/ jueves 24 de noviembre de 2016

El Agua del Molino

  • Raúl Carrancá y Rivas
  • Revolución incumplida

“ Con hambre solo, pero sin ideal alguno, se hacen motines, pero no revoluciones”, escribió Jacinto Benavente en Figulinas VIII. Nuestra Revolución se hizo por hambre de comida y por “hambre y sed de justicia” (el ideal), como dijera Justo Sierra en memorable discurso sobre la inamovilidad judicial, pronunciado en la Cámara de Diputados en diciembre 12 de 1893. O sea, la gran pregunta es, si después de ciento seis años se ha satisfecho el ideal revolucionario. Según cálculos, el uno por ciento de la población tiene el 43 por ciento de la riqueza del país, siendo que al menos 102 mil 568 murieron de hambre (deficiencias nutricionales) del año 2000 al 2011, hambre que padecen más de 21 millones de mexicanos. Un informe del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), indica que un promedio de ocho mil 547 mexicanos murieron cada año por hambre y desnutrición en ese lapso de tiempo. En otros términos, 23 mexicanos fallecen diariamente por falta de alimento. El hambre mata a un mexicano cada hora. Riqueza acumulada en manos de pocos privilegiados. ¿Es el sistema capitalista? Nuestra Revolución de profundo contenido socialista se ha quebrado en el camino de consumar su ideario. ¿No es acaso el destino de todas las revoluciones? Sometidas a la lucha de intereses feroces con posterioridad a su realización, suelen quedar como sombras de sueños. ¿Entre nosotros lo han causado los residuos o rezagos del neoliberalismo (liberalismo tecnocrático)? ¿Qué relación guardan con la Revolución de 1910 la liberalización de la economía, el libre comercio -en ocasiones libérrimo- y la reducción del gasto público, disminuyendo la intervención del Estado en una economía a favor del sector privado? ¿No es lo que disfrazado o no sucede en México, palabras más, palabras menos, favoreciendo a grupos de privilegio? Y en cuanto al hambre y sed de justicia la crisis en ésta es evidente. Inmoralidad, corrupción, ignorancia, impunidad y contubernio descarado de autoridades con infractores de la ley, muy a menudo verdaderos delincuentes, en alianzas vituperables que tienen harto al pueblo. Agréguese la violencia junto con la inseguridad que hoy por hoy, trae asolado al país. ¿A ciento seis años de la Revolución de 1910 se ha cumplido con ella?

Ahora bien, el ideal revolucionario sigue insatisfecho, el ideal de la justicia. ¿Cómo satisfacerlo? Robusteciendo ideas, fortaleciéndolas. Hay en México una idea revolucionaria de la justicia, emanada del movimiento social y que se expresa como ya lo he señalado, en la Constitución de 1917 y en su correspondiente ideario. Idea e ideario muy alejados de la pretensión de enredar sus principios básicos y fundamentales entre las mallas de “novedades técnico jurídicas”. Hambre y sed que no se satisfacen con recetas que en el fondo, son lo mismo que pretenden sustituir. Hambre y sed que reclaman la intervención y presencia de los valores morales del Derecho. En los finales del porfiriato, punto de arranque de la Revolución, la crítica revolucionaria era en contra del anquilosamiento de los encargados de impartir justicia, de sus preferencias oscuras, de su poder concentrado y servidor abyecto de intereses que no siempre correspondían al pueblo. Era una “justicia” aparte del pueblo, mecánica y favorecedora de una clase social. En consecuencia, era una justicia –o mejor dicho injusticia-, corrupta. Y esto es lo que percibió Justo Sierra en su gran discurso. Necesitamos una justicia que no se detenga ante barreras casi infranqueables y cadenas que impiden la equidad, favoreciendo en cambio, la impunidad. Urgen, prontitud en la justicia, expedición, celeridad, además de jueces honestos, morales, instruidos. Urgen leyes que correspondan a este ideario revolucionario, sin adulterarlas con supuestas “novedades”. Urge en suma, rescatar el ideal revolucionario no cumplido y volverlo inspirador, a ciento seis años de distancia, del México actual, porque las grandes ideas revolucionarias no mueren. Sígueme en Twitter:@RaulCarranca

Y Facebook: www.facebook.com/despacho.raulcarranca

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“ Con hambre solo, pero sin ideal alguno, se hacen motines, pero no revoluciones”, escribió Jacinto Benavente en Figulinas VIII. Nuestra Revolución se hizo por hambre de comida y por “hambre y sed de justicia” (el ideal), como dijera Justo Sierra en memorable discurso sobre la inamovilidad judicial, pronunciado en la Cámara de Diputados en diciembre 12 de 1893. O sea, la gran pregunta es, si después de ciento seis años se ha satisfecho el ideal revolucionario. Según cálculos, el uno por ciento de la población tiene el 43 por ciento de la riqueza del país, siendo que al menos 102 mil 568 murieron de hambre (deficiencias nutricionales) del año 2000 al 2011, hambre que padecen más de 21 millones de mexicanos. Un informe del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), indica que un promedio de ocho mil 547 mexicanos murieron cada año por hambre y desnutrición en ese lapso de tiempo. En otros términos, 23 mexicanos fallecen diariamente por falta de alimento. El hambre mata a un mexicano cada hora. Riqueza acumulada en manos de pocos privilegiados. ¿Es el sistema capitalista? Nuestra Revolución de profundo contenido socialista se ha quebrado en el camino de consumar su ideario. ¿No es acaso el destino de todas las revoluciones? Sometidas a la lucha de intereses feroces con posterioridad a su realización, suelen quedar como sombras de sueños. ¿Entre nosotros lo han causado los residuos o rezagos del neoliberalismo (liberalismo tecnocrático)? ¿Qué relación guardan con la Revolución de 1910 la liberalización de la economía, el libre comercio -en ocasiones libérrimo- y la reducción del gasto público, disminuyendo la intervención del Estado en una economía a favor del sector privado? ¿No es lo que disfrazado o no sucede en México, palabras más, palabras menos, favoreciendo a grupos de privilegio? Y en cuanto al hambre y sed de justicia la crisis en ésta es evidente. Inmoralidad, corrupción, ignorancia, impunidad y contubernio descarado de autoridades con infractores de la ley, muy a menudo verdaderos delincuentes, en alianzas vituperables que tienen harto al pueblo. Agréguese la violencia junto con la inseguridad que hoy por hoy, trae asolado al país. ¿A ciento seis años de la Revolución de 1910 se ha cumplido con ella?

Ahora bien, el ideal revolucionario sigue insatisfecho, el ideal de la justicia. ¿Cómo satisfacerlo? Robusteciendo ideas, fortaleciéndolas. Hay en México una idea revolucionaria de la justicia, emanada del movimiento social y que se expresa como ya lo he señalado, en la Constitución de 1917 y en su correspondiente ideario. Idea e ideario muy alejados de la pretensión de enredar sus principios básicos y fundamentales entre las mallas de “novedades técnico jurídicas”. Hambre y sed que no se satisfacen con recetas que en el fondo, son lo mismo que pretenden sustituir. Hambre y sed que reclaman la intervención y presencia de los valores morales del Derecho. En los finales del porfiriato, punto de arranque de la Revolución, la crítica revolucionaria era en contra del anquilosamiento de los encargados de impartir justicia, de sus preferencias oscuras, de su poder concentrado y servidor abyecto de intereses que no siempre correspondían al pueblo. Era una “justicia” aparte del pueblo, mecánica y favorecedora de una clase social. En consecuencia, era una justicia –o mejor dicho injusticia-, corrupta. Y esto es lo que percibió Justo Sierra en su gran discurso. Necesitamos una justicia que no se detenga ante barreras casi infranqueables y cadenas que impiden la equidad, favoreciendo en cambio, la impunidad. Urgen, prontitud en la justicia, expedición, celeridad, además de jueces honestos, morales, instruidos. Urgen leyes que correspondan a este ideario revolucionario, sin adulterarlas con supuestas “novedades”. Urge en suma, rescatar el ideal revolucionario no cumplido y volverlo inspirador, a ciento seis años de distancia, del México actual, porque las grandes ideas revolucionarias no mueren. Sígueme en Twitter:@RaulCarranca

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