/ viernes 10 de noviembre de 2023

Hojas de papel | Payaso de las carcajadas

La verdad me daba miedo los payasos, o payasines, como también se les dice en mi tierra oaxaqueña. De hecho cuando me los encontraba en la calle o en algún lugar público salía corriendo como flecha, despavorido, con mi cara de angustia y el nervio a todo lo que da la naturaleza humana. Un niño de siete años que huye de los payasos ¡habrase visto!

No sé por qué. La verdad es que hoy no me lo explico. Pero por entonces ‘cómo le explicaba a mi corazón’ si les tenía terror-pánico. Sentía como que eran fenómenos de la naturaleza, personajes diabólicos, espantos.

Y lo peor: se reían como energúmenos por cualquier cosa, queriéndose hacer los graciosos con los niños y niñas y con los papás de los niños y las niñas… queriendo que todos riéramos de sus piruetas, magia, caídas y levantadas; pantalones raídos, zapatos gigantes tipo Tribilín, peluca con una calva al frente y sobre todo la pintura blanca en su rostro, la sonrisa enorme pintada de rojo y eso… eso mero: la nariz como de pelota de goma, de las que había antes y que rebotaban del piso al infinito, de esas que eran como de esponja comprimida, rojas ellas.

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Eran unos payasos. Por sus payasadas. Por sus errores exagerados. Por sus voces simuladas de niño o de ogro. Porque son personajes que viven para hacer reír, para hacer que los demás se sientan superiores porque jamás cometerían errores garrafales como los que ellos cometen a la menor provocación…

De todos modos, los payasos me daban la sensación de que me perseguían, que habrían de alcanzarme y hacer que me comiera la comida que no me gustaba, que me inyectaran una vacuna de quién sabe qué cosa; que me lavara las orejas de pé a pá; que boleara mis zapatos; que doblara mi ropa para que no se arrugara; que obedeciera en la escuela y en la casa; que no anduviera de vago con mis cuates jugando a las canicas; que no anduviera de callejero luego de la tarea: esa era la amenaza que sin saberlo me aterrorizaba de ellos, de los payasos de la legua…


Los payasos de la calle no la pasaban bien, porque su pago consistía en unas cuantas monedas que algunos dejaban caer en su sombrero puesto al piso

Ah! Porque eso era. Yo conocía nadamás a los payasines que andaban en las calles haciendo sus graciosos espectáculos rodeados de gente que reía y reía y niños que miraban y reían -yo no- y quienes al término de un número que duraba unos diez minutos tenía que aflojar el cuerpecillo con unas monedas para el alimento y la manutención del hombre de la nariz de plástico rojo y su familia que -pensaba yo- también tendría nariz de bola roja.

Los payasos de la calle no la pasaban bien, porque su pago consistía en unas cuantas monedas que algunos dejaban caer en su sombrero puesto al piso. Apenas unos centavos que se le secuestraba al ‘gasto quincenal’. Porque los que rodeábamos al payaso éramos -y somos- gente de trabajo, gente del día a día, gente de bolsa de mandado y de unas cuantas monedas en el monedero de la señora o en la bolsa del overol que llevaban los trabajadores…

Pero todos se reían. Se esperaban los diez minutos para disfrutar los gracejos de un señor o joven o muchacho que se vestían de parches de colores para mostrar alegría y nada de tristeza…

Años después los vi en lugares más ad hoc para ellos: el circo hecho y derecho. Son los que entraban a la arena del circo riendo a golpe de fanfarrias de la orquestita ruidosa y alegre.

Fue en el Circo Atayde que se ponía en terrenos de Buena Vista, en el entonces Distrito Federal (“Sábado Distrito Federal… sábado Distrito Federal… ay-ay-ay-ay!) … Era un circo enorme con muchos números de espectáculo, pero eran los payasitos los que llevaban las de ganar porque ellos abrían el espectáculo y permanecían ahí como espíritu circense durante toda la función y en los distintos “números” de trapecio, furiosos leones enjaulados, el hombre de los dardos, y tanto más…

Pero los payasitos llevaban la fiesta en paz y con alegría. “¡Eres un payaso!”. “¡Ya no sigas de payaso! “¡No te hagas el payaso!”. “¡Sigues con tus payasadas!”. “¡Esa es muy payasa…”! Y toda la letanía que se le endilga a los payasos por ser eso: payasos.


Son los payasos que nos alegran y que nos dicen lo que en su lógica es la vida: una enorme carcajada -rebanada de sandía-


A saber, y lo dicen los libros: “El término ‘payaso’ procede del italiano pagliaccio, a su vez derivado de paglia (‘paja’), ya que el vestido tradicional del personaje recordaba al colchón relleno de paja (pagliericcio).”

Y siguen los libros: “Los payasos formaban parte de la corte de faraón durante la Quinta Dinastía egipcia, en el año 2,500 a. C. Se convirtió en un oficio en China cuando a través de carpas y caravanas formaban parte de la corte de los reyes y del entretenimiento social en el siglo II a. C.

“Al mismo tiempo, en Grecia y posteriormente en Roma, aparecen en las comedias teatrales de la antigua Roma y de carácter popular, cómico y burdo. como tradición que forma parte de una obra teatral. En México se dice que cuando Hernán Cortés conoció a Moctezuma, dentro de su corte había enanos y jorobados bufones parecidos a los europeos. Mucho más es su historia y su pasión y su locura.

Los payasos son sagrados; los payasos buena onda, digo. Porque hay payasos que se pasan de payasos y abusan de su condición de ingenuidad y graciosidad para hacer payasadas o trágicas o dañinas. Pero por fortuna no es la generalidad y sí la excepción.

Tanto más que se dice de los payasos, los graciosos, los que hacen reír y a los mismos que acompaña la tragedia o la felicidad de su propia vida y de sus propias intensidades corrosivas. Son los payasos que nos alegran y que nos dicen lo que en su lógica es la vida: una enorme carcajada “rebanada de sandía”.

Es conocidísimo el aria “Pagliacci” de Ruggero Leoncavallo, una de las obras cumbre del realismo extremo italiano. La ópera, estrenada en el Teatro dal Verme de Milán en 1892 es uno de los títulos más notables y de más éxito del compositor: “Ríe, payaso, y todos aplaudirán! Convierte en risa el espasmo y el llanto, en una mueca el sollozo: Es el dolor. Ríe, payaso sobre tu amor roto; ríe del dolor que te envenena el corazón…”

"Grimaldi fue el primer ancestro reconocible del payaso moderno, una especie de Homo erectus de la evolución del payaso. Antes de él, un payaso podía llevar maquillaje, pero por lo general era sólo un poco de colorete en las mejillas para aumentar la sensación de que eran floridos, borrachos divertidos o rústicos.

“Grimaldi, sin embargo, se vestía con trajes extraños y coloridos, con la cara pintada de blanco, con manchas de rojo brillante en las mejillas. Era un maestro de la comedia física -saltaba en el aire, se ponía de cabeza, luchaba contra sí mismo en hilarantes puñetazos que hacían rodar al público por los pasillos-, así como de la sátira, que ridiculizaba las absurdas modas de la época, de las imitaciones cómicas y de las canciones subidas de tono".

¡Cuántos payasos en el mundo han sido! Tantos. En México Bozo, el payaso; Cepillín; Lagrimita; Platanito; Chuponcito; Lapizito… muchos de ellos que han pasado a la historia. La mayoría de las veces por su calidad artística. Pocas veces porque andan metidos en problemas de otra naturaleza.

Son gente prodigiosa que nos muestra el camino para ser felices el tiempo suficiente que nos permite olvidar… o recordar. Son los que tienen como tarea hacer divertir

Los hay de circo. Los hay de espectáculos de super lujo, como ese Circo del Sol en el que el glamour envuelve a los payasitos que, de todos modos, payasitos son… Los hay de la calle… o en restaurantes o fiestas para niños o pícaros en fiestas para adultos… O Brozo, el payaso más tenebroso.

Mucho tiempo después descubrí la verdad: Los payasos son seres humanos de carne y hueso, con un pedazo de pescuezo, que dedican su vida, su enorme y graciosa y colorida vida, para hacer reír a la gente. Y aunque en lo cotidiano y doméstico son del mismo talante que cualquier ser humano, con problemas, sueños, aspiraciones, conflictos, amores interminables, no lo son tan iguales a todos nosotros.

Son gente prodigiosa que nos muestra el camino para ser felices el tiempo suficiente que nos permite olvidar… o recordar. Son los que tienen como tarea hacer divertir. Pero también la tarea de hacernos saber que la vida puede ocultar identidades insospechadas: los días enmascarados.

➡️Lee más de nuestro FinD dedicado a Paul McCartney y su inmensa influencia en la música

Hoy ya no les tengo miedo a los payasos. A los payasines. Les tengo respeto; les tengo ternura; afecto; gratitud; amor… sí, amor porque son ellos -los que son sanos, transparentes y sin mácula-, los que nos han acompañado por mucho tiempo para decirnos: ojo, cuidado ‘la vida no es muy seria en sus cosas’… pero sobre todo para decirnos: “¡Tienes que sonreir-sonreir, payasito…!”

La verdad me daba miedo los payasos, o payasines, como también se les dice en mi tierra oaxaqueña. De hecho cuando me los encontraba en la calle o en algún lugar público salía corriendo como flecha, despavorido, con mi cara de angustia y el nervio a todo lo que da la naturaleza humana. Un niño de siete años que huye de los payasos ¡habrase visto!

No sé por qué. La verdad es que hoy no me lo explico. Pero por entonces ‘cómo le explicaba a mi corazón’ si les tenía terror-pánico. Sentía como que eran fenómenos de la naturaleza, personajes diabólicos, espantos.

Y lo peor: se reían como energúmenos por cualquier cosa, queriéndose hacer los graciosos con los niños y niñas y con los papás de los niños y las niñas… queriendo que todos riéramos de sus piruetas, magia, caídas y levantadas; pantalones raídos, zapatos gigantes tipo Tribilín, peluca con una calva al frente y sobre todo la pintura blanca en su rostro, la sonrisa enorme pintada de rojo y eso… eso mero: la nariz como de pelota de goma, de las que había antes y que rebotaban del piso al infinito, de esas que eran como de esponja comprimida, rojas ellas.

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Eran unos payasos. Por sus payasadas. Por sus errores exagerados. Por sus voces simuladas de niño o de ogro. Porque son personajes que viven para hacer reír, para hacer que los demás se sientan superiores porque jamás cometerían errores garrafales como los que ellos cometen a la menor provocación…

De todos modos, los payasos me daban la sensación de que me perseguían, que habrían de alcanzarme y hacer que me comiera la comida que no me gustaba, que me inyectaran una vacuna de quién sabe qué cosa; que me lavara las orejas de pé a pá; que boleara mis zapatos; que doblara mi ropa para que no se arrugara; que obedeciera en la escuela y en la casa; que no anduviera de vago con mis cuates jugando a las canicas; que no anduviera de callejero luego de la tarea: esa era la amenaza que sin saberlo me aterrorizaba de ellos, de los payasos de la legua…


Los payasos de la calle no la pasaban bien, porque su pago consistía en unas cuantas monedas que algunos dejaban caer en su sombrero puesto al piso

Ah! Porque eso era. Yo conocía nadamás a los payasines que andaban en las calles haciendo sus graciosos espectáculos rodeados de gente que reía y reía y niños que miraban y reían -yo no- y quienes al término de un número que duraba unos diez minutos tenía que aflojar el cuerpecillo con unas monedas para el alimento y la manutención del hombre de la nariz de plástico rojo y su familia que -pensaba yo- también tendría nariz de bola roja.

Los payasos de la calle no la pasaban bien, porque su pago consistía en unas cuantas monedas que algunos dejaban caer en su sombrero puesto al piso. Apenas unos centavos que se le secuestraba al ‘gasto quincenal’. Porque los que rodeábamos al payaso éramos -y somos- gente de trabajo, gente del día a día, gente de bolsa de mandado y de unas cuantas monedas en el monedero de la señora o en la bolsa del overol que llevaban los trabajadores…

Pero todos se reían. Se esperaban los diez minutos para disfrutar los gracejos de un señor o joven o muchacho que se vestían de parches de colores para mostrar alegría y nada de tristeza…

Años después los vi en lugares más ad hoc para ellos: el circo hecho y derecho. Son los que entraban a la arena del circo riendo a golpe de fanfarrias de la orquestita ruidosa y alegre.

Fue en el Circo Atayde que se ponía en terrenos de Buena Vista, en el entonces Distrito Federal (“Sábado Distrito Federal… sábado Distrito Federal… ay-ay-ay-ay!) … Era un circo enorme con muchos números de espectáculo, pero eran los payasitos los que llevaban las de ganar porque ellos abrían el espectáculo y permanecían ahí como espíritu circense durante toda la función y en los distintos “números” de trapecio, furiosos leones enjaulados, el hombre de los dardos, y tanto más…

Pero los payasitos llevaban la fiesta en paz y con alegría. “¡Eres un payaso!”. “¡Ya no sigas de payaso! “¡No te hagas el payaso!”. “¡Sigues con tus payasadas!”. “¡Esa es muy payasa…”! Y toda la letanía que se le endilga a los payasos por ser eso: payasos.


Son los payasos que nos alegran y que nos dicen lo que en su lógica es la vida: una enorme carcajada -rebanada de sandía-


A saber, y lo dicen los libros: “El término ‘payaso’ procede del italiano pagliaccio, a su vez derivado de paglia (‘paja’), ya que el vestido tradicional del personaje recordaba al colchón relleno de paja (pagliericcio).”

Y siguen los libros: “Los payasos formaban parte de la corte de faraón durante la Quinta Dinastía egipcia, en el año 2,500 a. C. Se convirtió en un oficio en China cuando a través de carpas y caravanas formaban parte de la corte de los reyes y del entretenimiento social en el siglo II a. C.

“Al mismo tiempo, en Grecia y posteriormente en Roma, aparecen en las comedias teatrales de la antigua Roma y de carácter popular, cómico y burdo. como tradición que forma parte de una obra teatral. En México se dice que cuando Hernán Cortés conoció a Moctezuma, dentro de su corte había enanos y jorobados bufones parecidos a los europeos. Mucho más es su historia y su pasión y su locura.

Los payasos son sagrados; los payasos buena onda, digo. Porque hay payasos que se pasan de payasos y abusan de su condición de ingenuidad y graciosidad para hacer payasadas o trágicas o dañinas. Pero por fortuna no es la generalidad y sí la excepción.

Tanto más que se dice de los payasos, los graciosos, los que hacen reír y a los mismos que acompaña la tragedia o la felicidad de su propia vida y de sus propias intensidades corrosivas. Son los payasos que nos alegran y que nos dicen lo que en su lógica es la vida: una enorme carcajada “rebanada de sandía”.

Es conocidísimo el aria “Pagliacci” de Ruggero Leoncavallo, una de las obras cumbre del realismo extremo italiano. La ópera, estrenada en el Teatro dal Verme de Milán en 1892 es uno de los títulos más notables y de más éxito del compositor: “Ríe, payaso, y todos aplaudirán! Convierte en risa el espasmo y el llanto, en una mueca el sollozo: Es el dolor. Ríe, payaso sobre tu amor roto; ríe del dolor que te envenena el corazón…”

"Grimaldi fue el primer ancestro reconocible del payaso moderno, una especie de Homo erectus de la evolución del payaso. Antes de él, un payaso podía llevar maquillaje, pero por lo general era sólo un poco de colorete en las mejillas para aumentar la sensación de que eran floridos, borrachos divertidos o rústicos.

“Grimaldi, sin embargo, se vestía con trajes extraños y coloridos, con la cara pintada de blanco, con manchas de rojo brillante en las mejillas. Era un maestro de la comedia física -saltaba en el aire, se ponía de cabeza, luchaba contra sí mismo en hilarantes puñetazos que hacían rodar al público por los pasillos-, así como de la sátira, que ridiculizaba las absurdas modas de la época, de las imitaciones cómicas y de las canciones subidas de tono".

¡Cuántos payasos en el mundo han sido! Tantos. En México Bozo, el payaso; Cepillín; Lagrimita; Platanito; Chuponcito; Lapizito… muchos de ellos que han pasado a la historia. La mayoría de las veces por su calidad artística. Pocas veces porque andan metidos en problemas de otra naturaleza.

Son gente prodigiosa que nos muestra el camino para ser felices el tiempo suficiente que nos permite olvidar… o recordar. Son los que tienen como tarea hacer divertir

Los hay de circo. Los hay de espectáculos de super lujo, como ese Circo del Sol en el que el glamour envuelve a los payasitos que, de todos modos, payasitos son… Los hay de la calle… o en restaurantes o fiestas para niños o pícaros en fiestas para adultos… O Brozo, el payaso más tenebroso.

Mucho tiempo después descubrí la verdad: Los payasos son seres humanos de carne y hueso, con un pedazo de pescuezo, que dedican su vida, su enorme y graciosa y colorida vida, para hacer reír a la gente. Y aunque en lo cotidiano y doméstico son del mismo talante que cualquier ser humano, con problemas, sueños, aspiraciones, conflictos, amores interminables, no lo son tan iguales a todos nosotros.

Son gente prodigiosa que nos muestra el camino para ser felices el tiempo suficiente que nos permite olvidar… o recordar. Son los que tienen como tarea hacer divertir. Pero también la tarea de hacernos saber que la vida puede ocultar identidades insospechadas: los días enmascarados.

➡️Lee más de nuestro FinD dedicado a Paul McCartney y su inmensa influencia en la música

Hoy ya no les tengo miedo a los payasos. A los payasines. Les tengo respeto; les tengo ternura; afecto; gratitud; amor… sí, amor porque son ellos -los que son sanos, transparentes y sin mácula-, los que nos han acompañado por mucho tiempo para decirnos: ojo, cuidado ‘la vida no es muy seria en sus cosas’… pero sobre todo para decirnos: “¡Tienes que sonreir-sonreir, payasito…!”

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