/ lunes 15 de abril de 2019

París: la Señora que arde

Minuto a minuto, la tarde que ardieron más de 800 años de la historia de Europa: el incendio que devastó Notre Dame



18:00 Estoy en la librería Gibert Jaune, sobre la calle Saint Michel, en el barrio latino de Paris. Busco un libro en pequeño formato de Tin-Tin, mi personaje favorito de dibujos animados. Sin querer me detengo en un libro de Víctor Hugo, El Jorobado de Nuestra Señora de Paris. Hace años que lo leo cada dos años. La historia de Quasimodo y Esmeralda siempre me ha fascinado. Sé que ese libro, escrito por Hugo en tres meses para poder pagar unas deudas, había estado en el origen del rescate de esa obra de arte gótico, hasta entonces descuidada y olvidada. Un libro que hizo posible que la iglesia, sus gárgolas, sus arcos, sus campanas fueran, como actores vivos, de una obra de teatro permanente. Es un pensamiento siempre recurrente cada vez que veo a la iglesia.

Salgo de la librería.

18:10 Me dirijo a tomar el tren para volver a casa. Dirijo mi vista a esa iglesia enorme siempre erguida e impasible que es parte de la historia y de la literatura francesa. La veo y me imagino a sus personajes. No puedo evitar hacerlo. Forma parte de mi imaginación. Está a esa hora erguida, blanca, rodeada de miradas, pero siempre con ese aire de soledad, como de fuera de este mundo que me siempre me ha provocado muchas emociones.

Foto: AFP

18:40 Llego a mi casa. Empiezo a quitarme mi chamarra y creo tener un poco de hambre. Bebo un vaso de agua. Me dispongo a leer, pero un poco fatigado, decido ver las noticias. Tomo mi teléfono y pongo una estación de televisión francesa y escucho sorprendido “Notre Dame se quema”, y veo las imágenes con enormes fumarolas saliendo de la iglesia que hacía unos momentos había dejado erguida, impasible, única. Eran las 18:55

Salgo de mi casa, tomo mi bicicleta para acercarme a Notre Dame…estoy a 23 minutos…pedaleo con fuerza para llegar pronto…paso por pequeñas calles, muchos automovilistas no comprenden mi prisa porque tal vez no han visto aun las noticias y la tragedia que está sucediéndose en Paris, en el mundo, en el arte, en la religión, en la memoria.

Me acerco por San Michel, paso a un lado del jardín de Luxemburgo y bajo a toda velocidad para llegar a ver a Notre Dame que entre humo y llamas parecía extinguirse.

No creo lo que mis ojos ven.

Foto: AFP

Esa gigante que hace algunos minutos estaba erguido parecía doblarse ante el fuego que la absorbía, la consumía, la agotaba.

Me detengo.

Siento una enorme tristeza.

Una impotencia enorme de no poder hacer nada y ver como si fuera el ser amado extinguirse, agotarse a punto del último suspiro.

La gran dama está herida…en ese momento no sé si de muerte o de esperanza.

Dicen que una iglesia que se quema antes de semana santa no es una buena señal.

No lo sé de cierto…pero veo a mi alrededor chinos, musulmanes, japoneses, americanos, europeos con la mirada de incredulidad ver quemarse a esa catedral hoy convertida en dama en fuego como si con ello quemara todos los pecados del mundo, una expiación obligada por los tiempos, una purificación necesaria.

Ahí veo a esa imagen que tanto admire, esa imagen que frecuentaba cada vez que podía, que conocía casi de memoria en casi cada rincón… pienso al verla agonizar que valieron la pena tantas horas de estar en su vientre que nunca sabré si será alguna vez el mismo.

El fuego seguía consumiendo a la gran obra de arte, que aun seguida erguida a pesar del dolor que provocaba en todos.

Nadie se podía acercar.

Foto: AFP

Los bomberos estaban en un trabajo intenso, agotador, duro. Había silencio seco, roto solo por las respiraciones de todos.

En la fuente de San Michel un grupo de jóvenes rezaba.

Otro acto de expiación o mejor de busca de una milagro…salvar a Nuestra Señora de Paris.

Al verla solo pensaba en la Virgen morena que estaba adentro y que cada doce de diciembre alguien le venía a cantar, a esos ocho siglos de vida, a ese símbolo de todas las religiones, a esas campanas que sonaban cuando Francia fue liberaba…si, Notre Dame está en el centro de la historia de los franceses.

Pasan las horas y el fuego empieza a ceder.

La incredulidad no cede.

Ya es noche. El trabajo de los bomberos ha sido heroico.

La fachada sigue erguida, la imagen de barco que se ve desde el sur ya no lo veremos más…al menos por un tiempo.

Foto: AFP

Las últimas cenizas caen de los techos ahora quemados.

Se anuncia la reconstrucción…tardar años, decenios tal vez.

Notre Dame ahora solo quedará en mi imaginación. Tal vez un dolor insoportable

Posiblemente ya nunca la volveré a ver…tal vez nunca más en esta vida…pero si y siempre en mi imaginación.



18:00 Estoy en la librería Gibert Jaune, sobre la calle Saint Michel, en el barrio latino de Paris. Busco un libro en pequeño formato de Tin-Tin, mi personaje favorito de dibujos animados. Sin querer me detengo en un libro de Víctor Hugo, El Jorobado de Nuestra Señora de Paris. Hace años que lo leo cada dos años. La historia de Quasimodo y Esmeralda siempre me ha fascinado. Sé que ese libro, escrito por Hugo en tres meses para poder pagar unas deudas, había estado en el origen del rescate de esa obra de arte gótico, hasta entonces descuidada y olvidada. Un libro que hizo posible que la iglesia, sus gárgolas, sus arcos, sus campanas fueran, como actores vivos, de una obra de teatro permanente. Es un pensamiento siempre recurrente cada vez que veo a la iglesia.

Salgo de la librería.

18:10 Me dirijo a tomar el tren para volver a casa. Dirijo mi vista a esa iglesia enorme siempre erguida e impasible que es parte de la historia y de la literatura francesa. La veo y me imagino a sus personajes. No puedo evitar hacerlo. Forma parte de mi imaginación. Está a esa hora erguida, blanca, rodeada de miradas, pero siempre con ese aire de soledad, como de fuera de este mundo que me siempre me ha provocado muchas emociones.

Foto: AFP

18:40 Llego a mi casa. Empiezo a quitarme mi chamarra y creo tener un poco de hambre. Bebo un vaso de agua. Me dispongo a leer, pero un poco fatigado, decido ver las noticias. Tomo mi teléfono y pongo una estación de televisión francesa y escucho sorprendido “Notre Dame se quema”, y veo las imágenes con enormes fumarolas saliendo de la iglesia que hacía unos momentos había dejado erguida, impasible, única. Eran las 18:55

Salgo de mi casa, tomo mi bicicleta para acercarme a Notre Dame…estoy a 23 minutos…pedaleo con fuerza para llegar pronto…paso por pequeñas calles, muchos automovilistas no comprenden mi prisa porque tal vez no han visto aun las noticias y la tragedia que está sucediéndose en Paris, en el mundo, en el arte, en la religión, en la memoria.

Me acerco por San Michel, paso a un lado del jardín de Luxemburgo y bajo a toda velocidad para llegar a ver a Notre Dame que entre humo y llamas parecía extinguirse.

No creo lo que mis ojos ven.

Foto: AFP

Esa gigante que hace algunos minutos estaba erguido parecía doblarse ante el fuego que la absorbía, la consumía, la agotaba.

Me detengo.

Siento una enorme tristeza.

Una impotencia enorme de no poder hacer nada y ver como si fuera el ser amado extinguirse, agotarse a punto del último suspiro.

La gran dama está herida…en ese momento no sé si de muerte o de esperanza.

Dicen que una iglesia que se quema antes de semana santa no es una buena señal.

No lo sé de cierto…pero veo a mi alrededor chinos, musulmanes, japoneses, americanos, europeos con la mirada de incredulidad ver quemarse a esa catedral hoy convertida en dama en fuego como si con ello quemara todos los pecados del mundo, una expiación obligada por los tiempos, una purificación necesaria.

Ahí veo a esa imagen que tanto admire, esa imagen que frecuentaba cada vez que podía, que conocía casi de memoria en casi cada rincón… pienso al verla agonizar que valieron la pena tantas horas de estar en su vientre que nunca sabré si será alguna vez el mismo.

El fuego seguía consumiendo a la gran obra de arte, que aun seguida erguida a pesar del dolor que provocaba en todos.

Nadie se podía acercar.

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