/ jueves 13 de febrero de 2020

Universitarios a la defensa de la UNAM

Urge hacerlo y al final de mi artículo diré a mi juicio cómo. El rector Enrique Graue, quien reconoce la gravedad del llamado feminicidio en la Universidad ha dicho y con razón de sobra que “existen intereses ajenos que tienen el objetivo de desestabilizar la institución”.

Grupos de los que tienen la debida información tanto la Fiscalía General de la República como la Fiscalía General de Justicia de la Ciudad de México; grupos con adiestramiento de corte anarquista provenientes algunos de universidades sudamericanas. Grupos que a su vez son utilizados -hay mil formas de hacerlo- por organizaciones y centros de poder, nacionales y extranjeros, que pretenden acallar la voz de la inteligencia libre violando la autonomía universitaria para crear en su beneficio el caos social en México, ya de suyo alentado por la violencia cotidiana.

Ahora bien, una manera de evadir los problemas, de desentenderse de ellos, es la apatía cobijada por la mera crítica negativa, insubstancial, que no propone sino supone todo lo habido y por haber. Elusión casi criminal. La crítica es sana, constructiva y positiva siempre y cuando vaya acompañada de propuestas concretas, porque si no cae en el vació impregnado de cólera que se vuelve desahogo malsano lleno de murmuraciones chismosas y baratijas de opinión. Lo cierto es que no se deja de ser universitario después de haber obtenido un título o grado académico, más allá del campus y en el ejercicio de una profesión. Ser universitario es adquirir un compromiso ético, moral, correspondiente a la conciencia intelectual de México. Ser universitario es probablemente la forma más depurada de ser mexicano; añadiendo que se puede serlo por empatía, intuición o afinidad espiritual. Ser universitario es reconocer la fuerza y trascendencia del pensamiento sistematizado y metodizado que se expresa con absoluta libertad, sin cortapisa de ninguna clase o género. Y tal pensamiento es para muchos, ni qué decirlo, un peligro punto menos que dantesco. Este es el peligro, el “fantasma que hoy recorre el mundo” incluido México. Es por eso que debemos defender a la Universidad, valladar contra la tiranía, el abuso del poder y la dictadura. No ignoramos tampoco que en el desorden que hoy vive la República hay ojos puestos en nosotros, allende el Bravo, con apetito insaciable de desviar nuestro curso hacia el progreso. Yo propongo, pues, en concreto, que quien sienta correr por sus venas y arterias el espíritu universitario se una a nosotros, con sede en la Facultad de Derecho de la UNAM, para que así demos un primer paso en la organización de nuestro compromiso. Se trata de no hablar por hablar, soltando ira y rabia, crítica que pende del hilo de un momento pasajero y que no deja sino rencor propio y ajeno. Hay que reunirse para participar en una defensa de nuestros ideales universitarios, empresa en la que nos acompaña o acompañará la historia patria que en sus momentos más luminosos tuvo a la Universidad por bandera y asiento. Además, defender la Universidad, su autonomía y su trayectoria, es contribuir así mismo a la defensa de la mujer agredida y que ha llegado hasta el seno de nuestra Máxima Casa de Estudios con un ímpetu humano que muchos hombres envidian. ¿Se ha pensado en el feminicidio intelectual? Reunámonos, cambiemos impresiones y tomemos acuerdos en la defensa de un altísimo ideal, sin la apatía que ahoga a la buena voluntad. Que hable el espíritu universitario, pero que hable en acción y en resolución.


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Ahora bien, una manera de evadir los problemas, de desentenderse de ellos, es la apatía cobijada por la mera crítica negativa, insubstancial, que no propone sino supone todo lo habido y por haber. Elusión casi criminal. La crítica es sana, constructiva y positiva siempre y cuando vaya acompañada de propuestas concretas, porque si no cae en el vació impregnado de cólera que se vuelve desahogo malsano lleno de murmuraciones chismosas y baratijas de opinión. Lo cierto es que no se deja de ser universitario después de haber obtenido un título o grado académico, más allá del campus y en el ejercicio de una profesión. Ser universitario es adquirir un compromiso ético, moral, correspondiente a la conciencia intelectual de México. Ser universitario es probablemente la forma más depurada de ser mexicano; añadiendo que se puede serlo por empatía, intuición o afinidad espiritual. Ser universitario es reconocer la fuerza y trascendencia del pensamiento sistematizado y metodizado que se expresa con absoluta libertad, sin cortapisa de ninguna clase o género. Y tal pensamiento es para muchos, ni qué decirlo, un peligro punto menos que dantesco. Este es el peligro, el “fantasma que hoy recorre el mundo” incluido México. Es por eso que debemos defender a la Universidad, valladar contra la tiranía, el abuso del poder y la dictadura. No ignoramos tampoco que en el desorden que hoy vive la República hay ojos puestos en nosotros, allende el Bravo, con apetito insaciable de desviar nuestro curso hacia el progreso. Yo propongo, pues, en concreto, que quien sienta correr por sus venas y arterias el espíritu universitario se una a nosotros, con sede en la Facultad de Derecho de la UNAM, para que así demos un primer paso en la organización de nuestro compromiso. Se trata de no hablar por hablar, soltando ira y rabia, crítica que pende del hilo de un momento pasajero y que no deja sino rencor propio y ajeno. Hay que reunirse para participar en una defensa de nuestros ideales universitarios, empresa en la que nos acompaña o acompañará la historia patria que en sus momentos más luminosos tuvo a la Universidad por bandera y asiento. Además, defender la Universidad, su autonomía y su trayectoria, es contribuir así mismo a la defensa de la mujer agredida y que ha llegado hasta el seno de nuestra Máxima Casa de Estudios con un ímpetu humano que muchos hombres envidian. ¿Se ha pensado en el feminicidio intelectual? Reunámonos, cambiemos impresiones y tomemos acuerdos en la defensa de un altísimo ideal, sin la apatía que ahoga a la buena voluntad. Que hable el espíritu universitario, pero que hable en acción y en resolución.


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