/ viernes 13 de octubre de 2023

Hojas de Papel | 1492: ¡Tierra a la vista!

Esa madrugada fue crucial para la historia de la humanidad. Era como si de pronto seres extraterrestres aparecieran hoy por aquí, desde el infinito sideral, y llegaran a este planeta tierra e impusieran su forma de vida, sus costumbres, su religión y su filosofía de la trascendencia a todos los que aquí vivimos hace siglos… Y que todo nuestro pasado fuera borrado, arrasado, destruido: pero no olvidado…

Fue el amanecer del viernes 12 de diciembre de 1492 cuando Rodrigo de Triana, desde el mástil de la carabela “La Pinta, que llevaba a 24 hombres a bordo, gritó-gritó-gritó: “¡Tierra a la vista!”.

Para los que venían en las dos carabelas y la nao, fue un momento de salvación luego del larguísimo viaje que comenzó el 3 de agosto de 1492 en Puerto de Palos, Huelva, y concluyó el 12 de octubre: 58 días de navegación por el entonces casi infinito Mar Océano.


Para los marineros que llegaron a tierra firme, aunque fuera una pequeña isla, fue un milagro porque ya habían perdido la esperanza de alcanzar un punto humano. La llamaron San Salvador

Para Colón era el terror-pánico de que se perdieran en ese infinito acuoso: su responsabilidad era grande, porque convenció a los hermanos Pinzón para que persuadieran a los marineros locales de que se hicieran a la mar en una aventura que prometía todo, pero aseguraba nada.

La paga era buena y la garantía de que los experimentados marineros andaluces encabezarían la aventura de un lunático al que no conocían y quien era Cristóbal Colón. Y fue gracias a estos marinos que se mantuvieron en las naves aunque ya indignados por la falta de certezas.

En su búsqueda por hacerse de la marinería necesaria, Colón fue a ver a los frailes del Monasterio de La Rábida quienes lo pusieron en contacto con los hermanos Martín Alonso Pinzón y Vicente Yáñez Pinzón. Les explicó su proyecto de llegar a las Indias por las especias en un recorrido diferente al conocido, y fue por su intervención como se pudo reclutar a la tripulación que antes se había negado al almirante genovés.

Los hermanos Pinzón, que acompañaron a Cristóbal Colón en su primer viaje, provenían de una familia de expertos marinos de Palos de la Frontera, un municipio español de la provincia de Huelva, en Andalucía.

Martín Alonso Pinzón (1440-1493) ya había recorrido el mar Mediterráneo desde muy joven, así como la costa Atlántica de África. Era un hombre de recursos gracias a que se desarrolló como armador y comerciante, pero al mismo tiempo con una gran experiencia en marinería, geografía y cartografía. Fue él quien se encargó del mando de una de las tres carabelas, “La Pinta”.

Vicente Yáñez Pinzón (1461-1515) también participó en aquel viaje, como capitán de otra carabela, “La Niña” y fue él quien posteriormente organizó una expedición propia a las costas del continente descubierto y fue el primero en rebasar el Ecuador.

Cristóbal Colón comandaba la nao La Santa María, una embarcación mayor y desde la que comandaba a las dos carabelas y con las que llegaron aquella madrugada a la isla entonces llamada Guanahani que ‘es el nombre de la primera isla en la que desembarcó Cristóbal Colón el viernes 12 de octubre de 1492.

‘No existía América así llamada, pero sí el continente, sus habitantes y sus culturas. Guanahani estaba habitada por el pueblo Lucayo o Taíno y se sabe hoy que es una de las Islas Bahamas, muy probablemente la Isla Watling.’ Rosaría Cuba y Puerto Rico. Aunque:

El segundo viaje fue de 1493-1496 y llegó a la Isla La Deseada, Puerto Rico y a Santo Domingo. También descubrió las Pequeñas Antillas, pasó por Puerto Rico, exploró Cuba y navegó al sur y descubrió Jamaica.

El tercer viaje fue entre 1498-1500 y visitó a la isla Trinidad y el golfo de Paria, Venezuela. El cuarto y último viaje fue entre 1502-1504 y exploró las costas de América Central: Honduras, Nicaragua, Costa Rica y Panamá. (De todo esto ya hemos dado cuenta en “Hojas de papel volando” del 10 de octubre de 2020: “Del mar los vieron llegar”).

Como quiera que sea, el 12 de octubre se recuerda que hace 531 años llegaron por estos rumbos un grupo de aventureros-navegantes-marineros, quienes nunca supieron que habían descubierto un nuevo continente porque siempre pensaron que llegaron a las Indias Orientales (hoy: India, Borneo, Sumatra, Sri Lanka y Filipinas), y supusieron haber descubierto una nueva ruta hacia las especies en nombre de la corona de Castilla y Aragón, de Isabel y Fernando.

Lo demás vendría años después. La primera expedición española a lo que hoy es México ocurrió en 1517, por Francisco Hernández de Córdova y la segunda en 1518 por Juan de Grijalva. Pero la conquista, propiamente dicho, comenzó con la llegada de Hernán Cortés el 21 de abril de 1519.

Cortés encontró aquí a un mundo hecho y derecho, con distintas tribus e imperios dispersos, con religión, cultura, arte, escritura, organización, comercio… en un territorio que aún no era México y a cuyos habitantes sorprendieron con la espada y con la cruz.


Para los aborígenes era impensable lo que se les mostró: Acostumbrados a alimentar a su dios, el Sol, con el corazón y la sangre de sus cautivos para darle vida, de pronto les hablaban de un Dios que, a la inversa, daba su vida y su sangre en una cruz, por los hombres

Los aztecas supusieron que caballo y hombre eran uno solo; una especie de bestia brutal que mostraba fauces y espada. La sorpresa y el descubrimiento de que estaban con humanos tal como ellos fue cuando a Moctezuma, en cautiverio, le llevaron la cabeza desollada de un caballo: no eran uno sólo y por tanto los soldados eran mortales… Pero era demasiado tarde.

La confrontación entre tribus, propiciada por la ambición española, causó la hecatombe. Fue esa lucha entre grupos culturales aparentemente distintos pero similares en esencia. Los españoles abusaron, sí; causaron zozobra y muerte entre la población nativa.

Los odios y las luchas bélicas entre indígenas fueron el arma utilizada. Y, por lo mismo, fueron los mismos indígenas los que se enfrentaron entre sí y se asestaron golpes mortales; golpes que acabarían con su historia, valores y cultura.

Culturas indígenas prevalecieron, contra viento y marea, contra dolor y sangre. Pero fueron desplazadas y aisladas en sierras, montañas, zonas agrestes y sin solución. Fue entonces. Lo es ahora, aun. A pesar de la canción indigenista oficial, ellos siguen ahí, defendiendo su lengua, su cultura, su cosmovisión, sus creencias y su personalidad única.

Pero, siguiendo las lecciones de don Luis González y González, el gran historiador mexicano, no se puede ser justo en historia si a su estudio o búsqueda de la verdad se le aplican criterios actuales, ya políticos, ideológicos, doctrinarios, culturales:

Los hechos del pasado habrán de estudiarse en sus propios términos, en la comprensión del momento histórico y de sus circunstancias y razones. Aquello que ocurrió fue cosa de esos tiempos, de sus hombres, de sus culturas, de su forma de entender la vida y del encuentro de una cultura castellana-aragonesa (no existía España aún), con un número grande de otras culturas que poblaban este territorio (no existía México aún).

Ni justificaciones ni imputaciones. Sí entender esa historia y sus hechos, tal y como ocurrieron, tal y como fueron, la que no se puede cambiar, ni tergiversar, ni mentir. Y en la que el factor humano está a flor de hechos. El claroscuro humano.


Ver a la historia como lección de vida en la que los seres humanos ni son ángeles ni santos, como tampoco diablos, con cornamenta y cola

Y sí llegar a la máxima de Heródoto, la de que “quienes no recuerdan su pasado, están condenados irremediablemente a repetirlo”.

La historia seria y crítica no puede ni debe generar rencores ni odios. Si debe ser maestra de la vida, para resarcirnos del trauma de la Conquista pero con vistas al futuro, no con miradas de odio hacia el pasado ni puestas en el discurso político de hoy.

Margarita Peña lo dice así: “Los hombres blancos y boquirrubios, surcan el mar en frágiles barquillas; como en “La navegación del alma”, el poema alegórico de Eugenio Salazar, arriesgan cuerpo y entendimiento en el anchuroso ponto. Al otro lado del océano les esperan, inocentes, pueblos que verán trastocado su destino. Hechos e intenciones; obras, amores, buenas y malas razones; proezas y avasallamientos. En suma: el descubrimiento y conquista de América”.


Esa madrugada fue crucial para la historia de la humanidad. Era como si de pronto seres extraterrestres aparecieran hoy por aquí, desde el infinito sideral, y llegaran a este planeta tierra e impusieran su forma de vida, sus costumbres, su religión y su filosofía de la trascendencia a todos los que aquí vivimos hace siglos… Y que todo nuestro pasado fuera borrado, arrasado, destruido: pero no olvidado…

Fue el amanecer del viernes 12 de diciembre de 1492 cuando Rodrigo de Triana, desde el mástil de la carabela “La Pinta, que llevaba a 24 hombres a bordo, gritó-gritó-gritó: “¡Tierra a la vista!”.

Para los que venían en las dos carabelas y la nao, fue un momento de salvación luego del larguísimo viaje que comenzó el 3 de agosto de 1492 en Puerto de Palos, Huelva, y concluyó el 12 de octubre: 58 días de navegación por el entonces casi infinito Mar Océano.


Para los marineros que llegaron a tierra firme, aunque fuera una pequeña isla, fue un milagro porque ya habían perdido la esperanza de alcanzar un punto humano. La llamaron San Salvador

Para Colón era el terror-pánico de que se perdieran en ese infinito acuoso: su responsabilidad era grande, porque convenció a los hermanos Pinzón para que persuadieran a los marineros locales de que se hicieran a la mar en una aventura que prometía todo, pero aseguraba nada.

La paga era buena y la garantía de que los experimentados marineros andaluces encabezarían la aventura de un lunático al que no conocían y quien era Cristóbal Colón. Y fue gracias a estos marinos que se mantuvieron en las naves aunque ya indignados por la falta de certezas.

En su búsqueda por hacerse de la marinería necesaria, Colón fue a ver a los frailes del Monasterio de La Rábida quienes lo pusieron en contacto con los hermanos Martín Alonso Pinzón y Vicente Yáñez Pinzón. Les explicó su proyecto de llegar a las Indias por las especias en un recorrido diferente al conocido, y fue por su intervención como se pudo reclutar a la tripulación que antes se había negado al almirante genovés.

Los hermanos Pinzón, que acompañaron a Cristóbal Colón en su primer viaje, provenían de una familia de expertos marinos de Palos de la Frontera, un municipio español de la provincia de Huelva, en Andalucía.

Martín Alonso Pinzón (1440-1493) ya había recorrido el mar Mediterráneo desde muy joven, así como la costa Atlántica de África. Era un hombre de recursos gracias a que se desarrolló como armador y comerciante, pero al mismo tiempo con una gran experiencia en marinería, geografía y cartografía. Fue él quien se encargó del mando de una de las tres carabelas, “La Pinta”.

Vicente Yáñez Pinzón (1461-1515) también participó en aquel viaje, como capitán de otra carabela, “La Niña” y fue él quien posteriormente organizó una expedición propia a las costas del continente descubierto y fue el primero en rebasar el Ecuador.

Cristóbal Colón comandaba la nao La Santa María, una embarcación mayor y desde la que comandaba a las dos carabelas y con las que llegaron aquella madrugada a la isla entonces llamada Guanahani que ‘es el nombre de la primera isla en la que desembarcó Cristóbal Colón el viernes 12 de octubre de 1492.

‘No existía América así llamada, pero sí el continente, sus habitantes y sus culturas. Guanahani estaba habitada por el pueblo Lucayo o Taíno y se sabe hoy que es una de las Islas Bahamas, muy probablemente la Isla Watling.’ Rosaría Cuba y Puerto Rico. Aunque:

El segundo viaje fue de 1493-1496 y llegó a la Isla La Deseada, Puerto Rico y a Santo Domingo. También descubrió las Pequeñas Antillas, pasó por Puerto Rico, exploró Cuba y navegó al sur y descubrió Jamaica.

El tercer viaje fue entre 1498-1500 y visitó a la isla Trinidad y el golfo de Paria, Venezuela. El cuarto y último viaje fue entre 1502-1504 y exploró las costas de América Central: Honduras, Nicaragua, Costa Rica y Panamá. (De todo esto ya hemos dado cuenta en “Hojas de papel volando” del 10 de octubre de 2020: “Del mar los vieron llegar”).

Como quiera que sea, el 12 de octubre se recuerda que hace 531 años llegaron por estos rumbos un grupo de aventureros-navegantes-marineros, quienes nunca supieron que habían descubierto un nuevo continente porque siempre pensaron que llegaron a las Indias Orientales (hoy: India, Borneo, Sumatra, Sri Lanka y Filipinas), y supusieron haber descubierto una nueva ruta hacia las especies en nombre de la corona de Castilla y Aragón, de Isabel y Fernando.

Lo demás vendría años después. La primera expedición española a lo que hoy es México ocurrió en 1517, por Francisco Hernández de Córdova y la segunda en 1518 por Juan de Grijalva. Pero la conquista, propiamente dicho, comenzó con la llegada de Hernán Cortés el 21 de abril de 1519.

Cortés encontró aquí a un mundo hecho y derecho, con distintas tribus e imperios dispersos, con religión, cultura, arte, escritura, organización, comercio… en un territorio que aún no era México y a cuyos habitantes sorprendieron con la espada y con la cruz.


Para los aborígenes era impensable lo que se les mostró: Acostumbrados a alimentar a su dios, el Sol, con el corazón y la sangre de sus cautivos para darle vida, de pronto les hablaban de un Dios que, a la inversa, daba su vida y su sangre en una cruz, por los hombres

Los aztecas supusieron que caballo y hombre eran uno solo; una especie de bestia brutal que mostraba fauces y espada. La sorpresa y el descubrimiento de que estaban con humanos tal como ellos fue cuando a Moctezuma, en cautiverio, le llevaron la cabeza desollada de un caballo: no eran uno sólo y por tanto los soldados eran mortales… Pero era demasiado tarde.

La confrontación entre tribus, propiciada por la ambición española, causó la hecatombe. Fue esa lucha entre grupos culturales aparentemente distintos pero similares en esencia. Los españoles abusaron, sí; causaron zozobra y muerte entre la población nativa.

Los odios y las luchas bélicas entre indígenas fueron el arma utilizada. Y, por lo mismo, fueron los mismos indígenas los que se enfrentaron entre sí y se asestaron golpes mortales; golpes que acabarían con su historia, valores y cultura.

Culturas indígenas prevalecieron, contra viento y marea, contra dolor y sangre. Pero fueron desplazadas y aisladas en sierras, montañas, zonas agrestes y sin solución. Fue entonces. Lo es ahora, aun. A pesar de la canción indigenista oficial, ellos siguen ahí, defendiendo su lengua, su cultura, su cosmovisión, sus creencias y su personalidad única.

Pero, siguiendo las lecciones de don Luis González y González, el gran historiador mexicano, no se puede ser justo en historia si a su estudio o búsqueda de la verdad se le aplican criterios actuales, ya políticos, ideológicos, doctrinarios, culturales:

Los hechos del pasado habrán de estudiarse en sus propios términos, en la comprensión del momento histórico y de sus circunstancias y razones. Aquello que ocurrió fue cosa de esos tiempos, de sus hombres, de sus culturas, de su forma de entender la vida y del encuentro de una cultura castellana-aragonesa (no existía España aún), con un número grande de otras culturas que poblaban este territorio (no existía México aún).

Ni justificaciones ni imputaciones. Sí entender esa historia y sus hechos, tal y como ocurrieron, tal y como fueron, la que no se puede cambiar, ni tergiversar, ni mentir. Y en la que el factor humano está a flor de hechos. El claroscuro humano.


Ver a la historia como lección de vida en la que los seres humanos ni son ángeles ni santos, como tampoco diablos, con cornamenta y cola

Y sí llegar a la máxima de Heródoto, la de que “quienes no recuerdan su pasado, están condenados irremediablemente a repetirlo”.

La historia seria y crítica no puede ni debe generar rencores ni odios. Si debe ser maestra de la vida, para resarcirnos del trauma de la Conquista pero con vistas al futuro, no con miradas de odio hacia el pasado ni puestas en el discurso político de hoy.

Margarita Peña lo dice así: “Los hombres blancos y boquirrubios, surcan el mar en frágiles barquillas; como en “La navegación del alma”, el poema alegórico de Eugenio Salazar, arriesgan cuerpo y entendimiento en el anchuroso ponto. Al otro lado del océano les esperan, inocentes, pueblos que verán trastocado su destino. Hechos e intenciones; obras, amores, buenas y malas razones; proezas y avasallamientos. En suma: el descubrimiento y conquista de América”.


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