/ domingo 27 de enero de 2019

¿El Chapo Guzmán, una super estrella?

Los temidos jefes fascinan al público e incluso son celebrados como héroes en México.

En la década de 1950, el cine resucitó el espíritu del Lejano Oeste. Al western le sucedieron las películas de gángsters y mafiosos. Y hoy en día, el género del crimen prefiere narrar las aventuras de zares de la droga como El Chapo y Pablo Escobar. Los temidos jefes fascinan al público e incluso son celebrados como héroes en México.

En Nueva York se celebra el juicio contra Joaquín “El Chapo” Guzmán, que está atrayendo a la ciudad a numerosos turistas, curiosos y aficionados al género policiaco que quieren ver de cerca al rey de la droga. El juicio continúa, y el narcotraficante podría ser sentenciado a pasar el resto de sus días entre rejas.

Películas, series de televisión y canciones glorifican al presunto delincuente responsable de hasta tres mil asesinatos, convirtiéndolo en todo un mito. Para Hollywood, su historia es “de película”.

Foto: Reuters


El mundo del narcotráfico ofrece a los guionistas material de acción de primera clase. Se pueden ver toneladas de cocaína u otras sustancias adictivas, asesinos a sueldo, brigadas de estupefacientes en acción, así como escenas en la selva colombiana o en la polvorienta tierra de nadie entre los Estados Unidos y México. Se trata de poder, dinero y a menudo de la supervivencia de los protagonistas y sus familias.

La película “El precio del poder”, con Al Pacino interpretando al narcotraficante cubano Tony Montana, hizo el comienzo en 1983 y se erigió en referente para toda una categoría de películas y series: Traffic (2000) de Steven Soderbergh, Blow (2001) con Johnny Depp y Penélope Cruz, así como Sicario (2015) utilizaron la lucha contra el narcotráfico como un modelo a veces más, a veces menos realista.

Las películas de narcos sustituyeron en parte a las de gangsters y mafiosos que habían dado forma al género criminal hasta los años 90 con títulos como El padrino y Uno de los nuestros.

Foto Especial


Gracias a la inagotable maquinaria de contenido del servicio de streaming Netflix, el género ha alcanzado su máxima expresión. Los laboratorios de metanfetamina ya han servido de señuelo para los espectadores en las series de ficción Breaking Bad y Better Call Saul. Con Narcos, sobre el rey de la droga colombiano Pablo Escobar, y El Chapo, Netflix ahora también relata la realidad en forma de drama.

”No hay dudas de que se trata de un nuevo género”, dijo Benicio Del Toro en entrevista con The Guardian hace unos meses. “Estas producciones pasarán a ser el nuevo wéstern”.

Del Toro es protagonista en tres de las más famosas películas dedicadas al mundo del narcotráfico: Escobar: Paraíso Perdido Salvajes y Sicario. Esta última muestra hasta dónde llega Estados Unidos en una lucha que se viene librando desde los años ochenta y que difícilmente se puede ganar.

El Chapo


Corridos y telenovelas

La representación de los latinoamericanos involucrados es a menudo más que cuestionable. Las producciones muestran a pandilleros hablando con fuerte acento o reuniones secretas en haciendas mexicanas con tequila y “latinas en bikini al borde de la piscina”, resume el periódico The New York Times.

La historia de los 57 millones de latinos en los Estados Unidos, sin embargo, no gira en torno a las drogas, sino a la desigualdad y a su lucha por una vida mejor.

Con gran entusiasmo plasman los autores de series, películas y música latinoamericanas el mito del barón de la droga en sus guiones. En México se les dedica todo un género musical: En los narcocorridos, subgénero basado en los ritmos de la polka y el vals, los músicos tematizan la violencia y los excesos con las drogas además de ensalzar a los narcotraficantes. Algunos estados y municipios mexicanos han prohibido incluso la transmisión radiofónica de estas baladas por considerar que promueven la justificación de la violencia.

Hay muchas canciones sobre El Chapo, la mayoría de ellas con mucho reconocimiento por su ascenso desde la pobreza hasta la cima del poder en el cártel de Sinaloa. En El Chapo, otra fuga más se elogia la fuga de Guzmán de la prisión de alta seguridad del Altiplano 2015 a través de un túnel en la ducha de su celda. La letra dice: “Para capturar al Chapo, fue un escándalo que hicieron bien peinado y por el baño, se salió el señor, de nuevo”.

Que no quede ni un hueso: exsicario de El Chapo revela macabras ejecuciones del capo

Las telenovelas latinas también están impregnadas de drogas. En Colombia y otros países de América Latina, “narconovelas” como Las muñecas de la mafia, El cártel de los sapos o La Reina del Sur arrasan en audiencia: el sensacionalismo, la violencia y los conflictos, junto con las fortalezas y debilidades humanas, atraen al público.

Nelson Martínez, productor de la serie El Capo del canal Mundo Fox, dijo hace unos años: “Es increíble cómo un antihéroe, en este caso un narcotraficante, logra cautivar al público. Es complejo pero humano, y por eso la gente se enamora de él”.


En la década de 1950, el cine resucitó el espíritu del Lejano Oeste. Al western le sucedieron las películas de gángsters y mafiosos. Y hoy en día, el género del crimen prefiere narrar las aventuras de zares de la droga como El Chapo y Pablo Escobar. Los temidos jefes fascinan al público e incluso son celebrados como héroes en México.

En Nueva York se celebra el juicio contra Joaquín “El Chapo” Guzmán, que está atrayendo a la ciudad a numerosos turistas, curiosos y aficionados al género policiaco que quieren ver de cerca al rey de la droga. El juicio continúa, y el narcotraficante podría ser sentenciado a pasar el resto de sus días entre rejas.

Películas, series de televisión y canciones glorifican al presunto delincuente responsable de hasta tres mil asesinatos, convirtiéndolo en todo un mito. Para Hollywood, su historia es “de película”.

Foto: Reuters


El mundo del narcotráfico ofrece a los guionistas material de acción de primera clase. Se pueden ver toneladas de cocaína u otras sustancias adictivas, asesinos a sueldo, brigadas de estupefacientes en acción, así como escenas en la selva colombiana o en la polvorienta tierra de nadie entre los Estados Unidos y México. Se trata de poder, dinero y a menudo de la supervivencia de los protagonistas y sus familias.

La película “El precio del poder”, con Al Pacino interpretando al narcotraficante cubano Tony Montana, hizo el comienzo en 1983 y se erigió en referente para toda una categoría de películas y series: Traffic (2000) de Steven Soderbergh, Blow (2001) con Johnny Depp y Penélope Cruz, así como Sicario (2015) utilizaron la lucha contra el narcotráfico como un modelo a veces más, a veces menos realista.

Las películas de narcos sustituyeron en parte a las de gangsters y mafiosos que habían dado forma al género criminal hasta los años 90 con títulos como El padrino y Uno de los nuestros.

Foto Especial


Gracias a la inagotable maquinaria de contenido del servicio de streaming Netflix, el género ha alcanzado su máxima expresión. Los laboratorios de metanfetamina ya han servido de señuelo para los espectadores en las series de ficción Breaking Bad y Better Call Saul. Con Narcos, sobre el rey de la droga colombiano Pablo Escobar, y El Chapo, Netflix ahora también relata la realidad en forma de drama.

”No hay dudas de que se trata de un nuevo género”, dijo Benicio Del Toro en entrevista con The Guardian hace unos meses. “Estas producciones pasarán a ser el nuevo wéstern”.

Del Toro es protagonista en tres de las más famosas películas dedicadas al mundo del narcotráfico: Escobar: Paraíso Perdido Salvajes y Sicario. Esta última muestra hasta dónde llega Estados Unidos en una lucha que se viene librando desde los años ochenta y que difícilmente se puede ganar.

El Chapo


Corridos y telenovelas

La representación de los latinoamericanos involucrados es a menudo más que cuestionable. Las producciones muestran a pandilleros hablando con fuerte acento o reuniones secretas en haciendas mexicanas con tequila y “latinas en bikini al borde de la piscina”, resume el periódico The New York Times.

La historia de los 57 millones de latinos en los Estados Unidos, sin embargo, no gira en torno a las drogas, sino a la desigualdad y a su lucha por una vida mejor.

Con gran entusiasmo plasman los autores de series, películas y música latinoamericanas el mito del barón de la droga en sus guiones. En México se les dedica todo un género musical: En los narcocorridos, subgénero basado en los ritmos de la polka y el vals, los músicos tematizan la violencia y los excesos con las drogas además de ensalzar a los narcotraficantes. Algunos estados y municipios mexicanos han prohibido incluso la transmisión radiofónica de estas baladas por considerar que promueven la justificación de la violencia.

Hay muchas canciones sobre El Chapo, la mayoría de ellas con mucho reconocimiento por su ascenso desde la pobreza hasta la cima del poder en el cártel de Sinaloa. En El Chapo, otra fuga más se elogia la fuga de Guzmán de la prisión de alta seguridad del Altiplano 2015 a través de un túnel en la ducha de su celda. La letra dice: “Para capturar al Chapo, fue un escándalo que hicieron bien peinado y por el baño, se salió el señor, de nuevo”.

Que no quede ni un hueso: exsicario de El Chapo revela macabras ejecuciones del capo

Las telenovelas latinas también están impregnadas de drogas. En Colombia y otros países de América Latina, “narconovelas” como Las muñecas de la mafia, El cártel de los sapos o La Reina del Sur arrasan en audiencia: el sensacionalismo, la violencia y los conflictos, junto con las fortalezas y debilidades humanas, atraen al público.

Nelson Martínez, productor de la serie El Capo del canal Mundo Fox, dijo hace unos años: “Es increíble cómo un antihéroe, en este caso un narcotraficante, logra cautivar al público. Es complejo pero humano, y por eso la gente se enamora de él”.


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