/ jueves 21 de enero de 2021

La vida sigue, pero… (Primera parte)

A casi un año de haber iniciado el confinamiento, las reacciones de la sociedad frente a la pandemia de la Covid-19 han dejado de ser racionales. Como bien apunta el celebrado psicólogo lacaniano Conor McCormack, nuestras respuestas se asemejan cada vez más a patologías mentales clásicas: melancolía fatalista (“no importa lo que pase, estamos jodidos de cualquier forma”), paranoia (“siempre intuí que algo así iba a pasar”), neurosis obsesiva (“todo va a estar bien si seguimos estrictamente las reglas y nos quedamos en casa”) e histeria (“nadie sabe lo que pasa y todos vamos a morir”).

La vacunación ha iniciado, pero ningún analista serio espera un cambio sustancial hasta bien entrado este año. Si bien la etapa más oscura aún está por venir, el planeta entero parece haber entrado en una fase de hartazgo donde se consolida el consenso de que los paros de actividades constituyen un sinsentido que no vale la pena acatar. “Lo que importa es seguir con nuestras vidas”, sostiene un creciente número de líderes sociales (incluidos varios empresarios). México no es la excepción: mientras el país registra picos históricos de contagios y defunciones (superando ya los 1,500 muertos por día), y los hospitales se encuentran cercanos a la saturación, un número creciente de personas demanda relajar las medidas sanitarias. Nunca ha estado a discusión que la pandemia represente una preocupación menor para una buena parte de los mexicanos, agobiados por el hambre y el desempleo. No obstante, la convicción de “seguir con nuestras vidas” a cualquier precio -incluso a costa de la vida misma o la de nuestros seres queridos- resulta incomprensible en otros sectores. Ejemplo: pese a encontrarse en semáforo rojo, el gobierno de la ciudad de México ha permitido la apertura parcial de restaurantes que cuenten con terrazas o mesas al aire libre. El resultado: un sinfín de locales han invadido las calles con mesas que no sólo dificultan el paso (lo que promueve aglomeraciones), sino que incumplen con los protocolos establecidos por la misma ciudad. Los restauranteros argumentan que el riesgo de contagio es mínimo, pero ¿realmente alguien piensa que un individuo se encuentra a salvo de contagio en una mesa donde a escasos centímetros pasan decenas de transeúntes por hora, muchos de ellos sin tapabocas ni respeto por la sana distancia?

¿Quiénes son los comensales urgidos por sentarse a media calle en los restaurantes de la Roma, la Condesa y Polanco? No son asalariados en problemas que requieran comer en las calles debido a que les es imposible faltar a la oficina. Tampoco son ejecutivos enfrascados en entrevistas con un cliente importante. No, la mayoría son personas desesperadas por gritarle al mundo que aún son capaces de “continuar con sus vidas” y tomarse una copa de vino, así sea en una mesa improvisada a la mitad de la avenida. Bajo la lógica de McCormack, este gesto constituye una reacción sicótica frente a la pandemia. En la deseperación por regresar a la “normalidad”, el ciudadano con privilegios opta por desafiar la racionalidad de quedarse en casa para beberse un martini. Más alla del envalentonamiento infantil, el problema, como abordaremos en entregas futuras, es que no habrá normalidad a la cual regresar.

A casi un año de haber iniciado el confinamiento, las reacciones de la sociedad frente a la pandemia de la Covid-19 han dejado de ser racionales. Como bien apunta el celebrado psicólogo lacaniano Conor McCormack, nuestras respuestas se asemejan cada vez más a patologías mentales clásicas: melancolía fatalista (“no importa lo que pase, estamos jodidos de cualquier forma”), paranoia (“siempre intuí que algo así iba a pasar”), neurosis obsesiva (“todo va a estar bien si seguimos estrictamente las reglas y nos quedamos en casa”) e histeria (“nadie sabe lo que pasa y todos vamos a morir”).

La vacunación ha iniciado, pero ningún analista serio espera un cambio sustancial hasta bien entrado este año. Si bien la etapa más oscura aún está por venir, el planeta entero parece haber entrado en una fase de hartazgo donde se consolida el consenso de que los paros de actividades constituyen un sinsentido que no vale la pena acatar. “Lo que importa es seguir con nuestras vidas”, sostiene un creciente número de líderes sociales (incluidos varios empresarios). México no es la excepción: mientras el país registra picos históricos de contagios y defunciones (superando ya los 1,500 muertos por día), y los hospitales se encuentran cercanos a la saturación, un número creciente de personas demanda relajar las medidas sanitarias. Nunca ha estado a discusión que la pandemia represente una preocupación menor para una buena parte de los mexicanos, agobiados por el hambre y el desempleo. No obstante, la convicción de “seguir con nuestras vidas” a cualquier precio -incluso a costa de la vida misma o la de nuestros seres queridos- resulta incomprensible en otros sectores. Ejemplo: pese a encontrarse en semáforo rojo, el gobierno de la ciudad de México ha permitido la apertura parcial de restaurantes que cuenten con terrazas o mesas al aire libre. El resultado: un sinfín de locales han invadido las calles con mesas que no sólo dificultan el paso (lo que promueve aglomeraciones), sino que incumplen con los protocolos establecidos por la misma ciudad. Los restauranteros argumentan que el riesgo de contagio es mínimo, pero ¿realmente alguien piensa que un individuo se encuentra a salvo de contagio en una mesa donde a escasos centímetros pasan decenas de transeúntes por hora, muchos de ellos sin tapabocas ni respeto por la sana distancia?

¿Quiénes son los comensales urgidos por sentarse a media calle en los restaurantes de la Roma, la Condesa y Polanco? No son asalariados en problemas que requieran comer en las calles debido a que les es imposible faltar a la oficina. Tampoco son ejecutivos enfrascados en entrevistas con un cliente importante. No, la mayoría son personas desesperadas por gritarle al mundo que aún son capaces de “continuar con sus vidas” y tomarse una copa de vino, así sea en una mesa improvisada a la mitad de la avenida. Bajo la lógica de McCormack, este gesto constituye una reacción sicótica frente a la pandemia. En la deseperación por regresar a la “normalidad”, el ciudadano con privilegios opta por desafiar la racionalidad de quedarse en casa para beberse un martini. Más alla del envalentonamiento infantil, el problema, como abordaremos en entregas futuras, es que no habrá normalidad a la cual regresar.