/ viernes 7 de mayo de 2021

¡Ay, mamá pulpo! Madre, maestra, ama de casa, esposa, hija, empleada…  y lo que surja

El micrófono del celular se activó y ese descuido hizo que su jefa y sus compañeros de trabajo la escucharan cómo llamaba la atención a sus hijos

--¿Ya estás en la clase de química? ¿Ya ingresaste..?

-- …Ya mamá, ya estoy…

-- Emiliano, tú pon atención a la clase, no estés viendo otras cosas…

--Creo que Perla tiene abierto el micrófono, dice la voz que sale del celular.

Perla voltea, se paraliza por un momento y se abalanza sobre el celular, como puede oprime el botón al escuchar a su jefa. No logra entender nada, se queda pasmada unos segundos y luego la invade un sentimiento de culpa y vergüenza.

Al llamar la atención de sus hijos, Emiliano y Sebastián, el micrófono del celular se activó y ese descuido hizo que su jefa y sus compañeros de trabajo, con quienes tenían una de tantas juntas virtuales, la escucharan gritar.

Entre el estrés y el caos por no atinar qué pasó con el audio, se le ocurre un rápido: “¡perdón!”. Piensa cómo es posible que después de tantos meses le ocurriera, mientras se sienta a seguir con su trabajo.

Perla, como otras 6.1 millones de mujeres en el país, trabajaba fuera de casa, pero desde marzo del año pasado, al declararse la emergencia sanitaria por la pandemia de Covid-19, el inicio del confinamiento la llevó al teletrabajo. Ella lo hizo en su casa en Coacalco, en el Estado de México.

Foto: El Sol de México

Ha pasado más de un año desde que inició la pandemia de Covid-19, por ese virus que se originó en Wuhan, China, y en México casi 220 mil personas fallecieron por la enfermedad.

En marzo del año pasado, Perla sólo tenía celular en su familia, por lo que apoyó a sus hijos con el envío semanal de las tareas, a través de WhatsApp o por correo electrónico. Fue sencillo.

Lo complicado vino con la propuesta de las clases por televisión, Aprende en Casa, o cuando pidieron conectarse a alguna de las aplicaciones existentes de conferencias virtuales.

Lo primero fue tener que comprar una computadora y una tableta, además de contratar el servicio de internet. Luego se convirtió al mismo tiempo en maestra de primaria y secundaria, ama de casa, esposa e hija, además de su trabajo en el área web de un medio de comunicación.

“A veces siento que soy un pulpo”, porque atiende cinco o seis cosas al mismo tiempo: entre el trabajo, hacer que los hijos pongan atención en la clase, el quehacer de la casa y pensar y elaborar la comida, todo antes de que llegue la hora de dormir. Hay días buenos y otros muy malos en los que dice terminar con total estrés y frustración, preguntándose “si seré una mala madre”.

Un día es muy malo “cuando el internet nos hace malas jugadas y colapsa la conexión, ahí sí es el caos”.

Hay momentos en el que está frente a la computadora para revisar una información para poder subirla a una plataforma web, pero al mismo tiempo ve lo que hace Emiliano, que tiene apenas diez años y está en sus clases de primaria, o Sebastián que este año ingresó a la preparatoria.

“Tengo que ver si están poniendo atención, si no están viendo otra cosa, si están tomando apuntes, si ya se les fue el internet, y si eso ocurrió pasarles el celular para entrar a las clases. O bien, que no consiguieron la clave de las clases y tengo que ver en dónde lo consigo, en eso los tengo que apoyar mientras hago mi trabajo. Eso es todos los días”.

Foto: El Sol de México

Al inicio todo era un caos, “yo no desayunaba, a ellos les daba medio de desayunar porque tenían varias tareas al mismo tiempo, siempre entre el acelere y el estrés”.

Eso sucedió por casi tres semanas “hasta que Sebastián me dijo: ‘ya no quiero sincronizadas’, fue entonces que me di cuenta que durante todas esas semanas habíamos comido lo mismo” , y ríe.

Todo era desorden, al levantarse cada quien se ponía ropa cómoda, en algunas ocasiones se dejaban el pijama y empezaban sus actividades.

Su esposo Jesús, quien trabaja en la aduana del Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México, salía como siempre temprano, porque ahí nunca hubo oportunidad de hacer trabajo en casa, por lo que no le tocaron vivir las horas de multitareas de Perla, en donde sus hijos llegaron a decirle: “mamá ya es medio día y no hemos desayunado”.

El tiempo nunca le alcanzaba y ahí se abrió otro punto de estrés para ella, empezaron los enojos y pleitos con su esposo. “La gente piensa que estar en home office es estar tranquilamente, con los niños al lado y todo bien bonito y no, todo es caótico”.

Al regresar del trabajo Jesús sólo advertía el desorden del departamento y reclamaba por qué ninguno de los tres había tenido tiempo de recoger un poco. Perla y sus hijos explicaban la larga jornada, pero él en medio de su molestia les ayudaba.

Ella sabía que algo tenía qué hacer. Empezó por organizarse, planear cómo iba a realizar su trabajo, puesto que era la primera vez que todos hacían home office, y al mismo tiempo organizar su casa, sus hijos, a su esposo y su familia, todo para no contagiarse de Covid-19.

Una primera opción fue aceptar la ayuda de su mamá. Socorro le ofreció que fueran por unos días a su casa para que los niños no se mal pasaran mientras ella tomaba el ritmo a su nueva forma de trabajo.

“Uno empieza por organizar y eso significa poner horarios. Había que incluir darles el desayuno, la comida. Resolver cinco o seis situaciones al mismo tiempo: hijos, trabajo, estar pendientes de cuando me llega información al celular, mensajes al WhatsApp, notificarlo en el periódico o lo que va surgiendo. “Con el paso del tiempo nos hemos ido adaptando y acostumbrando, hay días que termino con total estrés y frustración”.

De regreso a su casa, cuenta, puso en marcha todo para crear rutinas y orden, horarios y “a tener más paciencia, mucha técnica de respiración, no sentirme culpable siempre. Tener autoestima y conservar mi salud mental. Saber que tenía que sacar las dificultades en el trabajo poco a poco”.

Otra ayuda fue el platicar con sus compañeras de trabajo de lo que también les estaba pasando como mamás en home office, “ayudarse entre mujeres, apoyarse y saber que aunque estás súper organizada las cosas a veces no funcionan, pero hay que respirar, mantener horarios y crear rutinas”, repite.

Foto: El Sol de México

Así hasta ahora ha logrado un poco de tranquilidad. Una vez que su esposo sale rumbo al trabajo, ella y sus hijos toman sus lugares, en el centro de la casa donde está el comedor. Perla toma el lugar central de la mesa para controlar todo el espacio con la mirada, a su izquierda Emiliano, para poder vigilar que siga la clase, tome notas y no se distraiga en otras cosas. De ese mismo lado un poco más atrás está la cocina, por si tiene que levantarse rápidamente a preparar algo.

Frente a ella se sienta Sebastián, “a él lo veo a los ojos, para controlar qué hace y estoy pendiente de que entre a la clase, que no pierda las claves”, sólo de esa forma se siente tranquila.

A la derecha de ese espacio está la televisión en donde ella sintoniza algún canal de noticias. Todos usan audífonos, así nadie interfiere con sus actividades porque al principio fue común que en sus juntas virtuales se escucharan los profesores o los comentarios de sus hijos.

Si nadie pudo lavar trastes saben que al llegar su esposo él podrá hacerlo, “aunque lo haga con cara de enojado” y vuelve a reír.

Con la gradual reapertura de actividades sociales los niños empiezan a retomar algunas de las actividades, conforme ha avanzado el semáforo epidemiológico. Sebastián retomó hace algunas semanas sus entrenamientos de futbol mientras Emiliano disfruta de los videojuegos, pero el reclamo hacia ella sigue ahí: “que trabajo mucho, pero el periodismo exige mucho tiempo, es mucha responsabilidad estar informando, es una profesión de todo el día”.

Después de un año, Perla dice estar más adaptada al trabajo en casa, aunque sabe que su horario de trabajo ha aumentado, “parece que nunca termina”.

Sus hijos saben en qué consiste su trabajo, a qué horas son las juntas y en qué momento puede “entrar en el acelere”. Ya no tiene tanto estrés porque algunas cosas ya son rutina, pero pensar que ahora habrá regreso a clases y al trabajo presencial le genera angustia. “La verdad estamos en una burbuja, hice todo lo posible por ponerlos a ellos así. No salimos, por el miedo a contagiarnos. En el regreso también podría regresar el caos”.

Foto: Adrián Vázquez | El Sol de México


--¿Ya estás en la clase de química? ¿Ya ingresaste..?

-- …Ya mamá, ya estoy…

-- Emiliano, tú pon atención a la clase, no estés viendo otras cosas…

--Creo que Perla tiene abierto el micrófono, dice la voz que sale del celular.

Perla voltea, se paraliza por un momento y se abalanza sobre el celular, como puede oprime el botón al escuchar a su jefa. No logra entender nada, se queda pasmada unos segundos y luego la invade un sentimiento de culpa y vergüenza.

Al llamar la atención de sus hijos, Emiliano y Sebastián, el micrófono del celular se activó y ese descuido hizo que su jefa y sus compañeros de trabajo, con quienes tenían una de tantas juntas virtuales, la escucharan gritar.

Entre el estrés y el caos por no atinar qué pasó con el audio, se le ocurre un rápido: “¡perdón!”. Piensa cómo es posible que después de tantos meses le ocurriera, mientras se sienta a seguir con su trabajo.

Perla, como otras 6.1 millones de mujeres en el país, trabajaba fuera de casa, pero desde marzo del año pasado, al declararse la emergencia sanitaria por la pandemia de Covid-19, el inicio del confinamiento la llevó al teletrabajo. Ella lo hizo en su casa en Coacalco, en el Estado de México.

Foto: El Sol de México

Ha pasado más de un año desde que inició la pandemia de Covid-19, por ese virus que se originó en Wuhan, China, y en México casi 220 mil personas fallecieron por la enfermedad.

En marzo del año pasado, Perla sólo tenía celular en su familia, por lo que apoyó a sus hijos con el envío semanal de las tareas, a través de WhatsApp o por correo electrónico. Fue sencillo.

Lo complicado vino con la propuesta de las clases por televisión, Aprende en Casa, o cuando pidieron conectarse a alguna de las aplicaciones existentes de conferencias virtuales.

Lo primero fue tener que comprar una computadora y una tableta, además de contratar el servicio de internet. Luego se convirtió al mismo tiempo en maestra de primaria y secundaria, ama de casa, esposa e hija, además de su trabajo en el área web de un medio de comunicación.

“A veces siento que soy un pulpo”, porque atiende cinco o seis cosas al mismo tiempo: entre el trabajo, hacer que los hijos pongan atención en la clase, el quehacer de la casa y pensar y elaborar la comida, todo antes de que llegue la hora de dormir. Hay días buenos y otros muy malos en los que dice terminar con total estrés y frustración, preguntándose “si seré una mala madre”.

Un día es muy malo “cuando el internet nos hace malas jugadas y colapsa la conexión, ahí sí es el caos”.

Hay momentos en el que está frente a la computadora para revisar una información para poder subirla a una plataforma web, pero al mismo tiempo ve lo que hace Emiliano, que tiene apenas diez años y está en sus clases de primaria, o Sebastián que este año ingresó a la preparatoria.

“Tengo que ver si están poniendo atención, si no están viendo otra cosa, si están tomando apuntes, si ya se les fue el internet, y si eso ocurrió pasarles el celular para entrar a las clases. O bien, que no consiguieron la clave de las clases y tengo que ver en dónde lo consigo, en eso los tengo que apoyar mientras hago mi trabajo. Eso es todos los días”.

Foto: El Sol de México

Al inicio todo era un caos, “yo no desayunaba, a ellos les daba medio de desayunar porque tenían varias tareas al mismo tiempo, siempre entre el acelere y el estrés”.

Eso sucedió por casi tres semanas “hasta que Sebastián me dijo: ‘ya no quiero sincronizadas’, fue entonces que me di cuenta que durante todas esas semanas habíamos comido lo mismo” , y ríe.

Todo era desorden, al levantarse cada quien se ponía ropa cómoda, en algunas ocasiones se dejaban el pijama y empezaban sus actividades.

Su esposo Jesús, quien trabaja en la aduana del Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México, salía como siempre temprano, porque ahí nunca hubo oportunidad de hacer trabajo en casa, por lo que no le tocaron vivir las horas de multitareas de Perla, en donde sus hijos llegaron a decirle: “mamá ya es medio día y no hemos desayunado”.

El tiempo nunca le alcanzaba y ahí se abrió otro punto de estrés para ella, empezaron los enojos y pleitos con su esposo. “La gente piensa que estar en home office es estar tranquilamente, con los niños al lado y todo bien bonito y no, todo es caótico”.

Al regresar del trabajo Jesús sólo advertía el desorden del departamento y reclamaba por qué ninguno de los tres había tenido tiempo de recoger un poco. Perla y sus hijos explicaban la larga jornada, pero él en medio de su molestia les ayudaba.

Ella sabía que algo tenía qué hacer. Empezó por organizarse, planear cómo iba a realizar su trabajo, puesto que era la primera vez que todos hacían home office, y al mismo tiempo organizar su casa, sus hijos, a su esposo y su familia, todo para no contagiarse de Covid-19.

Una primera opción fue aceptar la ayuda de su mamá. Socorro le ofreció que fueran por unos días a su casa para que los niños no se mal pasaran mientras ella tomaba el ritmo a su nueva forma de trabajo.

“Uno empieza por organizar y eso significa poner horarios. Había que incluir darles el desayuno, la comida. Resolver cinco o seis situaciones al mismo tiempo: hijos, trabajo, estar pendientes de cuando me llega información al celular, mensajes al WhatsApp, notificarlo en el periódico o lo que va surgiendo. “Con el paso del tiempo nos hemos ido adaptando y acostumbrando, hay días que termino con total estrés y frustración”.

De regreso a su casa, cuenta, puso en marcha todo para crear rutinas y orden, horarios y “a tener más paciencia, mucha técnica de respiración, no sentirme culpable siempre. Tener autoestima y conservar mi salud mental. Saber que tenía que sacar las dificultades en el trabajo poco a poco”.

Otra ayuda fue el platicar con sus compañeras de trabajo de lo que también les estaba pasando como mamás en home office, “ayudarse entre mujeres, apoyarse y saber que aunque estás súper organizada las cosas a veces no funcionan, pero hay que respirar, mantener horarios y crear rutinas”, repite.

Foto: El Sol de México

Así hasta ahora ha logrado un poco de tranquilidad. Una vez que su esposo sale rumbo al trabajo, ella y sus hijos toman sus lugares, en el centro de la casa donde está el comedor. Perla toma el lugar central de la mesa para controlar todo el espacio con la mirada, a su izquierda Emiliano, para poder vigilar que siga la clase, tome notas y no se distraiga en otras cosas. De ese mismo lado un poco más atrás está la cocina, por si tiene que levantarse rápidamente a preparar algo.

Frente a ella se sienta Sebastián, “a él lo veo a los ojos, para controlar qué hace y estoy pendiente de que entre a la clase, que no pierda las claves”, sólo de esa forma se siente tranquila.

A la derecha de ese espacio está la televisión en donde ella sintoniza algún canal de noticias. Todos usan audífonos, así nadie interfiere con sus actividades porque al principio fue común que en sus juntas virtuales se escucharan los profesores o los comentarios de sus hijos.

Si nadie pudo lavar trastes saben que al llegar su esposo él podrá hacerlo, “aunque lo haga con cara de enojado” y vuelve a reír.

Con la gradual reapertura de actividades sociales los niños empiezan a retomar algunas de las actividades, conforme ha avanzado el semáforo epidemiológico. Sebastián retomó hace algunas semanas sus entrenamientos de futbol mientras Emiliano disfruta de los videojuegos, pero el reclamo hacia ella sigue ahí: “que trabajo mucho, pero el periodismo exige mucho tiempo, es mucha responsabilidad estar informando, es una profesión de todo el día”.

Después de un año, Perla dice estar más adaptada al trabajo en casa, aunque sabe que su horario de trabajo ha aumentado, “parece que nunca termina”.

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