Hojas de papel volando | Caminito de la escuela...

Empezar un ciclo siempre es novedoso. Siempre es un misterio. Es como si se penetrara a un túnel desconocido para encontrar la salida a quién sabe dónde

Joel Hernández Santiago

  · viernes 3 de enero de 2020

Mirar a los niños en su salón de clases, con ojos azorados; con miradas inquietas y también interrogantes. Mirarlos sonreír y escucharlos platicar con la visita; darle la bienvenida a coro -–como corresponde a niños bien educados-- y decirle sus planes para el futuro... (¡Tanto futuro tienen, niños que son la vida entera aún!).

Son pequeñitos de segundo de primaria que están ahí y nos recuerdan que fuimos ellos con la mirada expectante, aun a la espera, y con la luz –la propia luz-- que hace brillar la cara de los cielos.

Y como en todo –o casi-, hay un principio y un proceso. Empezar un ciclo siempre es novedoso. Siempre es un misterio. Es como si se penetrara a un túnel desconocido para encontrar la salida a quién sabe dónde. Es como el toro de Minos en su laberinto. O el laberinto de Chartres: Un recorrido aun impredecible que comienza al llegar el primer día a la escuela.

A lo mejor nadie olvida aquel primer día en el que llegamos llorosos a la escuela primara. Esto porque cuando somos niños uno no se hace a la idea de tener que dejar el hogar amoroso, el regazo materno y familiar; el dejar a los hermanos y a los amigos primeros para entrar a aprender de la mano de una maestra o un maestro “la ‘O’ por lo redondo”.

En Oaxaca hay crisis educativa hace muchos años. Es uno de los estados del país con más rezago y con niveles de conocimiento y comprensión casi siempre a la baja. Las razones son muchas y tienen que ver con malas políticas públicas de educación y, sin duda, por razones de un sindicalismo con frecuencia mal entendido y en el que los maestros no tienen alternativas.

Pero hay excepciones que hacen la regla, de tal forma que estas excepciones deberían ser la regla y no la inversa... Un ejemplo de que, como dice el lugar común: “cuando se quiere, se puede”.

Hace unos días conocí en Oaxaca la escuela primaria en la que se formaban y entrenaban los niños Triquis del basquet bol, aquellos pequeños que se hicieron famosos por su capacidad deportiva, aun en condiciones precarias, por lo que iban descalzos a sus encuentros competitivos.

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Gente de allá me dijo que esta escuela es una excepción. No sólo porque tres años estuvieron ahí los pequeños jugadores, lo que fue bueno, pero sobre todo porque la escuela consiguió ya un excelente nivel escolar, lo que beneficia a los niños que han asistido y que asisten ahí para saber que dos más dos son cuatro y que hay una raíz cuadrada y regla de tres y que hay palabras que juntas hacen ideas y que más juntas hacen propuestas e hipótesis con comprobaciones, o no.

Es una escuela bonita, bien presentada, iluminada y colorida. Se respira aire fresco ahí. Está asentada en el municipio de Santa María del Tule –a doce kilómetros de la capital del estado- en el fraccionamiento El Retiro. Son 9 mil habitantes.

La escuela se llama Vicente Guerrero y se hizo famosa por el tema de los niños triquis, pero también porque de ahí egresan niños bien preparados, y ya se sabe que una primaria apropiada hace a estudiantes y profesionistas de calidad. Los maestros ponen un especial esmero porque se entregan al magisterio con seriedad, ahínco y vocación... ¿Qué da como resultado?

Son 517 alumnos de primero a sexto año y reciben atención de treinta y seis maestros en una escuela en la que no hay baches, letargos ni ‘paros magisteriales’ sin que esto signifique que se aíslan de su gremio magisterial pero sí lo consiguen por la vía de la razón y el diálogo.

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Esto porque –nos dicen- ocurrió que durante algún tiempo y debido a los paros magisteriales que son la orden del día en Oaxaca, esta escuela que corresponde a la Sección 22 de la CNTE, entró en conflicto con los padres de familia y las autoridades municipales en 2012 los que por su cuenta cerraron la escuela fastidiados por el “un día no, y otro tampoco’.

El director de la escuela y el cuadro docente llegaron a un acuerdo magisterial con la S-22, el Instituto de la Educación, con el supervisor escolar 156 y la jefatura de sector, de forma que llueva, truene o relampaguee prácticamente aquí no hay suspensión de clases, lo que ha mejorado el nivel académico y lo que ha hecho que de ahí son alumnos destacados en la prueba Planea a nivel nacional, lo que hace a una escuela de buen nivel en la escala nacional.

Pero ya estamos ahí. La escuela es enorme. Con una estructura para aulas bien distribuidas e iluminadas. Con enormes canchas para distintos deportes. Los niños que estudian ahí conviven felices. Con esa alegría propia de su edad y de su gusto. Corren. Gritan. Juegan. Se comunican. El recreo que es de media hora, dura un abrir y cerrar de ojos cada día.

Acaso hay problemas. El factor humano es impredecible. Pero por encima de ello, están a la vista la permanencia, la solidez y la alta calidad educativa de la Vicente Guerrero.

A la escuela también asisten niños con discapacidades. Y en esto se manifiesta el privilegio de la enseñanza por la igualdad, por el respeto de unos a otros, por la muestra de consideración y porque ya se ve que siendo niños no se ha sumado a la vida de estos pequeños el lastre de las diferencias entre humanos iguales... La lección para todos es la de la igualdad, el respeto y lo justo.

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“En esta institución educativa contamos con el área de USAER, que está dedicada a atender a todos los alumnos con problemas de aprendizaje o una discapacidad. En esta área se atiende a 30 niños y para ellos hay maestros especializados en psicología, terapia de lenguaje y pedagogía...”, dice el director, Guillermo Martínez, quien por años ha llevado adelante a esta escuela al punto de buena calidad. Demuestra que “sí se puede” educar, enseñar y construir...Eso es.

Ahí está Belén. La veo. Ella no me ve. No ve. Es una niña ciega que llegó desde el primer grado y ya cursa sexto. La maestra Marcela la que la atiende, aunque antes condujo sus pasos y su enseñanza el profesor Arnoldo Román Castellanos, un profesor sensible a lo bueno o no de los programas educativos, pero sobre todo vocado y capaz de conducir a sus alumnos a la verdad.

Belén está al centro del patio. Las compañeras de ella juegan alrededor, corren y gritan. Ella no. Pero no sufre porque es parte de un grupo que la rodea, la protege, la cuida y la ve como parte de ellas y de ellos: de todos. Esto hacen los maestros que saben que las diferencias físicas no tienen que ver con la igualdad del conocimiento, la inteligencia, la idea de futuro y la trascendencia...

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O Carlitos Levy, un niño con discapacidad motora y quien es atendido por su maestra Paula; como también está ahí, a la vista, Angélica una alumna con síndrome de Down y cuyo profesor, Gerardo, en el patio escolar le ayuda en sus ejercicios físicos, le explica, le atiende cordial y no se percibe ahí pesadez o abandono: el niño es niño y el buen maestro sabe que, en su condición, esta niña es una más y parte de todos.

La voluntad magisterial predomina en estos casos, aun así la opinión generalizada es que existe un catálogo de barreras y discapacidades que pueden atenderse en la educación básica en el modelo escolarizado, pero no hay un programa especial e integral que oriente al docente para atender estos casos. Falta infraestructura, capacitación especializada y más apoyos para casos de excepción, dicen los maestros.

Y ahí, en el salón de clases de segundo grado que atiende la maestra Socorro de la Cruz Garfias está el pequeño Raphael Amador Bazán, dice que cuando crezca será astronauta –lo será--, o el tímido Emilio Román Montero que quiere ser escritor –lo será, sin duda--... y más... Todo el futuro del mundo está en sus ojos.

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Y lo que tienen ante los ojos es un mundo feliz; un mundo cargado de ilusiones; un mundo escolar en el que está la simiente de los que serán más tarde: astronautas, escritores, pilotos, maestras, doctores... y acaso alguno pierda el camino y se convierta en periodista... acaso... quizá, pero también será el profesionista más feliz de la tierra.

Su director mira con orgullo a su escuela. Mira los logros. Mira cómo se transforman vidas. Y sabe que tiene en sus manos, con su buen equipo de maestros, la vida, la obra y el futuro de 517 niños que hoy lo son, pero que un día, años después, regresarán a su escuela para ver a otros niños que también querrán ser astronautas, escritores, doctoras, comerciantes, presidentes... Y cerrarán los ojos para recordar lo que pasó y todo lo que ocurrió, desde entonces.

joelhsantiago@gmail.com