanislav Fečo. Esta obra del repertorio dancístico es una de las más complejas “Esmeralda baila prácticamente los tres actos, muchísimo, muy fuerte y en los ensayos llegué a pensar que escogí uno muy difícil, al que no iba a llegar porque aparte fueron cinco semanas trabajando con los maestros rusos”.

A pesar del cansancio y los nervios, tener a toda la compañía en el escenario le fue reconfortante, como un cálido abrazo de despedida. Blanca experimentó mucha emoción y añadió que fue un gran regalo para su carrera; cabe decir que La Esmeralda significó un cierre de ciclo puesto que fue acerca de esta obra que ella hizo su tesis cuando iba a graduarse de su alma máter.

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“Me desbordé artísticamente”, comenta con la emoción en los ojos, sobre su última función. Encima, su gran mentora Sylvie Reynaud se acercó con ella al final para decirle que había demostrado la gran artista que es y que será por siempre. Blanca, entre lágrimas recordó agradecida lo mágico que fue ese domingo de cierre “de verdad fue espectacular, como lo soñé”.

Las gracias en la vida de Blanca Ríos se extienden a las personas que ama y la aman: Su familia, su esposo, sus hijos y ella misma. A su entusiasmo, a su disciplina. Se extienden, también, a las cosas que se convirtieron en sus compañeras, quizá las más notables, como sus puntas, las zapatillas de ballet que ahora se muestran en su mesita de centro; polvorientas, rotas, desgastadas, y que seguramente Blanca Ríos no cambiará por unas nuevas pues sólo éstas pueden contar la historia que vivió: la del ballet, la disciplina que trae en los genes.



Lo trae en los genes y se nota. Al entrar en su casa se pueden ver decenas de arreglos florales, rosas, orquídeas y otros adornos que le dieron el adiós en su función de retiro, el 10 de marzo de 2024.

Blanca Ríos se retiró luego de 15 años como Primera Bailarina de la Compañía Nacional de Danza (CND), 23 como parte de ella y 33 de carrera.

Te puede interesar: Un ballet pobre, pero con mucha autoestima

La artista regiomontana cuenta en entrevista con El Sol de México: “Desde que era muy chiquita, a los cuatro años, comencé tomando clases de ballet con una de mis tías en casa de mi abuela. Mis papás se preguntaban por qué me gustaba tanto bailar, entonces mi abuelo les contó que una tía abuela había sido bailarina profesional. A los ocho años entré a la Escuela Superior de Música y Danza de Monterrey. Poco a poco me fui dando cuenta de que el baile era mi gran pasión”.

“Bailé en el Palacio de Bellas Artes y al siguiente año en el Auditorio Nacional. Esas dos oportunidades me abrieron las puertas a la Compañía Nacional de Danza” Blanca Ríos, bailarina / Foto: Hugo Maguey

“No sé ni cómo sucedió- cuenta Ríos- yo era feliz, nunca me obligaron a ir. Iba todos los días de 3 a 8, jamás dije que no me gustara, al contrario. La Superior fue mi lugar feliz toda la infancia”.

La bailarina recuerda cómo llegó a la Compañía Nacional de Danza: “Siendo alumna de la Superior, la escuela tuvo la oportunidad de participar con la CND en dos ocasiones. La primera vez nos invitaron a hacer las princesas en el Lago de los Cisnes, que se presentó en Chapultepec. Entonces vinimos aproximadamente seis alumnas a hacer funciones y en esa ocasión estaba el maestro James Kelly como observador. Él haría la próxima versión coreográfica del Cascanueces. Me vio haciendo un grand jeté y preguntó quién era esa niña. Es Blanca, contestó mi maestra, y él pidió que yo fuera la Clara de su Cascanueces.

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“Allí se abrió una gran puerta -continúa-, la de ser la protagonista del Cascanueces ese diciembre. Ese año bailé en el Palacio de Bellas Artes y al siguiente en el Auditorio Nacional. Esas dos oportunidades me abrieron las puertas a la Compañía Nacional de Danza. Cuando me gradué hice una audición para la compañía y entré a las filas del cuerpo de baile”.

Cuenta que “ha sido maravilloso, un gran honor poder haber logrado una carrera en mi propio país”.

Ella describe sus 33 años de carrera como el viaje más hermoso de su vida, pues jamás imaginó ser nombrada con el título más alto del mundo del ballet.

Sus puntas, que ahora permanecen en su mesita de centro, lucen polvorientas y desgastadas, pero no las cambiaría por unas nuevas, porque sólo estas cuentan su historia / Foto: Hugo Maguey

“Todavía no me la creo”

Consagrarse al ballet no es cualquier cosa, más aún si consideramos que Blanca se mantuvo 15 años como primera bailarina. Para ella, uno de los primeros retos, y quizá de los más grandes, fue irse de su natal Monterrey y dejar a su familia a los 17 años de edad y adaptarse a la gran ciudad. Después, el de mantenerse. “No es nada fácil, todavía no me la creo, pues de pronto llegó la oportunidad de ser primera bailarina. Primero hay que pasar por todas estas categorías, haber interpretado todos esos roles y después la suerte de ser elegida y tener las condiciones para poder cumplir el contrato”.

Para Blanca, todos los ballets tienen su grado de dificultad. En alguna ocasión, ya como principal de la CND, no fue la elegida para ser la protagonista, un momento que la hizo crecer y madurar, porque luego le llegó la oportunidad de interpretar Gisselle, al que se refiere como “uno de los roles que toda bailarina sueña hacer, un ballet muy difícil técnicamente, que además tiene el reto de la actuación. Gisselle es la culminación de cualquier bailarina en la danza clásica”.

La ex primera bailarina eligió concluir su trayectoria con el ballet clásico La Esmeralda / Archivo Cuartoscuro.com

Tiempos difíciles

Para Blanca Ríos, continuar con el ritmo que exige el ballet durante los tiempos del Covid-19 fue un gran desafío y tomar un descanso no era viable, pues reconoce que su habilidad artística ha sido trabajada con base en mucha disciplina.

“Yo cada vez que me paraba en el escenario era algo indescriptible, amaba estar ahí. Entonces, en la pandemia me levantaba para mis clases, sabía que en algún momento íbamos a regresar y que tenía que sentirme bien (…) tuve que poner un equilibrio por mi familia justo en la pandemia. Mi hijo tuvo un problema de salud bastante fuerte y ahí fue cuando puse las cosas en una balanza”, asegura.

Su pasión por la danza la animó a formar su propia escuela de baile

Ser madre y bailarina

Si bien, durante años, logró un equilibrio con la misma gracia con la que mantiene una pirueta, la artista reconoció que estaba llegando a un límite y que la exigencia durante más tiempo podría traerle consecuencias a su salud y para su relación familiar, ya que era impensable perderse el crecimiento de sus dos hijos.

Desde entonces, se planteó cómo cerraría con amor su etapa de bailarina profesional, después de tantos años entregándose al arte. Así, consciente de la responsabilidad que conlleva ser primera bailarina y madre presente reveló: “Ya hice lo que más quería en la vida y, además, ser mamá. Logré todo eso junto (…) sabía que iba a ser difícil tomar la decisión y me siento muy contenta de haber logrado afrontarlo”.

Describe sus 33 años de carrera como el viaje más hermoso de su vida, pues jamás imaginó ser nombrada con el título más alto del mundo del ballet


Abrir espacios a las nuevas generaciones

Un anhelo de Blanca Ríos es transmitir a los jóvenes la importancia del desarrollo artístico fundamental para la danza clásica, comenta que en tiempos recientes es más notoria la preocupación de los estudiantes de ballet por explotar la virtuosidad visible de los pasos que su correcta ejecución técnica.

“A veces, a lo mejor hasta los aprenden mal (..) también tampoco debería perderse esa validez de la parte emocional, la parte artista que tiene la danza”. Asimismo asevera que, en lo personal, ella apoyaría más la intencionalidad en, por ejemplo, el movimiento de los brazos para que la audiencia conecte realmente con la historia que se pretende contar a través del ballet. “Es el bailarín del que te vas a acordar porque te tocó el alma”.

Su pasión por la danza la animó a formar su propia escuela de baile. “Quiero abrir las puertas a nuevos talentos, como cuando a mí se me abrieron las puertas”. Blanca sabe que la danza brinda herramientas valiosas en las infancias para afrontar las dificultades que se pueden presentar en la vida, como lo es el miedo al fracaso.

El epílogo del sueño

La ex primera bailarina eligió concluir su trayectoria con el ballet clásico La Esmeralda, que en esta ocasión fue coreografiada por los rusos Vasily Medvedev y Stanislav Fečo. Esta obra del repertorio dancístico es una de las más complejas “Esmeralda baila prácticamente los tres actos, muchísimo, muy fuerte y en los ensayos llegué a pensar que escogí uno muy difícil, al que no iba a llegar porque aparte fueron cinco semanas trabajando con los maestros rusos”.

A pesar del cansancio y los nervios, tener a toda la compañía en el escenario le fue reconfortante, como un cálido abrazo de despedida. Blanca experimentó mucha emoción y añadió que fue un gran regalo para su carrera; cabe decir que La Esmeralda significó un cierre de ciclo puesto que fue acerca de esta obra que ella hizo su tesis cuando iba a graduarse de su alma máter.

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“Me desbordé artísticamente”, comenta con la emoción en los ojos, sobre su última función. Encima, su gran mentora Sylvie Reynaud se acercó con ella al final para decirle que había demostrado la gran artista que es y que será por siempre. Blanca, entre lágrimas recordó agradecida lo mágico que fue ese domingo de cierre “de verdad fue espectacular, como lo soñé”.

Las gracias en la vida de Blanca Ríos se extienden a las personas que ama y la aman: Su familia, su esposo, sus hijos y ella misma. A su entusiasmo, a su disciplina. Se extienden, también, a las cosas que se convirtieron en sus compañeras, quizá las más notables, como sus puntas, las zapatillas de ballet que ahora se muestran en su mesita de centro; polvorientas, rotas, desgastadas, y que seguramente Blanca Ríos no cambiará por unas nuevas pues sólo éstas pueden contar la historia que vivió: la del ballet, la disciplina que trae en los genes.



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