/ jueves 16 de julio de 2020

A 70 años del Maracanazo

Han pasado 70 años de la final de futbol que Uruguay convirtió en campeón del mundial de 1950

Cuando la FIFA decidió otorgarle la sede para el Mundial de 1950, el cuarto en la historia y el primero tras la Segunda Guerra Mundial, Brasil no dudó en construir el estadio más grande del mundo: el Maracaná, con capacidad para 220 mil personas.

Y después de que Brasil goleó 7-1 a Suecia, con cuatro goles de su temible delantero Ademir, y 6-1 a España, todo el país daba por hecho que la Copa se quedaría en casa.

Sin embargo, inmediatamente después de terminada, la final del Mundial de 1950 dejó de ser un partido de futbol para convertirse en la metáfora perfecta sobre cómo el pequeño puede tumbar al gigante, la versión deportiva de David contra Goliat.

El domingo 16 de julio de 1950, en Río de Janeiro, los diarios adelantaban la victoria en sus titulares: a Brasil, que llegó a la cita como favorito, tras haber conseguido dos victorias, una de ellas, precisamente contra Uruguay, en el cuadrangular final; le bastaba el empate para levantar la Copa del Mundo.

Sobre las 15:00 horas, el plantel local salió a la cancha del estadio Maracaná, rebosante, con 220 mil espectadores, como nunca volvería a estarlo. En las gradas era fácil leer las playeras con el mensaje de Brasil campeón.

El alcalde carioca, Ángelo Mendes de Morais, vaticinó por altavoces, y en la cara del combinado uruguayo, que en minutos la Selección Brasileña se consagraría campeona del mundo.

Afuera del estadio, fuegos artificiales aguardaban el silbatazo final, tras el cual, Brasil celebraría un título mundial de futbol por primera vez en su historia. Todo el país estaba preparado para la fiesta. Nadie, absolutamente nadie, se imaginó que 90 minutos más tarde el futbol brasileño sufriría una de sus penas más grandes.

La cúspide de la fiesta llegó cuando Friaça logró abrir el marcador, apenas comenzó el segundo tiempo, con tiro cruzado, luego de que Ademir lo habilitó.

Entonces, el publicó enloqueció y comenzó a celebrar el título. Sin embargo, la historia fue muy diferente a partir del minuto 66, cuando Alcides Ghiggia desbordó a Bigode por la banda derecha y mandó el centro que remató Juan Alberto Schiaffino.

Esa anotación fue clave, ya que infundió temor y confusión en la Selección Brasileña, que volvió a lanzarse al ataque en lugar de cuidar el punto que le daba el título, como muchos especialistas consideran que debió haber sido.

El simbólico estadio de Río de Janeiro fue inaugurado para este Mundial y el primer duelo fue entre Brasil y México.

A sólo 11 minutos para el final del encuentro, Ghiggia volvió a superar a Bigode, pero esta vez, en lugar de buscar a Schiaffino, tiró con dirección al primer poste de la portería vigilada por Barbosa, quien esperaba otro centro similar al del gol anterior, y no logró reaccionar a tiempo.

Ghiggia diría años después: “Sólo tres personas han hecho callar al Maracaná con un sólo gesto: el Papa, Frank Sinatra, y yo”.

Así fue como Uruguay celebró su segundo título mundial sobre el terreno de juego del gigantesco estadio de Río de Janeiro, especialmente construido para ese torneo, inaugurado un mes antes y que era orgullo nacional por ser el más grande del mundo.

El regocijo dio lugar a la conmoción. Incluso, cuenta Pelé que cuando Uruguay anotó el gol de la victoria, su padre comenzó a llorar y que él le prometió, con sólo 9 años de edad, que ganaría un Mundial para compensarlo.

Inmediatamente después de terminada, la final del Mundial de 1950, disputada en el ahora mítico estadio Maracaná, dejó de ser un partido de futbol para convertirse en la metáfora perfecta sobre cómo el pequeño puede tumbar al gigante, la versión deportiva de David contra Goliat.

Varela, según cuenta la leyenda, recorrió varios bares de Río de Janeiro durante la noche para consolar a los aficionados brasileños, quienes nunca perdonaron a Barbosa, señalado como el gran culpable.

Desde entonces, la Canarinha jamás volvió a vestir la playera blanca que lució aquel 16 de julio de 1950.

“Fue la primera vez en mi vida que escuché algo que no era ruido”, diría años más tarde el capitán Juan Alberto Schiaffino, sobre el silencio envolvente de las más de 200 mil personas que colmaban el estadio.

Fue, también, el inicio de un mito que se volvería parte del ADN uruguayo.

El Maracanazo es, por excelencia, cualquier triunfo que se produce en la adversidad y contra todos los pronósticos, como la derrota que Brasil sufrió ante Francia en la final del Mundial de 1998, o más recientemente, la terrible goleada de 7-1 que Alemania le propinó en Belo Horizonte, en las semifinales del Mundial de 2014.

No obstante, en los siguientes 70 años, Uruguay no ha vuelto a ganar un Mundial, mientras que Brasil ha conquistado cinco, más que cualquier otro país.

Para algunos, el relato épico del Maracanazo tuvo su incidencia, pues estacionó a Uruguay en la idea de que la victoria es posible simplemente a fuerza de garra.


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Cuando la FIFA decidió otorgarle la sede para el Mundial de 1950, el cuarto en la historia y el primero tras la Segunda Guerra Mundial, Brasil no dudó en construir el estadio más grande del mundo: el Maracaná, con capacidad para 220 mil personas.

Y después de que Brasil goleó 7-1 a Suecia, con cuatro goles de su temible delantero Ademir, y 6-1 a España, todo el país daba por hecho que la Copa se quedaría en casa.

Sin embargo, inmediatamente después de terminada, la final del Mundial de 1950 dejó de ser un partido de futbol para convertirse en la metáfora perfecta sobre cómo el pequeño puede tumbar al gigante, la versión deportiva de David contra Goliat.

El domingo 16 de julio de 1950, en Río de Janeiro, los diarios adelantaban la victoria en sus titulares: a Brasil, que llegó a la cita como favorito, tras haber conseguido dos victorias, una de ellas, precisamente contra Uruguay, en el cuadrangular final; le bastaba el empate para levantar la Copa del Mundo.

Sobre las 15:00 horas, el plantel local salió a la cancha del estadio Maracaná, rebosante, con 220 mil espectadores, como nunca volvería a estarlo. En las gradas era fácil leer las playeras con el mensaje de Brasil campeón.

El alcalde carioca, Ángelo Mendes de Morais, vaticinó por altavoces, y en la cara del combinado uruguayo, que en minutos la Selección Brasileña se consagraría campeona del mundo.

Afuera del estadio, fuegos artificiales aguardaban el silbatazo final, tras el cual, Brasil celebraría un título mundial de futbol por primera vez en su historia. Todo el país estaba preparado para la fiesta. Nadie, absolutamente nadie, se imaginó que 90 minutos más tarde el futbol brasileño sufriría una de sus penas más grandes.

La cúspide de la fiesta llegó cuando Friaça logró abrir el marcador, apenas comenzó el segundo tiempo, con tiro cruzado, luego de que Ademir lo habilitó.

Entonces, el publicó enloqueció y comenzó a celebrar el título. Sin embargo, la historia fue muy diferente a partir del minuto 66, cuando Alcides Ghiggia desbordó a Bigode por la banda derecha y mandó el centro que remató Juan Alberto Schiaffino.

Esa anotación fue clave, ya que infundió temor y confusión en la Selección Brasileña, que volvió a lanzarse al ataque en lugar de cuidar el punto que le daba el título, como muchos especialistas consideran que debió haber sido.

El simbólico estadio de Río de Janeiro fue inaugurado para este Mundial y el primer duelo fue entre Brasil y México.

A sólo 11 minutos para el final del encuentro, Ghiggia volvió a superar a Bigode, pero esta vez, en lugar de buscar a Schiaffino, tiró con dirección al primer poste de la portería vigilada por Barbosa, quien esperaba otro centro similar al del gol anterior, y no logró reaccionar a tiempo.

Ghiggia diría años después: “Sólo tres personas han hecho callar al Maracaná con un sólo gesto: el Papa, Frank Sinatra, y yo”.

Así fue como Uruguay celebró su segundo título mundial sobre el terreno de juego del gigantesco estadio de Río de Janeiro, especialmente construido para ese torneo, inaugurado un mes antes y que era orgullo nacional por ser el más grande del mundo.

El regocijo dio lugar a la conmoción. Incluso, cuenta Pelé que cuando Uruguay anotó el gol de la victoria, su padre comenzó a llorar y que él le prometió, con sólo 9 años de edad, que ganaría un Mundial para compensarlo.

Inmediatamente después de terminada, la final del Mundial de 1950, disputada en el ahora mítico estadio Maracaná, dejó de ser un partido de futbol para convertirse en la metáfora perfecta sobre cómo el pequeño puede tumbar al gigante, la versión deportiva de David contra Goliat.

Varela, según cuenta la leyenda, recorrió varios bares de Río de Janeiro durante la noche para consolar a los aficionados brasileños, quienes nunca perdonaron a Barbosa, señalado como el gran culpable.

Desde entonces, la Canarinha jamás volvió a vestir la playera blanca que lució aquel 16 de julio de 1950.

“Fue la primera vez en mi vida que escuché algo que no era ruido”, diría años más tarde el capitán Juan Alberto Schiaffino, sobre el silencio envolvente de las más de 200 mil personas que colmaban el estadio.

Fue, también, el inicio de un mito que se volvería parte del ADN uruguayo.

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