/ martes 2 de octubre de 2018

Un asunto de familia... Elisa García lucha contra el olvido de la masacre en Tlatelolco

"Cuando empezaron los balazos ya no me asomé. Metí a los niños debajo de la cama", recuerda la testigo de la balacera

Desde hace ya 50 años, los acontecimientos de octubre del 68 han ocupado un lugar central en la vida de los Cruz García; ellos fueron testigos secundarios de las tanquetas y el Batallón Olimpia, de los balazos en la fachada del Chihuahua, de los desaparecidos y los muertos.

El recuerdo del 2 de octubre de 1968 ya es borroso en la mente de Elisa García Portillo de 83 años, cuando vivía en Tlatelolco con sus bebés Mauricio y Víctor, y su marido Gilberto. Están presentes los momentos más importantes que relata por pedazos pero los repite una y otra vez momentos después.

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Repite el miedo que sintió cuando empezó el mitin en el tercer piso del edificio Chihuahua donde ella vivía; repite cuando notó la llegada del ejército; repite cómo su hijo Mauricio, entonces un niño de cinco años, le preguntaba por su padre; repite las mentiras que le dijo para calmarlo; repite el alivio cuando vio a su esposo con vida escoltado por aquellos "muchachos de guante blanco", y también repite cuando los dejaron ir sanos y salvos a la casa de su cuñada en Reforma.

Foto: Archivo La Prensa

Pero lo que más repite, y lo hace cada vez que hay silencio en la entrevista, es el sonido de la balacera, esa balacera tan tremenda que se le quedó grabada cuando todo lo demás se mueve entre la niebla del olvido y la senilidad.

"A las cinco y media empieza una balacera como si hubiera sido un ejército contra otro que duró como 40 minutos. ¡Era tan fuerte, tan tremendo! Después se oía un tiro aquí, otro tiro allá. Dicen que fueron 27 muertos y 80 heridos. ¿Si fue tan fuerte la balacera cómo es que sólo fueron 27 muertos?", recuerda la mujer mientras aprieta los puños, entrecierra los ojos y agita la cabeza en gesto de incredulidad.

"Cuando empezaron los balazos ya no me asomé. Metí a los niños debajo de la cama. Nunca vi ni muertos ni sangre. Yo cuento sólo lo que vi".

Foto: Archivo La Prensa

Su hijo Víctor, el más chico y de sólo meses aquella tarde, se desespera cuando su mamá no cuenta en orden todos los detalles del 2 de octubre tal y como se los contó durante toda su niñez y vida adulta. "Ya no narra como narraba antes, con la misma intensidad. Hubieras visto cómo lo contaba hace 30 años", le dice a El Sol de México.

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Víctor y Efrén, su primo, llenan los vacíos que deja la anciana en su relato. Se los saben de memoria después de toda una vida de escucharlos en cenas familiares.

Foto: Archivo La Prensa

"Tía, tú platicabas que a una vecina se le metieron muchos estudiantes y un bolero. Empiezan los balazos y matan al bolero ¿Te acuerdas de eso?", le pide Efrén a Elisa. Ella responde que sí se acuerda, se ríe, pero se ve confundida.

"Desde muy chico me di cuenta de que fue una familia que quedó marcada por el 68, con una línea de pensamiento muy marcada y en su manera de ver el mundo", dice Efrén sobre sus primos.

A través de toda una vida familiar en la que el 68 tuvo un lugar central, Víctor y Mauricio son testigos secundarios de las tanquetas y el Batallón Olimpia, de los balazos en la fachada del Chihuahua, de los desaparecidos y los muertos.

Foto: Archivo La Prensa


Masacre propicia en víctima formarse como historiador

Los conocen porque Tlatelolco los dejó marcados. Los hizo víctimas que nadie contabilizó, deudos sin muertos y cronistas que no pidieron serlo.

"Hay una serie de víctimas no fatales, como por ejemplo nosotros, que no nos tocó un balazo pero una experiencia así, de un tiroteo a discreción, en una zona tan densamente poblada, es durísimo para cualquiera porque es una experiencia que queda grabada", platica Mauricio, quien –según confiesa– acude constantemente al 2 de octubre para estudiarlo y mantener viva la memoria histórica.

Te recomendamos: Terreno fértil para la guerrilla

Tan es así que acabó estudiando historia y ahora imparte la materia a muchachos en la UNAM. Cada año les recuerda que sí hubieron muertos, que los medios de comunicación mintieron, que sí fue un crimen de Estado, y que él estuvo ahí.

Foto: Archivo La Prensa

"Nosotros a partir de tantos años hemos podido reconstruir más o menos qué pasó esa tarde. Sí hay secuelas emocionales, el escucharlo, el sentir el pánico de la gente son cosas que se te quedan ahí. Muy pronto cobramos conciencia de lo que habíamos vivido, los testimonios salieron muy rápido, los libros de Poniatowska, el de González de Alba, pero no era un ambiente general en la sociedad, éramos un núcleo que estábamos enterados", dice Víctor, quien se asume un paria social y que buscó al arte como válvula de escape.

Según explica Mauricio, la matanza de Tlatelolco enfrentó a los García, una familia de la emergente clase media de los 60, con la dureza de un régimen que no supo, o no quiso, entender las demandas más básicas del movimiento del 68: el clamor por la legalidad y el espacio para el pensamiento crítico.

Foto: Archivo La Prensa

Así, su familia es una pequeña pero significativa parte de la herencia de Tlatelolco.

"Nosotros tenemos una visión muy parcial, nos consideramos víctimas del 68. Vemos de otra forma la administración de los gobiernos, los discursos, los medios. Ha sido un proceso muy largo como para entenderlo, son secuelas que fueron saliendo y a la fecha estoy trabajando trastornos de ansiedad, desarrollé alcoholismo, y pareciera que no está conectado, pero sí tiene que ver", confiesa Víctor.

Lee también: Repercusiones del 68 en la apertura democrática de México

–¿Cuántos años después siguió viviendo en Tlatelolco?– se le pregunta a Elisa, quien parece ignorar las secuelas que durante 50 años han acompañado a sus hijos.

–Quince años. ¿Y qué cree? Se me olvidó, o sea, no pasó nada. Viví tranquilamente– responde para soltar una carcajada.

Entrevistados: Elisa García Portillo, viuda de Gilberto Cruz Ramírez, de 83 años; sus hijos Víctor y Mauricio Cruz García, de 50 y 55 años. Y Galdina García Portillo, 88 años, hermana de Elisa, y su hijo Efrén García García, 53 años.


Consulta nuestro especial 2 de octubre de 1968, la conspiración cumple 50 años


Desde hace ya 50 años, los acontecimientos de octubre del 68 han ocupado un lugar central en la vida de los Cruz García; ellos fueron testigos secundarios de las tanquetas y el Batallón Olimpia, de los balazos en la fachada del Chihuahua, de los desaparecidos y los muertos.

El recuerdo del 2 de octubre de 1968 ya es borroso en la mente de Elisa García Portillo de 83 años, cuando vivía en Tlatelolco con sus bebés Mauricio y Víctor, y su marido Gilberto. Están presentes los momentos más importantes que relata por pedazos pero los repite una y otra vez momentos después.

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Repite el miedo que sintió cuando empezó el mitin en el tercer piso del edificio Chihuahua donde ella vivía; repite cuando notó la llegada del ejército; repite cómo su hijo Mauricio, entonces un niño de cinco años, le preguntaba por su padre; repite las mentiras que le dijo para calmarlo; repite el alivio cuando vio a su esposo con vida escoltado por aquellos "muchachos de guante blanco", y también repite cuando los dejaron ir sanos y salvos a la casa de su cuñada en Reforma.

Foto: Archivo La Prensa

Pero lo que más repite, y lo hace cada vez que hay silencio en la entrevista, es el sonido de la balacera, esa balacera tan tremenda que se le quedó grabada cuando todo lo demás se mueve entre la niebla del olvido y la senilidad.

"A las cinco y media empieza una balacera como si hubiera sido un ejército contra otro que duró como 40 minutos. ¡Era tan fuerte, tan tremendo! Después se oía un tiro aquí, otro tiro allá. Dicen que fueron 27 muertos y 80 heridos. ¿Si fue tan fuerte la balacera cómo es que sólo fueron 27 muertos?", recuerda la mujer mientras aprieta los puños, entrecierra los ojos y agita la cabeza en gesto de incredulidad.

"Cuando empezaron los balazos ya no me asomé. Metí a los niños debajo de la cama. Nunca vi ni muertos ni sangre. Yo cuento sólo lo que vi".

Foto: Archivo La Prensa

Su hijo Víctor, el más chico y de sólo meses aquella tarde, se desespera cuando su mamá no cuenta en orden todos los detalles del 2 de octubre tal y como se los contó durante toda su niñez y vida adulta. "Ya no narra como narraba antes, con la misma intensidad. Hubieras visto cómo lo contaba hace 30 años", le dice a El Sol de México.

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Víctor y Efrén, su primo, llenan los vacíos que deja la anciana en su relato. Se los saben de memoria después de toda una vida de escucharlos en cenas familiares.

Foto: Archivo La Prensa

"Tía, tú platicabas que a una vecina se le metieron muchos estudiantes y un bolero. Empiezan los balazos y matan al bolero ¿Te acuerdas de eso?", le pide Efrén a Elisa. Ella responde que sí se acuerda, se ríe, pero se ve confundida.

"Desde muy chico me di cuenta de que fue una familia que quedó marcada por el 68, con una línea de pensamiento muy marcada y en su manera de ver el mundo", dice Efrén sobre sus primos.

A través de toda una vida familiar en la que el 68 tuvo un lugar central, Víctor y Mauricio son testigos secundarios de las tanquetas y el Batallón Olimpia, de los balazos en la fachada del Chihuahua, de los desaparecidos y los muertos.

Foto: Archivo La Prensa


Masacre propicia en víctima formarse como historiador

Los conocen porque Tlatelolco los dejó marcados. Los hizo víctimas que nadie contabilizó, deudos sin muertos y cronistas que no pidieron serlo.

"Hay una serie de víctimas no fatales, como por ejemplo nosotros, que no nos tocó un balazo pero una experiencia así, de un tiroteo a discreción, en una zona tan densamente poblada, es durísimo para cualquiera porque es una experiencia que queda grabada", platica Mauricio, quien –según confiesa– acude constantemente al 2 de octubre para estudiarlo y mantener viva la memoria histórica.

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Tan es así que acabó estudiando historia y ahora imparte la materia a muchachos en la UNAM. Cada año les recuerda que sí hubieron muertos, que los medios de comunicación mintieron, que sí fue un crimen de Estado, y que él estuvo ahí.

Foto: Archivo La Prensa

"Nosotros a partir de tantos años hemos podido reconstruir más o menos qué pasó esa tarde. Sí hay secuelas emocionales, el escucharlo, el sentir el pánico de la gente son cosas que se te quedan ahí. Muy pronto cobramos conciencia de lo que habíamos vivido, los testimonios salieron muy rápido, los libros de Poniatowska, el de González de Alba, pero no era un ambiente general en la sociedad, éramos un núcleo que estábamos enterados", dice Víctor, quien se asume un paria social y que buscó al arte como válvula de escape.

Según explica Mauricio, la matanza de Tlatelolco enfrentó a los García, una familia de la emergente clase media de los 60, con la dureza de un régimen que no supo, o no quiso, entender las demandas más básicas del movimiento del 68: el clamor por la legalidad y el espacio para el pensamiento crítico.

Foto: Archivo La Prensa

Así, su familia es una pequeña pero significativa parte de la herencia de Tlatelolco.

"Nosotros tenemos una visión muy parcial, nos consideramos víctimas del 68. Vemos de otra forma la administración de los gobiernos, los discursos, los medios. Ha sido un proceso muy largo como para entenderlo, son secuelas que fueron saliendo y a la fecha estoy trabajando trastornos de ansiedad, desarrollé alcoholismo, y pareciera que no está conectado, pero sí tiene que ver", confiesa Víctor.

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–¿Cuántos años después siguió viviendo en Tlatelolco?– se le pregunta a Elisa, quien parece ignorar las secuelas que durante 50 años han acompañado a sus hijos.

–Quince años. ¿Y qué cree? Se me olvidó, o sea, no pasó nada. Viví tranquilamente– responde para soltar una carcajada.

Entrevistados: Elisa García Portillo, viuda de Gilberto Cruz Ramírez, de 83 años; sus hijos Víctor y Mauricio Cruz García, de 50 y 55 años. Y Galdina García Portillo, 88 años, hermana de Elisa, y su hijo Efrén García García, 53 años.


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