/ viernes 15 de noviembre de 2019

Hojas de Papel Volando | "Felipe Ángeles: el sueño de la Revolución"

¿Revolución? Un debate que se puso en los libros de historia y que en muchos casos concluyó en que aquello fue una rebelión

La imagen que se me quedó grabada cuando me la platicaron –y luego cuando la leí- fue la de aquel hombre que espera el momento mortal, silencioso, quieto, en la penumbra nocturna.

Camina erguido, muy suavemente; fuma un cigarrillo del que se vislumbra apenas la lucecilla cuando lo inhala. Viste su uniforme militar de General de División. Piensa profundo. Sobre la mesa de la celda queda entreabierto su libro, el que le acompañó siempre: “La vida de Jesús” que en 1863 había escrito Ernest Renán.

Horas después habría de ser fusilado. En su dignidad militar pidió ser él mismo quien dirigiera al pelotón de fusilamiento. Venustiano Carranza acusó de traición al hombre que no sabía de traiciones y que en ese mismo momento era traicionado. No sólo lo entregó a las fuerzas Constitucionalistas uno de sus hombres; también se le traicionaba en sus ideales y en sus convicciones revolucionarias y militares.

Foto: Archivo

Carranza no le perdonó que le desobedeciera en su capricho personal cuando quiso imponer a Pánfilo Natera, un personaje por entonces sin la estrategia suficiente, y así quitarle el mérito a la División del Norte. Él se opuso y diseñó con gran éxito militar la toma de Zacatecas el 23 de junio de 1914. Al vencer a las fuerzas de Huerta se terminaba con el asesino de Madero y la Revolución tomaba otro camino.

Era el general Felipe Ángeles. El estratega. El artillero. El político. El intelectual. El filósofo de la Revolución. El más sensible. El humanista. Digamos que uno de los emblemas más transparentes de aquel movimiento en el que el remolino levantó todo y dispersó ideas, ideales, sueños y trajo ambiciones desmedidas y traiciones como también los esbozos de lo que habría de ser la democracia mexicana.

Era Chihuahua, la madrugada del 26 de noviembre de 1919: ese día murió uno de los grandes en la historia de México. En su corrido, el pueblo lo dice así:

“... En el cerro de la mora

le tocó la mala suerte,

lo tomaron prisionero,

lo sentenciaron a muerte.

El reloj marca las horas

se acerca la ejecución,

preparen muy bien sus armas

y apúntenme al corazón.

Apúntenme al corazón,

no me demuestren tristeza,

a los hombres como yo

no se les da en la cabeza.”

Durante el juicio militar dijo:

“Cuando Carranza vio rota la fuerza moral huertista, provocó el rompimiento con Villa, prohibiéndole que obtuviera la victoria de Zacatecas. Todos los generales de la División del Norte hablaron de dispersarse y, algunos, de ir sobre Carranza o a las montañas. Eso habría encendido de nuevo la moral de los huertistas y yo me opuse a ello.

“Yo redacté el telegrama que cruzó el rostro de Carranza como un fuetazo; por mí fuimos a Zacatecas y vencimos finalmente a Huerta.

“Yo soy el culpable de que desoyendo los despóticos mandatos de Carranza, hayamos ido a dar el último golpe de muerte a los huertistas; yo soy el culpable de haberle dicho a Carranza su miseria moral, su envidia, su falta de patriotismo, su ambición, su despotismo.

“Ahí propiamente terminó la lucha contra la reacción dictatorial y empezó la lucha contra la nueva dictadura (...) México no necesita un jefe, necesita ciudadanos”.

Ángeles, militar de carrera, había enfrentado a los militares sin conocimiento y experiencia, surgidos del mismo movimiento: Obregón uno de ellos; acaso el más ambicioso y sanguinario.

Celebrar o conmemorar a la Revolución Mexicana –depende--, y la idea misma de la Revolución Mexicana, poco a poco se diluyen como agua en las manos en nuestro país. Aquello que por años fue referencia histórica, hoy pasa a ser memoria.

Foto: Archivo

A lo mejor es una forma de desquite. Esto porque por más de setenta años los gobiernos priistas usaron a la Revolución Mexicana como su pretexto para declararse herederos de aquel movimiento; para decir que seguían la filosofía de la Revolución (¿cuál de todas?) y que al final de cuentas ya había una “revolución institucionalizada”: ellos. Hoy se convierte en ‘Tercera Transformación’.

¿Revolución? Un debate que se puso en los libros de historia y que en muchos casos concluyó en que aquello fue una rebelión y que el poder cambió de manos, pero no de ideas y que, al final de cuentas, no revolucionó tanto porque la pobreza siguió vigente y los herederos de la revolución fueron los políticos que ensancharon sus fuerzas más allá de los límites legales.

Sí hubo el gran ideal de una Revolución Mexicana. Y hubo hombres que participaron en el movimiento armado y político con la idea de que ésta iba en contra de lo que ya no se quería repetir, que era para reivindicar a los pobres, que era para hacer justicia social, repartir la tierra y el resultado del trabajo entre todos, que era para evitar los abusos, la injusticia, la desigualdad... y, en lo político, para consolidar el sueño democrático de Madero: “Sufragio efectivo. No reelección”.

Una ética de la Revolución: La idea de Madero sí era revolucionaria: Quería la democracia para México.

Este 20 de noviembre se cumplen 106 años del inicio de la Revolución Mexicana Foto: Archivo

Pero a la muerte de Madero, los que pensaban que la cosa iba en serio en lo de revolucionar al país, al final se quedaron a la orilla de la historia: dos de ellos muy relevantes:

Lucio Blanco, que en agosto de 1913 llevó a cabo el primer reparto agrario: la Hacienda Los Borregos –que había sido propiedad de Félix Díaz- en Matamoros, Tamaulipas y por cuya acción fue retirado de la plaza por Venustiano Carranza y puesto a las órdenes de Pablo González, ni más, ni menos que quien luego daría la orden de muerte para Emiliano Zapata, en Chinameca, Morelos. El 7 de junio de 1922 Blanco sería ahogado en el Río Bravo por órdenes de Álvaro Obregón.

El otro fue el general Felipe Ángeles. El hombre hecho y derecho. Que surgió creció y estudió durante el Porfiriato. Se formó en el Colegio Militar y fue enviado por Díaz a Francia para especializarse en artillería y estrategia militar. El presidente percibió al joven Ángeles con un de gran futuro militar y con talento intelectual y tan es así que le perdonó algunos deslices que los militares de su tiempo no se hubieran permitido.

Como estudiante en el Colegio Militar destacó por su disciplina, buenas calificaciones y por su preferencia por las matemáticas, de las que se sirvió en sus diseños como artillero y estratega: en Torreón, en Paredón y Zacatecas lo demostró.

Era hijo del coronel Felipe Ángeles Melo, quien había luchado contra la intervención estadounidense (1847) y contra la intervención francesa (1862). Su padre nunca se aprovechó de sus blasones militares para obtener beneficios. Ya retirado vivía del campo y la ganadería en pequeñísima escala... Ese sentido del honor y la ética militar la inoculó en su hijo Felipe de Jesús Ángeles Ramírez que nació en Zacualtipán, Hidalgo el 13 de junio de 1868.

A los catorce años ingresó al Colegio Militar de Chapultepec por una beca que le otorgó Porfirio Díaz; el mismo Díaz al que Ángeles guardó respeto y consideración y cuando éste salió para Francia, Felipe se mantuvo en la línea militar de la disciplina castrense.

Porfirio Díaz

A la llegada de Madero se reconoció como un demócrata y mantuvo una gran cercanía y hasta amistad con don Francisco y quien le reconoció al militar su seriedad, rigor y solidaridad política y militar y a quien acudió por ayuda en los momentos de crisis. En 1913 Madero y Pino Suárez fueron obligados a firmar su renuncia y conducidos a la muerte por Huerta. Ángeles, que había estado con ellos fue expulsado del país. Pero quedó la semilla:

Ángeles quería que las cosas cambiaran para bien de todos y, por lo mismo, regresó a las órdenes de Carranza en donde no se sintió afín, no era la suya la ambición política. Acudió al llamado de Francisco Villa, en la División del Norte, y aportó ahí sus conocimientos militares para convertirse en ese gran artillero y estratega del movimiento armado revolucionario. Consiguió triunfos inobjetables: Torreón (3 de abril de 1914), Paredón y luego Zacatecas (23 de junio de 1914).

“Pancho Villa”, uno de los grandes líderes de la Revolución Mexicana.

Pero estos mismos triunfos revolucionarios le conducirían a la muerte. Fue fusilado en Chihuahua luego de un juicio militar. No se opuso. Sabía que la disciplina es parte esencial del militar y así se dejó llevar a la muerte. Hoy, a cien años de aquel tránsito, se le reconoce como el gran militar y del que surge lo mejor de nuestra historia mexicana... Falta mucho por decir de hombres así; de los que se quedaron a la orilla de la historia.

“Apúntenme al corazón,

no me demuestren tristeza,

a los hombres como yo

no se les da en la cabeza.”

joelhsantiago@gmail.com


La imagen que se me quedó grabada cuando me la platicaron –y luego cuando la leí- fue la de aquel hombre que espera el momento mortal, silencioso, quieto, en la penumbra nocturna.

Camina erguido, muy suavemente; fuma un cigarrillo del que se vislumbra apenas la lucecilla cuando lo inhala. Viste su uniforme militar de General de División. Piensa profundo. Sobre la mesa de la celda queda entreabierto su libro, el que le acompañó siempre: “La vida de Jesús” que en 1863 había escrito Ernest Renán.

Horas después habría de ser fusilado. En su dignidad militar pidió ser él mismo quien dirigiera al pelotón de fusilamiento. Venustiano Carranza acusó de traición al hombre que no sabía de traiciones y que en ese mismo momento era traicionado. No sólo lo entregó a las fuerzas Constitucionalistas uno de sus hombres; también se le traicionaba en sus ideales y en sus convicciones revolucionarias y militares.

Foto: Archivo

Carranza no le perdonó que le desobedeciera en su capricho personal cuando quiso imponer a Pánfilo Natera, un personaje por entonces sin la estrategia suficiente, y así quitarle el mérito a la División del Norte. Él se opuso y diseñó con gran éxito militar la toma de Zacatecas el 23 de junio de 1914. Al vencer a las fuerzas de Huerta se terminaba con el asesino de Madero y la Revolución tomaba otro camino.

Era el general Felipe Ángeles. El estratega. El artillero. El político. El intelectual. El filósofo de la Revolución. El más sensible. El humanista. Digamos que uno de los emblemas más transparentes de aquel movimiento en el que el remolino levantó todo y dispersó ideas, ideales, sueños y trajo ambiciones desmedidas y traiciones como también los esbozos de lo que habría de ser la democracia mexicana.

Era Chihuahua, la madrugada del 26 de noviembre de 1919: ese día murió uno de los grandes en la historia de México. En su corrido, el pueblo lo dice así:

“... En el cerro de la mora

le tocó la mala suerte,

lo tomaron prisionero,

lo sentenciaron a muerte.

El reloj marca las horas

se acerca la ejecución,

preparen muy bien sus armas

y apúntenme al corazón.

Apúntenme al corazón,

no me demuestren tristeza,

a los hombres como yo

no se les da en la cabeza.”

Durante el juicio militar dijo:

“Cuando Carranza vio rota la fuerza moral huertista, provocó el rompimiento con Villa, prohibiéndole que obtuviera la victoria de Zacatecas. Todos los generales de la División del Norte hablaron de dispersarse y, algunos, de ir sobre Carranza o a las montañas. Eso habría encendido de nuevo la moral de los huertistas y yo me opuse a ello.

“Yo redacté el telegrama que cruzó el rostro de Carranza como un fuetazo; por mí fuimos a Zacatecas y vencimos finalmente a Huerta.

“Yo soy el culpable de que desoyendo los despóticos mandatos de Carranza, hayamos ido a dar el último golpe de muerte a los huertistas; yo soy el culpable de haberle dicho a Carranza su miseria moral, su envidia, su falta de patriotismo, su ambición, su despotismo.

“Ahí propiamente terminó la lucha contra la reacción dictatorial y empezó la lucha contra la nueva dictadura (...) México no necesita un jefe, necesita ciudadanos”.

Ángeles, militar de carrera, había enfrentado a los militares sin conocimiento y experiencia, surgidos del mismo movimiento: Obregón uno de ellos; acaso el más ambicioso y sanguinario.

Celebrar o conmemorar a la Revolución Mexicana –depende--, y la idea misma de la Revolución Mexicana, poco a poco se diluyen como agua en las manos en nuestro país. Aquello que por años fue referencia histórica, hoy pasa a ser memoria.

Foto: Archivo

A lo mejor es una forma de desquite. Esto porque por más de setenta años los gobiernos priistas usaron a la Revolución Mexicana como su pretexto para declararse herederos de aquel movimiento; para decir que seguían la filosofía de la Revolución (¿cuál de todas?) y que al final de cuentas ya había una “revolución institucionalizada”: ellos. Hoy se convierte en ‘Tercera Transformación’.

¿Revolución? Un debate que se puso en los libros de historia y que en muchos casos concluyó en que aquello fue una rebelión y que el poder cambió de manos, pero no de ideas y que, al final de cuentas, no revolucionó tanto porque la pobreza siguió vigente y los herederos de la revolución fueron los políticos que ensancharon sus fuerzas más allá de los límites legales.

Sí hubo el gran ideal de una Revolución Mexicana. Y hubo hombres que participaron en el movimiento armado y político con la idea de que ésta iba en contra de lo que ya no se quería repetir, que era para reivindicar a los pobres, que era para hacer justicia social, repartir la tierra y el resultado del trabajo entre todos, que era para evitar los abusos, la injusticia, la desigualdad... y, en lo político, para consolidar el sueño democrático de Madero: “Sufragio efectivo. No reelección”.

Una ética de la Revolución: La idea de Madero sí era revolucionaria: Quería la democracia para México.

Este 20 de noviembre se cumplen 106 años del inicio de la Revolución Mexicana Foto: Archivo

Pero a la muerte de Madero, los que pensaban que la cosa iba en serio en lo de revolucionar al país, al final se quedaron a la orilla de la historia: dos de ellos muy relevantes:

Lucio Blanco, que en agosto de 1913 llevó a cabo el primer reparto agrario: la Hacienda Los Borregos –que había sido propiedad de Félix Díaz- en Matamoros, Tamaulipas y por cuya acción fue retirado de la plaza por Venustiano Carranza y puesto a las órdenes de Pablo González, ni más, ni menos que quien luego daría la orden de muerte para Emiliano Zapata, en Chinameca, Morelos. El 7 de junio de 1922 Blanco sería ahogado en el Río Bravo por órdenes de Álvaro Obregón.

El otro fue el general Felipe Ángeles. El hombre hecho y derecho. Que surgió creció y estudió durante el Porfiriato. Se formó en el Colegio Militar y fue enviado por Díaz a Francia para especializarse en artillería y estrategia militar. El presidente percibió al joven Ángeles con un de gran futuro militar y con talento intelectual y tan es así que le perdonó algunos deslices que los militares de su tiempo no se hubieran permitido.

Como estudiante en el Colegio Militar destacó por su disciplina, buenas calificaciones y por su preferencia por las matemáticas, de las que se sirvió en sus diseños como artillero y estratega: en Torreón, en Paredón y Zacatecas lo demostró.

Era hijo del coronel Felipe Ángeles Melo, quien había luchado contra la intervención estadounidense (1847) y contra la intervención francesa (1862). Su padre nunca se aprovechó de sus blasones militares para obtener beneficios. Ya retirado vivía del campo y la ganadería en pequeñísima escala... Ese sentido del honor y la ética militar la inoculó en su hijo Felipe de Jesús Ángeles Ramírez que nació en Zacualtipán, Hidalgo el 13 de junio de 1868.

A los catorce años ingresó al Colegio Militar de Chapultepec por una beca que le otorgó Porfirio Díaz; el mismo Díaz al que Ángeles guardó respeto y consideración y cuando éste salió para Francia, Felipe se mantuvo en la línea militar de la disciplina castrense.

Porfirio Díaz

A la llegada de Madero se reconoció como un demócrata y mantuvo una gran cercanía y hasta amistad con don Francisco y quien le reconoció al militar su seriedad, rigor y solidaridad política y militar y a quien acudió por ayuda en los momentos de crisis. En 1913 Madero y Pino Suárez fueron obligados a firmar su renuncia y conducidos a la muerte por Huerta. Ángeles, que había estado con ellos fue expulsado del país. Pero quedó la semilla:

Ángeles quería que las cosas cambiaran para bien de todos y, por lo mismo, regresó a las órdenes de Carranza en donde no se sintió afín, no era la suya la ambición política. Acudió al llamado de Francisco Villa, en la División del Norte, y aportó ahí sus conocimientos militares para convertirse en ese gran artillero y estratega del movimiento armado revolucionario. Consiguió triunfos inobjetables: Torreón (3 de abril de 1914), Paredón y luego Zacatecas (23 de junio de 1914).

“Pancho Villa”, uno de los grandes líderes de la Revolución Mexicana.

Pero estos mismos triunfos revolucionarios le conducirían a la muerte. Fue fusilado en Chihuahua luego de un juicio militar. No se opuso. Sabía que la disciplina es parte esencial del militar y así se dejó llevar a la muerte. Hoy, a cien años de aquel tránsito, se le reconoce como el gran militar y del que surge lo mejor de nuestra historia mexicana... Falta mucho por decir de hombres así; de los que se quedaron a la orilla de la historia.

“Apúntenme al corazón,

no me demuestren tristeza,

a los hombres como yo

no se les da en la cabeza.”

joelhsantiago@gmail.com


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