/ viernes 5 de abril de 2024

Alturas de Teotihuacán

Estoy convencido que no existe Teotihuacán. Al menos que no existe con la certeza que sugiere un solo vocablo. En su lugar, cada vez más, me voy percatando que a eso que le damos tal nombre no es más que un acuerdo cambiante de perspectivas infinitas. En un solo punto hay miles de experiencias almacenadas, cada una, en los ojos del que visita; en unas solas ruinas, un sin fin de paseos. Tiempo después, por un tácito acuerdo, le damos el mismo nombre a eso que vivimos tan dispares. Así, supongo, pasa con todo “lugar”. No es justo resumir en una sola palabra un punto en el espacio; de esos que tantos podemos observar. Aunque el lenguaje, tan certero en su deseo por comunicar, siempre nos lleve a la simpleza de una palabra precisa, habrá siempre tantos lugares como miradas que los puedan apreciar y tiempos en que encajen. En un solo Teotihuacán—ese Teotihuacán engañoso y falaz—Habrá siempre un sin fin de Teotihuacanes.

En parte, me percato, es una cuestión histórica. Algo inevitable, podría decirse. Con tantos siglos a sus espaldas—milenos, inclusive—Teotihuacán ha ido cambiando. Se ha transformado a los tiempos en que pertenece.

Teotihuacán. Foto: Cortesía José Luis Sabau

Primero, en un pasado tan olvidado que solo existe en el imaginar, llegaron transeúntes por sus llanuras para encontrar un valle desolado. Eso que era tierra antes de ser Teotihuacán. La mayoría, sin duda, habrá caminado su extensión entera sin pensar mucho de ello. Algunos—muy contados y hoy olvidados—habrán pausado sobre el terreno sin percatarse de la grandeza que se le venía—por cuántos lugares, también me percato, hemos de pasar que en un futuro serán centro de admiración—. Esos que ahí andaban—los primeros visitantes—lo más probable es que no hicieran más que descansar. El más osado, olvidado hoy por los años, le habrá dado un nombre a ese valle con la intención de regresar. Quizá fuera para recordar un riachuelo hace mucho asediado por la sequía o una parvada de pájaros dignos de casarse. Fuera cual fuera el motivo, ese nombre comenzó a usarse dentro de su tribu hasta que muriera el último de sus descendientes y quedará, en el olvido, aquel vocablo para el valle. Ese nombre tan falso—tan incapaz de reflejar la realidad—como hoy sufrimos con “Teotihuacán”.

Teotihuacán. Foto: Cortesía José Luis Sabau


Después, con los siglos, llegaron más personas al lugar. Alguna—cuyo nombre también hemos perdido—decidió hacer de aquella sutil planicie, el principio de una ciudad. Sus motivos habrá tenido. Dígase cansancio del nómada, oportunismo de urbanista o cualquier otro detalle. El tema es que, hace ya casi dos siglos, comenzaron los asentamientos que serían Teotihuacán.

Teotihuacán. Foto: Cortesía José Luis Sabau

Las miradas, entonces, eran distintas a las de cazadores primerizos. Esa tierra no era ya un lugar más en la ruta nómada; era la promesa de un descanso final. Al ver ese valle desabrido, alguno vio una oportunidad. Se hicieron casas de madera; luego bases de piedra. Todo empezaron a decorar. Llegaron a un apogeo de colores, con pirámides bien cuidadas y miles de comerciantes vendiendo sus mercancías. El mundo entero veía a ese poblado cuyo nombre desconocemos; lo veía como hoy hacemos a una ciudad capital. Todo se reunía, todo se entendía en ese mismo lugar. Venían de todos los rincones a ver, con ojos propios, la leyenda de aquella ciudad. Cada quien volvía a sus partes y contaba historias dispares del lugar. Todos, sin embargo, se enfrentaban a esa ciudad cuyo nombre desconocemos pero, muy pronto, sería Teotihuacán.

Teotihuacán. Foto: Cortesía José Luis Sabau

Ah, la metáfora comienza a nacer; las ruinas adquieren valores infinitos hasta que sus nombres no significan más que un punto compartido por un frenesí de tiempos. Esos años de esplendor de los que hablo, ya no los podremos vivir Tampoco, a pesar nuestro, esos siglos de planicies abiertas sin pretensión de ciudad. Todos esos Teotihuacanes desaparecidos están. Lo que queda son ruinas que el tiempo, inclemente, ha devorado para sí. Primero la madera que hacía casas para todos; luego los colores que decoraban sus templos. Con los años—con los siglos—la misma piedra se fue carcomiendo hasta que lo que antes asemejaba una pirámide quedó siendo un cerro. Esos Teotihuacanes carcomidos, me temo, tampoco los conocemos. Ni siquiera el Teotihuacán antiguo que encontraron los mexicas hace tantos siglos. Ese que, al verlo, juraron que era un objeto divino y dieron ese nombre que, hasta ahora, mantenemos. Teotihuacán: “Donde los dioses crearon el mundo”.

Teotihuacán. Foto: Cortesía José Luis Sabau

¿Ven? No es más que una mentira el nombre; una imposición mexica ante un lugar que existió mucho antes. Un lugar plagado de historias y cuentos; tantas que jamás se contuvieron dentro de ese nombre.

Así es que llegamos al presente; entre ciudades que nacen y mueren; con nombres que poco nos dicen. Nuestro Teotihuacán no es ninguno de estos, aunque los contiene en sus piedras. El nuestro es uno restaurado y admirable; con placas que explican, en la mejor manera, cada detalle. Un Teotihuacán que no es obra de dioses, sino de nuestros ancestros; un Teotihuacán que alberga comerciantes. Un Teotihuacán que se resiste al tiempo.

Teotihuacán. Foto: Cortesía José Luis Sabau

Aquel nómada solitario que paseaba por las planicies, jamás habría esperado que su lugar de reposo sería un asentamiento. Esos primeros pueblerinos, intrépidos, es cierto, no habrían concebido que sus chozas darían paso a inmensos templos. Sus reyes, después, pomposos, juraría que el reino será eterno, solo para que los mexicas, en su tiempo, estuvieran seguros que esas ruinas por siempre serían un templo. Ninguno imaginó que en el presente serían un vivo y caminable museo.

Pasa así con los lugares; con los tiempos. Lo moderno se hace del pasado buscando nuevas formas de vivir con ello. Basta con ver los cielos en Teotihuacán cualquier mañana de escaso viento. Donde antes los antiguos habían visto solo los azules divinos, ahora aparecen un centenar de globos cargando turistas en desvelo. Todos ellos, entusiasmados, se montan sobre el glboo para admirar los templos. En su viaje, se enfrentan a una vista que ni el más intrépido rey hubiera predicho. Ni siquiera aquellos que, ensimismados, subían sus pirámides para ver, en perspectiva, el tamaño del pueblo, habrían imaginado que en el futuro, Teotihuacán se viviría por los cielos.

Teotihuacán. Foto: Cortesía José Luis Sabau

Esos viajes en globo son, realmente, el más fuerte testimonio de los cambios que llegan con el tiempo. De cómo Teotihuacán se adapta a la voluntad del que lo ve hasta que su nombre ya no es más que un sinónimo vago de asombro. Pues en ese vocablo, tan inutil, cabe el valle abandonado de un principio, la civilización en apogeo y los templos hechos montículos; cabe la restauración moderna, los turistas que pasean por sus andares y esos globos que todo absorben. Teotihuacán no existe como, a su vez, ningún lugar lo ha hecho. Existen muchas perspectivas—muchas admiraciones—de esos preciosos templos. A todas ellas, unidas por nuestro afán lingüístico, no hacemos más que lo certero. Las unimos con un vocablo falso sabiendo que, detrás de “Teotihuacán” hay una marea inmensa de recuerdos.


Estoy convencido que no existe Teotihuacán. Al menos que no existe con la certeza que sugiere un solo vocablo. En su lugar, cada vez más, me voy percatando que a eso que le damos tal nombre no es más que un acuerdo cambiante de perspectivas infinitas. En un solo punto hay miles de experiencias almacenadas, cada una, en los ojos del que visita; en unas solas ruinas, un sin fin de paseos. Tiempo después, por un tácito acuerdo, le damos el mismo nombre a eso que vivimos tan dispares. Así, supongo, pasa con todo “lugar”. No es justo resumir en una sola palabra un punto en el espacio; de esos que tantos podemos observar. Aunque el lenguaje, tan certero en su deseo por comunicar, siempre nos lleve a la simpleza de una palabra precisa, habrá siempre tantos lugares como miradas que los puedan apreciar y tiempos en que encajen. En un solo Teotihuacán—ese Teotihuacán engañoso y falaz—Habrá siempre un sin fin de Teotihuacanes.

En parte, me percato, es una cuestión histórica. Algo inevitable, podría decirse. Con tantos siglos a sus espaldas—milenos, inclusive—Teotihuacán ha ido cambiando. Se ha transformado a los tiempos en que pertenece.

Teotihuacán. Foto: Cortesía José Luis Sabau

Primero, en un pasado tan olvidado que solo existe en el imaginar, llegaron transeúntes por sus llanuras para encontrar un valle desolado. Eso que era tierra antes de ser Teotihuacán. La mayoría, sin duda, habrá caminado su extensión entera sin pensar mucho de ello. Algunos—muy contados y hoy olvidados—habrán pausado sobre el terreno sin percatarse de la grandeza que se le venía—por cuántos lugares, también me percato, hemos de pasar que en un futuro serán centro de admiración—. Esos que ahí andaban—los primeros visitantes—lo más probable es que no hicieran más que descansar. El más osado, olvidado hoy por los años, le habrá dado un nombre a ese valle con la intención de regresar. Quizá fuera para recordar un riachuelo hace mucho asediado por la sequía o una parvada de pájaros dignos de casarse. Fuera cual fuera el motivo, ese nombre comenzó a usarse dentro de su tribu hasta que muriera el último de sus descendientes y quedará, en el olvido, aquel vocablo para el valle. Ese nombre tan falso—tan incapaz de reflejar la realidad—como hoy sufrimos con “Teotihuacán”.

Teotihuacán. Foto: Cortesía José Luis Sabau


Después, con los siglos, llegaron más personas al lugar. Alguna—cuyo nombre también hemos perdido—decidió hacer de aquella sutil planicie, el principio de una ciudad. Sus motivos habrá tenido. Dígase cansancio del nómada, oportunismo de urbanista o cualquier otro detalle. El tema es que, hace ya casi dos siglos, comenzaron los asentamientos que serían Teotihuacán.

Teotihuacán. Foto: Cortesía José Luis Sabau

Las miradas, entonces, eran distintas a las de cazadores primerizos. Esa tierra no era ya un lugar más en la ruta nómada; era la promesa de un descanso final. Al ver ese valle desabrido, alguno vio una oportunidad. Se hicieron casas de madera; luego bases de piedra. Todo empezaron a decorar. Llegaron a un apogeo de colores, con pirámides bien cuidadas y miles de comerciantes vendiendo sus mercancías. El mundo entero veía a ese poblado cuyo nombre desconocemos; lo veía como hoy hacemos a una ciudad capital. Todo se reunía, todo se entendía en ese mismo lugar. Venían de todos los rincones a ver, con ojos propios, la leyenda de aquella ciudad. Cada quien volvía a sus partes y contaba historias dispares del lugar. Todos, sin embargo, se enfrentaban a esa ciudad cuyo nombre desconocemos pero, muy pronto, sería Teotihuacán.

Teotihuacán. Foto: Cortesía José Luis Sabau

Ah, la metáfora comienza a nacer; las ruinas adquieren valores infinitos hasta que sus nombres no significan más que un punto compartido por un frenesí de tiempos. Esos años de esplendor de los que hablo, ya no los podremos vivir Tampoco, a pesar nuestro, esos siglos de planicies abiertas sin pretensión de ciudad. Todos esos Teotihuacanes desaparecidos están. Lo que queda son ruinas que el tiempo, inclemente, ha devorado para sí. Primero la madera que hacía casas para todos; luego los colores que decoraban sus templos. Con los años—con los siglos—la misma piedra se fue carcomiendo hasta que lo que antes asemejaba una pirámide quedó siendo un cerro. Esos Teotihuacanes carcomidos, me temo, tampoco los conocemos. Ni siquiera el Teotihuacán antiguo que encontraron los mexicas hace tantos siglos. Ese que, al verlo, juraron que era un objeto divino y dieron ese nombre que, hasta ahora, mantenemos. Teotihuacán: “Donde los dioses crearon el mundo”.

Teotihuacán. Foto: Cortesía José Luis Sabau

¿Ven? No es más que una mentira el nombre; una imposición mexica ante un lugar que existió mucho antes. Un lugar plagado de historias y cuentos; tantas que jamás se contuvieron dentro de ese nombre.

Así es que llegamos al presente; entre ciudades que nacen y mueren; con nombres que poco nos dicen. Nuestro Teotihuacán no es ninguno de estos, aunque los contiene en sus piedras. El nuestro es uno restaurado y admirable; con placas que explican, en la mejor manera, cada detalle. Un Teotihuacán que no es obra de dioses, sino de nuestros ancestros; un Teotihuacán que alberga comerciantes. Un Teotihuacán que se resiste al tiempo.

Teotihuacán. Foto: Cortesía José Luis Sabau

Aquel nómada solitario que paseaba por las planicies, jamás habría esperado que su lugar de reposo sería un asentamiento. Esos primeros pueblerinos, intrépidos, es cierto, no habrían concebido que sus chozas darían paso a inmensos templos. Sus reyes, después, pomposos, juraría que el reino será eterno, solo para que los mexicas, en su tiempo, estuvieran seguros que esas ruinas por siempre serían un templo. Ninguno imaginó que en el presente serían un vivo y caminable museo.

Pasa así con los lugares; con los tiempos. Lo moderno se hace del pasado buscando nuevas formas de vivir con ello. Basta con ver los cielos en Teotihuacán cualquier mañana de escaso viento. Donde antes los antiguos habían visto solo los azules divinos, ahora aparecen un centenar de globos cargando turistas en desvelo. Todos ellos, entusiasmados, se montan sobre el glboo para admirar los templos. En su viaje, se enfrentan a una vista que ni el más intrépido rey hubiera predicho. Ni siquiera aquellos que, ensimismados, subían sus pirámides para ver, en perspectiva, el tamaño del pueblo, habrían imaginado que en el futuro, Teotihuacán se viviría por los cielos.

Teotihuacán. Foto: Cortesía José Luis Sabau

Esos viajes en globo son, realmente, el más fuerte testimonio de los cambios que llegan con el tiempo. De cómo Teotihuacán se adapta a la voluntad del que lo ve hasta que su nombre ya no es más que un sinónimo vago de asombro. Pues en ese vocablo, tan inutil, cabe el valle abandonado de un principio, la civilización en apogeo y los templos hechos montículos; cabe la restauración moderna, los turistas que pasean por sus andares y esos globos que todo absorben. Teotihuacán no existe como, a su vez, ningún lugar lo ha hecho. Existen muchas perspectivas—muchas admiraciones—de esos preciosos templos. A todas ellas, unidas por nuestro afán lingüístico, no hacemos más que lo certero. Las unimos con un vocablo falso sabiendo que, detrás de “Teotihuacán” hay una marea inmensa de recuerdos.


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