/ miércoles 10 de julio de 2019

"Chinguen a su madre, yo soy de Tepito", así la esencia y ausencia de Armando Ramírez

El periodista Carlos Rojas Urrutia publica en El Sol de México una entrevista con el maestro Armando Ramírez, fallecido hoy a los 67 años

Armando Ramírez (Ciudad de México, 1952 -2019) creció dentro de las difusas fronteras del Barrio Bravo. Fue desde esa identidad que encontró su modo de concebir el periodismo y hacer un tipo de literatura que partía de lo popular; su diálogo era con la tradición oral de arrabales y barrios marginados.

A los 19 años se encontró con un relato de Ricardo Garibay que lo decidió a escribir Chin Chin el teporocho, lectura obligada para quienes gozan de las historias de esos personajes que emanan de la cultura urbana que mantiene en movimiento perpetuo al otrora Distrito Federal.

Muy a su pesar, Armando fue una figura iluminada bajo la mitología urbana de un “peladito” del barrio. Pero lo que hay en su universo narrativo son influencias y diálogos trenzados con la más rica tradición mexicana: de Ángel del Campo a Sergio Magaña, de Carlos Fuentes a Salvador Elizondo, Juan García Ponce y obviamente Juan Rulfo. En la narrativa europea dialoga con el existencialismo de Genet, Céline y Camus.

Quizá por esa doble existencia, Armando Ramírez no era un entrevistado que entregara su confianza en el primer intercambio. Antes sondeaba, esperaba encontrar en el interlocutor una oportunidad para compartir lo que le importaba de su trabajo. Ya en confianza, optaba por dar respuestas redondas en el tono que le gustaba contar historias: “pretendo escribir mentándoles la madre. No me interesa tener el respeto de la clase media, de la universidad o las sociedades culturales, nunca tuve una beca ni me he acercado a los grandes vudús para que me palmeen la espalda”.

En 2007, cuando publicó La chachalaca, el pelele y el legítimo (Grijalbo), me concedió esta entrevista que hasta ahora había permanecido inédita. Ese día, Armando, casi siempre evasivo, llegó al café La Habana, pidió un café con leche, dejó en la mesa una libreta de notas y El miedo escénico y otras hierbas de Jorge Valdano. Tenía ganas de irse pronto, apurado por terminar sus cápsulas radiofónicas, así que me advirtió que si quería conseguir alguna cosa que valiera la pena, tenía que apresurarme…

¿Sentirías esa pertenencia al Barrio de Tepito si no tuvieras la herramienta de la literatura?

—No, al contrario. Es al revés. Yo soy del mero corazón de Tepito, de donde está la Plaza de Fray Bartolomé de las Casas, ahí no hay para donde hacerse. Cuando iba a la primaria de Peralvillo, como era muy jodido decir que uno era de Tepito, decían ser de la Morelos, del Centro o de la Cuauhtémoc. Mi sentido de pertenencia se desarrolló porque pensaba: “ellos niegan de dónde son, pero niegan para asumirse de la Cuauhtémoc o de la Morelos, pero si yo me niego desaparezco. Por eso chinguen a su madre, yo soy de Tepito y bien”. Así fue como comencé a tener el sentimiento de pertenencia.

¿Los habitantes de Tepito y otras zonas marginales se identifican con tu literatura?

—Sería demasiado soberbio pretender que la gente de los barrios me lea. Habrá chavos de los barrios, una élite que tuvo el chance de estudiar que me entiende, que son realmente mis consumidores. Y se que de la gente que va a los tianguis no todos me entenderán, pero hay un público consumidor que es universitario o de CCH, o de escuelas patito, o del colegio de bachilleres, que emerge de los barrios y es con ellos con quienes me identifico, y ellos se identifican conmigo, porque hablamos el mismo lenguaje y tenemos las mismas aspiraciones.

¿En tu literatura la referencia al mundo prehispánico y virreinal es un elemento con el que buscas enfatizar la identidad mexicana?

—Al principio lo hacía de manera muy inconsciente, no porque yo lo pretendiera, sino porque Tepito está cerca del Templo Mayor y a ocho calles del Palacio Nacional. Cuando yo era niño, de siete años, iba a estudiar inglés a una escuela patito que estaba arriba del Nacional Monte de Piedad, (todo empezó con una llamada a mi casa y le dicen a la mamá; “su hijo es muy inteligente, y se ha ganado una pinche beca”… y ahí va mi mamá bien pendeja a inscribirme. Iba muy orgulloso yo). Costaba 30 centavos hacer el recorrido de mi casa a esa escuela en camión. Yo me guardaba el dinero y me iba caminando. Entonces, cruzaba por donde está ahora la Coyolxauhqui y pasaba por un museo donde había murales, por las catacumbas de los sacerdotes de la Catedral, el Mercado Abelardo…todo ese pedo ahí, está vivo, latente: cruzas la plaza del seminario, y están los danzantes y los sacerdotes y los vendedores y los merolicos, y luego está el Templo Mayor, y nadie pela ni madres. Esas cosas se me hacen muy chingonas y yo retraté mi percepción de las cosas. Ahora lo hago muy consciente, pero nació porque ahí estaba, inherente en mí.

El comercio ambulante y la economía que no paga impuestos es más que una cosa curiosa en la Ciudad…

—Es lo que da la estabilidad política a este país. Si tantos millones de cabrones que hay en las grandes ciudades de la república, no tuvieran ese medio para comer, ¿qué pasaría? En Tepito debe haber 40 mil güeyes que se dedican al comercio ambulante. Pero los que consumen esos productos también son gente pobre. Yo calculo que en esta ciudad de 20 millones de habitantes, quienes viven, consumen, producen, trabajan o comercializan productos en el comercio ambulante deben ser la mitad de la población, cuando menos. Texcoco y Ecatepec viven del comercio del centro. Se pueden ver en la Merced y Tepito camiones foráneos que recogen mercancía y la llevan a los tianguis a vender.

Ese producto, es mentira que sea fayuca y sea robado. Debe haber una parte que lo es, pero casi todo es de talleres clandestinos de Iztapalapa, Neza, Tepito u otros lados. Es realmente una tontería que no quieran ver el gran talento emprendedor y de creatividad que genera el comercio ambulante, que habría que canalizar y darle los elementos mínimos para legalizarse. Es como el tianguis de la Corte de los Milagros; donde los pobres llegan para poder sobrevivir. Esa parte de la ciudad de México no se muere de hambre, porque si sales a la calle y trabajas ganas dinero.

Si la Ciudad de México fuera un cuerpo humano, ¿donde tendría el hígado?

—Puta madre, ¿cuál es el hígado?...yo creo que sería por Azcapotzalco, porque ahí hay muchas fábricas y mucha transformación. Siempre he visto esa zona muy química, con más proletariado en el sentido de verdaderos obreros; también es un parte vital para la Ciudad porque se mueve mucho, en toda esa zona norponiente, desde Tlalnepantla hasta acá. El estómago podría ser Iztapalapa, la cabeza sería Ciudad Universitaria, los ojos podrían ser el Zócalo, que todo lo ve; los pies ¿que sería?, Xochimilco tal vez; y la nariz sería Tepito: hay un chingo de olores.

¿Qué ha cambiado desde los tiempos en que fue escrito Chin Chin el teporocho y estos tumbos que damos hacia la democracia?

—Andamos vueltopendejos. Estamos buscando al papá. Esa es la historia eterna. Nuestra historia real, no tiene origen en el PRI ¿Porqué negamos a Hernán Cortés como nuestro jefe? Es nuestro padre. Se cogió a la Malinche y salimos nosotros.

Es como cuando en una familia el papá abandona al hijo, y al niño le tiran el rollo de que su papá es un ojete y que los madreaba. Y el niño crece con un montón de telarañas en su cabeza y no entiende al papá. Eso fue lo que nos pasó. Porque nosotros no somos aztecas, hablamos español y somos católicos, comemos carne de puerco y freímos las cosas.

Somos hijos de la Malinche y de Cortés. En vez de pensar en nuestro padre como que fue un chingón, que se comió con 800 cabrones a 100 mil, y la gesta que hizo, que no le temblaban los aguacates para llegar a un pinche mundo nuevo como si fuera suyo; pensamos que es un ojete y no nos entendemos. De ahí, la búsqueda del padre, de la autoridad. Nos sentimos huérfanos, con un agujero en la figura paternal.

¿Cómo se ve el ambiente político actual?

—El momento que vivimos es normal. Si hay un hijo que se da cuenta que no tiene padre y anda como pinche loco para allá y para acá, significa que está buscando su camino. Igual se pervierte, igual encuentra donde pisar tierra para ir al encuentro del padre y del pasado, pero igual se hace pendejo y comienza a recalar y a conflictuarse. Creo que ésta sociedad está en esa etapa de desorientación y de desarrollo democrático. Que se peleen los diputados y los senadores, que salgan a la calle los trabajadores, que la gente discuta es normal. Pero no lo entendemos así, hablamos de ingobernabilidad… pero no, pues ese es el juego de a deveras. Antes no había porque el PRI era el que decía quien salía en la foto. Yo creo que ahora se hace la discusión, y malo es que te digan “cállate cabrón”. No hay cambio, apenas estamos iniciándolo.

¿La ciudad que se dibuja en tus libros es la ciudad que quisieras ver o es una ciudad real?

—Es como Tepito, algo que tiene que ver con la realidad, pero la invención parte de mi percepción, que es deformante. Si un sociólogo quisiera ver en mis libros datos sobre la Ciudad de México no encontraría ni madres. Hay cosas que me encanta hacer, como invertir las canciones y los autores, o hablar de calles que no hacen esquina y describirlas como si lo hicieran; es un recurso muy tosco pero es a propósito. No se encuentra en mis libros una fidelidad a la realidad, pero sí se encuentra el sentimiento o la percepción de esos tiempos. Ese sería mi planteamiento literario.

¿Tu literatura tuvo influencia de escritores de la onda como Parménides García Saldaña, Gustavo Sáinz o José Agustín?

—En mis primeros años de escritor no. Mi tía trabajaba en la imprenta donde se hacían las revistas Siempre! y Teleguía. En los años 70, les regalaban a los empleados las revistas. Ellos se peleaban el Teleguía y ahí dejaban arrumbado el Siempre!, que tenía en medio el suplemento que dirigía Carlos Monsiváis, La cultura en México. Ahí colaboraban José Emilio Pacheco, Juan Vicente Melo y Ricardo Garibay. En el primer número que leí, había un cuento de Garibay que se llama “Diálogo en la playa”, sobre unos güeyes que se hablan a groserías. Cuando lo leí me dije: “puta madre, si esto es literatura, yo lo voy a escribir”. Entonces me puse a escribir Chin Chin el teporocho.

En La casa de los Ajolotes haces una referencia autobiográfica a una plática con Edmundo Valadés, mirando la Iglesia de San Fernando ¿Cuál es la importancia de esa relación con Valadés en tu literatura?

—Edmundo Valadés es otro de los cabrones chingones, poca madre. Con él sucedió que hubo un concurso de cuento en Tepito, cuyo jurado era José Agustín, Luis Guillermo Piaza y Edmundo Valadés, entre otros. Me dieron a mí el premio por Ratero. Entonces Valadés me invitó a leer a una librería que tenía en División del Norte. Ahí me regaló el Ulises de Joyce.

Además a él le gustaba caminar y platicar. Era un guey proustiano a lo cabrón, que sabía leer a Proust y que tenía una colección de fotos eróticas cabrona. Ahí en Rosales, pasamos por la iglesia de San Fernando y me contó cómo Proust, a través de los siete tomos de En busca del tiempo perdido, construye una catedral de conocimientos. Imagina qué pinche cultura tenía ese cabrón, que cada pieza de la arquitectura, sabía cómo nombrarla y describirla. Nos quedamos viendo la fachada de la iglesia y hablando… No cualquier escritor convive y tiene la paciencia de platicar con un pendejo como yo. Como personas, Valadés y Piaza son los fundamentales para mí.

En La casa de los Ajolotes, propones a la clase política de altos niveles como una “gran familia revolucionaria”¿Cómo han cambiado esos lazos familiares?

—Cuando publiqué La casa de los Ajolotes, me dijeron que no tenía caso porque ya se había acabado el PRI ¡No es cierto! Todo mexicano lleva en su corazón un pequeño PRI. Es un modo cultural. Por eso cuando al final del libro, José Agapito se transforma, es interesante, porque no es tanto que se haya afiliado al PRI, sino que ya está integrado como un priista más. Cojos, mochos, homosexuales, de izquierda, de derecha, capitalistas o religiosos, traemos un PRI dentro. A lo mejor todo esto no viene desde hace 70 años, sino desde la época de la conquista, cuando Mateo Alemán corrompe al secretario del rey para poder venir a la Ciudad de México: le da una mordida y recibe sus derechos para venir a reclamar una herencia. A lo mejor hay hasta un punto de identidad cultural que nadie quiere aceptar: que somos corruptos. Nos hacemos de la boca chiquita.


Armando Ramírez (Ciudad de México, 1952 -2019) creció dentro de las difusas fronteras del Barrio Bravo. Fue desde esa identidad que encontró su modo de concebir el periodismo y hacer un tipo de literatura que partía de lo popular; su diálogo era con la tradición oral de arrabales y barrios marginados.

A los 19 años se encontró con un relato de Ricardo Garibay que lo decidió a escribir Chin Chin el teporocho, lectura obligada para quienes gozan de las historias de esos personajes que emanan de la cultura urbana que mantiene en movimiento perpetuo al otrora Distrito Federal.

Muy a su pesar, Armando fue una figura iluminada bajo la mitología urbana de un “peladito” del barrio. Pero lo que hay en su universo narrativo son influencias y diálogos trenzados con la más rica tradición mexicana: de Ángel del Campo a Sergio Magaña, de Carlos Fuentes a Salvador Elizondo, Juan García Ponce y obviamente Juan Rulfo. En la narrativa europea dialoga con el existencialismo de Genet, Céline y Camus.

Quizá por esa doble existencia, Armando Ramírez no era un entrevistado que entregara su confianza en el primer intercambio. Antes sondeaba, esperaba encontrar en el interlocutor una oportunidad para compartir lo que le importaba de su trabajo. Ya en confianza, optaba por dar respuestas redondas en el tono que le gustaba contar historias: “pretendo escribir mentándoles la madre. No me interesa tener el respeto de la clase media, de la universidad o las sociedades culturales, nunca tuve una beca ni me he acercado a los grandes vudús para que me palmeen la espalda”.

En 2007, cuando publicó La chachalaca, el pelele y el legítimo (Grijalbo), me concedió esta entrevista que hasta ahora había permanecido inédita. Ese día, Armando, casi siempre evasivo, llegó al café La Habana, pidió un café con leche, dejó en la mesa una libreta de notas y El miedo escénico y otras hierbas de Jorge Valdano. Tenía ganas de irse pronto, apurado por terminar sus cápsulas radiofónicas, así que me advirtió que si quería conseguir alguna cosa que valiera la pena, tenía que apresurarme…

¿Sentirías esa pertenencia al Barrio de Tepito si no tuvieras la herramienta de la literatura?

—No, al contrario. Es al revés. Yo soy del mero corazón de Tepito, de donde está la Plaza de Fray Bartolomé de las Casas, ahí no hay para donde hacerse. Cuando iba a la primaria de Peralvillo, como era muy jodido decir que uno era de Tepito, decían ser de la Morelos, del Centro o de la Cuauhtémoc. Mi sentido de pertenencia se desarrolló porque pensaba: “ellos niegan de dónde son, pero niegan para asumirse de la Cuauhtémoc o de la Morelos, pero si yo me niego desaparezco. Por eso chinguen a su madre, yo soy de Tepito y bien”. Así fue como comencé a tener el sentimiento de pertenencia.

¿Los habitantes de Tepito y otras zonas marginales se identifican con tu literatura?

—Sería demasiado soberbio pretender que la gente de los barrios me lea. Habrá chavos de los barrios, una élite que tuvo el chance de estudiar que me entiende, que son realmente mis consumidores. Y se que de la gente que va a los tianguis no todos me entenderán, pero hay un público consumidor que es universitario o de CCH, o de escuelas patito, o del colegio de bachilleres, que emerge de los barrios y es con ellos con quienes me identifico, y ellos se identifican conmigo, porque hablamos el mismo lenguaje y tenemos las mismas aspiraciones.

¿En tu literatura la referencia al mundo prehispánico y virreinal es un elemento con el que buscas enfatizar la identidad mexicana?

—Al principio lo hacía de manera muy inconsciente, no porque yo lo pretendiera, sino porque Tepito está cerca del Templo Mayor y a ocho calles del Palacio Nacional. Cuando yo era niño, de siete años, iba a estudiar inglés a una escuela patito que estaba arriba del Nacional Monte de Piedad, (todo empezó con una llamada a mi casa y le dicen a la mamá; “su hijo es muy inteligente, y se ha ganado una pinche beca”… y ahí va mi mamá bien pendeja a inscribirme. Iba muy orgulloso yo). Costaba 30 centavos hacer el recorrido de mi casa a esa escuela en camión. Yo me guardaba el dinero y me iba caminando. Entonces, cruzaba por donde está ahora la Coyolxauhqui y pasaba por un museo donde había murales, por las catacumbas de los sacerdotes de la Catedral, el Mercado Abelardo…todo ese pedo ahí, está vivo, latente: cruzas la plaza del seminario, y están los danzantes y los sacerdotes y los vendedores y los merolicos, y luego está el Templo Mayor, y nadie pela ni madres. Esas cosas se me hacen muy chingonas y yo retraté mi percepción de las cosas. Ahora lo hago muy consciente, pero nació porque ahí estaba, inherente en mí.

El comercio ambulante y la economía que no paga impuestos es más que una cosa curiosa en la Ciudad…

—Es lo que da la estabilidad política a este país. Si tantos millones de cabrones que hay en las grandes ciudades de la república, no tuvieran ese medio para comer, ¿qué pasaría? En Tepito debe haber 40 mil güeyes que se dedican al comercio ambulante. Pero los que consumen esos productos también son gente pobre. Yo calculo que en esta ciudad de 20 millones de habitantes, quienes viven, consumen, producen, trabajan o comercializan productos en el comercio ambulante deben ser la mitad de la población, cuando menos. Texcoco y Ecatepec viven del comercio del centro. Se pueden ver en la Merced y Tepito camiones foráneos que recogen mercancía y la llevan a los tianguis a vender.

Ese producto, es mentira que sea fayuca y sea robado. Debe haber una parte que lo es, pero casi todo es de talleres clandestinos de Iztapalapa, Neza, Tepito u otros lados. Es realmente una tontería que no quieran ver el gran talento emprendedor y de creatividad que genera el comercio ambulante, que habría que canalizar y darle los elementos mínimos para legalizarse. Es como el tianguis de la Corte de los Milagros; donde los pobres llegan para poder sobrevivir. Esa parte de la ciudad de México no se muere de hambre, porque si sales a la calle y trabajas ganas dinero.

Si la Ciudad de México fuera un cuerpo humano, ¿donde tendría el hígado?

—Puta madre, ¿cuál es el hígado?...yo creo que sería por Azcapotzalco, porque ahí hay muchas fábricas y mucha transformación. Siempre he visto esa zona muy química, con más proletariado en el sentido de verdaderos obreros; también es un parte vital para la Ciudad porque se mueve mucho, en toda esa zona norponiente, desde Tlalnepantla hasta acá. El estómago podría ser Iztapalapa, la cabeza sería Ciudad Universitaria, los ojos podrían ser el Zócalo, que todo lo ve; los pies ¿que sería?, Xochimilco tal vez; y la nariz sería Tepito: hay un chingo de olores.

¿Qué ha cambiado desde los tiempos en que fue escrito Chin Chin el teporocho y estos tumbos que damos hacia la democracia?

—Andamos vueltopendejos. Estamos buscando al papá. Esa es la historia eterna. Nuestra historia real, no tiene origen en el PRI ¿Porqué negamos a Hernán Cortés como nuestro jefe? Es nuestro padre. Se cogió a la Malinche y salimos nosotros.

Es como cuando en una familia el papá abandona al hijo, y al niño le tiran el rollo de que su papá es un ojete y que los madreaba. Y el niño crece con un montón de telarañas en su cabeza y no entiende al papá. Eso fue lo que nos pasó. Porque nosotros no somos aztecas, hablamos español y somos católicos, comemos carne de puerco y freímos las cosas.

Somos hijos de la Malinche y de Cortés. En vez de pensar en nuestro padre como que fue un chingón, que se comió con 800 cabrones a 100 mil, y la gesta que hizo, que no le temblaban los aguacates para llegar a un pinche mundo nuevo como si fuera suyo; pensamos que es un ojete y no nos entendemos. De ahí, la búsqueda del padre, de la autoridad. Nos sentimos huérfanos, con un agujero en la figura paternal.

¿Cómo se ve el ambiente político actual?

—El momento que vivimos es normal. Si hay un hijo que se da cuenta que no tiene padre y anda como pinche loco para allá y para acá, significa que está buscando su camino. Igual se pervierte, igual encuentra donde pisar tierra para ir al encuentro del padre y del pasado, pero igual se hace pendejo y comienza a recalar y a conflictuarse. Creo que ésta sociedad está en esa etapa de desorientación y de desarrollo democrático. Que se peleen los diputados y los senadores, que salgan a la calle los trabajadores, que la gente discuta es normal. Pero no lo entendemos así, hablamos de ingobernabilidad… pero no, pues ese es el juego de a deveras. Antes no había porque el PRI era el que decía quien salía en la foto. Yo creo que ahora se hace la discusión, y malo es que te digan “cállate cabrón”. No hay cambio, apenas estamos iniciándolo.

¿La ciudad que se dibuja en tus libros es la ciudad que quisieras ver o es una ciudad real?

—Es como Tepito, algo que tiene que ver con la realidad, pero la invención parte de mi percepción, que es deformante. Si un sociólogo quisiera ver en mis libros datos sobre la Ciudad de México no encontraría ni madres. Hay cosas que me encanta hacer, como invertir las canciones y los autores, o hablar de calles que no hacen esquina y describirlas como si lo hicieran; es un recurso muy tosco pero es a propósito. No se encuentra en mis libros una fidelidad a la realidad, pero sí se encuentra el sentimiento o la percepción de esos tiempos. Ese sería mi planteamiento literario.

¿Tu literatura tuvo influencia de escritores de la onda como Parménides García Saldaña, Gustavo Sáinz o José Agustín?

—En mis primeros años de escritor no. Mi tía trabajaba en la imprenta donde se hacían las revistas Siempre! y Teleguía. En los años 70, les regalaban a los empleados las revistas. Ellos se peleaban el Teleguía y ahí dejaban arrumbado el Siempre!, que tenía en medio el suplemento que dirigía Carlos Monsiváis, La cultura en México. Ahí colaboraban José Emilio Pacheco, Juan Vicente Melo y Ricardo Garibay. En el primer número que leí, había un cuento de Garibay que se llama “Diálogo en la playa”, sobre unos güeyes que se hablan a groserías. Cuando lo leí me dije: “puta madre, si esto es literatura, yo lo voy a escribir”. Entonces me puse a escribir Chin Chin el teporocho.

En La casa de los Ajolotes haces una referencia autobiográfica a una plática con Edmundo Valadés, mirando la Iglesia de San Fernando ¿Cuál es la importancia de esa relación con Valadés en tu literatura?

—Edmundo Valadés es otro de los cabrones chingones, poca madre. Con él sucedió que hubo un concurso de cuento en Tepito, cuyo jurado era José Agustín, Luis Guillermo Piaza y Edmundo Valadés, entre otros. Me dieron a mí el premio por Ratero. Entonces Valadés me invitó a leer a una librería que tenía en División del Norte. Ahí me regaló el Ulises de Joyce.

Además a él le gustaba caminar y platicar. Era un guey proustiano a lo cabrón, que sabía leer a Proust y que tenía una colección de fotos eróticas cabrona. Ahí en Rosales, pasamos por la iglesia de San Fernando y me contó cómo Proust, a través de los siete tomos de En busca del tiempo perdido, construye una catedral de conocimientos. Imagina qué pinche cultura tenía ese cabrón, que cada pieza de la arquitectura, sabía cómo nombrarla y describirla. Nos quedamos viendo la fachada de la iglesia y hablando… No cualquier escritor convive y tiene la paciencia de platicar con un pendejo como yo. Como personas, Valadés y Piaza son los fundamentales para mí.

En La casa de los Ajolotes, propones a la clase política de altos niveles como una “gran familia revolucionaria”¿Cómo han cambiado esos lazos familiares?

—Cuando publiqué La casa de los Ajolotes, me dijeron que no tenía caso porque ya se había acabado el PRI ¡No es cierto! Todo mexicano lleva en su corazón un pequeño PRI. Es un modo cultural. Por eso cuando al final del libro, José Agapito se transforma, es interesante, porque no es tanto que se haya afiliado al PRI, sino que ya está integrado como un priista más. Cojos, mochos, homosexuales, de izquierda, de derecha, capitalistas o religiosos, traemos un PRI dentro. A lo mejor todo esto no viene desde hace 70 años, sino desde la época de la conquista, cuando Mateo Alemán corrompe al secretario del rey para poder venir a la Ciudad de México: le da una mordida y recibe sus derechos para venir a reclamar una herencia. A lo mejor hay hasta un punto de identidad cultural que nadie quiere aceptar: que somos corruptos. Nos hacemos de la boca chiquita.


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