/ viernes 25 de febrero de 2022

Lee un fragmento de la nueva edición de "Un cuarto propio" de Virginia Woolf

Se reedita en México uno de los libros más importantes de Virginia Woolf, Un cuarto propio

Con autorización de Penguin Random House publicamos un fragmento de la nueva edición, bajo el sello Lumen, que conmemora el 140 aniversario del nacimiento de la escritora británica.

CAPÍTULO 1

Pero, dirán ustedes, nosotros le pedimos que hablara sobre las mujeres y la novela, ¿qué tendrá eso que ver con un cuarto propio? Intentaré explicarlo. Cuando me pidieron que hablase sobre las mujeres y la novela, me senté en la orilla de un río y me puse a pensar lo que esas palabras querrían decir. Podían significar simplemente unas observaciones sobre Fanny Burney, otras sobre Jane Austen, un tributo a las Brontë y un esbozo de la casa parroquial de Haworth bajo la nieve, algunas eventuales ironías sobre Miss Mitford; una respetuosa alusión a George Eliot, una referencia a Mrs. Gaskell, y asunto concluido. Pero repensándola bien, la empresa no me pareció tan sencilla. El tema «Las mujeres y la novela» puede querer decir, y ustedes pueden querer que quiera decir, las mujeres y lo que parecen; o si no las mujeres y las novelas que escriben, o tal vez las mujeres y las novelas que se escriben sobre ellas, o esas tres cosas inextricablemente mezcladas, y esto último puede ser lo que ustedes quieren que estudie.

Pero, al disponerme a adoptar esa interpretación, que me parecía la más interesante de todas, pronto advertí que tenía una desventaja fatal. Nunca podría llegar a una conclusión. Nunca podría cumplir lo que es, entiendo, el primer deber de un conferenciante: ofrecerles después de una hora de charla una pepita de verdad pura, que ustedes envolverían en las hojas de sus libretas y guardarían eternamente sobre el mármol de la chimenea. Sólo puedo ofrecerles una opinión sobre un tema menor: para escribir novelas, una mujer debe tener dinero y un cuarto propio; y eso, como ustedes verán, deja sin resolver el magno problema de la verdadera naturaleza de la mujer y la verdadera naturaleza de la novela.

He eludido el deber de arribar a una conclusión; las mujeres y la novela son dos problemas que no he resuelto. Pero en compensación trataré de mostrarles cómo he llegado a esa opinión sobre el dinero y el cuarto propio. Voy a desarrollar ante ustedes, con toda la plenitud y franqueza posibles, el proceso mental que me condujo a ella. Si expongo las ideas o los prejuicios que respaldan esa tesis, ustedes acabarán por reconocer que ellas tienen alguna relación con las mujeres y la novela. Sea lo que fuere, cuando un tema es muy discutible —y cualquier tema donde interviene el sexo lo es—, nadie puede esperar decir la verdad. Sólo es posible referir de qué modo se llega a una opinión. Sólo es posible dar al auditorio la oportunidad de formarse opiniones individuales, al observar las limitaciones, los prejuicios, las idiosincrasias del conferenciante. En este caso, los hechos son menos verdaderos que la ficción. Por eso, aprovechando todas las libertades y licencias del novelista, les contaré la historia de los dos días que precedieron a mi llegada: cómo, agobiada por el peso del tema que ustedes han cargado sobre mis hombros, lo repensé y lo entreveré con mi vida diaria. No preciso decir que lo que voy a describir no tiene existencia: Oxbridge es una invención, Fernham también, «yo» no es más que un símbolo cómodo para alguien que no existe realmente. De mis labios fluirán mentiras, pero tal vez se mezclará con ellas alguna verdad; a ustedes les toca buscar esta verdad y resolver si vale la pena guardarla. Si no, claro que arrojarán el conjunto al canasto de los papeles y lo olvidarán para siempre.

Ahí estaba yo (díganme Mary Beton, Mary Seton, Mary Carmichael, o el nombre que se les antoje —todo es igual—), sentada a la orilla de un río, hace un par de semanas, en el hermoso tiempo de octubre, absorta en mi pesar. Ese yugo de que les hablé —las mujeres y la novela, la obligación de resolver de alguna manera un problema que despierta tantas pasiones y prejuicios—, doblaba mi cabeza hacia el suelo. A derecha e izquierda, unas malezas coloradas y de oro brillaban con un tinte de fuego, y hasta parecían arder con un calor igual. En la ribera opuesta lloraban los sauces en perpetua lamentación, la cabellera desatada sobre los hombros.

El río reflejaba lo que quería de cielo y puente y árboles ardiendo, y cuando el estudiante había deslizado su bote por los reflejos, éstos se juntaban de nuevo, absolutamente, como si él no hubiera existido nunca. Ahí, mientras las horas giraban en el reloj, uno podía ensimismarse en su pensamiento. El pensamiento —para darle un nombre más orgulloso del que merecía— había hundido su línea en la corriente. Oscilaba, minuto tras minuto, de un punto a otro entre los reflejos y los yuyos, dejándose levantar y hundir por el agua, hasta —ustedes ya conocen el tironcito— la brusca aglomeración de una idea en la punta del aparejo, y después la subida cautelosa y la cuidadosa atracción. Ay de mí, qué insignificante y pequeño parecía ese pensamiento mío en el césped: el pez que un buen pescador restituye al agua para que engorde, y algún día valga la pena cocinarlo y comerlo. No quiero molestarlos ahora con ese pensamiento; si se fijan bien, ya lo descubrirán en lo que diré.

Pero por pequeño que fuera, tenía sin embargo esta propiedad misteriosa: restituido a la mente, se transformó de golpe en algo muy interesante y preciso, y al hundirse y dardear y zigzaguear y chisporrotear, promovió tal remolino de ideas que mefue imposible estar quieta. Fue así como me encontré caminando con suma rapidez por un cantero de césped. Inmediatamente la figura de un hombre se me cruzó. Al principio no comprendí que esas agitaciones de un objeto rarísimo, con un frac y camisa de etiqueta, se dirigían a mí. Su cara manifestaba indignación y horror. El instinto más bien que la razón vino en mi ayuda: él era un bedel; yo una mujer. Éste era el césped; aquél, el camino. Sólo el Profesorado y el Magisterio pueden andar por aquí; el pedregullo es mi lugar. Esos pensamientos fueron la obra de un instante. En cuanto regresé al camino, los brazos del bedel descendieron, la cara se calmó, y aunque mejor es pisar césped que pisar pedregullo, nada irreparable había sucedido. La única querella que yo pude haber entablado contra el Profesorado y el Magisterio de aquel colegio era que para proteger su césped, alisado durante trescientos años, habían espantado mi pescadito.

No puedo recordar cuál fue la idea que me impulsó a esa violación. El espíritu de la paz descendió del cielo como una nube, porque si el espíritu de la paz habita en algún lado, es en los patios y en los atrios de Oxbridge, una mañana hermosa de octubre. Caminando por esos colegios a través de esas viejas aulas, toda la aspereza del presente parecía alisada; el cuerpo estaba como guardado en una milagrosa vitrina impenetrable a cualquier sonido, y la mente, libre de todo contacto con los hechos (salvo que se volviera a pisar el césped), podía serenamente emprender la meditación que concedía con el momento. Quiso el azar que el recuerdo perdido de un antiguo ensayo sobre una visita a Oxbridge en las vacaciones me hiciera pensar en Charles Lamb —en Saint Charles, como dijo Thackeray, poniendo sobre su cabeza una carta de Lamb—. La verdad es que de todos los muertos (les doy mis pensamientos como fueron llegando), Lamb es el más simpático; es aquel a quien yo habría querido decir: «Cuénteme cómo escribió sus ensayos». Sus ensayos aventajan aun a los de Max Beerbohm, pensé, con toda su perfección, por ese inexplicable destello de imaginación, por esa grieta genial o relámpago que los raja por la mitad y los deja imperfectos y mutilados pero constelados de poesía. Hará cien años que Charles Lamb vino a Oxbridge. Lo cierto es que compuso un ensayo —el nombre se me escapa— sobre un manuscrito de Milton que leyó aquí. Era tal vez el Lycidas, y Lamb se escandalizó de que cualquier palabra del Lycidas pudo no haber sido la misma que ahora es. Le parecía un sacrilegio que Milton se atreviera a modificar las palabras de aquel poema. Esto me llevó a recordar lo que pude del Lycidas y a distraerme en adivinar qué palabra corrigió Milton y por qué motivo. Entonces recordé que el manuscrito revisado por Lamb distaba apenas unos 22 centenares de yardas, de modo que se podían repetir a través del patio los pasos de Lamb hasta la biblioteca famosa donde está guardado el tesoro. Además, recordé al poner ese plan en ejecución, en esa biblioteca famosa también se guarda el Esmond, manuscrito de Thackeray. Los críticos repiten que Esmond es la novela más perfecta de Thackeray. Pero si no me engaño, el estilo afectado con su remedo del siglo XVIII resulta incómodo, salvo que la manera dieciochesca fuera natural en Thackeray —hecho que se podría verificar mirando el manuscrito y comprobando si los cambios son de contenido o de estilo—. Pero antes habría que determinar cuál es el contenido, cuál el estilo, problema que...; pero ahí estaba yo, en la puerta misma de la biblioteca. Debo de haberla abierto, porque inmediatamente surgió, como un ángel guardián, vedando el camino, con una agitación de ropaje negro en lugar de alas blancas, un caballero suplicante, plateado y bondadoso, que deploró en voz baja, al despedirme, que la entrada a la biblioteca sólo fuera permitida a señoras acompañadas por un profesor del colegio o provistas de una carta de presentación.

Que una mujer haya maldecido una biblioteca famosa es asunto del todo indiferente a la biblioteca famosa. Tranquila y venerable, con sus muchos tesoros guardados en su seno con triple llave, duerme con majestad y puede, por mi parte, seguir durmiendo así para siempre. Nunca despertaré esos ecos, nunca volveré a postular esa hospitalidad, juré indignada al bajar los escalones. Faltaba una hora para el almuerzo, ¿qué iba yo a hacer? ¿Vagar por el parque?, ¿sentarme en la ribera? Indiscutiblemente era una hermosa mañana de otoño; las hojas coloradas caían sin el menor apuro a la tierra, me daba lo mismo hacer una cosa o la otra. Pero a mis oídos llegó una música. Algún servicio religioso o función estaba celebrándose. Cuando pasé junto a la puerta de la capilla, el órgano se quejaba magníficamente. En ese aire sereno, la pena del cristianismo era más el recuerdo de una pena que una pena presente, y hasta el rezongo de aquel órgano antiguo estaba saturado de paz. Yo no tenía ganas de entrar ni tal vez el derecho, y esta vez el sacristán podía detenerme, pidiéndome, quizá, la fe de bautismo, o una presentación firmada por el Deán. Pero el exterior de estos espléndidos edificios suele no ser menos hermoso que el interior. Además, era bastante divertido espiar a la multitud de los fieles, entrando y saliendo, atareados en la capilla como abejas en la boca de la colmena. Muchos iban de capa y birrete; algunos con estolas de piel sobre los hombros; otros llegaban en sillas de ruedas; otros, aunque no habían pasado la cuarentena, estaban arrugados y aplanados en formas tan extrañas que hacían pensar en los cangrejos gigantes que se arrastran penosamente sobre la arena de un acuario. Al recostarme contra el muro, la universidad me parecía un santuario donde se conservan especies raras que se extinguirían muy pronto si tuvieran que luchar por su vida en el asfalto del Strand. Cuentos viejos de viejos decanos y viejos deanes volvieron a mi mente, pero antes de que yo juntara coraje para silbar —se susurraba que al oír un silbido el viejo profesor X salía inmediatamente al galope—, la venerable congregación había entrado. Me quedaba el exterior de la capilla. Como es sabido, sus elevadas cúpulas y pináculos se pueden ver, iluminados de noche y visibles por leguas a la redonda, desde las sierras, como un velero que siempre viaja y no llega nunca. Antaño, verosímilmente, este patio, con sus canteros lisos de césped, sus edificios sólidos y la misma capilla no eran más que un pantano, donde se agitaban los pastos y hocicaban los cerdos.

Con autorización de Penguin Random House publicamos un fragmento de la nueva edición, bajo el sello Lumen, que conmemora el 140 aniversario del nacimiento de la escritora británica.

CAPÍTULO 1

Pero, dirán ustedes, nosotros le pedimos que hablara sobre las mujeres y la novela, ¿qué tendrá eso que ver con un cuarto propio? Intentaré explicarlo. Cuando me pidieron que hablase sobre las mujeres y la novela, me senté en la orilla de un río y me puse a pensar lo que esas palabras querrían decir. Podían significar simplemente unas observaciones sobre Fanny Burney, otras sobre Jane Austen, un tributo a las Brontë y un esbozo de la casa parroquial de Haworth bajo la nieve, algunas eventuales ironías sobre Miss Mitford; una respetuosa alusión a George Eliot, una referencia a Mrs. Gaskell, y asunto concluido. Pero repensándola bien, la empresa no me pareció tan sencilla. El tema «Las mujeres y la novela» puede querer decir, y ustedes pueden querer que quiera decir, las mujeres y lo que parecen; o si no las mujeres y las novelas que escriben, o tal vez las mujeres y las novelas que se escriben sobre ellas, o esas tres cosas inextricablemente mezcladas, y esto último puede ser lo que ustedes quieren que estudie.

Pero, al disponerme a adoptar esa interpretación, que me parecía la más interesante de todas, pronto advertí que tenía una desventaja fatal. Nunca podría llegar a una conclusión. Nunca podría cumplir lo que es, entiendo, el primer deber de un conferenciante: ofrecerles después de una hora de charla una pepita de verdad pura, que ustedes envolverían en las hojas de sus libretas y guardarían eternamente sobre el mármol de la chimenea. Sólo puedo ofrecerles una opinión sobre un tema menor: para escribir novelas, una mujer debe tener dinero y un cuarto propio; y eso, como ustedes verán, deja sin resolver el magno problema de la verdadera naturaleza de la mujer y la verdadera naturaleza de la novela.

He eludido el deber de arribar a una conclusión; las mujeres y la novela son dos problemas que no he resuelto. Pero en compensación trataré de mostrarles cómo he llegado a esa opinión sobre el dinero y el cuarto propio. Voy a desarrollar ante ustedes, con toda la plenitud y franqueza posibles, el proceso mental que me condujo a ella. Si expongo las ideas o los prejuicios que respaldan esa tesis, ustedes acabarán por reconocer que ellas tienen alguna relación con las mujeres y la novela. Sea lo que fuere, cuando un tema es muy discutible —y cualquier tema donde interviene el sexo lo es—, nadie puede esperar decir la verdad. Sólo es posible referir de qué modo se llega a una opinión. Sólo es posible dar al auditorio la oportunidad de formarse opiniones individuales, al observar las limitaciones, los prejuicios, las idiosincrasias del conferenciante. En este caso, los hechos son menos verdaderos que la ficción. Por eso, aprovechando todas las libertades y licencias del novelista, les contaré la historia de los dos días que precedieron a mi llegada: cómo, agobiada por el peso del tema que ustedes han cargado sobre mis hombros, lo repensé y lo entreveré con mi vida diaria. No preciso decir que lo que voy a describir no tiene existencia: Oxbridge es una invención, Fernham también, «yo» no es más que un símbolo cómodo para alguien que no existe realmente. De mis labios fluirán mentiras, pero tal vez se mezclará con ellas alguna verdad; a ustedes les toca buscar esta verdad y resolver si vale la pena guardarla. Si no, claro que arrojarán el conjunto al canasto de los papeles y lo olvidarán para siempre.

Ahí estaba yo (díganme Mary Beton, Mary Seton, Mary Carmichael, o el nombre que se les antoje —todo es igual—), sentada a la orilla de un río, hace un par de semanas, en el hermoso tiempo de octubre, absorta en mi pesar. Ese yugo de que les hablé —las mujeres y la novela, la obligación de resolver de alguna manera un problema que despierta tantas pasiones y prejuicios—, doblaba mi cabeza hacia el suelo. A derecha e izquierda, unas malezas coloradas y de oro brillaban con un tinte de fuego, y hasta parecían arder con un calor igual. En la ribera opuesta lloraban los sauces en perpetua lamentación, la cabellera desatada sobre los hombros.

El río reflejaba lo que quería de cielo y puente y árboles ardiendo, y cuando el estudiante había deslizado su bote por los reflejos, éstos se juntaban de nuevo, absolutamente, como si él no hubiera existido nunca. Ahí, mientras las horas giraban en el reloj, uno podía ensimismarse en su pensamiento. El pensamiento —para darle un nombre más orgulloso del que merecía— había hundido su línea en la corriente. Oscilaba, minuto tras minuto, de un punto a otro entre los reflejos y los yuyos, dejándose levantar y hundir por el agua, hasta —ustedes ya conocen el tironcito— la brusca aglomeración de una idea en la punta del aparejo, y después la subida cautelosa y la cuidadosa atracción. Ay de mí, qué insignificante y pequeño parecía ese pensamiento mío en el césped: el pez que un buen pescador restituye al agua para que engorde, y algún día valga la pena cocinarlo y comerlo. No quiero molestarlos ahora con ese pensamiento; si se fijan bien, ya lo descubrirán en lo que diré.

Pero por pequeño que fuera, tenía sin embargo esta propiedad misteriosa: restituido a la mente, se transformó de golpe en algo muy interesante y preciso, y al hundirse y dardear y zigzaguear y chisporrotear, promovió tal remolino de ideas que mefue imposible estar quieta. Fue así como me encontré caminando con suma rapidez por un cantero de césped. Inmediatamente la figura de un hombre se me cruzó. Al principio no comprendí que esas agitaciones de un objeto rarísimo, con un frac y camisa de etiqueta, se dirigían a mí. Su cara manifestaba indignación y horror. El instinto más bien que la razón vino en mi ayuda: él era un bedel; yo una mujer. Éste era el césped; aquél, el camino. Sólo el Profesorado y el Magisterio pueden andar por aquí; el pedregullo es mi lugar. Esos pensamientos fueron la obra de un instante. En cuanto regresé al camino, los brazos del bedel descendieron, la cara se calmó, y aunque mejor es pisar césped que pisar pedregullo, nada irreparable había sucedido. La única querella que yo pude haber entablado contra el Profesorado y el Magisterio de aquel colegio era que para proteger su césped, alisado durante trescientos años, habían espantado mi pescadito.

No puedo recordar cuál fue la idea que me impulsó a esa violación. El espíritu de la paz descendió del cielo como una nube, porque si el espíritu de la paz habita en algún lado, es en los patios y en los atrios de Oxbridge, una mañana hermosa de octubre. Caminando por esos colegios a través de esas viejas aulas, toda la aspereza del presente parecía alisada; el cuerpo estaba como guardado en una milagrosa vitrina impenetrable a cualquier sonido, y la mente, libre de todo contacto con los hechos (salvo que se volviera a pisar el césped), podía serenamente emprender la meditación que concedía con el momento. Quiso el azar que el recuerdo perdido de un antiguo ensayo sobre una visita a Oxbridge en las vacaciones me hiciera pensar en Charles Lamb —en Saint Charles, como dijo Thackeray, poniendo sobre su cabeza una carta de Lamb—. La verdad es que de todos los muertos (les doy mis pensamientos como fueron llegando), Lamb es el más simpático; es aquel a quien yo habría querido decir: «Cuénteme cómo escribió sus ensayos». Sus ensayos aventajan aun a los de Max Beerbohm, pensé, con toda su perfección, por ese inexplicable destello de imaginación, por esa grieta genial o relámpago que los raja por la mitad y los deja imperfectos y mutilados pero constelados de poesía. Hará cien años que Charles Lamb vino a Oxbridge. Lo cierto es que compuso un ensayo —el nombre se me escapa— sobre un manuscrito de Milton que leyó aquí. Era tal vez el Lycidas, y Lamb se escandalizó de que cualquier palabra del Lycidas pudo no haber sido la misma que ahora es. Le parecía un sacrilegio que Milton se atreviera a modificar las palabras de aquel poema. Esto me llevó a recordar lo que pude del Lycidas y a distraerme en adivinar qué palabra corrigió Milton y por qué motivo. Entonces recordé que el manuscrito revisado por Lamb distaba apenas unos 22 centenares de yardas, de modo que se podían repetir a través del patio los pasos de Lamb hasta la biblioteca famosa donde está guardado el tesoro. Además, recordé al poner ese plan en ejecución, en esa biblioteca famosa también se guarda el Esmond, manuscrito de Thackeray. Los críticos repiten que Esmond es la novela más perfecta de Thackeray. Pero si no me engaño, el estilo afectado con su remedo del siglo XVIII resulta incómodo, salvo que la manera dieciochesca fuera natural en Thackeray —hecho que se podría verificar mirando el manuscrito y comprobando si los cambios son de contenido o de estilo—. Pero antes habría que determinar cuál es el contenido, cuál el estilo, problema que...; pero ahí estaba yo, en la puerta misma de la biblioteca. Debo de haberla abierto, porque inmediatamente surgió, como un ángel guardián, vedando el camino, con una agitación de ropaje negro en lugar de alas blancas, un caballero suplicante, plateado y bondadoso, que deploró en voz baja, al despedirme, que la entrada a la biblioteca sólo fuera permitida a señoras acompañadas por un profesor del colegio o provistas de una carta de presentación.

Que una mujer haya maldecido una biblioteca famosa es asunto del todo indiferente a la biblioteca famosa. Tranquila y venerable, con sus muchos tesoros guardados en su seno con triple llave, duerme con majestad y puede, por mi parte, seguir durmiendo así para siempre. Nunca despertaré esos ecos, nunca volveré a postular esa hospitalidad, juré indignada al bajar los escalones. Faltaba una hora para el almuerzo, ¿qué iba yo a hacer? ¿Vagar por el parque?, ¿sentarme en la ribera? Indiscutiblemente era una hermosa mañana de otoño; las hojas coloradas caían sin el menor apuro a la tierra, me daba lo mismo hacer una cosa o la otra. Pero a mis oídos llegó una música. Algún servicio religioso o función estaba celebrándose. Cuando pasé junto a la puerta de la capilla, el órgano se quejaba magníficamente. En ese aire sereno, la pena del cristianismo era más el recuerdo de una pena que una pena presente, y hasta el rezongo de aquel órgano antiguo estaba saturado de paz. Yo no tenía ganas de entrar ni tal vez el derecho, y esta vez el sacristán podía detenerme, pidiéndome, quizá, la fe de bautismo, o una presentación firmada por el Deán. Pero el exterior de estos espléndidos edificios suele no ser menos hermoso que el interior. Además, era bastante divertido espiar a la multitud de los fieles, entrando y saliendo, atareados en la capilla como abejas en la boca de la colmena. Muchos iban de capa y birrete; algunos con estolas de piel sobre los hombros; otros llegaban en sillas de ruedas; otros, aunque no habían pasado la cuarentena, estaban arrugados y aplanados en formas tan extrañas que hacían pensar en los cangrejos gigantes que se arrastran penosamente sobre la arena de un acuario. Al recostarme contra el muro, la universidad me parecía un santuario donde se conservan especies raras que se extinguirían muy pronto si tuvieran que luchar por su vida en el asfalto del Strand. Cuentos viejos de viejos decanos y viejos deanes volvieron a mi mente, pero antes de que yo juntara coraje para silbar —se susurraba que al oír un silbido el viejo profesor X salía inmediatamente al galope—, la venerable congregación había entrado. Me quedaba el exterior de la capilla. Como es sabido, sus elevadas cúpulas y pináculos se pueden ver, iluminados de noche y visibles por leguas a la redonda, desde las sierras, como un velero que siempre viaja y no llega nunca. Antaño, verosímilmente, este patio, con sus canteros lisos de césped, sus edificios sólidos y la misma capilla no eran más que un pantano, donde se agitaban los pastos y hocicaban los cerdos.

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