/ domingo 25 de octubre de 2020

Gonzalo Celorio se propone novelar la vida oculta

El director de la Academia Mexicana de la Lengua presenta Los apóstatas, el cierre de su trilogía familiar

Escribir para olvidar. Es la sentencia de Gonzalo Celorio (Cd. México, 1948) cada vez que hurga en la memoria y da rienda suelta a la imaginación para construir una historia. La historia de su familia. La suya propia que lleva a la literatura para jamás volver a recordar. “Cada vez que publico una novela siento que hay una liberación”, ataja el ensayista, novelista y crítico.

Ese respiro de alivio sintió cuando, después de seis años de investigación y escritura, concluyó la novela Los apóstatas (Tusquets, 2020), la última entrega de la trilogía sobre su familia que inició con Tres lindas cubanas (2006) y El metal y la escoria (2014), dedicadas a su madre y padre, respectivamente.

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La reciente novela es sobre sus hermanos Miguel y Eduardo. El primero fue el mayor de los hijos y fungió como tutor de Celorio cuando su padre murió. El segundo, apenas dos años más grande que el escritor, fue con quien compartió la recámara, la ropa, los zapatos, los libros y los amigos. Y si bien entre ambos hermanos hay 20 años de diferencia en edad, coincidieron en elegir una vida religiosa para al final renunciar a ella.

Pero escribir sobre sus hermanos, explica Celorio en entrevista, no es sólo una catarsis personal, sino un pretexto para poner sobre la mesa el tema de la revolución de Nicaragua donde participó Eduardo; tal como lo hizo en las dos novelas anteriores que refirió, primero, a la revolución cubana y, segundo, a la mexicana.

“A mí no me interesa tanto escribir sobre mi familia si no fuera por el hecho de que creo que estos personajes tienen una representación mayor que la estrictamente familiar y pueden ser narradas sus historias en plan novela como cualquier otra. Lo de la familia es totalmente circunstancial; por ejemplo escribí la historia de la familia materna porque me interesaba el tema de Cuba, porque pertenezco a una generación que apoyó con entusiasmo el proceso de la revolución cubana y el movimiento del 68 que no se podría entender sin esa revolución”, precisa el también director de la Academia Mexicana de la Lengua.

Novelar para revelar

En el proceso de escritura, la novela se convirtió en una revelación de secretos. Se refiere a la violación de que fue víctima su hermano Eduardo por parte del padre de su mejor amigo. Suceso que el niño guardó para sí en una personalidad introvertida. Y mientras el autor escarbaba en su memoria para tejer el relato, fue descubriendo verdades inimaginables para él mismo.

No era la intención de inició, afirma el novelista, pero mientras escribía fragmentos de la vida de su hermano y daba coherencia al relato se percató que faltaban eslabones de esa misteriosa cadena. Entonces volvía a su hermano para, a través de una comunicación epistolar, reactivar su memoria. Y como dice el dicho: “El que busca, encuentra.”

El también autor de Amor propio (1991) afirma que nunca dudó en contar la historia completa de su hermano; pero ello lo llevó a un conflicto moral: “Yo ya había escrito la novela, pero la escritura me fue revelando una serie de secretos y facetas que yo no sabía cómo escribirlos, me puso en una situación muy difícil porque la escritura implicaba herir la susceptibilidad de algunas personas, denunciar a otras y esto significó un conflicto moral y la única manera que yo tenía de resolver ese conflicto era escribiendo la historia del proceso de la escritura de la novela que me parece es una historia tan o más dramática que la novela misma”, añade.

Así, Los apóstatas contiene dos historias en una. La de Miguel y Eduardo, y la de cómo Gonzalo Celorio investigó en documentos, cartas, fotografías, entrevistas y más para descubrir esa vida oculta. Y en el fondo, también hablar sobre la religión, la revolución nicaragüense y el México convulso de los años 50 y 60.

La novela, el género más peligroso

Convencido de que la novela no está concluida sin ser leída, Celorio explica que ésta es el género más completo y complejo. Pues en él se descubren realidades, y no sólo se refiere a las personales sino a las verdades que quedan expuestas; por ejemplo, en Pedro Páramo de Juan Rulfo sobre el campo mexicano. Una novela donde se aprende más de la condición rural del país que en libros de sociología.

“La novela es un método cognoscitivo, pero muy peligroso porque puede descubrir con cierta facilidad la realidad, por eso no se escribió ninguna novela en la época de la Colonia en ningún país latinoamericano, la novela estaba prohibida porque su escritura es una radiografía de la sociedad, no es un género literario, sino un género descriptivo que puede revelar muchas cosas que el discurso oficial siempre trata de ocultar”, afirma.

La imaginación es el hilo que teje esas realidades ocultas: “Es imposible escribir sin imaginación, aún lo histórico necesita de la imaginación para armar lo que cuentan los datos que no hablan por sí mismos, hay que interpretarlos y en esa interpretación entra la imaginación”, apunta.

Celorio trabaja actualmente en una serie de relatos sobre autores con quienes tuvo alguna relación literaria como Julio Cortázar. Será una compilación que posiblemente lleve por título Sin pena ni gloria.

Escribir para olvidar. Es la sentencia de Gonzalo Celorio (Cd. México, 1948) cada vez que hurga en la memoria y da rienda suelta a la imaginación para construir una historia. La historia de su familia. La suya propia que lleva a la literatura para jamás volver a recordar. “Cada vez que publico una novela siento que hay una liberación”, ataja el ensayista, novelista y crítico.

Ese respiro de alivio sintió cuando, después de seis años de investigación y escritura, concluyó la novela Los apóstatas (Tusquets, 2020), la última entrega de la trilogía sobre su familia que inició con Tres lindas cubanas (2006) y El metal y la escoria (2014), dedicadas a su madre y padre, respectivamente.

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La reciente novela es sobre sus hermanos Miguel y Eduardo. El primero fue el mayor de los hijos y fungió como tutor de Celorio cuando su padre murió. El segundo, apenas dos años más grande que el escritor, fue con quien compartió la recámara, la ropa, los zapatos, los libros y los amigos. Y si bien entre ambos hermanos hay 20 años de diferencia en edad, coincidieron en elegir una vida religiosa para al final renunciar a ella.

Pero escribir sobre sus hermanos, explica Celorio en entrevista, no es sólo una catarsis personal, sino un pretexto para poner sobre la mesa el tema de la revolución de Nicaragua donde participó Eduardo; tal como lo hizo en las dos novelas anteriores que refirió, primero, a la revolución cubana y, segundo, a la mexicana.

“A mí no me interesa tanto escribir sobre mi familia si no fuera por el hecho de que creo que estos personajes tienen una representación mayor que la estrictamente familiar y pueden ser narradas sus historias en plan novela como cualquier otra. Lo de la familia es totalmente circunstancial; por ejemplo escribí la historia de la familia materna porque me interesaba el tema de Cuba, porque pertenezco a una generación que apoyó con entusiasmo el proceso de la revolución cubana y el movimiento del 68 que no se podría entender sin esa revolución”, precisa el también director de la Academia Mexicana de la Lengua.

Novelar para revelar

En el proceso de escritura, la novela se convirtió en una revelación de secretos. Se refiere a la violación de que fue víctima su hermano Eduardo por parte del padre de su mejor amigo. Suceso que el niño guardó para sí en una personalidad introvertida. Y mientras el autor escarbaba en su memoria para tejer el relato, fue descubriendo verdades inimaginables para él mismo.

No era la intención de inició, afirma el novelista, pero mientras escribía fragmentos de la vida de su hermano y daba coherencia al relato se percató que faltaban eslabones de esa misteriosa cadena. Entonces volvía a su hermano para, a través de una comunicación epistolar, reactivar su memoria. Y como dice el dicho: “El que busca, encuentra.”

El también autor de Amor propio (1991) afirma que nunca dudó en contar la historia completa de su hermano; pero ello lo llevó a un conflicto moral: “Yo ya había escrito la novela, pero la escritura me fue revelando una serie de secretos y facetas que yo no sabía cómo escribirlos, me puso en una situación muy difícil porque la escritura implicaba herir la susceptibilidad de algunas personas, denunciar a otras y esto significó un conflicto moral y la única manera que yo tenía de resolver ese conflicto era escribiendo la historia del proceso de la escritura de la novela que me parece es una historia tan o más dramática que la novela misma”, añade.

Así, Los apóstatas contiene dos historias en una. La de Miguel y Eduardo, y la de cómo Gonzalo Celorio investigó en documentos, cartas, fotografías, entrevistas y más para descubrir esa vida oculta. Y en el fondo, también hablar sobre la religión, la revolución nicaragüense y el México convulso de los años 50 y 60.

La novela, el género más peligroso

Convencido de que la novela no está concluida sin ser leída, Celorio explica que ésta es el género más completo y complejo. Pues en él se descubren realidades, y no sólo se refiere a las personales sino a las verdades que quedan expuestas; por ejemplo, en Pedro Páramo de Juan Rulfo sobre el campo mexicano. Una novela donde se aprende más de la condición rural del país que en libros de sociología.

“La novela es un método cognoscitivo, pero muy peligroso porque puede descubrir con cierta facilidad la realidad, por eso no se escribió ninguna novela en la época de la Colonia en ningún país latinoamericano, la novela estaba prohibida porque su escritura es una radiografía de la sociedad, no es un género literario, sino un género descriptivo que puede revelar muchas cosas que el discurso oficial siempre trata de ocultar”, afirma.

La imaginación es el hilo que teje esas realidades ocultas: “Es imposible escribir sin imaginación, aún lo histórico necesita de la imaginación para armar lo que cuentan los datos que no hablan por sí mismos, hay que interpretarlos y en esa interpretación entra la imaginación”, apunta.

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