/ domingo 3 de abril de 2016

Los guerreros del Monte Tláloc...

U na reconstrucción histórica y etnográfica de la parafernalia en las órdenes militares que vigilaban las ofrendas al dios de la lluvia, es lo que ofrece la exposición “Los guerreros del Monte Tláloc”, en el Salón Cristal del Centro Cultural El Faro, en el Centro de Texcoco, Estado de México.

La colección está integrada por 120 piezas, entre arqueológicas —que datan del Posclásico Tardío 1200-1521 d.C.— y reproducciones, y es el resultado de las excavaciones y hallazgos del Proyecto Arqueológico Monte Tláloc, que se realizan en el municipio mexiquense desde hace 10 años, bajo la dirección del arqueólogo Víctor Arribalzaga.

Al respecto, el investigador del INAH explicó que la parafernalia militar se ha reconstruido con materiales autóctonos con base en la arqueología experimental y en información arqueológica, etnográfica y fuentes históricas, se explica en un comunicado del Instituto Nacional de Antropología e Historia.

La exposición comienza con unos fragmentos de figurillas con yelmos de águila (indicadores de una orden militar), estatuillas de guerreros portando el chimalli (escudo) y el átlatl (lanzadardos), brazales, grebas, faldellín y capa. Resalta la escultura pequeña de un soldado con los atributos de Tláloc y yelmo de serpiente, y otra de un guerrero con atuendo tolteca: gran tocado de plumas, pectoral de concha, brazales, grebas, capa, faldellín, escudo, átlatl y dardos; esta ofrenda fue colocada en la cima probablemente para legitimar el origen tolteca del lugar.

Unas cuentas de chalchíhuitl (piedra verde) provenientes de la zona maya, que formaron un sartal depositado como ofrenda, y algunas placas de concha en forma rectangular con perforaciones que pertenecían a un pectoral, son otras de las piezas resultado de los trabajos arqueológicos en la cima de la montaña.

Una pequeña escultura del dios Tláloc, elaborada en roca andesita, es la única efigie del dios de la lluvia encontrada hasta ahora en la cumbre.

“Con base en las figurillas cerámicas de guerreros, se reconstruyeron los atavíos. Son prendas que en un 98 por ciento son parecidas a las que formaban parte de la industria militar prehispánica”.

Una reproducción del atavío militar de Nezahualcóyotl, que posiblemente usó en la campaña contra Azcapotzalco (imagen retomada del Códice Ixtlilxóchitl), está conformada por un yelmo hecho con carrizo, papel amate, piel y está cubierto de plumas de colores. Cuenta con un nacaztli u orejera circular de metal, el téntetl o bezote de metal con forma de águila, el éhuatl (traje) compuesto por ichcahuipilli o coraza de algodón y pluma, y el faldón de los mismos materiales.

Lo completan el panhuéhuetl, pequeño tambor de madera y piel; el chimalli, escudo elaborado con caña, carrizo, ixtle, piel, madera, papel amate y plumas de colores; el macuahuitl, macana de madera con navajillas de obsidiana verde, y el ixcactli, calzado de piel, algodón e ixtle.

El traje de guerrero Tzitzímitl, monstruo celeste que cada 52 años bajaba para devorar a los hombres, se compone de un yelmo con representación de cabeza humana en avanzado estado de descomposición, vestimenta de manta con correas de piel, brazales de piel y algodón, un tepuztopilli o lanza de madera con punta romboide y navajas de obsidiana verde en sus extremos; además de proteger, causaba un fuerte impacto psicológico en el contrincante.

También se exhiben los trajes de los guerreros águila o cuauhpilli, cuextécatl (huasteco) y quáchic o solares (por el color amarillo de su indumentaria).

“Estas órdenes de guerreros salvaguardaban las riquezas y los ofrecimientos a Tláloc; cien de ellos se quedaban en la cima del monte para evitar el robo o saqueo por parte de sus enemigos tlaxcaltecas y, con ello, lograr que las peticiones fueran escuchadas por el dios de la lluvia”.

Para cuidar las riquezas ofrendadas en la edificación prehispánica a mayor altura del mundo mesoamericano, los guerreros necesitaban de armamento como el que se reproduce en la exposición, la cual incluye una macana o macuáhuitl, hecha de madera de encino y navajillas de obsidiana verde, réplica fiel a la que se conservó en la Real Armería de Madrid hasta el siglo XIX.

Figuran un temalátlatl u honda con sus proyectiles; un átlatl (lanzador de dardos) y sus respectivos dardos o tlacochtli; una pica con navajillas de obsidiana o tepuztopilli; un arco y flecha (tlahuitolli ihuan mitl tlachotli), basado en el que conservó la Real Armería española.

Otros artefactos bélicos que conforman la muestra son un mazo o quauhololli, escudos o chimalli quetzalxicalcoliuhqui, cuchillos o técpatl, coraza o ichcahuipilli, así como la reproducción de un equipo básico de guerra, integrado por instrumentos y utensilios que permitieran crear fuego, preparar alimentos y protegerse del clima. El guerrero transportaba todo en la espalda en un armazón de otate usando un mecapal o mecatopilli.

/arm

U na reconstrucción histórica y etnográfica de la parafernalia en las órdenes militares que vigilaban las ofrendas al dios de la lluvia, es lo que ofrece la exposición “Los guerreros del Monte Tláloc”, en el Salón Cristal del Centro Cultural El Faro, en el Centro de Texcoco, Estado de México.

La colección está integrada por 120 piezas, entre arqueológicas —que datan del Posclásico Tardío 1200-1521 d.C.— y reproducciones, y es el resultado de las excavaciones y hallazgos del Proyecto Arqueológico Monte Tláloc, que se realizan en el municipio mexiquense desde hace 10 años, bajo la dirección del arqueólogo Víctor Arribalzaga.

Al respecto, el investigador del INAH explicó que la parafernalia militar se ha reconstruido con materiales autóctonos con base en la arqueología experimental y en información arqueológica, etnográfica y fuentes históricas, se explica en un comunicado del Instituto Nacional de Antropología e Historia.

La exposición comienza con unos fragmentos de figurillas con yelmos de águila (indicadores de una orden militar), estatuillas de guerreros portando el chimalli (escudo) y el átlatl (lanzadardos), brazales, grebas, faldellín y capa. Resalta la escultura pequeña de un soldado con los atributos de Tláloc y yelmo de serpiente, y otra de un guerrero con atuendo tolteca: gran tocado de plumas, pectoral de concha, brazales, grebas, capa, faldellín, escudo, átlatl y dardos; esta ofrenda fue colocada en la cima probablemente para legitimar el origen tolteca del lugar.

Unas cuentas de chalchíhuitl (piedra verde) provenientes de la zona maya, que formaron un sartal depositado como ofrenda, y algunas placas de concha en forma rectangular con perforaciones que pertenecían a un pectoral, son otras de las piezas resultado de los trabajos arqueológicos en la cima de la montaña.

Una pequeña escultura del dios Tláloc, elaborada en roca andesita, es la única efigie del dios de la lluvia encontrada hasta ahora en la cumbre.

“Con base en las figurillas cerámicas de guerreros, se reconstruyeron los atavíos. Son prendas que en un 98 por ciento son parecidas a las que formaban parte de la industria militar prehispánica”.

Una reproducción del atavío militar de Nezahualcóyotl, que posiblemente usó en la campaña contra Azcapotzalco (imagen retomada del Códice Ixtlilxóchitl), está conformada por un yelmo hecho con carrizo, papel amate, piel y está cubierto de plumas de colores. Cuenta con un nacaztli u orejera circular de metal, el téntetl o bezote de metal con forma de águila, el éhuatl (traje) compuesto por ichcahuipilli o coraza de algodón y pluma, y el faldón de los mismos materiales.

Lo completan el panhuéhuetl, pequeño tambor de madera y piel; el chimalli, escudo elaborado con caña, carrizo, ixtle, piel, madera, papel amate y plumas de colores; el macuahuitl, macana de madera con navajillas de obsidiana verde, y el ixcactli, calzado de piel, algodón e ixtle.

El traje de guerrero Tzitzímitl, monstruo celeste que cada 52 años bajaba para devorar a los hombres, se compone de un yelmo con representación de cabeza humana en avanzado estado de descomposición, vestimenta de manta con correas de piel, brazales de piel y algodón, un tepuztopilli o lanza de madera con punta romboide y navajas de obsidiana verde en sus extremos; además de proteger, causaba un fuerte impacto psicológico en el contrincante.

También se exhiben los trajes de los guerreros águila o cuauhpilli, cuextécatl (huasteco) y quáchic o solares (por el color amarillo de su indumentaria).

“Estas órdenes de guerreros salvaguardaban las riquezas y los ofrecimientos a Tláloc; cien de ellos se quedaban en la cima del monte para evitar el robo o saqueo por parte de sus enemigos tlaxcaltecas y, con ello, lograr que las peticiones fueran escuchadas por el dios de la lluvia”.

Para cuidar las riquezas ofrendadas en la edificación prehispánica a mayor altura del mundo mesoamericano, los guerreros necesitaban de armamento como el que se reproduce en la exposición, la cual incluye una macana o macuáhuitl, hecha de madera de encino y navajillas de obsidiana verde, réplica fiel a la que se conservó en la Real Armería de Madrid hasta el siglo XIX.

Figuran un temalátlatl u honda con sus proyectiles; un átlatl (lanzador de dardos) y sus respectivos dardos o tlacochtli; una pica con navajillas de obsidiana o tepuztopilli; un arco y flecha (tlahuitolli ihuan mitl tlachotli), basado en el que conservó la Real Armería española.

Otros artefactos bélicos que conforman la muestra son un mazo o quauhololli, escudos o chimalli quetzalxicalcoliuhqui, cuchillos o técpatl, coraza o ichcahuipilli, así como la reproducción de un equipo básico de guerra, integrado por instrumentos y utensilios que permitieran crear fuego, preparar alimentos y protegerse del clima. El guerrero transportaba todo en la espalda en un armazón de otate usando un mecapal o mecatopilli.

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