/ lunes 4 de marzo de 2019

Sin sacrificar su esencia, adaptarse a nuevas realidades: Jesús Reyes Heroles

Este 4 de marzo, el Partido Revolucionario Institucional cumple 90 años en una de sus peores crisis, marcada por la división interna rumbo a la renovación de su dirigencia nacional. Aquí recordamos los discursos de los ideólogos que han marcado al partido



1973 Discurso de Jesús Reyes Heroles en Querétaro en el Aniversario 44 del PRI

Marzo 4 de 1973

Hoy cumple nuestro Partido cuarenta y cuatro años de existencia. Aquí en este mismo lugar, se celebró la Convención Constitutiva del Partido Nacional Revolucionario, hecho que, como entonces se indicó, no debe considerarse como un acontecimiento político aislado, sino, por el contrario, como una nueva etapa en la vida de México en lo relativo a normas, procedimientos y formas de actuación política.

El movimiento social mexicano, con constantes en el proceso histórico de nuestro país, obtiene en 1929 una nueva forma de integración de las fuerzas revolucionarias. Se persigue con la fundación del Partido superar las contiendas interrevolucionarias, englobar o comprender en las actividades nacionales las actividades políticas municipales, sin que los grupos respectivos pierdan autonomía. Se pretende una vida política subordinada exclusivamente a los intereses nacionales, sin por ello descuidar los regionales o locales.

El PNR, gran unificador de grupos y tendencias

Los intentos para formar partidos nacionales, previos a la constitución del Partido Nacional Revolucionario, fracasaron, porque pretendieron servir intereses de grupos políticos claramente identificados, que intentaban mantenerse cerrados o porque ignoraban los intereses municipales y regionales, practicando una centralización política contraria a auténticos intereses nacionales.

El Partido Nacional Revolucionario nace unificando a los grupos y corrientes de la Revolución Mexicana y agrupando a los partidos políticos regionales y a los grupos revolucionarios municipales. Logra, de esta manera, un equilibrio difícil y delicado entre intereses sólo en apariencia antagónicos. Se propone luchar contra la pasividad ciudadana, que muchas veces contribuyó al surgimiento de caudillos, y busca en su vida institucional contribuir a que la vida nacional se encarrile, se oriente por la vía institucional.

Establecer denominadores comunes ideológicos que puedan aglutinar a las corrientes o fuerzas revolucionarias no era tarea fácil. Había que incluir las aspiraciones democráticas, respetar las tradiciones de verdadero liberalismo mexicano e incorporar las tendencias agrarias, de socialismo agrario, como se les llamaba, y las tendencias sociales que buscaban el mejoramiento de los trabajadores asalariados de la industria, quienes, a pesar de ser escasos, habían brindado aportaciones decisivas al movimiento revolucionario en su momento destructivo.

En 1929 se obtuvo el denominador común ideológico que comprendiera las diversas corrientes, que captara los distintos matices y que permitiera formar un partido nacional, contando con los intereses municipales, regionales y estatales. No debe, sin embargo, ignorarse que, independientemente del mérito de aquellos hombres, algunos de los cuales vemos aquí en estos momentos, llenos de vitalidad y de inquietud, luchadores como antaño, el denominador común fue posible gracias a la síntesis ideológica y normativa lograda por el Constituyente de Querétaro. La Constitución de 1917 recogió viejos afanes históricos mexicanos, inventarió y encontró soluciones para grandes necesidades sociales de nuestro pueblo, estableció garantías que hicieron posible el desenvolvimiento de las libertades espirituales y consignó nuestro nacionalismo revolucionario y los métodos para que este nacionalismo pudiera desarrollarse y fortalecerse. Finalmente, la Constitución determinó que el pueblo mexicano tuviera la última palabra a la hora de resolver.

Sin sacrificar su esencia, adaptarse a nuevas realidades

Merced a esta labor en materia de programa y de ideas, fue posible que el Partido Nacional Revolucionario surgiera como lo que entonces se quería: "Frente Único Nacional", para emplear el concepto de su primer presidente, expresión usada en México mucho antes de que surgieran términos similares en el exterior. Si algo caracterizó al Partido como frente único nacional fue la naturaleza de ser un frente amplio, con un solo requisito para pertenecer a él: creer en los grandes principios de la Revolución Mexicana, en sus directrices esenciales.

EI Partido, en su rica vida, ha sabido adaptarse a nuevas circunstancias, sin sacrificar su esencia, y encuadrar a nuevas fuerzas que han surgido como consecuencia del desarrollo del país.

El Partido ha contribuido decisivamente a la estabilidad política y a la paz social de la nación, ha aprovechado la estabilidad política para ir cambiando hí realidad conforme lo exigen las metas perseguidas y lo permite la correlación de fuerzas internas y externas. El pueblo de México, organizado en sus grandes mayorías a través de nuestro Partido, ha modificado y continúa modificando, la correlación de fuerzas para el avance dentro de la paz y la estabilidad.

El Partido ha podido continuar en el acierto y rectificar en el error, y en otras ocasiones, al igual que hoy, ha corregido deformaciones y reencauzado sus pasos para superar desviaciones. Y que esto no nos intimide: en un proceso revolucionario siempre se presentan deformaciones y desviaciones, y la capacidad revolucionaria se demuestra cuando se reconocen y se pueden corregir.

Sin alterar los principios y enriqueciendo con la experiencia el pensamiento, ampliando la experiencia con el pensamiento, el Partido logra su actualización casi permanentemente. Evita la espontaneidad productora del desorden y evita la rigidez, en que los pocos se imponen a los muchos, en que, a nombre de la disciplina, se asfixian sanas inquietudes.

Acumulando experiencias y cambiando las correlaciones de fuerzas existentes, propiciando otras más favorables, simultáneamente ha proseguido su labor de analizar la realidad y formar una coherente interpretación del momento mexicano así como de sus futuras posibles proyecciones.

Se ha obtenido, así, la subordinación de todos los integrantes al todo del Partido y la subordinación del Partido al todo nacional. Hoy el Partido debe luchar, y las bases ya están luchando, contra excrecencias adulteradoras de la naturaleza misma dé lo que debe ser el partido revolucionario de los mexicanos. Algunas de ellas, haciendo verdadera autocrítica, que es la crítica de sí mismo, vamos a señalar.

Autocritica para sanear y fortalecer al partido

Hay algunos compañeros que, en lugar de atraer, de sumar, restan, excluyen, cayendo en un chocante exclusivismo partidista. Tal conducta debe ser eliminada, pues va contra la necesidad que nuestro Partido tiene de ser un frente nacional revolucionario amplio.

Cierto pragmatismo es necesario en cualquier partido político, en cualquier acción revolucionaria; pero un pragmatismo tan práctico, valga el pleonasmo, que sólo busque lo fácil, lo que no engendre resistencias, que aspire a conformar a 'todos sin satisfacer a nadie, sé convierte en un simple y puro oportunismo. Todo partido requiere de idealismo, de tener ciertos grandes objetivos; pero si ignora la realidad, si quiere encajar los hechos en las ideas que profesa, a más de caer en un trivial esquematismo, incurre en un pecado político imperdonable: el del dogmatismo.

Si el pragmatismo se impone sobre toda preocupación ideológica, se cae en el oportunismo; si el idealismo se impone sobre toda preocupación práctica, se puede arribar al dogmatismo.

Otra de nuestras enfermedades, que no sólo hay que diagnosticar, sino curar, es el "seguidismo": cuando alguien apunta en política, seguirlo, rodearlo, suplantar los principios e idolatrar, temporalmente -muy temporalmente por cierto-, a las personas de éxito político. El seguidismo es fruto y estímulo del oportunismo.

Debemos mantenemos al margen del sectarismo frío, dogmático e intransigente y del oportunismo acomodaticio y dispuesto a todo con tal de ganar. En tanto estemos más allá del dogmatismo y no nos deslicemos hacia el oportunismo, podremos seguir contando con principios válidos y con la indispensable flexibilidad para entender nuevas situaciones y para buscar nuevas soluciones a los problemas..

Todavía hay compañeros que practican o tratan de practicar, el nepotismo. Algunos piensan sinceramente que sólo sus parientes son capaces de desempeñar ciertas funciones y los designan. Quienes sinceramente lo creen tienen un círculo de acción muy reducido y un mirador muy estrecho. No es que no haya hombres, es que no ven más allá del minúsculo círculo familiar.

Otros, en cambio, simulan creer en ello, creer en la insustituibilidad de los parientes. Si los primeros son miopes, los segundos carecen de normas ideológicas y de normas de conducta, e incurren en deslealtad a los principios.

Lindando con el nepotismo se encuentra el "cuatismo" o "amiguismo". Son los que para todas las funciones piensan en los amigos, en los "cuates", que en algunos casos resultan cómplices. Este es un círculo apenas un poco menos estrecho que aquel en que se desenvuelven los que intentan practicar el nepotismo y resulta, casi igualmente negativo. En lugar de atraer amigos en el ejercicio de la política, se quiere que los amigos, tengan o no tengan vocación para ello, practiquen la política, se dediquen a esta actividad que exige vocación, preparación y dedicación. Cuando la amistad es el vínculo, se llama "cuatismo", cuando la complicidad es lo que une, estamos frente a las camarillas, es el "camarillismo". El "camarillisrno" cae en la esfera del derecho penal y esto no debe olvidarse.

Los trepadores, arribistas y oportunistas...

Tenemos compañeros que practican lo que ellos creen es política, simple y sencillamente para satisfacer apetitos menores: riqueza, fama, o lo que erróneamente, consideran prestigio, como si el prestigio se obtuviera de inmediato en una actividad expuesta, corno pocas, a la difamación y a la calumnia. Quienes pertenecen a esta categoría, cuando tienen un puesto de elección popular o de designación, hablan de haber llegado, ¡Corno si en el ejercicio de esta actividad, de la actividad política, se pudiera llegar a solazarse de haber ascendido al punto más alto de la montaña! En política nunca se llega: se sirve a la colectividad o no se sirve. Se sirve en primera línea, en segunda o en tercera, o se puede estar en cualquiera de estas líneas y no servir y, por consiguiente, no ser político. Los que creen que en política se llega, cuando consideran que han llegado, se regodean con los gajes y quieren los fletes sin la carga.

Estos compañeros trepadores y arribistas ejercen en grado sumo el "influyentismo": para lo que ellos llaman llegar necesitan influencia y para tener influencia necesitan colocar "cuates", amigos o subordinados, para así -piensan ellos- realizar el "Yo te asciendo para que tú me sirvas en mi ascenso; te apoyo para que tú me apoyes".

No es raro que muchos de estos compañeros no lleguen, usando su palabra, precisamente porque, en lugar de sumar voluntades y capacidades a la causa, incluso a la causa de ellos, las restan y, rodeados de incondicionales ineptos, tienen que hacer constantemente de "pilmamas", suplir la ineficacia de los incondicionales colocados en situaciones clave, cosa materialmente imposible, ya que el auténtico trabajo político es de equipo y el equipo se integra por capacidades o por representatividad.

Y en esta enumeración, simplemente ejemplificativa, no pueden faltar los que para ascender de buena fe, con afán de servicio o como simples trepadores, caen en el pecado de la barata retórica: el lenguaje loresco, la repetición más que la reiteración y, más de palabras que de ideas, la insistencia en conceptos expresados por otros y tomados como simples recetas; esgrimir razones sin razón, decir palabras sin sentido; la demagogia de pintar todo de color de rosa o de exagerar los males, claro, antes de asumir las responsabilidades, para culpar a los anteriores; asustar innecesariamente en busca de un aplauso; alabar y echar incienso. En este camino la lengua indisciplinada acaba por imponerse, por situarse encima de la mano que puede construir. Con el decir se quiere suplir el hacer, con el mal discurrir, la acción.

Junto a ellos, los sabihondos, es decir, aquellos que, pretendiendo deslumbrar, emplean un lenguaje esotérico, buscan "apantallar" y no persuadir, cuando en la política lo importante es convencer, persuadir, no impresionar, lo difícil es aprender el lenguaje de un pueblo y no la terminología de malos textos.

Frente a los sabihondos tenemos a los demasiado prácticos, aquellos que, refiriéndose a los que despectivamente llaman intelectuales, dicen. “Son los que leen pero no ven". Ellos, en cambio, afirman que ven aunque no lean, y se les olvida que no nada mas no leen, sino que a veces no piensan; son los ignorantes envanecidos de su empírica ignorancia, que difícilmente se salvan del oportunismo. Se acompañan de alguien que les "'ideologice" a posteriori su propia acción, por incongruente que sea. Creen que el éxito, por superficial que sea, lleva en sí su propia justificación; son los que con un dejo de cinismo nos dicen: en política lo que no es posible es falso.

Diagnóstico y terapéutica, absolutamente indispensables

Cuando hablamos de las aportaciones indiscutibles de nuestro Partido, en sus 44 años de existencia a la estabilidad y evolución política del país, no pecamos de envanecimiento o autocomplacencia. Tratamos, simple y sencillamente, de subrayar lo que sólo quienes no quieren ver niegan. Es un reconocimiento para los dirigentes y, sobre todo, para aquellos militantes que con su acción han hecho posible la permanencia y el mejoramiento del Partido.

Cuando hemos hecho la crítica de algunas situaciones, de algunas tendencias... que debemos combatir y eliminar, no pecamos de pesimismo, únicamente reconocemos algunas de nuestras enfermedades, que, haciendo un esfuerzo, estamos seguros de poder curar. Lo hacemos con optimismo, pues el Partido ha hecho mucho y sigue haciendo mucho por la evolución política del país, y precisamente para que haga más es necesario el diagnóstico de nuestros males y la adecuada terapéutica para curarlos. Si tuviéramos dudas sobre la posibilidad del mejoramiento de nuestro Partido, si tuviéramos dudas sobre sus aportaciones al presente de México y sus posibles aportaciones al futuro de México, no haríamos esta, que sí es verdadera autocrítica. La confianza en el presente y el futuro del Partido es la base de esta sana autocrítica.

Un partido que tiene la capacidad para reconocer sus males, al hacerlo, da pasos muy importantes para su remedio, para su eliminación. Nuestro Partido ha padecido en el pasado otras enfermedades que hoy ya no tiene, en virtud de la acción de los que nos antecedieron en la militancia política. Hoy, con su mismo espíritu, debemos enfrentarnos a corregir nuestras deficiencias. La nueva política en que creemos sólo estará a la altura de la vieja política, si lo logramos, y lograrlo es indispensable para que el país marche en la dirección deseada con paso firme y, empleando una expresión ajena, dándose prisa lentamente.

Discurso de Jesús Reyes Heroles "La fuerza de la Política" con motivo de la constitución del Movimiento Nacional de la Juventud Revolucionaria

Que triunfe la fuerza de la política sobre la política de la fuerza. Jesús Reyes Heroles.

Mayo de 1973

Hoy, aquí, en el plan de analizar las campañas de nuestros candidatos, para enriquecer a nuestro partido con sus experiencias y para remediar a tiempo sus problemas, debemos referirnos al papel que la oposición desempeña en los actuales momentos y examinar tendencias, incipientes algunas, embarnecidas otras, dirigidas a neutralizar los progresos revolucionarios o hacerlos imposibles, por predicar o auspiciar la violencia. Estas tendencias no sólo se reflejan en actitudes políticas: tienen una mayor extensión, aun cuando consideramos que no pasan de la superficie.

Hemos enfáticamente declarado que debemos combatir a quienes esgrimen ideas contrarias a las que profesamos, precisamente con ideas; hemos expresamente señalado la necesidad de respeto para nuestros adversarios. En alguna ocasión, grupos que integran nuestro partido objetaron esta posición inquebrantable de la dirección nacional, señalando que a la violencia de nuestros adversarios, así fuera verbal, habría que responder con la violencia. Y el Comité Ejecutivo Nacional reiteró la línea de respeto absoluto a nuestros adversarios ideológicos, agregando que era obligación del partido mayoritario de México responder a la violencia con la paciencia.

¿Se ha equivocado a este respecto el Comité Ejecutivo Nacional del Partido Revolucionario Institucional? No lo creo. A pesar de las acciones de nuestros adversarios, los seguiremos respetando, confiados no sólo en nuestra fuerza, sino también en el buen sentido del pueblo de México, que coloca, a la postre, a cada quien en su lugar y entiende las razones que nos conducen.

La historia nos ayuda

No estamos en contra de los disidentes, puesto que venimos de la disidencia, venimos y nos apoyamos en aquellos que apuntalaron su actuar en contra de un régimen opresor, de aquellos que en la disidencia, en la heterodoxia, encontraron su razón de ser.

Hace tiempo que en el país existe el pluralismo ideológico y el pluralismo de intereses, y no es nuevo el propósito de que puedan expresarse con efectividad las disidencias, las diferencias. Ya el fundador de nuestro partido lo manifestó en forma categórica, al señalar que algún día en la Cámara de Diputados de México tendrían representación aquellos cuyo pensamiento no coincidía con el de la Revolución. Y esto es hoy una realidad. La conciencia que la Revolución Mexicana tiene de su propia fuerza la obliga a buscar en las diferencias ideas que la enriquezcan o ideas que la ayuden a efectuar una fecunda autocrítica.

En los momentos actuales, en que se ha logrado la concurrencia de quienes no piensan como nosotros, a través de un benévolo sistema electoral, que siempre pensamos formulado como un germen de lo que debía haber y no como un ideal deber ser, tal como hoy parecen demostrar con su actuación quienes en este sistema se amparan, hay que reiterar que queremos ir más allá de lo que sólo fue punto de partida, que queremos realmente más y mejor democracia en la vida política mexicana; que una mejor democracia exige, a la par, el mejoramiento interno del partido mayoritario y el mejoramiento de la oposición. No todo depende de nosotros; algo también depende de la oposición para mejorar la vida democrática de México.

Nos falta la oposición

Reiteramos que el país requiere de una sana oposición. Necesitamos que quienes piensan distinto a nosotros participen en la vida política nacional. Y ahora nos preguntamos: ¿es el camino para convertirse en verdadera, en real oposición, la violencia verbal, sustituía de la fuerza real? Tal parece que el Partido Acción Nacional, experto en malabarismos ideológicos a lo largo de su historia, hoy intenta dar el salto mortal, intenta convertir, así sea de palabra, en lo único seguro para el país, la inseguridad. En tanto nosotros tratamos de ejercer, a veces en exceso, la autocrítica, el Partido de Acción Nacional, sin rubor, ejerce la anticritica...

Admitimos con gusto que en México hay pluralidad de ideas e intereses y que sería deseable que esta pluralidad de ideas e intereses se tradujera en pluripartidismo. Pero el pluri o bipartidismo supone alternativas. ¿Hay, acaso, alternativa en nuestro país? Si el Partido Acción Nacional en lugar de malabarismos, en lugar de líneas superpuestas, hubiera seguido una línea, tendría en nuestros días el apoyo sincero de los conservadores que todavía existen; pero la línea del conservadurismo original fue desechada y hoy la bandera es la incongruencia oportunista.

El pensamiento del PAN en el transcurso del tiempo no representa una línea que se amplía, sino una serie de líneas que se contraponen. Sólo el oportunismo dicta las ideas y comportamientos. Oportunismo más oportunismo, oportunismo sobre oportunismo se llama ultraoportunismo.

Un partido político que se concreta a realizar el inventario de los problemas, que trata de capitalizar las naturales inconformidades parciales y que no presenta un proyecto de gobierno, que no brinda soluciones a los problemas, que se conforma con unos cuantos sobados latiguillos, ni es una opción para el electorado ni podrá serlo, en tanto siga siendo lo que es, en tanto siga en las mismas actitudes y en tanto emplee los mismos procedimientos.

El acuerdo en lo fundamental

Hace unos cuantos años, un dirigente de Acción Nacional, Adolfo Christlieb, decía que su partido convenía en que la nación estaba por encima de cualquier partido político o corriente ideológica, y textualmente afirmaba: “Acción Nacional, como partido político, contribuye a gobernar desde la oposición. Actúa y actuará buscando siempre la concordia entre mexicanos. Pero la concordia no resulta de la unificación de las opiniones, sino de la unión de las voluntades, y se da como sus mismas raíces lo expresan, en cuanto las voluntades de diversos corazones convienen en lo mismo.

Y nosotros, estamos aquí buscando convenir en México”. Al hacerlo, seguía el camino trazado por Manuel Gómez Morín, cuando dijo; “El deber mínimo es el de encontrar, por graves que sean las diferencias que nos separen, un campo común de acción y de pensamiento, y el de llegar a él con honestidad, que es siempre virtud esencial y ahora la más necesaria en México”.

Unas y otras son palabras cargadas de razón, puesto que entrañan una coincidencia en lo que puede ser la base para la evolución política de México. Es aquella que en el siglo pasado se trató de alcanzar; la coincidencia en lo fundamental, obtener ciertas cosas en que coincidieran todos los mexicanos, independientemente de su credo religioso, de sus intereses de grupo o personales; adoptar aquello que permitiera colocar a la nación por encima de intereses y modos de pensar, aquello que permitiera que la nación no estuviera expuesta a perecer por ideologías, credos o intereses. En nuestro tiempo a esto lo llamamos el acuerdo en lo fundamental, apoyo de cualquier posible democracia, y para lograrlo nos conformamos con que se cumpla con ese “deber mínimo”; nos conformamos con la concordia, que es convenio entre quienes contiende, entre quienes luchan entre sí.

¿Y qué debe ser el acuerdo en lo fundamental en México? En los momentos que vivimos las fuerzas revolucionarias de México, consolidados ciertos avances, seguras de su apoyo popular, están empeñadas en lograr la convivencia pacífica de todos los mexicanos, están empeñadas en lograr que las ideas se ventilen libremente, que cada hombre piense lo que quiera y diga lo que piense, que se aireen los problemas, que se discutan sin cortapisas, que sean las mayorías las que decidan el destino nacional, que cada vez el pueblo participe en mayor proporción en las decisiones políticas...

Creemos en un acuerdo en lo fundamental que no sea coraza exclusiva de una ideología, que sea coraza de la nación, que sea el instrumento para la resolución pacífica de los inevitables conflictos.

Del acuerdo en lo fundamental, que desearíamos que fuera, como hablan los ideólogos del siglo pasado, coincidencia en lo fundamental, pero que nos conformamos con que sea acuerdo en lo fundamental, sólo deriva un compromiso para todos los partidos políticos, y me atrevo a decir que para todos los mexicanos, un solo compromiso que, por su propia naturaleza, excluye las componendas: el compromiso de sujetarnos todos a las decisiones de las mayorías; el compromiso de reformar la constitución, si así se quiere, dentro de los procedimientos que el propio texto establece para su reforma; el compromiso de aspirar, si se desea, a cambiar nuestro régimen, siempre y cuando se intente hacerlo en la paz y por decisión de las mayorías; el compromiso de estar en contra de la violencia.

¿Es mucho pedir? Si superamos la contienda de origen religioso y obtuvimos que el mexicano pueda convivir pacíficamente, independientemente de su credo religioso, ¿es mucho ambicionar el que los mexicanos podamos vivir pacíficamente, sea cual fuere nuestro modo de pensar político? ¿Qué, acaso, no se desborda la incontenible conciencia más en lo religioso que en lo político? Creo que lo que hemos conseguido en el curso de nuestra historia es mucho más de lo que ahora aspiramos a conseguir.

Y que no se nos malinterprete. El acuerdo en lo fundamental no excluye la diferencia en lo esencial. Se puede, dentro de él y respetándolo, aspirar a un régimen totalmente distinto a aquel en que se vive, siempre y cuando se respete un compromiso básico: sólo emplear para lograrlo los medios legales permitidos, recurrir a un solo método, obtener las mayorías populares.

¿Estaremos equivocados? ¿Acaso no existe un acuerdo en lo fundamental? ¿Acaso somos banderías y no una nación? ¿Acaso somos facciones y no un pueblo? No lo creo. México arribó a la mayoría de edad. Los mexicanos, reafirmo, estamos de acuerdo en lo fundamental; queremos una nación independiente, libertades y progresar en un régimen pluralista, imbuido de justicia social.

La base de esta política de libertades, de discusiones, de decisiones mayoritarias, es la creencia de que los mexicanos ya hemos superado el México propicio a la sangre.

Programa de retacería

Los dirigentes del Partido de Acción Nacional, más que ganar elecciones, tratan de combatir las sospechas que en el interior de su partido hay sobre su propia conducta. Quieren eliminar estas sospechas. Se dividieron en abstencionistas y participacionistas. Los participacionistas son los dirigentes, acusados por los abstencionistas de “paleros”; quieren, pues, quitarse el epíteto de “paleros”, diciendo; ¡no somos “paleros”; fíjense cómo atacamos al gobierno! ¿Es lícito políticamente que un partido adopte banderas o postulados nacionales, en razón exclusiva de sus luchas internas? No lo admitimos. Nosotros tenemos problemas internos pero los resolvemos adentro del partido y nunca intentamos endosárselos a la nación. ¿Es posible que pueda un partido aspirar a gobernar a un país, cuando no puede resolver sus divisiones internas, sus conflictos dentro del propio partido, cuando no puede autogobernarse? Por supuesto que no. La mayor irresponsabilidad de un dirigente político es pasarle a la nación las divisiones internas de su partido.

Un partido político, esté en el gobierno o en la oposición, forma parte del poder legal. Un partido o es institucional o no es partido. Un partido está integrado en un sistema constitucional; por consiguiente, de romperse el orden constitucional, se acaban los partidos previstos y establecidos dentro de ese orden. Un partido en la oposición aspira al poder íntegro, al gobierno, no a los fragmentos de un gobierno destruido, deteriorado. No es concebible que a través de latiguillos, que a través de enconar viejas o nuevas heridas, se trate de deteriorar el poder político, se trate de desmedrar el poder que se dice se pretende obtener. Se va contra la naturaleza y esencia de un partido político en un régimen constitucional.

La incongruencia como sistema del PAN

Su acción no es la acción positiva que deben emprender los partidos políticos, de buscar adhesiones; es recoger y ensamblar inconformidades...

El Partido Acción Nacional intenta coleccionar todas estas inconformidades, por pequeñas que sean, y al hacerlo presenta no un programa sino una lista de quejas contradictorias, de incongruencias, de parches multicolores, es decir, retacería pura. La técnica es muy sencilla y tan repetida que en nuestros días resulta infantil: prometer todo a todos, apoyar a todos, buscar que todos estén contentos a base de promesas; al cabo son promesas cuyo cumplimiento nunca se va a exigir.

Dicen que el país está en un hoyo, en un callejón sin salida, y esto lo dicen desde hace muchos años; pero no dicen cómo salir del hipotético hoyo.

Ser más revolucionarios que la revolución, ser revolucionarios sólo en el lenguaje, ser campeones con las frases y las palabras, aprovecharse de que la oposición es muy cómoda, pues se pude uno comprometer, sin riesgo de que le exijan el cumplimiento de las promesas. Ni frases retumbantes, ni estridencias verbales convierten a alguien en revolucionario.

Golpear juntos

En cuanto a los otros dos partidos, que dicen apoyar en lo esencial nuestro programa, aunque diferir en orígenes, en vías, en métodos y en el tiempo de realización de ciertos objetivos, no tenemos inconveniente en que nos apoyen en ciertos puntos; pero siempre insistiremos en que somos distintos, en que coincidimos en algo, pero diferimos en mucho; nunca olvidaremos los distintos intereses que perseguimos, los distintos caminos que transitamos y nunca, como es natural, los veremos con la confianza que vemos a los miembros de nuestro partido.

En lo que toca a los principios, nunca cederemos; en lo que toca a los candidatos, no nos prestaremos a acomodos ajenos a la voluntad del pueblo. Al respecto, seguimos rigiéndonos por un consejo de quien algo sabía de alianzas circunstanciales (Lenin): golpear juntos y marchar separados; no ocultar la diversidad de intereses; vigilar al aliado lo mismo que al enemigo.

La situación que priva en el cuadro de los partidos políticos y las características muy especiales de nuestro desarrollo económico y evolución política, hacen que en el país operen grupos de presión bajo distintos y aun contradictorios signos ideológicos. No se trata de asociaciones que defiendan intereses profesionales o de otro género, sino de grupos que influyen o tratan de influir en la opinión pública, que actúan con tendencias contradictorias, al margen de la vida política nacional y de las responsabilidades que ésta implica.

Tenemos, en primer lugar, al llamado Partido Comunista Mexicano, guiado por un esquema teórico, reducido y ajeno al tiempo, conducido por un pequeño catecismo al cual debe sujetarse la vida de la sociedad, poseedor de unos cuantos dogmas elementales e infalibles, riñendo con otros grupos que dicen seguir su misma ideología, que trata de compensar su falta de miembros con acciones peligrosamente diversionistas, resarciéndose de la carencia de número con la actividad premeditada hacia la perturbación. Parece caer en la vieja táctica de que lo mejor para sus fines es que al país le ocurra lo peor, pues así se precipitaría la realización inexorable y catastrófica de sus propósitos. Objetivamente, su actuación se traduce en permanente provocación. Sin recuento alguno de fuerzas, sin consideración del cálculo de probabilidades, nutre el endurecimiento reaccionario de ciertos sectores, de ciertos grupos también de presión, de emblema inverso.

Unos manejan, como mero instrumento, a jóvenes que confunden la insurgencia juvenil con la provocadora incitación a la violencia. Frente a los intransigentes de la elemental izquierda están los intransigentes de la primitiva derecha. Para unos y otros la negociación es pecado, la flexibilidad es falta de carácter, el entendimiento por encima de las diferencias es carencia de firmeza de convicciones. Ignorando que el compromiso es indispensable para la convivencia pacífica en una sociedad ideológicamente plural y formada por muchos y antitéticos intereses, erigen la intolerancia en bandera y desatan negativos enfrentamientos.

A pretexto de defender el derecho positivo se cae en la violencia; ésta va contra el progreso revolucionario. La violencia, según su viejo apologista –Sorel-, descansa en una concepción pesimista, se alimenta de mitos y no de ideas e intereses. La violencia, en cuanto se enlaza con la protesta, es una “ideología de la muerte”, para usar el término de un nuevo apologista; Marcuse. Si todo es movimiento y nada las ideas, lo mismo se puede ser revolucionario, reaccionario o fascista; basta moverse, basta moverse sin tomarse la dificultad de pensar.

¿Para qué la violencia?

La violencia es degeneración del individualismo, es egocentrismo, es sobreestimación propia, es la exaltación solitaria, es embriaguez de pesimismo. En un violento siempre hay frustración; como no puedo hacer que el país vaya a donde quiero, que el país no vaya a ninguna parte o caiga en el abismo.

La insurgencia juvenil debe ser protesta cuando las leyes se violen, cuando se incurra en la violencia autoritaria; la insurgencia juvenil debe ser ejemplo de voluntad transformadora; la insurgencia juvenil en México no puede ser violencia. Con la verdadera insurgencia juvenil tenemos que estar, puesto que nacimos como nación bajo el signo de la insurgencia. Ante la violencia, nos preguntamos, ¿para qué? Si todo se puede cambiar sin la violencia, ¿para qué la violencia?

La política, la auténtica política, que es la que puede cambiar, transformar, modificar, hacer y deshacer, exige optimismo; sólo con optimismo y confianza se pude lograr que la vocación individual coincida con el quehacer colectivo, sólo la auténtica vocación política hace que se puedan sentir los intereses de una colectividad como intereses propios.

Exclusivamente la necedad, la falta de imaginación, un aventurerismo seudoromántico a los apetitos ilícitos, pueden emplear la vía violenta en México. Ampararse en la legalidad para actuar ilegalmente quebranta el régimen de derecho.

El acuerdo en lo fundamental, que, como señalamos, presupone y contiene el régimen de derechos, es útil a quienes creemos en el sistema mexicano, pero es más útil a quienes no creen en él, a quienes lo cambiarían por otro.

Y no ignoramos esa llamada ironía de la historia, que hace que los defensores de la legalidad corramos más riesgos dentro de la ley que aquellos que aspiran a cambiar al régimen. No ignoramos lo que un fundador del marxismo dijo: “Nosotros, los ‘revolucionarios’, los ‘elementos subversivos’, prosperamos mucho más con los medios legales que con los medios ilegales y la subversión. Los partidos del orden, como ellos se llaman, se van a pique con la legalidad creada por ellos mismos”. La idea y los términos son de Engels; con la idea estamos de acuerdo, con la terminología no...

Revolución en evolución revolucionaria

Vivimos en un orden establecido en constante cambio, cuyo sentido y significado es bien claro: estamos en una revolución en evolución revolucionaria. Que no se subestime lo que implícala evolución revolucionaria. Ella se traduce en hechos, en movimientos, en consolidaciones y avances, en estrategias y tácticas.

Hay países que tienen una tradición de pluralismo ideológico manifestada en pluripartidismo, que nosotros no tenemos, pues, habiendo pluralismo ideológico, nuestro pluripartidismo es débil y pobre.

En cambio, tenemos una tradición de evolución revolucionaria, de gobierno revolucionario por origen y definición, con altas y bajas, con flujos y reflujos, en el impulso e intensidad revolucionaria, que pocos países pueden vanagloriarse de tener. Poseemos una larga tradición de operar con directrices esencialmente revolucionarias, no obstante desviaciones y regresiones que combatimos.

Hoy el presidente Echeverría intenta reformar la sociedad en su conjunto, apoyándose en las ricas posibilidades, en las amplias perspectivas que ofrece el camino de la evolución revolucionaria mexicana. Con una revolución en evolución revolucionaria podemos llegar a donde queramos, respetando un requisito; la decisión de las mayorías; contando con una sola voluntad; la voluntad del pueblo.

El Comité Ejecutivo Nacional de nuestro partido ha decidido el tiempo de sus acciones, ha elaborado con serenidad, evaluando las realidades, un ritmo de trabajo trazado de conformidad con lo que en política siempre debe perseguirse; eficacia. Nos hemos sujetado a este calendario y ni los atrabancados de adentro o de afuera, ni los* quietistas de adentro o de afuera han logrado apartarnos de él. No debemos actuar ni antes ni después; debemos actuar en el momento oportuno. Estoy seguro de que en el futuro tampoco nos apartarán del paso exigido por nuestra Revolución en evolución revolucionaria.

La política es demasiado seria para que sus acciones sean determinadas por el temperamento y la emoción, al margen de la cabeza. Sin emplear la cabeza muchas cosas se pueden hacer, pero no política.

La fuerza de la política

Sin reservas mentales de ninguna especie, invitamos a confiar plenamente en la fuerza de la política para que no medre la política de la fuerza. La fuerza de la política, que es persuasión y no imposición, que es convencer y no vencer, que es demandarnos el deber de la convivencia antes de demandárselo a quienes no piensan como nosotros.

La fuerza de la política, que es respeto a la sociedad en que se vive y respeto a la dignidad moral de quienes la integran; que es, por sobre todas las cosas, un imperativo ético. La fuerza de la política, que para reinar requiere ser ejercida abiertamente, sin disimulo ni tapujos, con franqueza, con orgullo y sin vanidad, ser ejercida como una de las actividades más nobles y de más alta estirpe. La fuerza de la política, que impone atraer fuerzas ajenas y no intentar subordinarlas; sumar intereses, buscando denominadores comunes; adoptar más lo que une y acerca que lo que separa y divide; desechar el descontar fuerzas por exclusivismo, por encerrarse en lo propio, por creer que siempre se tiene la razón. La razón que actúa requiere una buena dosis de duda.

La fuerza de la política, que exige ver la acción política como misión, como empresa, en el verdadero sentido de la palabra, que es más, mucho más, que operación o negocio.

La fuerza de la política, que obliga a tener valor para contraer compromisos y valor para cumplirlos. Es más fácil ser dogmático que negociador, ser intolerante que tolerante; es más fácil dividir que juntar. Que el compromiso no asuste. La política está hecha de muchos compromisos, dado que es una actividad entre hombres y en la naturaleza del hombre está casi siempre el pensar de distinta manera.

La fuerza de la política, que aconseja respetar el derecho a la resistencia ante el acto injusto, pero también aconseja oponerse a la agresión al orden jurídico. La fuerza política, que exige limitarse o autolimitarse ante el derecho para algún día poder llegar a la justicia. La fuerza de la política, que es correr el riesgo de la legalidad, sabedores de que por ser el mejor camino para quienes piensan en forma opuesta a nosotros, es el mejor camino para quienes piensan como nosotros.

La fuerza de la política, que implica conciencia de que en ciertos momentos “la palabra es acto” y, por tanto, no se debe con la palabra ni provocar ni inhibirse de su empleo por temor.

La fuerza de la política, que para alcanzar plenitud necesita, a veces, la violencia para con las cosas y no puede emplear nunca la violencia para con los hombres.

Si sólo con la política se pude cambiar, transformar, hacer y deshacer, confiemos en la fuerza de la política. Si logramos que triunfe la fuerza de la política sobre la política de la fuerza, habremos conseguido una victoria para México.


Fuente: Revista “La República”, órgano del Partido Revolucionario Institucional. 1973.



1973 Discurso de Jesús Reyes Heroles en Querétaro en el Aniversario 44 del PRI

Marzo 4 de 1973

Hoy cumple nuestro Partido cuarenta y cuatro años de existencia. Aquí en este mismo lugar, se celebró la Convención Constitutiva del Partido Nacional Revolucionario, hecho que, como entonces se indicó, no debe considerarse como un acontecimiento político aislado, sino, por el contrario, como una nueva etapa en la vida de México en lo relativo a normas, procedimientos y formas de actuación política.

El movimiento social mexicano, con constantes en el proceso histórico de nuestro país, obtiene en 1929 una nueva forma de integración de las fuerzas revolucionarias. Se persigue con la fundación del Partido superar las contiendas interrevolucionarias, englobar o comprender en las actividades nacionales las actividades políticas municipales, sin que los grupos respectivos pierdan autonomía. Se pretende una vida política subordinada exclusivamente a los intereses nacionales, sin por ello descuidar los regionales o locales.

El PNR, gran unificador de grupos y tendencias

Los intentos para formar partidos nacionales, previos a la constitución del Partido Nacional Revolucionario, fracasaron, porque pretendieron servir intereses de grupos políticos claramente identificados, que intentaban mantenerse cerrados o porque ignoraban los intereses municipales y regionales, practicando una centralización política contraria a auténticos intereses nacionales.

El Partido Nacional Revolucionario nace unificando a los grupos y corrientes de la Revolución Mexicana y agrupando a los partidos políticos regionales y a los grupos revolucionarios municipales. Logra, de esta manera, un equilibrio difícil y delicado entre intereses sólo en apariencia antagónicos. Se propone luchar contra la pasividad ciudadana, que muchas veces contribuyó al surgimiento de caudillos, y busca en su vida institucional contribuir a que la vida nacional se encarrile, se oriente por la vía institucional.

Establecer denominadores comunes ideológicos que puedan aglutinar a las corrientes o fuerzas revolucionarias no era tarea fácil. Había que incluir las aspiraciones democráticas, respetar las tradiciones de verdadero liberalismo mexicano e incorporar las tendencias agrarias, de socialismo agrario, como se les llamaba, y las tendencias sociales que buscaban el mejoramiento de los trabajadores asalariados de la industria, quienes, a pesar de ser escasos, habían brindado aportaciones decisivas al movimiento revolucionario en su momento destructivo.

En 1929 se obtuvo el denominador común ideológico que comprendiera las diversas corrientes, que captara los distintos matices y que permitiera formar un partido nacional, contando con los intereses municipales, regionales y estatales. No debe, sin embargo, ignorarse que, independientemente del mérito de aquellos hombres, algunos de los cuales vemos aquí en estos momentos, llenos de vitalidad y de inquietud, luchadores como antaño, el denominador común fue posible gracias a la síntesis ideológica y normativa lograda por el Constituyente de Querétaro. La Constitución de 1917 recogió viejos afanes históricos mexicanos, inventarió y encontró soluciones para grandes necesidades sociales de nuestro pueblo, estableció garantías que hicieron posible el desenvolvimiento de las libertades espirituales y consignó nuestro nacionalismo revolucionario y los métodos para que este nacionalismo pudiera desarrollarse y fortalecerse. Finalmente, la Constitución determinó que el pueblo mexicano tuviera la última palabra a la hora de resolver.

Sin sacrificar su esencia, adaptarse a nuevas realidades

Merced a esta labor en materia de programa y de ideas, fue posible que el Partido Nacional Revolucionario surgiera como lo que entonces se quería: "Frente Único Nacional", para emplear el concepto de su primer presidente, expresión usada en México mucho antes de que surgieran términos similares en el exterior. Si algo caracterizó al Partido como frente único nacional fue la naturaleza de ser un frente amplio, con un solo requisito para pertenecer a él: creer en los grandes principios de la Revolución Mexicana, en sus directrices esenciales.

EI Partido, en su rica vida, ha sabido adaptarse a nuevas circunstancias, sin sacrificar su esencia, y encuadrar a nuevas fuerzas que han surgido como consecuencia del desarrollo del país.

El Partido ha contribuido decisivamente a la estabilidad política y a la paz social de la nación, ha aprovechado la estabilidad política para ir cambiando hí realidad conforme lo exigen las metas perseguidas y lo permite la correlación de fuerzas internas y externas. El pueblo de México, organizado en sus grandes mayorías a través de nuestro Partido, ha modificado y continúa modificando, la correlación de fuerzas para el avance dentro de la paz y la estabilidad.

El Partido ha podido continuar en el acierto y rectificar en el error, y en otras ocasiones, al igual que hoy, ha corregido deformaciones y reencauzado sus pasos para superar desviaciones. Y que esto no nos intimide: en un proceso revolucionario siempre se presentan deformaciones y desviaciones, y la capacidad revolucionaria se demuestra cuando se reconocen y se pueden corregir.

Sin alterar los principios y enriqueciendo con la experiencia el pensamiento, ampliando la experiencia con el pensamiento, el Partido logra su actualización casi permanentemente. Evita la espontaneidad productora del desorden y evita la rigidez, en que los pocos se imponen a los muchos, en que, a nombre de la disciplina, se asfixian sanas inquietudes.

Acumulando experiencias y cambiando las correlaciones de fuerzas existentes, propiciando otras más favorables, simultáneamente ha proseguido su labor de analizar la realidad y formar una coherente interpretación del momento mexicano así como de sus futuras posibles proyecciones.

Se ha obtenido, así, la subordinación de todos los integrantes al todo del Partido y la subordinación del Partido al todo nacional. Hoy el Partido debe luchar, y las bases ya están luchando, contra excrecencias adulteradoras de la naturaleza misma dé lo que debe ser el partido revolucionario de los mexicanos. Algunas de ellas, haciendo verdadera autocrítica, que es la crítica de sí mismo, vamos a señalar.

Autocritica para sanear y fortalecer al partido

Hay algunos compañeros que, en lugar de atraer, de sumar, restan, excluyen, cayendo en un chocante exclusivismo partidista. Tal conducta debe ser eliminada, pues va contra la necesidad que nuestro Partido tiene de ser un frente nacional revolucionario amplio.

Cierto pragmatismo es necesario en cualquier partido político, en cualquier acción revolucionaria; pero un pragmatismo tan práctico, valga el pleonasmo, que sólo busque lo fácil, lo que no engendre resistencias, que aspire a conformar a 'todos sin satisfacer a nadie, sé convierte en un simple y puro oportunismo. Todo partido requiere de idealismo, de tener ciertos grandes objetivos; pero si ignora la realidad, si quiere encajar los hechos en las ideas que profesa, a más de caer en un trivial esquematismo, incurre en un pecado político imperdonable: el del dogmatismo.

Si el pragmatismo se impone sobre toda preocupación ideológica, se cae en el oportunismo; si el idealismo se impone sobre toda preocupación práctica, se puede arribar al dogmatismo.

Otra de nuestras enfermedades, que no sólo hay que diagnosticar, sino curar, es el "seguidismo": cuando alguien apunta en política, seguirlo, rodearlo, suplantar los principios e idolatrar, temporalmente -muy temporalmente por cierto-, a las personas de éxito político. El seguidismo es fruto y estímulo del oportunismo.

Debemos mantenemos al margen del sectarismo frío, dogmático e intransigente y del oportunismo acomodaticio y dispuesto a todo con tal de ganar. En tanto estemos más allá del dogmatismo y no nos deslicemos hacia el oportunismo, podremos seguir contando con principios válidos y con la indispensable flexibilidad para entender nuevas situaciones y para buscar nuevas soluciones a los problemas..

Todavía hay compañeros que practican o tratan de practicar, el nepotismo. Algunos piensan sinceramente que sólo sus parientes son capaces de desempeñar ciertas funciones y los designan. Quienes sinceramente lo creen tienen un círculo de acción muy reducido y un mirador muy estrecho. No es que no haya hombres, es que no ven más allá del minúsculo círculo familiar.

Otros, en cambio, simulan creer en ello, creer en la insustituibilidad de los parientes. Si los primeros son miopes, los segundos carecen de normas ideológicas y de normas de conducta, e incurren en deslealtad a los principios.

Lindando con el nepotismo se encuentra el "cuatismo" o "amiguismo". Son los que para todas las funciones piensan en los amigos, en los "cuates", que en algunos casos resultan cómplices. Este es un círculo apenas un poco menos estrecho que aquel en que se desenvuelven los que intentan practicar el nepotismo y resulta, casi igualmente negativo. En lugar de atraer amigos en el ejercicio de la política, se quiere que los amigos, tengan o no tengan vocación para ello, practiquen la política, se dediquen a esta actividad que exige vocación, preparación y dedicación. Cuando la amistad es el vínculo, se llama "cuatismo", cuando la complicidad es lo que une, estamos frente a las camarillas, es el "camarillismo". El "camarillisrno" cae en la esfera del derecho penal y esto no debe olvidarse.

Los trepadores, arribistas y oportunistas...

Tenemos compañeros que practican lo que ellos creen es política, simple y sencillamente para satisfacer apetitos menores: riqueza, fama, o lo que erróneamente, consideran prestigio, como si el prestigio se obtuviera de inmediato en una actividad expuesta, corno pocas, a la difamación y a la calumnia. Quienes pertenecen a esta categoría, cuando tienen un puesto de elección popular o de designación, hablan de haber llegado, ¡Corno si en el ejercicio de esta actividad, de la actividad política, se pudiera llegar a solazarse de haber ascendido al punto más alto de la montaña! En política nunca se llega: se sirve a la colectividad o no se sirve. Se sirve en primera línea, en segunda o en tercera, o se puede estar en cualquiera de estas líneas y no servir y, por consiguiente, no ser político. Los que creen que en política se llega, cuando consideran que han llegado, se regodean con los gajes y quieren los fletes sin la carga.

Estos compañeros trepadores y arribistas ejercen en grado sumo el "influyentismo": para lo que ellos llaman llegar necesitan influencia y para tener influencia necesitan colocar "cuates", amigos o subordinados, para así -piensan ellos- realizar el "Yo te asciendo para que tú me sirvas en mi ascenso; te apoyo para que tú me apoyes".

No es raro que muchos de estos compañeros no lleguen, usando su palabra, precisamente porque, en lugar de sumar voluntades y capacidades a la causa, incluso a la causa de ellos, las restan y, rodeados de incondicionales ineptos, tienen que hacer constantemente de "pilmamas", suplir la ineficacia de los incondicionales colocados en situaciones clave, cosa materialmente imposible, ya que el auténtico trabajo político es de equipo y el equipo se integra por capacidades o por representatividad.

Y en esta enumeración, simplemente ejemplificativa, no pueden faltar los que para ascender de buena fe, con afán de servicio o como simples trepadores, caen en el pecado de la barata retórica: el lenguaje loresco, la repetición más que la reiteración y, más de palabras que de ideas, la insistencia en conceptos expresados por otros y tomados como simples recetas; esgrimir razones sin razón, decir palabras sin sentido; la demagogia de pintar todo de color de rosa o de exagerar los males, claro, antes de asumir las responsabilidades, para culpar a los anteriores; asustar innecesariamente en busca de un aplauso; alabar y echar incienso. En este camino la lengua indisciplinada acaba por imponerse, por situarse encima de la mano que puede construir. Con el decir se quiere suplir el hacer, con el mal discurrir, la acción.

Junto a ellos, los sabihondos, es decir, aquellos que, pretendiendo deslumbrar, emplean un lenguaje esotérico, buscan "apantallar" y no persuadir, cuando en la política lo importante es convencer, persuadir, no impresionar, lo difícil es aprender el lenguaje de un pueblo y no la terminología de malos textos.

Frente a los sabihondos tenemos a los demasiado prácticos, aquellos que, refiriéndose a los que despectivamente llaman intelectuales, dicen. “Son los que leen pero no ven". Ellos, en cambio, afirman que ven aunque no lean, y se les olvida que no nada mas no leen, sino que a veces no piensan; son los ignorantes envanecidos de su empírica ignorancia, que difícilmente se salvan del oportunismo. Se acompañan de alguien que les "'ideologice" a posteriori su propia acción, por incongruente que sea. Creen que el éxito, por superficial que sea, lleva en sí su propia justificación; son los que con un dejo de cinismo nos dicen: en política lo que no es posible es falso.

Diagnóstico y terapéutica, absolutamente indispensables

Cuando hablamos de las aportaciones indiscutibles de nuestro Partido, en sus 44 años de existencia a la estabilidad y evolución política del país, no pecamos de envanecimiento o autocomplacencia. Tratamos, simple y sencillamente, de subrayar lo que sólo quienes no quieren ver niegan. Es un reconocimiento para los dirigentes y, sobre todo, para aquellos militantes que con su acción han hecho posible la permanencia y el mejoramiento del Partido.

Cuando hemos hecho la crítica de algunas situaciones, de algunas tendencias... que debemos combatir y eliminar, no pecamos de pesimismo, únicamente reconocemos algunas de nuestras enfermedades, que, haciendo un esfuerzo, estamos seguros de poder curar. Lo hacemos con optimismo, pues el Partido ha hecho mucho y sigue haciendo mucho por la evolución política del país, y precisamente para que haga más es necesario el diagnóstico de nuestros males y la adecuada terapéutica para curarlos. Si tuviéramos dudas sobre la posibilidad del mejoramiento de nuestro Partido, si tuviéramos dudas sobre sus aportaciones al presente de México y sus posibles aportaciones al futuro de México, no haríamos esta, que sí es verdadera autocrítica. La confianza en el presente y el futuro del Partido es la base de esta sana autocrítica.

Un partido que tiene la capacidad para reconocer sus males, al hacerlo, da pasos muy importantes para su remedio, para su eliminación. Nuestro Partido ha padecido en el pasado otras enfermedades que hoy ya no tiene, en virtud de la acción de los que nos antecedieron en la militancia política. Hoy, con su mismo espíritu, debemos enfrentarnos a corregir nuestras deficiencias. La nueva política en que creemos sólo estará a la altura de la vieja política, si lo logramos, y lograrlo es indispensable para que el país marche en la dirección deseada con paso firme y, empleando una expresión ajena, dándose prisa lentamente.

Discurso de Jesús Reyes Heroles "La fuerza de la Política" con motivo de la constitución del Movimiento Nacional de la Juventud Revolucionaria

Que triunfe la fuerza de la política sobre la política de la fuerza. Jesús Reyes Heroles.

Mayo de 1973

Hoy, aquí, en el plan de analizar las campañas de nuestros candidatos, para enriquecer a nuestro partido con sus experiencias y para remediar a tiempo sus problemas, debemos referirnos al papel que la oposición desempeña en los actuales momentos y examinar tendencias, incipientes algunas, embarnecidas otras, dirigidas a neutralizar los progresos revolucionarios o hacerlos imposibles, por predicar o auspiciar la violencia. Estas tendencias no sólo se reflejan en actitudes políticas: tienen una mayor extensión, aun cuando consideramos que no pasan de la superficie.

Hemos enfáticamente declarado que debemos combatir a quienes esgrimen ideas contrarias a las que profesamos, precisamente con ideas; hemos expresamente señalado la necesidad de respeto para nuestros adversarios. En alguna ocasión, grupos que integran nuestro partido objetaron esta posición inquebrantable de la dirección nacional, señalando que a la violencia de nuestros adversarios, así fuera verbal, habría que responder con la violencia. Y el Comité Ejecutivo Nacional reiteró la línea de respeto absoluto a nuestros adversarios ideológicos, agregando que era obligación del partido mayoritario de México responder a la violencia con la paciencia.

¿Se ha equivocado a este respecto el Comité Ejecutivo Nacional del Partido Revolucionario Institucional? No lo creo. A pesar de las acciones de nuestros adversarios, los seguiremos respetando, confiados no sólo en nuestra fuerza, sino también en el buen sentido del pueblo de México, que coloca, a la postre, a cada quien en su lugar y entiende las razones que nos conducen.

La historia nos ayuda

No estamos en contra de los disidentes, puesto que venimos de la disidencia, venimos y nos apoyamos en aquellos que apuntalaron su actuar en contra de un régimen opresor, de aquellos que en la disidencia, en la heterodoxia, encontraron su razón de ser.

Hace tiempo que en el país existe el pluralismo ideológico y el pluralismo de intereses, y no es nuevo el propósito de que puedan expresarse con efectividad las disidencias, las diferencias. Ya el fundador de nuestro partido lo manifestó en forma categórica, al señalar que algún día en la Cámara de Diputados de México tendrían representación aquellos cuyo pensamiento no coincidía con el de la Revolución. Y esto es hoy una realidad. La conciencia que la Revolución Mexicana tiene de su propia fuerza la obliga a buscar en las diferencias ideas que la enriquezcan o ideas que la ayuden a efectuar una fecunda autocrítica.

En los momentos actuales, en que se ha logrado la concurrencia de quienes no piensan como nosotros, a través de un benévolo sistema electoral, que siempre pensamos formulado como un germen de lo que debía haber y no como un ideal deber ser, tal como hoy parecen demostrar con su actuación quienes en este sistema se amparan, hay que reiterar que queremos ir más allá de lo que sólo fue punto de partida, que queremos realmente más y mejor democracia en la vida política mexicana; que una mejor democracia exige, a la par, el mejoramiento interno del partido mayoritario y el mejoramiento de la oposición. No todo depende de nosotros; algo también depende de la oposición para mejorar la vida democrática de México.

Nos falta la oposición

Reiteramos que el país requiere de una sana oposición. Necesitamos que quienes piensan distinto a nosotros participen en la vida política nacional. Y ahora nos preguntamos: ¿es el camino para convertirse en verdadera, en real oposición, la violencia verbal, sustituía de la fuerza real? Tal parece que el Partido Acción Nacional, experto en malabarismos ideológicos a lo largo de su historia, hoy intenta dar el salto mortal, intenta convertir, así sea de palabra, en lo único seguro para el país, la inseguridad. En tanto nosotros tratamos de ejercer, a veces en exceso, la autocrítica, el Partido de Acción Nacional, sin rubor, ejerce la anticritica...

Admitimos con gusto que en México hay pluralidad de ideas e intereses y que sería deseable que esta pluralidad de ideas e intereses se tradujera en pluripartidismo. Pero el pluri o bipartidismo supone alternativas. ¿Hay, acaso, alternativa en nuestro país? Si el Partido Acción Nacional en lugar de malabarismos, en lugar de líneas superpuestas, hubiera seguido una línea, tendría en nuestros días el apoyo sincero de los conservadores que todavía existen; pero la línea del conservadurismo original fue desechada y hoy la bandera es la incongruencia oportunista.

El pensamiento del PAN en el transcurso del tiempo no representa una línea que se amplía, sino una serie de líneas que se contraponen. Sólo el oportunismo dicta las ideas y comportamientos. Oportunismo más oportunismo, oportunismo sobre oportunismo se llama ultraoportunismo.

Un partido político que se concreta a realizar el inventario de los problemas, que trata de capitalizar las naturales inconformidades parciales y que no presenta un proyecto de gobierno, que no brinda soluciones a los problemas, que se conforma con unos cuantos sobados latiguillos, ni es una opción para el electorado ni podrá serlo, en tanto siga siendo lo que es, en tanto siga en las mismas actitudes y en tanto emplee los mismos procedimientos.

El acuerdo en lo fundamental

Hace unos cuantos años, un dirigente de Acción Nacional, Adolfo Christlieb, decía que su partido convenía en que la nación estaba por encima de cualquier partido político o corriente ideológica, y textualmente afirmaba: “Acción Nacional, como partido político, contribuye a gobernar desde la oposición. Actúa y actuará buscando siempre la concordia entre mexicanos. Pero la concordia no resulta de la unificación de las opiniones, sino de la unión de las voluntades, y se da como sus mismas raíces lo expresan, en cuanto las voluntades de diversos corazones convienen en lo mismo.

Y nosotros, estamos aquí buscando convenir en México”. Al hacerlo, seguía el camino trazado por Manuel Gómez Morín, cuando dijo; “El deber mínimo es el de encontrar, por graves que sean las diferencias que nos separen, un campo común de acción y de pensamiento, y el de llegar a él con honestidad, que es siempre virtud esencial y ahora la más necesaria en México”.

Unas y otras son palabras cargadas de razón, puesto que entrañan una coincidencia en lo que puede ser la base para la evolución política de México. Es aquella que en el siglo pasado se trató de alcanzar; la coincidencia en lo fundamental, obtener ciertas cosas en que coincidieran todos los mexicanos, independientemente de su credo religioso, de sus intereses de grupo o personales; adoptar aquello que permitiera colocar a la nación por encima de intereses y modos de pensar, aquello que permitiera que la nación no estuviera expuesta a perecer por ideologías, credos o intereses. En nuestro tiempo a esto lo llamamos el acuerdo en lo fundamental, apoyo de cualquier posible democracia, y para lograrlo nos conformamos con que se cumpla con ese “deber mínimo”; nos conformamos con la concordia, que es convenio entre quienes contiende, entre quienes luchan entre sí.

¿Y qué debe ser el acuerdo en lo fundamental en México? En los momentos que vivimos las fuerzas revolucionarias de México, consolidados ciertos avances, seguras de su apoyo popular, están empeñadas en lograr la convivencia pacífica de todos los mexicanos, están empeñadas en lograr que las ideas se ventilen libremente, que cada hombre piense lo que quiera y diga lo que piense, que se aireen los problemas, que se discutan sin cortapisas, que sean las mayorías las que decidan el destino nacional, que cada vez el pueblo participe en mayor proporción en las decisiones políticas...

Creemos en un acuerdo en lo fundamental que no sea coraza exclusiva de una ideología, que sea coraza de la nación, que sea el instrumento para la resolución pacífica de los inevitables conflictos.

Del acuerdo en lo fundamental, que desearíamos que fuera, como hablan los ideólogos del siglo pasado, coincidencia en lo fundamental, pero que nos conformamos con que sea acuerdo en lo fundamental, sólo deriva un compromiso para todos los partidos políticos, y me atrevo a decir que para todos los mexicanos, un solo compromiso que, por su propia naturaleza, excluye las componendas: el compromiso de sujetarnos todos a las decisiones de las mayorías; el compromiso de reformar la constitución, si así se quiere, dentro de los procedimientos que el propio texto establece para su reforma; el compromiso de aspirar, si se desea, a cambiar nuestro régimen, siempre y cuando se intente hacerlo en la paz y por decisión de las mayorías; el compromiso de estar en contra de la violencia.

¿Es mucho pedir? Si superamos la contienda de origen religioso y obtuvimos que el mexicano pueda convivir pacíficamente, independientemente de su credo religioso, ¿es mucho ambicionar el que los mexicanos podamos vivir pacíficamente, sea cual fuere nuestro modo de pensar político? ¿Qué, acaso, no se desborda la incontenible conciencia más en lo religioso que en lo político? Creo que lo que hemos conseguido en el curso de nuestra historia es mucho más de lo que ahora aspiramos a conseguir.

Y que no se nos malinterprete. El acuerdo en lo fundamental no excluye la diferencia en lo esencial. Se puede, dentro de él y respetándolo, aspirar a un régimen totalmente distinto a aquel en que se vive, siempre y cuando se respete un compromiso básico: sólo emplear para lograrlo los medios legales permitidos, recurrir a un solo método, obtener las mayorías populares.

¿Estaremos equivocados? ¿Acaso no existe un acuerdo en lo fundamental? ¿Acaso somos banderías y no una nación? ¿Acaso somos facciones y no un pueblo? No lo creo. México arribó a la mayoría de edad. Los mexicanos, reafirmo, estamos de acuerdo en lo fundamental; queremos una nación independiente, libertades y progresar en un régimen pluralista, imbuido de justicia social.

La base de esta política de libertades, de discusiones, de decisiones mayoritarias, es la creencia de que los mexicanos ya hemos superado el México propicio a la sangre.

Programa de retacería

Los dirigentes del Partido de Acción Nacional, más que ganar elecciones, tratan de combatir las sospechas que en el interior de su partido hay sobre su propia conducta. Quieren eliminar estas sospechas. Se dividieron en abstencionistas y participacionistas. Los participacionistas son los dirigentes, acusados por los abstencionistas de “paleros”; quieren, pues, quitarse el epíteto de “paleros”, diciendo; ¡no somos “paleros”; fíjense cómo atacamos al gobierno! ¿Es lícito políticamente que un partido adopte banderas o postulados nacionales, en razón exclusiva de sus luchas internas? No lo admitimos. Nosotros tenemos problemas internos pero los resolvemos adentro del partido y nunca intentamos endosárselos a la nación. ¿Es posible que pueda un partido aspirar a gobernar a un país, cuando no puede resolver sus divisiones internas, sus conflictos dentro del propio partido, cuando no puede autogobernarse? Por supuesto que no. La mayor irresponsabilidad de un dirigente político es pasarle a la nación las divisiones internas de su partido.

Un partido político, esté en el gobierno o en la oposición, forma parte del poder legal. Un partido o es institucional o no es partido. Un partido está integrado en un sistema constitucional; por consiguiente, de romperse el orden constitucional, se acaban los partidos previstos y establecidos dentro de ese orden. Un partido en la oposición aspira al poder íntegro, al gobierno, no a los fragmentos de un gobierno destruido, deteriorado. No es concebible que a través de latiguillos, que a través de enconar viejas o nuevas heridas, se trate de deteriorar el poder político, se trate de desmedrar el poder que se dice se pretende obtener. Se va contra la naturaleza y esencia de un partido político en un régimen constitucional.

La incongruencia como sistema del PAN

Su acción no es la acción positiva que deben emprender los partidos políticos, de buscar adhesiones; es recoger y ensamblar inconformidades...

El Partido Acción Nacional intenta coleccionar todas estas inconformidades, por pequeñas que sean, y al hacerlo presenta no un programa sino una lista de quejas contradictorias, de incongruencias, de parches multicolores, es decir, retacería pura. La técnica es muy sencilla y tan repetida que en nuestros días resulta infantil: prometer todo a todos, apoyar a todos, buscar que todos estén contentos a base de promesas; al cabo son promesas cuyo cumplimiento nunca se va a exigir.

Dicen que el país está en un hoyo, en un callejón sin salida, y esto lo dicen desde hace muchos años; pero no dicen cómo salir del hipotético hoyo.

Ser más revolucionarios que la revolución, ser revolucionarios sólo en el lenguaje, ser campeones con las frases y las palabras, aprovecharse de que la oposición es muy cómoda, pues se pude uno comprometer, sin riesgo de que le exijan el cumplimiento de las promesas. Ni frases retumbantes, ni estridencias verbales convierten a alguien en revolucionario.

Golpear juntos

En cuanto a los otros dos partidos, que dicen apoyar en lo esencial nuestro programa, aunque diferir en orígenes, en vías, en métodos y en el tiempo de realización de ciertos objetivos, no tenemos inconveniente en que nos apoyen en ciertos puntos; pero siempre insistiremos en que somos distintos, en que coincidimos en algo, pero diferimos en mucho; nunca olvidaremos los distintos intereses que perseguimos, los distintos caminos que transitamos y nunca, como es natural, los veremos con la confianza que vemos a los miembros de nuestro partido.

En lo que toca a los principios, nunca cederemos; en lo que toca a los candidatos, no nos prestaremos a acomodos ajenos a la voluntad del pueblo. Al respecto, seguimos rigiéndonos por un consejo de quien algo sabía de alianzas circunstanciales (Lenin): golpear juntos y marchar separados; no ocultar la diversidad de intereses; vigilar al aliado lo mismo que al enemigo.

La situación que priva en el cuadro de los partidos políticos y las características muy especiales de nuestro desarrollo económico y evolución política, hacen que en el país operen grupos de presión bajo distintos y aun contradictorios signos ideológicos. No se trata de asociaciones que defiendan intereses profesionales o de otro género, sino de grupos que influyen o tratan de influir en la opinión pública, que actúan con tendencias contradictorias, al margen de la vida política nacional y de las responsabilidades que ésta implica.

Tenemos, en primer lugar, al llamado Partido Comunista Mexicano, guiado por un esquema teórico, reducido y ajeno al tiempo, conducido por un pequeño catecismo al cual debe sujetarse la vida de la sociedad, poseedor de unos cuantos dogmas elementales e infalibles, riñendo con otros grupos que dicen seguir su misma ideología, que trata de compensar su falta de miembros con acciones peligrosamente diversionistas, resarciéndose de la carencia de número con la actividad premeditada hacia la perturbación. Parece caer en la vieja táctica de que lo mejor para sus fines es que al país le ocurra lo peor, pues así se precipitaría la realización inexorable y catastrófica de sus propósitos. Objetivamente, su actuación se traduce en permanente provocación. Sin recuento alguno de fuerzas, sin consideración del cálculo de probabilidades, nutre el endurecimiento reaccionario de ciertos sectores, de ciertos grupos también de presión, de emblema inverso.

Unos manejan, como mero instrumento, a jóvenes que confunden la insurgencia juvenil con la provocadora incitación a la violencia. Frente a los intransigentes de la elemental izquierda están los intransigentes de la primitiva derecha. Para unos y otros la negociación es pecado, la flexibilidad es falta de carácter, el entendimiento por encima de las diferencias es carencia de firmeza de convicciones. Ignorando que el compromiso es indispensable para la convivencia pacífica en una sociedad ideológicamente plural y formada por muchos y antitéticos intereses, erigen la intolerancia en bandera y desatan negativos enfrentamientos.

A pretexto de defender el derecho positivo se cae en la violencia; ésta va contra el progreso revolucionario. La violencia, según su viejo apologista –Sorel-, descansa en una concepción pesimista, se alimenta de mitos y no de ideas e intereses. La violencia, en cuanto se enlaza con la protesta, es una “ideología de la muerte”, para usar el término de un nuevo apologista; Marcuse. Si todo es movimiento y nada las ideas, lo mismo se puede ser revolucionario, reaccionario o fascista; basta moverse, basta moverse sin tomarse la dificultad de pensar.

¿Para qué la violencia?

La violencia es degeneración del individualismo, es egocentrismo, es sobreestimación propia, es la exaltación solitaria, es embriaguez de pesimismo. En un violento siempre hay frustración; como no puedo hacer que el país vaya a donde quiero, que el país no vaya a ninguna parte o caiga en el abismo.

La insurgencia juvenil debe ser protesta cuando las leyes se violen, cuando se incurra en la violencia autoritaria; la insurgencia juvenil debe ser ejemplo de voluntad transformadora; la insurgencia juvenil en México no puede ser violencia. Con la verdadera insurgencia juvenil tenemos que estar, puesto que nacimos como nación bajo el signo de la insurgencia. Ante la violencia, nos preguntamos, ¿para qué? Si todo se puede cambiar sin la violencia, ¿para qué la violencia?

La política, la auténtica política, que es la que puede cambiar, transformar, modificar, hacer y deshacer, exige optimismo; sólo con optimismo y confianza se pude lograr que la vocación individual coincida con el quehacer colectivo, sólo la auténtica vocación política hace que se puedan sentir los intereses de una colectividad como intereses propios.

Exclusivamente la necedad, la falta de imaginación, un aventurerismo seudoromántico a los apetitos ilícitos, pueden emplear la vía violenta en México. Ampararse en la legalidad para actuar ilegalmente quebranta el régimen de derecho.

El acuerdo en lo fundamental, que, como señalamos, presupone y contiene el régimen de derechos, es útil a quienes creemos en el sistema mexicano, pero es más útil a quienes no creen en él, a quienes lo cambiarían por otro.

Y no ignoramos esa llamada ironía de la historia, que hace que los defensores de la legalidad corramos más riesgos dentro de la ley que aquellos que aspiran a cambiar al régimen. No ignoramos lo que un fundador del marxismo dijo: “Nosotros, los ‘revolucionarios’, los ‘elementos subversivos’, prosperamos mucho más con los medios legales que con los medios ilegales y la subversión. Los partidos del orden, como ellos se llaman, se van a pique con la legalidad creada por ellos mismos”. La idea y los términos son de Engels; con la idea estamos de acuerdo, con la terminología no...

Revolución en evolución revolucionaria

Vivimos en un orden establecido en constante cambio, cuyo sentido y significado es bien claro: estamos en una revolución en evolución revolucionaria. Que no se subestime lo que implícala evolución revolucionaria. Ella se traduce en hechos, en movimientos, en consolidaciones y avances, en estrategias y tácticas.

Hay países que tienen una tradición de pluralismo ideológico manifestada en pluripartidismo, que nosotros no tenemos, pues, habiendo pluralismo ideológico, nuestro pluripartidismo es débil y pobre.

En cambio, tenemos una tradición de evolución revolucionaria, de gobierno revolucionario por origen y definición, con altas y bajas, con flujos y reflujos, en el impulso e intensidad revolucionaria, que pocos países pueden vanagloriarse de tener. Poseemos una larga tradición de operar con directrices esencialmente revolucionarias, no obstante desviaciones y regresiones que combatimos.

Hoy el presidente Echeverría intenta reformar la sociedad en su conjunto, apoyándose en las ricas posibilidades, en las amplias perspectivas que ofrece el camino de la evolución revolucionaria mexicana. Con una revolución en evolución revolucionaria podemos llegar a donde queramos, respetando un requisito; la decisión de las mayorías; contando con una sola voluntad; la voluntad del pueblo.

El Comité Ejecutivo Nacional de nuestro partido ha decidido el tiempo de sus acciones, ha elaborado con serenidad, evaluando las realidades, un ritmo de trabajo trazado de conformidad con lo que en política siempre debe perseguirse; eficacia. Nos hemos sujetado a este calendario y ni los atrabancados de adentro o de afuera, ni los* quietistas de adentro o de afuera han logrado apartarnos de él. No debemos actuar ni antes ni después; debemos actuar en el momento oportuno. Estoy seguro de que en el futuro tampoco nos apartarán del paso exigido por nuestra Revolución en evolución revolucionaria.

La política es demasiado seria para que sus acciones sean determinadas por el temperamento y la emoción, al margen de la cabeza. Sin emplear la cabeza muchas cosas se pueden hacer, pero no política.

La fuerza de la política

Sin reservas mentales de ninguna especie, invitamos a confiar plenamente en la fuerza de la política para que no medre la política de la fuerza. La fuerza de la política, que es persuasión y no imposición, que es convencer y no vencer, que es demandarnos el deber de la convivencia antes de demandárselo a quienes no piensan como nosotros.

La fuerza de la política, que es respeto a la sociedad en que se vive y respeto a la dignidad moral de quienes la integran; que es, por sobre todas las cosas, un imperativo ético. La fuerza de la política, que para reinar requiere ser ejercida abiertamente, sin disimulo ni tapujos, con franqueza, con orgullo y sin vanidad, ser ejercida como una de las actividades más nobles y de más alta estirpe. La fuerza de la política, que impone atraer fuerzas ajenas y no intentar subordinarlas; sumar intereses, buscando denominadores comunes; adoptar más lo que une y acerca que lo que separa y divide; desechar el descontar fuerzas por exclusivismo, por encerrarse en lo propio, por creer que siempre se tiene la razón. La razón que actúa requiere una buena dosis de duda.

La fuerza de la política, que exige ver la acción política como misión, como empresa, en el verdadero sentido de la palabra, que es más, mucho más, que operación o negocio.

La fuerza de la política, que obliga a tener valor para contraer compromisos y valor para cumplirlos. Es más fácil ser dogmático que negociador, ser intolerante que tolerante; es más fácil dividir que juntar. Que el compromiso no asuste. La política está hecha de muchos compromisos, dado que es una actividad entre hombres y en la naturaleza del hombre está casi siempre el pensar de distinta manera.

La fuerza de la política, que aconseja respetar el derecho a la resistencia ante el acto injusto, pero también aconseja oponerse a la agresión al orden jurídico. La fuerza política, que exige limitarse o autolimitarse ante el derecho para algún día poder llegar a la justicia. La fuerza de la política, que es correr el riesgo de la legalidad, sabedores de que por ser el mejor camino para quienes piensan en forma opuesta a nosotros, es el mejor camino para quienes piensan como nosotros.

La fuerza de la política, que implica conciencia de que en ciertos momentos “la palabra es acto” y, por tanto, no se debe con la palabra ni provocar ni inhibirse de su empleo por temor.

La fuerza de la política, que para alcanzar plenitud necesita, a veces, la violencia para con las cosas y no puede emplear nunca la violencia para con los hombres.

Si sólo con la política se pude cambiar, transformar, hacer y deshacer, confiemos en la fuerza de la política. Si logramos que triunfe la fuerza de la política sobre la política de la fuerza, habremos conseguido una victoria para México.


Fuente: Revista “La República”, órgano del Partido Revolucionario Institucional. 1973.

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