/ martes 27 de junio de 2023

Jueces influencers

Por Laura Coronado Contreras.

@soylaucoronado

Chateaubriand decía que “la justicia es el pan del pueblo; siempre está hambriento de ella” y una muestra es el nuevo fenómeno del streaming en Estados Unidos: el programa de Judy Justice, un show en donde Judith Sheindlin -una ex jueza de lo familiar de Manhattan- dirime controversias dentro de su propia corte. Tras 25 años en la televisión tradicional con Judge Judy, Amazon Prime apostó por una nueva versión que incluye a familiares como miembros del elenco dando pie a un nuevo tipo de reality show que ha roto récords de audiencia y posicionado a su protagonista como “la juez mejor pagada del mundo” con un salario de 903 mil dólares al día.

No es la primera vez que vemos fenómenos mediáticos vinculados con la impartición de justicia, quizás el ejemplo más claro es la figura de Ruth Bader Gingsburg, ministra de la Suprema Corte de nuestro país vecino y a quien inclusive se le conocía como “Notorious RBG”. Un símbolo de la inclusión de las mujeres en un ámbito como el jurídico, la lucha contra la discriminación y la libertad para disentir que puede verse en libros, películas, muñecas, tazas de café o playeras. En contraste, en México se debate si los jueces pueden -y deben- ser electos popularmente y si el uso de TikTok trivializa la importante labor de los juzgadores.

¿Somos tan diferentes cultural y jurídicamente los países de América del Norte? ¿Estamos frente a un cambio generacional derivado de la era digital?

Efectivamente, las tradiciones jurídicas anglosajona y romano-germánica han conducido a procesos y estructuras diferentes en la conformación del Poder Judicial. Quizás el objeto más profundo de análisis, si es que deseamos una nueva reforma judicial, es el factor humano y social. Frente a una justicia considerada anquilosada, saturada y sumamente formalista, en los últimos años hemos visto destellos -a nivel federal y algunas entidades- como los juicios en línea o la digitalización de expedientes para acelerar los procesos y acercar la labor judicial al público en general.

Sin duda, las redes sociales son un medio democratizador que permite el intercambio de ideas, el debate y, especialmente, conocer la labor de los impartidores de justicia y otros funcionarios de uno de los poderes de la Unión que más trascendencia puede tener en nuestra vida diaria. ¿Cuál es la diferencia entre la comunicación social que puedan tener tribunales o la Suprema Corte de Justicia sobre casos relevantes y las opiniones que puedan verter los ministros o exministros en Twitter?

El peligro de la actividad de los jueces en redes sociales probablemente resida en que la figura pública, en aras de escuchar a sus seguidores, se desvincule de su principal función, es decir, resguardar derechos fundamentales y vigilar el cumplimiento del orden normativo, y tienda a escuchar más al poder de las masas. Bernardo Canal Feijóo señala que “más daño hace un juez venal que cien delincuentes”. ¿Los miles de likes son una nueva manera de corromper a servidores públicos de cualquiera de los tres Poderes? ¿Estamos sobrevalorando a las redes sociales? ¿La justicia debe ser popular?

*Investigadora de la Universidad Anáhuac, México. Autora de Familias Enredadas: Cultura Digital para papás y novatos (Penguin), la Libertad de Expresión en el Ciberespacio (Tirant), la Regulación global del ciberespacio (Porrúa) y 12 óperas para conocer el Derecho (Bosch).

Por Laura Coronado Contreras.

@soylaucoronado

Chateaubriand decía que “la justicia es el pan del pueblo; siempre está hambriento de ella” y una muestra es el nuevo fenómeno del streaming en Estados Unidos: el programa de Judy Justice, un show en donde Judith Sheindlin -una ex jueza de lo familiar de Manhattan- dirime controversias dentro de su propia corte. Tras 25 años en la televisión tradicional con Judge Judy, Amazon Prime apostó por una nueva versión que incluye a familiares como miembros del elenco dando pie a un nuevo tipo de reality show que ha roto récords de audiencia y posicionado a su protagonista como “la juez mejor pagada del mundo” con un salario de 903 mil dólares al día.

No es la primera vez que vemos fenómenos mediáticos vinculados con la impartición de justicia, quizás el ejemplo más claro es la figura de Ruth Bader Gingsburg, ministra de la Suprema Corte de nuestro país vecino y a quien inclusive se le conocía como “Notorious RBG”. Un símbolo de la inclusión de las mujeres en un ámbito como el jurídico, la lucha contra la discriminación y la libertad para disentir que puede verse en libros, películas, muñecas, tazas de café o playeras. En contraste, en México se debate si los jueces pueden -y deben- ser electos popularmente y si el uso de TikTok trivializa la importante labor de los juzgadores.

¿Somos tan diferentes cultural y jurídicamente los países de América del Norte? ¿Estamos frente a un cambio generacional derivado de la era digital?

Efectivamente, las tradiciones jurídicas anglosajona y romano-germánica han conducido a procesos y estructuras diferentes en la conformación del Poder Judicial. Quizás el objeto más profundo de análisis, si es que deseamos una nueva reforma judicial, es el factor humano y social. Frente a una justicia considerada anquilosada, saturada y sumamente formalista, en los últimos años hemos visto destellos -a nivel federal y algunas entidades- como los juicios en línea o la digitalización de expedientes para acelerar los procesos y acercar la labor judicial al público en general.

Sin duda, las redes sociales son un medio democratizador que permite el intercambio de ideas, el debate y, especialmente, conocer la labor de los impartidores de justicia y otros funcionarios de uno de los poderes de la Unión que más trascendencia puede tener en nuestra vida diaria. ¿Cuál es la diferencia entre la comunicación social que puedan tener tribunales o la Suprema Corte de Justicia sobre casos relevantes y las opiniones que puedan verter los ministros o exministros en Twitter?

El peligro de la actividad de los jueces en redes sociales probablemente resida en que la figura pública, en aras de escuchar a sus seguidores, se desvincule de su principal función, es decir, resguardar derechos fundamentales y vigilar el cumplimiento del orden normativo, y tienda a escuchar más al poder de las masas. Bernardo Canal Feijóo señala que “más daño hace un juez venal que cien delincuentes”. ¿Los miles de likes son una nueva manera de corromper a servidores públicos de cualquiera de los tres Poderes? ¿Estamos sobrevalorando a las redes sociales? ¿La justicia debe ser popular?

*Investigadora de la Universidad Anáhuac, México. Autora de Familias Enredadas: Cultura Digital para papás y novatos (Penguin), la Libertad de Expresión en el Ciberespacio (Tirant), la Regulación global del ciberespacio (Porrúa) y 12 óperas para conocer el Derecho (Bosch).