/ viernes 3 de febrero de 2017

Pese a machistas, afganas se preparan para dar “moquetes”

Sima Azimi se lanza desde la cumbre de una colina para hacer una pirueta y durante un instante su figura queda estampada en el cielo de Kabul, desafiando el conservadurismo de la sociedad afgana.

En Afganistán, para dedicarse al deporte, sobre todo a un arte marcial como el wushu, se necesita audacia y cierta valentía.

Sima Azimi, una joven de 20 años, profesora de wushu desde hace un año en Kabul, decidió en enero salir del entrepiso donde había instalado los tatamis de su club para entrenar a los alumnos al aire libre.

Con los pies en la nieve, vestidos con la chaqueta y el pantalón de seda de colores negro o rosado y el pelo cubierto, las jóvenes aprendices practican las proezas de los famosos monjes volantes de Shaolin (norte de China).

El wushu, que combina boxeo, dominio de sables y puñales, es tan acrobático y coreográfico como el kung fu, y exige un cuerpo firme como el acero y flexible como el caucho.

En el tapiz de calentamiento, las muecas de dolor ilustran la exigencia del esfuerzo, mientras que Sima Azimi, cinturón negro de wushu, presiona la espalda y los hombros, hunde el vientre de las alumnas para perfeccionar el "split", que consiste en alinear las piernas en un ángulo de 180 grados.

Azimi se inició en el wushu en Irán, donde su familia se había refugiado cuando tenía dos años.

Al regresar a su país, la joven abrió enseguida su club en el barrio de Karte Sé, poblado por la comunidad hazara en el oeste de Kabul.

"Lamentablemente todas las alumnas son hazaras y esta uniformidad étnica no me place. Me gustaría recibir muchachas de otras comunidades", dice Azimi.

La comunidad hazara, minoría chiita en un país mayoritariamente sunita, es la más abierta de Afganistán.

Las mujeres gozan de más libertad de movimiento y son más rebeldes, son los hombres menos opresores.

Sima Azimi se lanza desde la cumbre de una colina para hacer una pirueta y durante un instante su figura queda estampada en el cielo de Kabul, desafiando el conservadurismo de la sociedad afgana.

En Afganistán, para dedicarse al deporte, sobre todo a un arte marcial como el wushu, se necesita audacia y cierta valentía.

Sima Azimi, una joven de 20 años, profesora de wushu desde hace un año en Kabul, decidió en enero salir del entrepiso donde había instalado los tatamis de su club para entrenar a los alumnos al aire libre.

Con los pies en la nieve, vestidos con la chaqueta y el pantalón de seda de colores negro o rosado y el pelo cubierto, las jóvenes aprendices practican las proezas de los famosos monjes volantes de Shaolin (norte de China).

El wushu, que combina boxeo, dominio de sables y puñales, es tan acrobático y coreográfico como el kung fu, y exige un cuerpo firme como el acero y flexible como el caucho.

En el tapiz de calentamiento, las muecas de dolor ilustran la exigencia del esfuerzo, mientras que Sima Azimi, cinturón negro de wushu, presiona la espalda y los hombros, hunde el vientre de las alumnas para perfeccionar el "split", que consiste en alinear las piernas en un ángulo de 180 grados.

Azimi se inició en el wushu en Irán, donde su familia se había refugiado cuando tenía dos años.

Al regresar a su país, la joven abrió enseguida su club en el barrio de Karte Sé, poblado por la comunidad hazara en el oeste de Kabul.

"Lamentablemente todas las alumnas son hazaras y esta uniformidad étnica no me place. Me gustaría recibir muchachas de otras comunidades", dice Azimi.

La comunidad hazara, minoría chiita en un país mayoritariamente sunita, es la más abierta de Afganistán.

Las mujeres gozan de más libertad de movimiento y son más rebeldes, son los hombres menos opresores.