/ viernes 26 de enero de 2024

Hojas de papel | Pescadores: 'Los que en tierra firme no saben andar'

Siempre me preguntaba cómo es que llegaban los pescados ahí. A aquel puesto, dispuesto con una mesa larga hecha de tablones, que se cubría con alfalfa fresca como base, en la que habrían de depositarse los robalos, guachinangos, sierras, lisas y otras especies de las que no sabría recordar su nombre…

Era cosa de ver la muy hermosa manera cómo los disponía ahí. Bajo un toldo blanquísimo que parecía lluvia de nieve contenida. Los pescados se veían casi contentos, casi con vida. Nunca un mejor lugar para ser admirados y para ser adquiridos y luego para estar en la mesa y en el plato familiar. Olían a mar… o lo que yo suponía que olería el mar.

Sobre todo íbamos los viernes a la compra ahí durante toda la cuaresma y en la Semana Santa. El puesto estaba en la colonia Guadalupe Inn de la ciudad de México.

Y ahí había una señora muy bonita y de trato muy amable, hasta la dulzura. Ella era la que vendía el pescado por esos días. Y se le pedía tal o cual pescado, lo pesaba, lo preparaba con mucho cuidado y aseo: ya entero “rayado para freír”, ya en filete o rebanado.

Era admirable ver la habilidad cómo lo hacía y cómo lo entregaba envuelto en papel de estraza… Listo para llevar a la casa y consumirlo. Alrededor de ella estaban sus pequeños hijos que muy en serio le ayudaban en la faena. Aquello era inolvidable… Todos contentos.

Un día al ver mi azoro de niño frente a tantos pescados ahí puestos me preguntó –mientras preparaba los filetes de Sierra que habíamos pedido—si sabía que esos pescados apenas un día antes estuvieron en el mar y que unos señores los habían sacado de ahí en redes enormes para mandarlos a todos lados, en este caso a la Ciudad de México…

Yo imaginaba a aquellos hombres que se hacían a la mar en barcos pequeños cargados con sus utensilios para llevar a cabo la pesca. Eran hombres fuertes –decía la señora buena-, que arriesgaban la vida en un trabajo que es peligroso porque pasan –decía- muchos días en el mar para sacar los mejores peces que luego serían pescados. Aquellos hombres eran marineros… o mejor aún: pescadores. Eso es: pescadores.

Mi hermano decía que eran hombres vestidos de overol, con botas de hule hasta casi la rodilla, y camisas de manga corta para facilitar la faena. Que esperaban horas y horas hasta que por alguna señal sabían que ya había peces en la red: la jalaban duro-duro-duro, entre todos, hasta recuperar lo que había ahí: decenas de peces de distinta especie que brincaban aun, que saltaban, que se extrañaban por estar fuera de su hábitat: el agua…

Los depositaban en la cubierta y comenzaban otros jóvenes pescadores a seleccionar en cubos distintos: los guachinangos, sierras, robalos, jaibas una que otra, lisas… depende del lugar y la hora. Pero eso: la faena duraba horas-horas-horas interminables en los que aquellos hombres sacaban lo que el mar les daba-nos da. Su propia vida. Su savia…

... Sus entrañas puestas en aquellos pescados que habrían de ser alimento para muchos, para ellos mismos, los pescadores y su familia, y para más quienes los disfrutábamos los días de guardar con aquellas ‘vigilias’ de los viernes y los tres días de Semana Mayor…

Cierto: el pescado sabe a los siete mares, a los ríos del mundo, las lagunas y los lagos… Ahí en donde hay vida marítima o acuífera ahí están los peces y sus pescadores…

Y así que un día le dije a doña Amparito que ya sabía de dónde vienen los pescados, que cómo los obtienen los pescadores y cómo llegan a su puesto, para luego llegar a mi casa… Le expliqué lo que me había dicho mi hermano y otros amigos… ella escuchó en silencio mientras preparaba los filetes que nos llevaríamos y me dijo sonriente:

“Pues como eres un niño curioso, te regalo este pescado para ti”. Era un pequeño pez sierra, al que preparó con esmero, lo envolvió en el papel de estraza y me lo dio.

Por esto, y más, nunca olvido a doña Amparito, a sus hijos que me sonreían y con quienes jugaba por las tardes. Por eso y porque al darme ese pescado me daba la vida entera del mar, la vida entera de la vida que existe bajo la piel azul de los mares, me daba su propio esfuerzo, me daba su sonrisa y me daba la inquietud por saber cada vez más sobre el mar, sus pescaditos y los viejos pescadores.

Y supe que mientras la mayor parte de los seres humanos duerme a pierna suelta a las 4 de la mañana, hay gente, hombres y mujeres, que a esa hora comienzan la jornada, el día de labores, la lucha para conseguir el sustento propio y familiar… Son los hombres de la madrugada a los que ya nos hemos referido aquí mismo. (“Hojas de papel volando”. “Al que madruga, Dios lo ayuda”. 19 de agosto de 2022)

Son gente del campo, de la industria, de la distribución y venta de alimentos, aquellos que duermen temprano para estar avispas al día siguiente y al día siguiente y al día siguiente: toda la vida.

Y están los pescadores. Son los de las cuatro de la madrugada que zarpan a esa hora para recorrer la piel del mar y buscar en sus profundidades el tesoro de Aladino, los Oros de Fausto…

Porque ser pescador no es moco de pavo. Se requiere además de la buena voluntad y la necesidad de llevar lo indispensable para la familia, también mucha fortaleza, muchas paciencia, mucho trabajo en equipo, mucho cuidado por los peligros que entraña el mar mismo y mucha alegría porque el buen pescador ama lo que hace y no podría hacer otra cosa más que esta, en la vida.

Pescador es aquel que aprende a vivir lejos de la casa. Lejos de los seres queridos a los que quiere proteger. Pescador es el que está dispuesto a luchar ante la adversidad y no gime ni abdica; tiene la conciencia clara de quien se expone diariamente en un trabajo físico muy adverso, que maltrata el cuerpo… y también ensancha el alma.

Los hay en todo el mundo. Pescadores hay en todos los países en los que hay mar y son miles, y miles son también los que en el mundo viven del mar y sus productos. Y millones son los que día a día disfrutan del sabor y la riqueza de esos tesoros que nos entregan los viejos pescadores, los que –diría Patxi Andión- no saben caminar en tierra firme.

En México los hay, por supuesto. Sobre todo porque nuestro país cuenta con 11,122 kilómetros de litorales. Y según el INEGI, dan empleo a 122 mil personas en el país y en promedio generan una producción equivalente a 42 mil 231 millones de pesos.

“Datos de la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo (ENOE) muestran que en el tercer trimestre de 2022, la población ocupada específicamente en la pesca fue de 122,000 personas, de los cuales 93.9 por ciento son hombres con un salario promedio mensual informado de 6,450 pesos. El 6.11 por ciento son mujeres con un salario promedio de 2,590 pesos al mes.

Por su parte, el INEGI dice que el 60% de las personas que trabajaban en el sector pesquero se dedican específicamente a la captura de peces, el 22 por ciento se dedica a la pesca del camarón y el resto a capturar en especial atún, anchovetas y sardinas, y otras especies crustáceos y moluscos…

Y eso: ser pescador no es moco de pavo. Aunque también es cierto que hay distintos niveles de pesca; la comercial, la industrial, la deportiva, la científica, con fines turísticos… Y cada uno tiene sus particularidades de acción de ejercicio, de forma y responsabilidad.

Pero lo que es cierto es que predomina a todo ello el pescador, el hombre y mujer que salen cada día de madrugada y se hacen a la mar en sus pequeños barcos para pescar y vivir y “caminar por la vida con toda la mar detrás”.

Y, bueno, todo esto es para recordar que este día 26 de enero es el Día Mundial del Pescador. Como cada año. Como cada día. Como cada madrugada. Como cada vez que zarpa un barco. Como cada vez que atraca. Como cada vez que se abren las redes y se descubre al mar puesto en pescados que son la vida de miles, que son la vida de millones…

…. Y que nos recuerdan lo pequeños que somos frente al mar pero lo enormes que somos al quererlo, al preservarlo, al respetarlo y al mirar cada mañana y cada tarde cómo a lo lejos, sobre el mar, nace el sol y cómo se oculta… Y repetir la historia cada día porque es nuestra vida. El ciclo de la vida ahí mismo…

“Miradle ahí van, miradle ahí van, son los pescadores que en tierra firme no saben andar”.

Siempre me preguntaba cómo es que llegaban los pescados ahí. A aquel puesto, dispuesto con una mesa larga hecha de tablones, que se cubría con alfalfa fresca como base, en la que habrían de depositarse los robalos, guachinangos, sierras, lisas y otras especies de las que no sabría recordar su nombre…

Era cosa de ver la muy hermosa manera cómo los disponía ahí. Bajo un toldo blanquísimo que parecía lluvia de nieve contenida. Los pescados se veían casi contentos, casi con vida. Nunca un mejor lugar para ser admirados y para ser adquiridos y luego para estar en la mesa y en el plato familiar. Olían a mar… o lo que yo suponía que olería el mar.

Sobre todo íbamos los viernes a la compra ahí durante toda la cuaresma y en la Semana Santa. El puesto estaba en la colonia Guadalupe Inn de la ciudad de México.

Y ahí había una señora muy bonita y de trato muy amable, hasta la dulzura. Ella era la que vendía el pescado por esos días. Y se le pedía tal o cual pescado, lo pesaba, lo preparaba con mucho cuidado y aseo: ya entero “rayado para freír”, ya en filete o rebanado.

Era admirable ver la habilidad cómo lo hacía y cómo lo entregaba envuelto en papel de estraza… Listo para llevar a la casa y consumirlo. Alrededor de ella estaban sus pequeños hijos que muy en serio le ayudaban en la faena. Aquello era inolvidable… Todos contentos.

Un día al ver mi azoro de niño frente a tantos pescados ahí puestos me preguntó –mientras preparaba los filetes de Sierra que habíamos pedido—si sabía que esos pescados apenas un día antes estuvieron en el mar y que unos señores los habían sacado de ahí en redes enormes para mandarlos a todos lados, en este caso a la Ciudad de México…

Yo imaginaba a aquellos hombres que se hacían a la mar en barcos pequeños cargados con sus utensilios para llevar a cabo la pesca. Eran hombres fuertes –decía la señora buena-, que arriesgaban la vida en un trabajo que es peligroso porque pasan –decía- muchos días en el mar para sacar los mejores peces que luego serían pescados. Aquellos hombres eran marineros… o mejor aún: pescadores. Eso es: pescadores.

Mi hermano decía que eran hombres vestidos de overol, con botas de hule hasta casi la rodilla, y camisas de manga corta para facilitar la faena. Que esperaban horas y horas hasta que por alguna señal sabían que ya había peces en la red: la jalaban duro-duro-duro, entre todos, hasta recuperar lo que había ahí: decenas de peces de distinta especie que brincaban aun, que saltaban, que se extrañaban por estar fuera de su hábitat: el agua…

Los depositaban en la cubierta y comenzaban otros jóvenes pescadores a seleccionar en cubos distintos: los guachinangos, sierras, robalos, jaibas una que otra, lisas… depende del lugar y la hora. Pero eso: la faena duraba horas-horas-horas interminables en los que aquellos hombres sacaban lo que el mar les daba-nos da. Su propia vida. Su savia…

... Sus entrañas puestas en aquellos pescados que habrían de ser alimento para muchos, para ellos mismos, los pescadores y su familia, y para más quienes los disfrutábamos los días de guardar con aquellas ‘vigilias’ de los viernes y los tres días de Semana Mayor…

Cierto: el pescado sabe a los siete mares, a los ríos del mundo, las lagunas y los lagos… Ahí en donde hay vida marítima o acuífera ahí están los peces y sus pescadores…

Y así que un día le dije a doña Amparito que ya sabía de dónde vienen los pescados, que cómo los obtienen los pescadores y cómo llegan a su puesto, para luego llegar a mi casa… Le expliqué lo que me había dicho mi hermano y otros amigos… ella escuchó en silencio mientras preparaba los filetes que nos llevaríamos y me dijo sonriente:

“Pues como eres un niño curioso, te regalo este pescado para ti”. Era un pequeño pez sierra, al que preparó con esmero, lo envolvió en el papel de estraza y me lo dio.

Por esto, y más, nunca olvido a doña Amparito, a sus hijos que me sonreían y con quienes jugaba por las tardes. Por eso y porque al darme ese pescado me daba la vida entera del mar, la vida entera de la vida que existe bajo la piel azul de los mares, me daba su propio esfuerzo, me daba su sonrisa y me daba la inquietud por saber cada vez más sobre el mar, sus pescaditos y los viejos pescadores.

Y supe que mientras la mayor parte de los seres humanos duerme a pierna suelta a las 4 de la mañana, hay gente, hombres y mujeres, que a esa hora comienzan la jornada, el día de labores, la lucha para conseguir el sustento propio y familiar… Son los hombres de la madrugada a los que ya nos hemos referido aquí mismo. (“Hojas de papel volando”. “Al que madruga, Dios lo ayuda”. 19 de agosto de 2022)

Son gente del campo, de la industria, de la distribución y venta de alimentos, aquellos que duermen temprano para estar avispas al día siguiente y al día siguiente y al día siguiente: toda la vida.

Y están los pescadores. Son los de las cuatro de la madrugada que zarpan a esa hora para recorrer la piel del mar y buscar en sus profundidades el tesoro de Aladino, los Oros de Fausto…

Porque ser pescador no es moco de pavo. Se requiere además de la buena voluntad y la necesidad de llevar lo indispensable para la familia, también mucha fortaleza, muchas paciencia, mucho trabajo en equipo, mucho cuidado por los peligros que entraña el mar mismo y mucha alegría porque el buen pescador ama lo que hace y no podría hacer otra cosa más que esta, en la vida.

Pescador es aquel que aprende a vivir lejos de la casa. Lejos de los seres queridos a los que quiere proteger. Pescador es el que está dispuesto a luchar ante la adversidad y no gime ni abdica; tiene la conciencia clara de quien se expone diariamente en un trabajo físico muy adverso, que maltrata el cuerpo… y también ensancha el alma.

Los hay en todo el mundo. Pescadores hay en todos los países en los que hay mar y son miles, y miles son también los que en el mundo viven del mar y sus productos. Y millones son los que día a día disfrutan del sabor y la riqueza de esos tesoros que nos entregan los viejos pescadores, los que –diría Patxi Andión- no saben caminar en tierra firme.

En México los hay, por supuesto. Sobre todo porque nuestro país cuenta con 11,122 kilómetros de litorales. Y según el INEGI, dan empleo a 122 mil personas en el país y en promedio generan una producción equivalente a 42 mil 231 millones de pesos.

“Datos de la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo (ENOE) muestran que en el tercer trimestre de 2022, la población ocupada específicamente en la pesca fue de 122,000 personas, de los cuales 93.9 por ciento son hombres con un salario promedio mensual informado de 6,450 pesos. El 6.11 por ciento son mujeres con un salario promedio de 2,590 pesos al mes.

Por su parte, el INEGI dice que el 60% de las personas que trabajaban en el sector pesquero se dedican específicamente a la captura de peces, el 22 por ciento se dedica a la pesca del camarón y el resto a capturar en especial atún, anchovetas y sardinas, y otras especies crustáceos y moluscos…

Y eso: ser pescador no es moco de pavo. Aunque también es cierto que hay distintos niveles de pesca; la comercial, la industrial, la deportiva, la científica, con fines turísticos… Y cada uno tiene sus particularidades de acción de ejercicio, de forma y responsabilidad.

Pero lo que es cierto es que predomina a todo ello el pescador, el hombre y mujer que salen cada día de madrugada y se hacen a la mar en sus pequeños barcos para pescar y vivir y “caminar por la vida con toda la mar detrás”.

Y, bueno, todo esto es para recordar que este día 26 de enero es el Día Mundial del Pescador. Como cada año. Como cada día. Como cada madrugada. Como cada vez que zarpa un barco. Como cada vez que atraca. Como cada vez que se abren las redes y se descubre al mar puesto en pescados que son la vida de miles, que son la vida de millones…

…. Y que nos recuerdan lo pequeños que somos frente al mar pero lo enormes que somos al quererlo, al preservarlo, al respetarlo y al mirar cada mañana y cada tarde cómo a lo lejos, sobre el mar, nace el sol y cómo se oculta… Y repetir la historia cada día porque es nuestra vida. El ciclo de la vida ahí mismo…

“Miradle ahí van, miradle ahí van, son los pescadores que en tierra firme no saben andar”.

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