/ viernes 3 de septiembre de 2021

Todo por seguir a Tinta Blanca

Valle de Bravo era un pueblo humilde, tranquilo, cuando en septiembre de 1971 vio pasar a miles de jóvenes rumbo a un festival musical. A partir de entonces todo cambió

Todo comenzó por seguir a Tinta Blanca. Así lo recuerda Eduardo Valencia quien, cruzando milpas, se aventuró al Festival de Rock y Ruedas en Avándaro.

En el estupor de su adolescencia no sabía que ese extraño evento cambiaría el destino de su natal Valle de Bravo a donde llegaron jóvenes con huaraches, gabanes, cabello largo, collares con una “i griega”, y promulgando paz y amor. “Hippies”, concluían los adultos de aquel entonces.

➡️“Yo estuve en Avándaro”: Federico Rubli

Eduardo sólo siguió a su grupo favorito de rock mexicano de la década de los 60.

Tenía 14 años y cursaba el tercer grado de secundaria cuando conoció esa fiebre de rebeldía musical que escogió a Valle de Bravo para vivir su clímax.

Él vivía en otro mundo. Su madre tenía un puesto de huaraches y cobijas en el mercado municipal. Una semana antes de aquel 11 de septiembre de 1971, los integrantes de Tinta Blanca arribaron a este tianguis, compraron huaraches y cobijas tipo gabanes que usarían durante su estancia en el municipio.

"Veíamos que todos (los asistentes al festival) llegaban con esos zarapes que eran como de lana y mi madre los vendía en el mercado, tenía un puesto de huaraches, cobijas, zapatos… era un puesto en el que encontrabas de todo.

Los vecinos de Valle de Bravo veían raro a los jóvenes asistentes al Festival. Foto: Archivo biblioteca, hemeroteca y fototeca Mario Vázquez Raña y La Prensa

"Y como una semana antes llegaron los de Tinta Blanca a comprarle, lo vimos como símbolo”, dice Eduardo.

Así inició el posmoderno sincretismo que cambiaría a Valle de Bravo. Los vecinos de esta localidad ni lo imaginaban, sólo veían una oleada de jóvenes raros. Mientras tanto Eduardo y sus primos mayores emprendían la ruta hacia Avándaro.

“Nos llevamos una cobija de esas para sentirnos con el mismo tenor de quienes iban llegando", expresa.

Después sabrían que fueron decenas de miles quienes llegaron a Valle de Bravo, donde no se oían esos ritmos y tonos estridentes.

A nadie de Valle le gustaba la música rock, a nadie. Era muy difícil que le gustara a la gente. Se podrían enumerar a las familias que empezaban a oír rock, los hermanos León recuerda Eduardo.

A las cinco de la tarde del sábado, Eduardo y sus primos salieron del pueblo con rumbo a Avándaro, una comunidad ubicada a más de 7 kilómetros al sureste del municipio. Caminaron por veredas alternas que sólo los vallesanos conocían, pues en el único camino que existía ya se había instalado la taquilla del festival.

"Nos fuimos por abajo del camino de la Cruz de Misión, ya después de que pasamos la taquilla subimos y había una multitud de gente, y ahí íbamos, con toda la multitud, desde el Salto hasta Avándaro, ya no caminaban los coches", relata.

La emoción y la caminata les hacían sudar, no sabían lo que les esperaba metros adelante. El valle de Avándaro estaba inundado de jóvenes.

"El sonido era malo, no se oía nada, estábamos muy lejos del escenario. Fue por eso que decidimos irnos hasta enfrente. Comenzó a llover, no tan fuerte, pero pertinaz, el lodazal se empezó a hacer y ya te cubría los pies", señala.

Al llegar al escenario, se ubicaron debajo de una torre de las bocinas de sonido.

Llegando al escenario una chamaca comenzó a subirse a la torre y comienza a quererse quitar la ropa, y le dice uno de un grupo o un organizador: amiga, bájate, estamos en vivo, nos está transmitiendo Jacobo Zabludovsky, no vale la pena

Al bajar, dice Eduardo, el equipo organizador del festival le regaló una camiseta blanca a la joven, pero minutos después volvió a subirse a la torre, se quitó lo que traía encima y se inmortalizó su imagen a nivel nacional.

Para entonces el terreno ya era un lodazal y Eduardo y sus primos comenzaban a conocer a esos jóvenes, a quienes las autoridades municipales habían tildado como peligrosos.

Ya se habían hecho fogatas para mitigar el frío que causaba la lluvia.

"Había mariguana para dar y regalar por todos lados, pero todos en paz. Detrás del escenario había como una enfermería, pero la Cruz Roja y los soldados los estaban atendiendo", rememora.

Todos los asistentes al festival fumaban tranquilamente. Foto: Archivo biblioteca, hemeroteca y fototeca Mario Vázquez Raña y La Prensa

Eduardo recuerda aún la presentación de Mayita Campos que prendió más a los asistentes.

A las cuatro de la mañana del domingo 12 de septiembre, Eduardo y sus primos regresaron a Valle Bravo. Tenían la intención de despertar temprano y volver a las carreras de automóviles que se habían anunciado.

Sin embargo, cuando retornaban por la zona del Velo de Novia, que ya se había convertido en los baños públicos para los asistentes al concierto, se enteraron de que la carrera se había cancelado. “Decían que por orden presidencial”.

El Velo de Novia estaba lleno, gente metiéndose al río, otra gente nadando en la laguna, si como dicen, desnudos, pero cada quien en su rollo, nadie se ofendía y nadie se decía nada

Escaseaba la comida y algunos de los asistentes comenzaban su retirada. Ahora los caminos eran intransitables por la cantidad de vehículos que comenzaban a moverse.

Terminaba la aventura para Eduardo y sus primos, pero iniciaba el impacto histórico de aquel episodio.

“Mi papá se dio cuenta que me había ido al festival y me hizo un regaño del tamaño del mundo; lo primero que me cuestiona es que si había fumado marihuana, porque se suponía que todo el mundo había fumado mariguana".

El IMPACTO

Para los vecinos de Valle de Bravo también concluía ese raro concierto, que por un azar del destino les había tocado albergar en su territorio. La mayoría pensaba que con el tiempo los humos y sonidos de este evento se disiparían. Pero no fue así.

Un cambio fue la moda. Para los jóvenes de la región se hizo costumbre usar pantalones acampanados, playeras holgadas y cabellera larga.

A partir del festival las cosas cambiaron para aquel pueblo. Foto: Archivo biblioteca, hemeroteca y fototeca Mario Vázquez Raña y La Prensa

“Dejaron la moda del greñero, todos aquí en Valle ya andaban como jipis, se colgaban una 'i griega' o en sus camisas pintaban ese símbolo del amor y paz. También dejaron la sarna, hubo muchos hombres que se contagiaron", confiesa Antonia Osorio, vecina de Valle de Bravo, quién tenía 11 años cuando ocurrió el festival.

El mismo Eduardo optó por dejarse el cabello largo.

"Yo no me corte el pelo, al final me decían los maestros que si no me cortaba el pelo, ni los papeles me daban. Me tusó un maestro y así tusado me fui a mi ceremonia, no me corte el pelo como en cinco años", apunta.

Junto con esta moda también llegó un cambio cultural. Nuevas ideas que se gestaban en los pasillos universitarios de la Ciudad de México.

Otro efecto fueron los nuevos vecinos, pues asistentes al concierto regresaron para quedarse a vivir en el ahora pueblo mágico.

Esto con el tiempo incrementó el número de establecimientos que ofrecían servicios turísticos, holísticos y culturales.

Esa gente que se quedó comienzan a hacer restaurantes vegetarianos, tiendas de moda, entonces Valle evoluciona, incluso, vinieron gente pensante, literatos con ideas socialistas, pero con ideas de paz y amor explica Eduardo.

Al principio no fue fácil la aceptación, pero nada que el tiempo no apaciguara.

"Incluso los que nos juntábamos con ellos éramos señalados como mariguanos y delincuentes, pero sí hubo gente que aportó", señala el vecino.

Adicional a ello se registró un impulso en el desarrollo urbano. A partir de ahí todo cambió, empezaron con casitas en Avándaro y llegó más gente y más gente.

Con esta migración también se reconfiguraron oficios para los nativos de esta tierra, pues las familias de alfareros, quienes tenían conocimientos empíricos, pasaron a formar parte de la mano de obra del sector de la construcción.

A la fecha, el recuerdo del festival de Avándaro se pierde en la memoria de las nuevas generaciones, quienes sin saberlo viven a diario este cambio que se gestó en el encuentro musical de hace 50 años.

DATO

15 mil habitantes tenía Valle de Bravo en septiembre de 1971

Miedo y hambre

En septiembre de 1971, los habitantes de Valle de Bravo sufrieron una crisis alimentaria que ellos mismos provocaron, no los miles de jóvenes que asistieron al evento musical, sino los comerciantes locales que, asustados, cerraron sus establecimientos y no hubo comida ni para los vecinos.

La gente estaba espantada por el festival, incluso cometen el error de cerrar todos los negocios y es un problema porque nunca he entendido cómo se salvó la gente que no tenía qué comer plática el vecino Eduardo Valencia.

Todo derivó de advertencias de la autoridad municipal sobre posibles disturbios que habría.

"Aquí en Valle no había ni qué comprar porque supuestamente iban a ser malos, cerraron el mercado, pues la orden que había era cerrar todo porque venían a hacer desmanes, pero no fue cierto”.

“Decían que eran los jipis y que no sabían si eran marihuanos o drogadictos, de lo más peor, y aquí era un pueblo humilde, tranquilo, no éramos tan despiertos", explica la vecina Antonia Osorio.

Con ese ambiente aumentó el miedo a la rapiña.

"(Se difundía) La idea a través de los comentarios de radio y los diarios de circulación local, se había formado sobre los jipis, de que se trataba de un grupo de personas que se dedicaban a la vagancia, a consumir marihuana.

“Y a consecuencia de sus efectos se dedicaban además a generar desorden y caos social", explicó Héctor González, cronista municipal de Valle de Bravo, quién tenía 16 años cuando ocurrió el festival y era hijo del administrador de la única gasolinera del municipio.

Sin embargo, durante y después del evento musical los vecinos de Valle de Bravo advirtieron que aquellos jóvenes de cabellera larga y símbolos raros eran pacíficos. Nunca alteraron el orden más allá de la zona de Avándaro.


Todo comenzó por seguir a Tinta Blanca. Así lo recuerda Eduardo Valencia quien, cruzando milpas, se aventuró al Festival de Rock y Ruedas en Avándaro.

En el estupor de su adolescencia no sabía que ese extraño evento cambiaría el destino de su natal Valle de Bravo a donde llegaron jóvenes con huaraches, gabanes, cabello largo, collares con una “i griega”, y promulgando paz y amor. “Hippies”, concluían los adultos de aquel entonces.

➡️“Yo estuve en Avándaro”: Federico Rubli

Eduardo sólo siguió a su grupo favorito de rock mexicano de la década de los 60.

Tenía 14 años y cursaba el tercer grado de secundaria cuando conoció esa fiebre de rebeldía musical que escogió a Valle de Bravo para vivir su clímax.

Él vivía en otro mundo. Su madre tenía un puesto de huaraches y cobijas en el mercado municipal. Una semana antes de aquel 11 de septiembre de 1971, los integrantes de Tinta Blanca arribaron a este tianguis, compraron huaraches y cobijas tipo gabanes que usarían durante su estancia en el municipio.

"Veíamos que todos (los asistentes al festival) llegaban con esos zarapes que eran como de lana y mi madre los vendía en el mercado, tenía un puesto de huaraches, cobijas, zapatos… era un puesto en el que encontrabas de todo.

Los vecinos de Valle de Bravo veían raro a los jóvenes asistentes al Festival. Foto: Archivo biblioteca, hemeroteca y fototeca Mario Vázquez Raña y La Prensa

"Y como una semana antes llegaron los de Tinta Blanca a comprarle, lo vimos como símbolo”, dice Eduardo.

Así inició el posmoderno sincretismo que cambiaría a Valle de Bravo. Los vecinos de esta localidad ni lo imaginaban, sólo veían una oleada de jóvenes raros. Mientras tanto Eduardo y sus primos mayores emprendían la ruta hacia Avándaro.

“Nos llevamos una cobija de esas para sentirnos con el mismo tenor de quienes iban llegando", expresa.

Después sabrían que fueron decenas de miles quienes llegaron a Valle de Bravo, donde no se oían esos ritmos y tonos estridentes.

A nadie de Valle le gustaba la música rock, a nadie. Era muy difícil que le gustara a la gente. Se podrían enumerar a las familias que empezaban a oír rock, los hermanos León recuerda Eduardo.

A las cinco de la tarde del sábado, Eduardo y sus primos salieron del pueblo con rumbo a Avándaro, una comunidad ubicada a más de 7 kilómetros al sureste del municipio. Caminaron por veredas alternas que sólo los vallesanos conocían, pues en el único camino que existía ya se había instalado la taquilla del festival.

"Nos fuimos por abajo del camino de la Cruz de Misión, ya después de que pasamos la taquilla subimos y había una multitud de gente, y ahí íbamos, con toda la multitud, desde el Salto hasta Avándaro, ya no caminaban los coches", relata.

La emoción y la caminata les hacían sudar, no sabían lo que les esperaba metros adelante. El valle de Avándaro estaba inundado de jóvenes.

"El sonido era malo, no se oía nada, estábamos muy lejos del escenario. Fue por eso que decidimos irnos hasta enfrente. Comenzó a llover, no tan fuerte, pero pertinaz, el lodazal se empezó a hacer y ya te cubría los pies", señala.

Al llegar al escenario, se ubicaron debajo de una torre de las bocinas de sonido.

Llegando al escenario una chamaca comenzó a subirse a la torre y comienza a quererse quitar la ropa, y le dice uno de un grupo o un organizador: amiga, bájate, estamos en vivo, nos está transmitiendo Jacobo Zabludovsky, no vale la pena

Al bajar, dice Eduardo, el equipo organizador del festival le regaló una camiseta blanca a la joven, pero minutos después volvió a subirse a la torre, se quitó lo que traía encima y se inmortalizó su imagen a nivel nacional.

Para entonces el terreno ya era un lodazal y Eduardo y sus primos comenzaban a conocer a esos jóvenes, a quienes las autoridades municipales habían tildado como peligrosos.

Ya se habían hecho fogatas para mitigar el frío que causaba la lluvia.

"Había mariguana para dar y regalar por todos lados, pero todos en paz. Detrás del escenario había como una enfermería, pero la Cruz Roja y los soldados los estaban atendiendo", rememora.

Todos los asistentes al festival fumaban tranquilamente. Foto: Archivo biblioteca, hemeroteca y fototeca Mario Vázquez Raña y La Prensa

Eduardo recuerda aún la presentación de Mayita Campos que prendió más a los asistentes.

A las cuatro de la mañana del domingo 12 de septiembre, Eduardo y sus primos regresaron a Valle Bravo. Tenían la intención de despertar temprano y volver a las carreras de automóviles que se habían anunciado.

Sin embargo, cuando retornaban por la zona del Velo de Novia, que ya se había convertido en los baños públicos para los asistentes al concierto, se enteraron de que la carrera se había cancelado. “Decían que por orden presidencial”.

El Velo de Novia estaba lleno, gente metiéndose al río, otra gente nadando en la laguna, si como dicen, desnudos, pero cada quien en su rollo, nadie se ofendía y nadie se decía nada

Escaseaba la comida y algunos de los asistentes comenzaban su retirada. Ahora los caminos eran intransitables por la cantidad de vehículos que comenzaban a moverse.

Terminaba la aventura para Eduardo y sus primos, pero iniciaba el impacto histórico de aquel episodio.

“Mi papá se dio cuenta que me había ido al festival y me hizo un regaño del tamaño del mundo; lo primero que me cuestiona es que si había fumado marihuana, porque se suponía que todo el mundo había fumado mariguana".

El IMPACTO

Para los vecinos de Valle de Bravo también concluía ese raro concierto, que por un azar del destino les había tocado albergar en su territorio. La mayoría pensaba que con el tiempo los humos y sonidos de este evento se disiparían. Pero no fue así.

Un cambio fue la moda. Para los jóvenes de la región se hizo costumbre usar pantalones acampanados, playeras holgadas y cabellera larga.

A partir del festival las cosas cambiaron para aquel pueblo. Foto: Archivo biblioteca, hemeroteca y fototeca Mario Vázquez Raña y La Prensa

“Dejaron la moda del greñero, todos aquí en Valle ya andaban como jipis, se colgaban una 'i griega' o en sus camisas pintaban ese símbolo del amor y paz. También dejaron la sarna, hubo muchos hombres que se contagiaron", confiesa Antonia Osorio, vecina de Valle de Bravo, quién tenía 11 años cuando ocurrió el festival.

El mismo Eduardo optó por dejarse el cabello largo.

"Yo no me corte el pelo, al final me decían los maestros que si no me cortaba el pelo, ni los papeles me daban. Me tusó un maestro y así tusado me fui a mi ceremonia, no me corte el pelo como en cinco años", apunta.

Junto con esta moda también llegó un cambio cultural. Nuevas ideas que se gestaban en los pasillos universitarios de la Ciudad de México.

Otro efecto fueron los nuevos vecinos, pues asistentes al concierto regresaron para quedarse a vivir en el ahora pueblo mágico.

Esto con el tiempo incrementó el número de establecimientos que ofrecían servicios turísticos, holísticos y culturales.

Esa gente que se quedó comienzan a hacer restaurantes vegetarianos, tiendas de moda, entonces Valle evoluciona, incluso, vinieron gente pensante, literatos con ideas socialistas, pero con ideas de paz y amor explica Eduardo.

Al principio no fue fácil la aceptación, pero nada que el tiempo no apaciguara.

"Incluso los que nos juntábamos con ellos éramos señalados como mariguanos y delincuentes, pero sí hubo gente que aportó", señala el vecino.

Adicional a ello se registró un impulso en el desarrollo urbano. A partir de ahí todo cambió, empezaron con casitas en Avándaro y llegó más gente y más gente.

Con esta migración también se reconfiguraron oficios para los nativos de esta tierra, pues las familias de alfareros, quienes tenían conocimientos empíricos, pasaron a formar parte de la mano de obra del sector de la construcción.

A la fecha, el recuerdo del festival de Avándaro se pierde en la memoria de las nuevas generaciones, quienes sin saberlo viven a diario este cambio que se gestó en el encuentro musical de hace 50 años.

DATO

15 mil habitantes tenía Valle de Bravo en septiembre de 1971

Miedo y hambre

En septiembre de 1971, los habitantes de Valle de Bravo sufrieron una crisis alimentaria que ellos mismos provocaron, no los miles de jóvenes que asistieron al evento musical, sino los comerciantes locales que, asustados, cerraron sus establecimientos y no hubo comida ni para los vecinos.

La gente estaba espantada por el festival, incluso cometen el error de cerrar todos los negocios y es un problema porque nunca he entendido cómo se salvó la gente que no tenía qué comer plática el vecino Eduardo Valencia.

Todo derivó de advertencias de la autoridad municipal sobre posibles disturbios que habría.

"Aquí en Valle no había ni qué comprar porque supuestamente iban a ser malos, cerraron el mercado, pues la orden que había era cerrar todo porque venían a hacer desmanes, pero no fue cierto”.

“Decían que eran los jipis y que no sabían si eran marihuanos o drogadictos, de lo más peor, y aquí era un pueblo humilde, tranquilo, no éramos tan despiertos", explica la vecina Antonia Osorio.

Con ese ambiente aumentó el miedo a la rapiña.

"(Se difundía) La idea a través de los comentarios de radio y los diarios de circulación local, se había formado sobre los jipis, de que se trataba de un grupo de personas que se dedicaban a la vagancia, a consumir marihuana.

“Y a consecuencia de sus efectos se dedicaban además a generar desorden y caos social", explicó Héctor González, cronista municipal de Valle de Bravo, quién tenía 16 años cuando ocurrió el festival y era hijo del administrador de la única gasolinera del municipio.

Sin embargo, durante y después del evento musical los vecinos de Valle de Bravo advirtieron que aquellos jóvenes de cabellera larga y símbolos raros eran pacíficos. Nunca alteraron el orden más allá de la zona de Avándaro.


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