/ sábado 20 de abril de 2024

Demandan justicia tras feminicidio en Iztacalco ¡falta María José!

Vecinos y familia de la joven, víctima de feminicidio, honran su memoria

Las flores no han dejado de llegar para María José, ni las veladoras o cartulinas para exigir justicia. Desde el martes, el número 18 de la calle 16 de septiembre de La Cruz Coyuya, en Iztacalco, se ha convertido en un memorial para la joven, víctima de feminicidio.

Vecinos de la cuadra, de calles colindantes y de colonias contiguas visitan el predio para dejar veladoras. Amigos de la escuela y familiares dejan flores, arreglos pequeños o coronas luctuosas que se ven hasta la otra esquina.

“¡No estamos todas!”, “Nos falta María José”, rezan algunas pancartas pegadas en el zaguán negro del edificio azul, de dos torres y de cuatro pisos, donde “Majo” o “Pepé”, como le decían de cariño, vivió con su mamá, su hermana y sus dos perritos chihuahuas.

La joven estudiaba el sexto semestre del Colegio de Bachilleres Número 3, en el turno vespertino, apenas a dos kilómetros y medio de su hogar.

“Ella se juntaba con compañeros de varios grados. Somos un grupo grande, ella era tranquila y muy linda. ¿Por qué alguien le haría daño si era tan amistosa?”, comentó Matías, miembro del grupo de amigos.

El joven se enteró que su compañera murió por medio de la televisión un día después de todo. “Supe de la noticia el día en qué pasó, pero nunca pensé en María José hasta el otro día que vi todo en la tele. No sé cómo me sentí, porque esto es extraño y feo”, relató el joven, quien cursa el sexto semestre y que sólo coincidía con ella en la entrada y la salida de la escuela, y en algunas reuniones.

En la escuela no se habla abiertamente de ella, todos saben qué pasó, pero se ha pedido respeto a su memoria. “Los maestros no nos han dicho nada, adentro no hablamos de eso, sólo hoy como amigos decidimos faltar a clases y venir a dejarle flores y saber del velorio o algo, pero no está la familia, sólo que guardemos silencio”, continúo Matías.

El jueves por la tarde, el plantel subió una esquela a su página de Facebook: “La dirección general del colegio de bachilleres, y el equipo directivo del plantel tres Iztacalco, lamentamos profundamente el sensible fallecimiento de la joven María José Castillo Calles, estudiante de sexto semestre”.

Vecinos comenzaron a colocar carteles y veladoras con flores blancas. Foto: José Meltón / La Prensa

Joel, vecino de la casa frente al edificio donde vivió la chica, la recuerda paseando siempre a sus dos perros, caminando tranquila y con su celular en la mano.

“En las noches sacaba a caminar a sus perros, luego se sentaba en la banqueta y se la pasaba en su celular”, dijo.

El hombre nunca cruzó más allá de un saludo con la joven, su mamá y su hermana: “Aquí no éramos unidos, nos conocemos pero no platicábamos. De la niña me acuerdo que era tranquila y de sus perritos, de su mamá que salía temprano bien arreglada a trabajar y de su hermana que iba a la escuela y también al trabajo, pero todo de vista”, narró.

El día del crimen

Pese a que a que las conocía sólo de vista, Joel auxilió el día de la tragedia, pues Julieta, una vecina del cuarto piso del edificio de María José, fue quien salió a la calle a pedir ayuda.

“Ese día no trabajé, como a las 12:00 Julieta estaba gritando, pidiendo ayuda, salí a verla porque con ella si hablaba, y me dijo que la mamá de la niña estaba herida. Salieron pocos vecinos, llamamos a la patrulla y a la ambulancia y no llegaron después de mucho, subieron a la señora a la ambulancia toda herida con mucha sangre, pero no vi a la niña. La vecina seguía gritando que ahí estaba él pero no le entendía, como pudo le dijo al policía que él (Miguel N) seguía en el edificio”, contó.

Joel cree que una hora después de que un policía comenzó a registrar todo el edificio encontró a Miguel, ya cambiado y con una mochila. Cuando lo sacaron esposado al edificio, Julieta, la vecina que intentó ayudar a María José y a su mamá Casandra, lo reconoció y gritó que había sido él, frente a más vecinos que salieron a ver lo que sucedía, y fue cuando enojados fueron a golpearlo.

“Esa familia era tranquila. Sólo vivían los tres solas, a veces llegaba a verlas el novio de su mamá, pero todo siempre bien”, dijo el vecino.

La vivienda de la familia de María José se ubicaba en el primer piso, y una ventana del departamento daba a la calle. A veces se veía cuando abrían las cortinas, o se escuchaba su música en la calle. Y aunque así las ubicaban, a Miguel no, pues él vivía en la torre detrás de la de “Majo”, vivían en el mismo piso, de frente, y sólo los separaba un pasillo.

A partir de ese día, los vecinos decidieron guardar silencio, porque la familia les pidió ya no hablar, pero algunos piensan que únicamente así se puede hacer justicia.

Foto: Luis Barrera / La Prensa

Incluso, aunque hasta hace unos días no había solidaridad, después de lo que pasó en ese departamento, los habitantes de la calle 16 de septiembre decidieron abrir un chat de WhatsApp para vigilar y apoyarse.

“Ahorita hay mucho silencio, nadie quiere hablar porque tiene miedo. El hombre ese iba a la tienda de aquí, iba a la tintorería, lo veíamos salir con su bata blanca, pero no hablaba, y aún así dejó miedo. Julieta tuvo que mudarse hoy por miedo”, señaló Joel.

Un paso a la justicia

Un juez de control del Reclusorio Oriente dictó prisión preventiva justificada a Miguel N, por presunción de los delitos de feminicidio de María José y tentativa de feminicidio de Casandra, madre de la joven.

De acuerdo con Arturo González Cortéz, abogado de la familia de María José y Casandra, el juez dio un plazo de seis meses para la investigación complementaria.

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“El imputado está vinculado a proceso, va a permanecer aquí en el reclusorio oriente y se va a llevar a cabo la investigación correspondiente a todos los hechos que afectaron a la familia. Se le está vinculando por el delito de feminicidio y la tentativa de feminicidio”, explicó González.

En la audiencia estuvieron presentes familiares de ambas mujeres, tías, primos, la hermana de María José, y su padre, el señor Guillermo Castillo, quien agradeció el acompañamiento a su familia, sin dar más declaraciones.

Las flores no han dejado de llegar para María José, ni las veladoras o cartulinas para exigir justicia. Desde el martes, el número 18 de la calle 16 de septiembre de La Cruz Coyuya, en Iztacalco, se ha convertido en un memorial para la joven, víctima de feminicidio.

Vecinos de la cuadra, de calles colindantes y de colonias contiguas visitan el predio para dejar veladoras. Amigos de la escuela y familiares dejan flores, arreglos pequeños o coronas luctuosas que se ven hasta la otra esquina.

“¡No estamos todas!”, “Nos falta María José”, rezan algunas pancartas pegadas en el zaguán negro del edificio azul, de dos torres y de cuatro pisos, donde “Majo” o “Pepé”, como le decían de cariño, vivió con su mamá, su hermana y sus dos perritos chihuahuas.

La joven estudiaba el sexto semestre del Colegio de Bachilleres Número 3, en el turno vespertino, apenas a dos kilómetros y medio de su hogar.

“Ella se juntaba con compañeros de varios grados. Somos un grupo grande, ella era tranquila y muy linda. ¿Por qué alguien le haría daño si era tan amistosa?”, comentó Matías, miembro del grupo de amigos.

El joven se enteró que su compañera murió por medio de la televisión un día después de todo. “Supe de la noticia el día en qué pasó, pero nunca pensé en María José hasta el otro día que vi todo en la tele. No sé cómo me sentí, porque esto es extraño y feo”, relató el joven, quien cursa el sexto semestre y que sólo coincidía con ella en la entrada y la salida de la escuela, y en algunas reuniones.

En la escuela no se habla abiertamente de ella, todos saben qué pasó, pero se ha pedido respeto a su memoria. “Los maestros no nos han dicho nada, adentro no hablamos de eso, sólo hoy como amigos decidimos faltar a clases y venir a dejarle flores y saber del velorio o algo, pero no está la familia, sólo que guardemos silencio”, continúo Matías.

El jueves por la tarde, el plantel subió una esquela a su página de Facebook: “La dirección general del colegio de bachilleres, y el equipo directivo del plantel tres Iztacalco, lamentamos profundamente el sensible fallecimiento de la joven María José Castillo Calles, estudiante de sexto semestre”.

Vecinos comenzaron a colocar carteles y veladoras con flores blancas. Foto: José Meltón / La Prensa

Joel, vecino de la casa frente al edificio donde vivió la chica, la recuerda paseando siempre a sus dos perros, caminando tranquila y con su celular en la mano.

“En las noches sacaba a caminar a sus perros, luego se sentaba en la banqueta y se la pasaba en su celular”, dijo.

El hombre nunca cruzó más allá de un saludo con la joven, su mamá y su hermana: “Aquí no éramos unidos, nos conocemos pero no platicábamos. De la niña me acuerdo que era tranquila y de sus perritos, de su mamá que salía temprano bien arreglada a trabajar y de su hermana que iba a la escuela y también al trabajo, pero todo de vista”, narró.

El día del crimen

Pese a que a que las conocía sólo de vista, Joel auxilió el día de la tragedia, pues Julieta, una vecina del cuarto piso del edificio de María José, fue quien salió a la calle a pedir ayuda.

“Ese día no trabajé, como a las 12:00 Julieta estaba gritando, pidiendo ayuda, salí a verla porque con ella si hablaba, y me dijo que la mamá de la niña estaba herida. Salieron pocos vecinos, llamamos a la patrulla y a la ambulancia y no llegaron después de mucho, subieron a la señora a la ambulancia toda herida con mucha sangre, pero no vi a la niña. La vecina seguía gritando que ahí estaba él pero no le entendía, como pudo le dijo al policía que él (Miguel N) seguía en el edificio”, contó.

Joel cree que una hora después de que un policía comenzó a registrar todo el edificio encontró a Miguel, ya cambiado y con una mochila. Cuando lo sacaron esposado al edificio, Julieta, la vecina que intentó ayudar a María José y a su mamá Casandra, lo reconoció y gritó que había sido él, frente a más vecinos que salieron a ver lo que sucedía, y fue cuando enojados fueron a golpearlo.

“Esa familia era tranquila. Sólo vivían los tres solas, a veces llegaba a verlas el novio de su mamá, pero todo siempre bien”, dijo el vecino.

La vivienda de la familia de María José se ubicaba en el primer piso, y una ventana del departamento daba a la calle. A veces se veía cuando abrían las cortinas, o se escuchaba su música en la calle. Y aunque así las ubicaban, a Miguel no, pues él vivía en la torre detrás de la de “Majo”, vivían en el mismo piso, de frente, y sólo los separaba un pasillo.

A partir de ese día, los vecinos decidieron guardar silencio, porque la familia les pidió ya no hablar, pero algunos piensan que únicamente así se puede hacer justicia.

Foto: Luis Barrera / La Prensa

Incluso, aunque hasta hace unos días no había solidaridad, después de lo que pasó en ese departamento, los habitantes de la calle 16 de septiembre decidieron abrir un chat de WhatsApp para vigilar y apoyarse.

“Ahorita hay mucho silencio, nadie quiere hablar porque tiene miedo. El hombre ese iba a la tienda de aquí, iba a la tintorería, lo veíamos salir con su bata blanca, pero no hablaba, y aún así dejó miedo. Julieta tuvo que mudarse hoy por miedo”, señaló Joel.

Un paso a la justicia

Un juez de control del Reclusorio Oriente dictó prisión preventiva justificada a Miguel N, por presunción de los delitos de feminicidio de María José y tentativa de feminicidio de Casandra, madre de la joven.

De acuerdo con Arturo González Cortéz, abogado de la familia de María José y Casandra, el juez dio un plazo de seis meses para la investigación complementaria.

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“El imputado está vinculado a proceso, va a permanecer aquí en el reclusorio oriente y se va a llevar a cabo la investigación correspondiente a todos los hechos que afectaron a la familia. Se le está vinculando por el delito de feminicidio y la tentativa de feminicidio”, explicó González.

En la audiencia estuvieron presentes familiares de ambas mujeres, tías, primos, la hermana de María José, y su padre, el señor Guillermo Castillo, quien agradeció el acompañamiento a su familia, sin dar más declaraciones.

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