/ jueves 1 de septiembre de 2016

Tenso encuentro Peña Nieto-Donald Trump en Los Pinos

 | CRÓNICA | 

El Presidente de México mostró sólida preparación para este encuentro. Describió al señor Donald Trump las cifras del intenso intercambio comercial. 500 mil millones de dólares anuales. “El 40 por ciento de las partes que se emplean en artículos que exportamos las adquirimos justamente de proveedores norteamericanos”, argumentó.

Imperó la tensión en el encuentro de los personajes. Escasearon las palabras de afecto. No hubo gestos hostiles. Empero la atmósfera no era tranquilizadora. Los asistentes -todos- estuvieron sin parpadear. La llegada de los principales protagonistas transcurrió en silencio. Rostros graves. Gritos -abusivos- de fotógrafos y camarógrafos que demandaban espacio -campo- para sus tomas. Destemplados exigían a los que se alzaron para hacer una foto con el celular volvieran de inmediato a su silla.

Se rezagó un poco la secretaria de Relaciones Exteriores. La maestra Claudia Ruiz Massieu recibió un alud de gritos.

También puedes leer: 

Escenario estricto. Mamparas grises. Al centro -telón de fondo- el Escudo Nacional. El águila y la serpiente. Dos atriles. Una sola bandera. La de México. Sobre el barnizado y bien pulido -encerado- parquet del Salón Adolfo López Mateos los ayudantes y colaboradores del Presidente Enrique Peña Nieto permanecían en su sitio. En atenta tensión. En silencio. El general Roberto Miranda -jefe del Estado Mayor Presidencial- intercambió pocas palabras con el profesor Gerardo Zepeda. No fue día de bromas y chanzas entre los reporteros el de ayer.

El presidente de México, Enrique Peña Nieto, fue el primero en tomar la palabra. Leyó muy bien su discurso. No improvisó ni intercaló comentario. Puso de relieve lo importante que para ambas naciones resulta mantener “una relación cordial, amistosa, plena de respeto. El diálogo -recomendó- permite el acercamiento. El conocimiento”. “México resulta aliado estratégico para Estados Unidos. Estados Unidos es esencial para México. El buen trato. El entendimiento. Las cuestiones más difíciles -desarrollo de fronteras, intercambio de información entre agencias de seguridad... Todo puede ser mejorado”, observó.

El señor Donald Trump halló palabras para describir su trato con mexicanos arraigados -legalmente- en su país. No obstante, externó su preocupación por empleos perdidos. “Para la ruina de trabajadores estadunidenses”, fijó. LOS MEXICANOS NO ESTUDIAMOS -COMO DEBIÉRAMOS- A ESTADOS UNIDOS Y AL PODER DE LA IGLESIA: JOSÉ ROGELIO ÁLVAREZ

El presidente Enrique Peña Nieto hizo ver que de Estados Unidos viene a México un flujo de armas que contribuye a agudizar los conflictos entre el crimen organizado. Armas y dinero sucio. Armas de muerte. Comercio dañino.

No soslayó el contrabando de drogas hacia Estados Unidos. Pero estimó que los dos países pueden hallar medios de frenar ese letal negocio.

El presidente Enrique Peña Nieto y el señor Donald Trump dejaron en el ánimo de los presentes la impresión de que este “encuentro preliminar” sirvió ambos de frío conocimiento. Hombres cautos. Individuos desconfiados.

También puedes leer: 

Movidos por un común afán. Conseguir lo que -a su juicio- puede resultar benéfico para el progreso de sus sociedades.

Y el reportero recordó el “Espíritu de Houston”. El encuentro entre los presidentes -electos- George Bush y Carlos Salinas de Gortari. Sonrisas. Apretones de manos. Encuentro encantador.

Y también la Cumbre Norte Sur. La que organizó el presidente José López Portillo. Ronald Reagan condicionó: “Que no se presente en Cancún Fidel Castro. “ Y López Portillo explicó -con formidables argumentos- al comandante Castro Ruz lo útil que resultaría permanecer en La Habana. Y el héroe del “26 de Julio” lo entendió.

Pero el día de la inauguración, el presidente Reagan llegó con casi una hora de retraso a la ceremonia. Hizo la ira de López Portillo: “Así son; desprecian, desdeñan”, dijo. Tenía razón. El secretario de Estado, el general Haig, se presentó al Salón en bermudas. Lucía tonos -barras y estrellas- de la bandera de su país. Haig -Alexander Haig- se fue a jugar golf.

También puedes leer: 

Comportamientos que robustecen la añeja observación del historiador José Rogelio Álvarez. Creador de La Enciclopedia de México, criticaba:

“Estados Unidos y la Iglesia son los dos temas que influyen poderosamente en la vida mexicana. Y no nos ocupamos de estudiarlos con detenimiento. Para conocer qué podemos esperar de los americanos y de los sacerdotes”. Académico de la Lengua. Pensador sereno, José Rogelio Álvarez murió sin ver que tal situación cambiara.

Ayer el Presidente de México, Enrique Peña Nieto, y el millonario Donald Trump, que aspira ganar la elección presidencial del 8 de noviembre en Estados Unidos, comenzaron a conocerse.

 | CRÓNICA | 

El Presidente de México mostró sólida preparación para este encuentro. Describió al señor Donald Trump las cifras del intenso intercambio comercial. 500 mil millones de dólares anuales. “El 40 por ciento de las partes que se emplean en artículos que exportamos las adquirimos justamente de proveedores norteamericanos”, argumentó.

Imperó la tensión en el encuentro de los personajes. Escasearon las palabras de afecto. No hubo gestos hostiles. Empero la atmósfera no era tranquilizadora. Los asistentes -todos- estuvieron sin parpadear. La llegada de los principales protagonistas transcurrió en silencio. Rostros graves. Gritos -abusivos- de fotógrafos y camarógrafos que demandaban espacio -campo- para sus tomas. Destemplados exigían a los que se alzaron para hacer una foto con el celular volvieran de inmediato a su silla.

Se rezagó un poco la secretaria de Relaciones Exteriores. La maestra Claudia Ruiz Massieu recibió un alud de gritos.

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Escenario estricto. Mamparas grises. Al centro -telón de fondo- el Escudo Nacional. El águila y la serpiente. Dos atriles. Una sola bandera. La de México. Sobre el barnizado y bien pulido -encerado- parquet del Salón Adolfo López Mateos los ayudantes y colaboradores del Presidente Enrique Peña Nieto permanecían en su sitio. En atenta tensión. En silencio. El general Roberto Miranda -jefe del Estado Mayor Presidencial- intercambió pocas palabras con el profesor Gerardo Zepeda. No fue día de bromas y chanzas entre los reporteros el de ayer.

El presidente de México, Enrique Peña Nieto, fue el primero en tomar la palabra. Leyó muy bien su discurso. No improvisó ni intercaló comentario. Puso de relieve lo importante que para ambas naciones resulta mantener “una relación cordial, amistosa, plena de respeto. El diálogo -recomendó- permite el acercamiento. El conocimiento”. “México resulta aliado estratégico para Estados Unidos. Estados Unidos es esencial para México. El buen trato. El entendimiento. Las cuestiones más difíciles -desarrollo de fronteras, intercambio de información entre agencias de seguridad... Todo puede ser mejorado”, observó.

El señor Donald Trump halló palabras para describir su trato con mexicanos arraigados -legalmente- en su país. No obstante, externó su preocupación por empleos perdidos. “Para la ruina de trabajadores estadunidenses”, fijó. LOS MEXICANOS NO ESTUDIAMOS -COMO DEBIÉRAMOS- A ESTADOS UNIDOS Y AL PODER DE LA IGLESIA: JOSÉ ROGELIO ÁLVAREZ

El presidente Enrique Peña Nieto hizo ver que de Estados Unidos viene a México un flujo de armas que contribuye a agudizar los conflictos entre el crimen organizado. Armas y dinero sucio. Armas de muerte. Comercio dañino.

No soslayó el contrabando de drogas hacia Estados Unidos. Pero estimó que los dos países pueden hallar medios de frenar ese letal negocio.

El presidente Enrique Peña Nieto y el señor Donald Trump dejaron en el ánimo de los presentes la impresión de que este “encuentro preliminar” sirvió ambos de frío conocimiento. Hombres cautos. Individuos desconfiados.

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Movidos por un común afán. Conseguir lo que -a su juicio- puede resultar benéfico para el progreso de sus sociedades.

Y el reportero recordó el “Espíritu de Houston”. El encuentro entre los presidentes -electos- George Bush y Carlos Salinas de Gortari. Sonrisas. Apretones de manos. Encuentro encantador.

Y también la Cumbre Norte Sur. La que organizó el presidente José López Portillo. Ronald Reagan condicionó: “Que no se presente en Cancún Fidel Castro. “ Y López Portillo explicó -con formidables argumentos- al comandante Castro Ruz lo útil que resultaría permanecer en La Habana. Y el héroe del “26 de Julio” lo entendió.

Pero el día de la inauguración, el presidente Reagan llegó con casi una hora de retraso a la ceremonia. Hizo la ira de López Portillo: “Así son; desprecian, desdeñan”, dijo. Tenía razón. El secretario de Estado, el general Haig, se presentó al Salón en bermudas. Lucía tonos -barras y estrellas- de la bandera de su país. Haig -Alexander Haig- se fue a jugar golf.

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Comportamientos que robustecen la añeja observación del historiador José Rogelio Álvarez. Creador de La Enciclopedia de México, criticaba:

“Estados Unidos y la Iglesia son los dos temas que influyen poderosamente en la vida mexicana. Y no nos ocupamos de estudiarlos con detenimiento. Para conocer qué podemos esperar de los americanos y de los sacerdotes”. Académico de la Lengua. Pensador sereno, José Rogelio Álvarez murió sin ver que tal situación cambiara.

Ayer el Presidente de México, Enrique Peña Nieto, y el millonario Donald Trump, que aspira ganar la elección presidencial del 8 de noviembre en Estados Unidos, comenzaron a conocerse.