/ domingo 15 de abril de 2018

Las llamadas a Sergio Pitol | Asuntos pendientes antes de morir

“Deme una línea, Andrés, así será más fácil para mí”. Él se hallaba en su residencia en la ciudad de Xalapa, en el estado mexicano de Veracruz, yo en la redacción del periódico Reforma de la Ciudad de México. Las palabras, entonces, pronunciadas a través de la bocina de un teléfono aún poseían una facultad que pronto se extinguiría: se desplazaban a través de cables que recorrían distancias largas, o cortas, mas en cualquier caso mantenían una conexión física con la Tierra.

Creo recordar que en ese tiempo leí un cómic del superhéroe de fantasía Spiderman, de modo que, de súbito, le respondí: “Las arañas ignoran su destino”. Escuché el modo silente en que una sonrisa se perfiló en su rostro, y luego las palabras precisas y exactas que no sólo embaucaban y definían, sino también acertaban: “Es un endecasílabo”. Después de eso no recuerdo más.

La mayor parte de mi relación con Sergio Pitol ocurrió de ese modo: a través de un teléfono alámbrico que él solía atender en su casa de Xalapa, no importando si el motivo de mi llamada fuese tan sólo una impertinencia.

Una de éstas tuvo lugar la noche del 27 de octubre de 1999. El poeta gaditano Rafael Alberti había muerto, y me fue asignada la tarea de escribir un obituario en torno a su persona. La noticia de su deceso tuvo lugar cuando ya la edición del periódico Reforma estaba muy avanzada y el cierre editorial era inminente. Salvador Camarena, editor de la primera plana, me preguntó cuánto tiempo necesitaba. “Dame una hora”, le dije. “Tienes la mitad de eso”, respondió.

Llamé entonces a Sergio Pitol, pasaban de las 20:00 horas, y con la prestancia de aquellos que han sido tocados a un mismo tiempo por la humanidad y los dioses, nos dio el titular con el que informaríamos de la muerte del poeta: “Parecía que en los últimos años Alberti era inmortal. Se murieron todos los de su generación, la del 27, y los de la siguiente, y él seguía entero, participando siempre en actos políticos o culturales”.

Habitante de otro tiempo, uno en el que la imaginación era a un mismo tiempo el juguete más asequible y el más costoso, Sergio Pitol mantuvo siempre un precario equilibrio entre su vida pública y la soledad inherente a un escritor. En consecuencia, arrebatarlo de sus abstracciones era tan riesgoso como despertar a un sonámbulo. Sin embargo, acaso porque le profesaba una admiración auténtica que rayaba en la veneración, siempre encontré abiertas las puertas de su tiempo y su generosidad.

Un día postrero de diciembre del año 2000, las llamadas telefónicas devinieron al fin en un encuentro cara a cara. No hubo nunca intermediarios, y tampoco en esa ocasión. Animal de costumbres, Sergio Pitol solía hospedarse en el Hotel María Cristina, ubicado en el número 31 de la calle Río Lerma, en la colonia Cuauhtémoc de la Ciudad de México. Se trata de una construcción antigua, que abrió sus puertas el año de 1938, y en cuyas formas arquitectónicas pueden reconocerse estilos tales como el anglo-germano o el hispano colonial.

Pitol presentaba entonces el que era su libro más reciente, El viaje, una remembranza de su vida como viajero, pero también una búsqueda del origen, el big bang, el momento preciso en el que el escritor asumió el que sería su destino. Así pues, al final de los relatos de las decenas de periplos que Pitol realizó por el mundo, aparece un recuerdo de su infancia en el que, enfrentado a un niño extranjero que le pregunta por su nombre, el escritor se identifica y miente para afirmar en el futuro su condición de ser universal: “Iván, niño ruso”.

Aquella conversación con quien yo llamaba “Maestro Pitol”, duró cerca de dos horas. En rigor se trató de una entrevista, pero se convirtió en una historia mucho más elaborada que habré de contar muchas veces a lo largo de mi vida. Y pese a que hubo momentos fascinantes, el que más recuerdo es un halago hacia algo que ciertamente no lo merecía. “En estos tiempos, Andrés, y en esta ciudad, es muy difícil ser puntual. Y usted lo ha sido. Se lo agradezco profundamente”.

Las conversaciones telefónicas con Sergio Pitol continuaron durante mucho tiempo, fuese para pedirle una opinión sobre tal o cual acontecimiento, sobre tal o cual persona, y en algunas pocas ocasiones para pedirle que escribiese un texto en las páginas del suplemento cultural El Ángel del mismo periódico. En ocasión de una edición especial en torno a la literatura policiaca, la cual le fascinaba, Sergio Pitol nos entregó un extraordinario ensayo titulado: “Policías detectives (un relevo)”.

Por entonces, sin conocer de su enfermedad, cuando hablaba con él le escuchaba tropezar con las palabras, perderlas, cual si se tratase de liebres que han avistado a un depredador en su entorno y huyen despavoridas. La afasia ya lo perseguía, pero su mente aún estaba intacta.

Cuando el año 2005 le fue concedido el Premio Cervantes de Literatura, con la complicidad aprehendida en tantas y tantas llamadas telefónicas, lo llamé para felicitarlo. Y le dije: “Maestro Pitol, no sé cómo se felicita a un escritor que uno admira, de modo que, pensando en que usted admira tanto a Alfonso Reyes, sólo se me ocurrió esto: ‘Viajero, al fin has llegado a la región más transparente del aire’”.

Lo escuché sonreír. Lo escuché reír. Y también escuché sus palabras: “¡Qué maravilla!”.

Pasó el tiempo y Sergio Pitol empezó a perder no sólo las palabras, sino también la memoria. Las llamadas se espaciaron y eventualmente dejaron de ocurrir. Me confortaba, sin embargo, saber que, pese a todo, estaba vivo,

Murieron entonces Carlos Fuentes, Carlos Monsiváis, José Emilio Pacheco, Álvaro Mutis, Gabriel García Márquez, todos sus amigos y cómplices. Y él, al igual que me dijo de Rafael Alberti 19 años antes, parecía inmortal.

De otro modo, uno triste, aunque sea al viento o a la nada, tengo que volver a decirle lo que le dije, por teléfono, hace 13 años: “Viajero, al fin has llegado a la región más transparente del aire”.


“Deme una línea, Andrés, así será más fácil para mí”. Él se hallaba en su residencia en la ciudad de Xalapa, en el estado mexicano de Veracruz, yo en la redacción del periódico Reforma de la Ciudad de México. Las palabras, entonces, pronunciadas a través de la bocina de un teléfono aún poseían una facultad que pronto se extinguiría: se desplazaban a través de cables que recorrían distancias largas, o cortas, mas en cualquier caso mantenían una conexión física con la Tierra.

Creo recordar que en ese tiempo leí un cómic del superhéroe de fantasía Spiderman, de modo que, de súbito, le respondí: “Las arañas ignoran su destino”. Escuché el modo silente en que una sonrisa se perfiló en su rostro, y luego las palabras precisas y exactas que no sólo embaucaban y definían, sino también acertaban: “Es un endecasílabo”. Después de eso no recuerdo más.

La mayor parte de mi relación con Sergio Pitol ocurrió de ese modo: a través de un teléfono alámbrico que él solía atender en su casa de Xalapa, no importando si el motivo de mi llamada fuese tan sólo una impertinencia.

Una de éstas tuvo lugar la noche del 27 de octubre de 1999. El poeta gaditano Rafael Alberti había muerto, y me fue asignada la tarea de escribir un obituario en torno a su persona. La noticia de su deceso tuvo lugar cuando ya la edición del periódico Reforma estaba muy avanzada y el cierre editorial era inminente. Salvador Camarena, editor de la primera plana, me preguntó cuánto tiempo necesitaba. “Dame una hora”, le dije. “Tienes la mitad de eso”, respondió.

Llamé entonces a Sergio Pitol, pasaban de las 20:00 horas, y con la prestancia de aquellos que han sido tocados a un mismo tiempo por la humanidad y los dioses, nos dio el titular con el que informaríamos de la muerte del poeta: “Parecía que en los últimos años Alberti era inmortal. Se murieron todos los de su generación, la del 27, y los de la siguiente, y él seguía entero, participando siempre en actos políticos o culturales”.

Habitante de otro tiempo, uno en el que la imaginación era a un mismo tiempo el juguete más asequible y el más costoso, Sergio Pitol mantuvo siempre un precario equilibrio entre su vida pública y la soledad inherente a un escritor. En consecuencia, arrebatarlo de sus abstracciones era tan riesgoso como despertar a un sonámbulo. Sin embargo, acaso porque le profesaba una admiración auténtica que rayaba en la veneración, siempre encontré abiertas las puertas de su tiempo y su generosidad.

Un día postrero de diciembre del año 2000, las llamadas telefónicas devinieron al fin en un encuentro cara a cara. No hubo nunca intermediarios, y tampoco en esa ocasión. Animal de costumbres, Sergio Pitol solía hospedarse en el Hotel María Cristina, ubicado en el número 31 de la calle Río Lerma, en la colonia Cuauhtémoc de la Ciudad de México. Se trata de una construcción antigua, que abrió sus puertas el año de 1938, y en cuyas formas arquitectónicas pueden reconocerse estilos tales como el anglo-germano o el hispano colonial.

Pitol presentaba entonces el que era su libro más reciente, El viaje, una remembranza de su vida como viajero, pero también una búsqueda del origen, el big bang, el momento preciso en el que el escritor asumió el que sería su destino. Así pues, al final de los relatos de las decenas de periplos que Pitol realizó por el mundo, aparece un recuerdo de su infancia en el que, enfrentado a un niño extranjero que le pregunta por su nombre, el escritor se identifica y miente para afirmar en el futuro su condición de ser universal: “Iván, niño ruso”.

Aquella conversación con quien yo llamaba “Maestro Pitol”, duró cerca de dos horas. En rigor se trató de una entrevista, pero se convirtió en una historia mucho más elaborada que habré de contar muchas veces a lo largo de mi vida. Y pese a que hubo momentos fascinantes, el que más recuerdo es un halago hacia algo que ciertamente no lo merecía. “En estos tiempos, Andrés, y en esta ciudad, es muy difícil ser puntual. Y usted lo ha sido. Se lo agradezco profundamente”.

Las conversaciones telefónicas con Sergio Pitol continuaron durante mucho tiempo, fuese para pedirle una opinión sobre tal o cual acontecimiento, sobre tal o cual persona, y en algunas pocas ocasiones para pedirle que escribiese un texto en las páginas del suplemento cultural El Ángel del mismo periódico. En ocasión de una edición especial en torno a la literatura policiaca, la cual le fascinaba, Sergio Pitol nos entregó un extraordinario ensayo titulado: “Policías detectives (un relevo)”.

Por entonces, sin conocer de su enfermedad, cuando hablaba con él le escuchaba tropezar con las palabras, perderlas, cual si se tratase de liebres que han avistado a un depredador en su entorno y huyen despavoridas. La afasia ya lo perseguía, pero su mente aún estaba intacta.

Cuando el año 2005 le fue concedido el Premio Cervantes de Literatura, con la complicidad aprehendida en tantas y tantas llamadas telefónicas, lo llamé para felicitarlo. Y le dije: “Maestro Pitol, no sé cómo se felicita a un escritor que uno admira, de modo que, pensando en que usted admira tanto a Alfonso Reyes, sólo se me ocurrió esto: ‘Viajero, al fin has llegado a la región más transparente del aire’”.

Lo escuché sonreír. Lo escuché reír. Y también escuché sus palabras: “¡Qué maravilla!”.

Pasó el tiempo y Sergio Pitol empezó a perder no sólo las palabras, sino también la memoria. Las llamadas se espaciaron y eventualmente dejaron de ocurrir. Me confortaba, sin embargo, saber que, pese a todo, estaba vivo,

Murieron entonces Carlos Fuentes, Carlos Monsiváis, José Emilio Pacheco, Álvaro Mutis, Gabriel García Márquez, todos sus amigos y cómplices. Y él, al igual que me dijo de Rafael Alberti 19 años antes, parecía inmortal.

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