/ lunes 11 de febrero de 2019

El Mercado negro de oro salva a Maduro

El gobierno de Venezuela busca divisas a corto plazo cuando el bombeo de crudo está en mínimos y Estados Unidos lo acorrala cada vez más con sus sanciones

EL CALLAO. Las operaciones financieras más exitosas de Venezuela en los últimos años no se llevan a cabo en oficinas de Wall Street, sino en las caóticas minas de oro del sur de esa nación.

Sumidos en la peor crisis económica de la historia moderna venezolana, un ejército de 300 mil buscadores de fortuna se ha trasladado a la selva, que guarda en sus entrañas la mayor reserva de metales preciosos del país.

Con picos y palas ayudan a financiar al gobierno de Nicolás Maduro, que desde 2016 ha comprado 17 toneladas de oro, valoradas en 650 millones de dólares, según los datos más recientes del Banco Central de Venezuela (BCV) a mayo.

El esfuerzo de los mineros artesanales, como los define el gobierno, se traduce en vitales divisas para que la gestión del presidente Maduro financie importaciones de alimentos y productos básicos que escasean en Venezuela, aunque ellos reciban su pago en la deprimida moneda local.

Funcionarios de Estados Unidos criticaron recientemente a una firma de inversión con sede en Abu Dabi por comprar oro venezolano, y advirtieron a otros operadores extranjeros de abstenerse de negociar más barras con Maduro.

Un envío de oro desde Venezuela a Emiratos Árabes Unidos se canceló hace días. Noor Capital, una firma de ese país, dijo que no tenía previsto hacer nuevas compras, tras haber adquirido tres toneladas de lingotes en Caracas el 21 de enero.

Aunque la política de compras de oro de Maduro es bien conocida, hasta ahora no quedaba claro cómo se ejecuta.

Los mineros venden sus pepitas a comerciantes sin licencia / Foto: Reuters

Con un sector minero formal casi extinguido tras la política de nacionalizaciones, Maduro se apoya en los miles de mineros que trabajan -la mayoría sin papeles- 12 horas diarias para extraer la riqueza mineral, una faena que tampoco recibe inversión estatal alguna.

Maduro también se apoya en la ayuda crucial del presidente turco, Tayyip Erdogan, para su operación, un mandatario que también desafía a Trump.

Venezuela le vende la mayoría del oro a refinerías turcas y utiliza parte de los ingresos para comprar bienes de consumo masivo, según relatan personas con conocimiento directo de esas negociaciones.

Los paquetes de pasta turca y leche en polvo ahora forman parte de las cajas de alimentos que distribuye el programa de subsidios. El comercio entre ambas naciones se multiplicó ocho veces en 2018.

La ruta del oro comienza en lugares como La Culebra, una zona de difícil acceso a una hora de la población de El Callao, al sur del país. Aquí, cientos de hombres trabajan la minería con precarias técnicas del siglo XIX. Luego viajan a El Callao para vender sus pepitas, la mayoría a comerciantes sin licencia.

El gobierno de Maduro logra adquirir el oro a través de intermediarios porque ofrece un precio por encima del mercado, la única forma de competir con los contrabandistas que sacan del país buena parte de los metales preciosos.

Las piezas compradas por el gobierno se funden en los hornos de Minerven, la empresa minera estatal, según un empleado de alto rango. Luego las barras se transportan a las bóvedas del Banco Central de Venezuela en Caracas.

El principal comprador del oro en estos días, afirman las fuentes, es Turquía.

Venezuela anunció en diciembre de 2016 un vuelo directo de Caracas a Estambul con Turkish Airlines. La ruta sorprendió dada la baja demanda de viajeros entre dos distantes naciones y las decenas de cortes de vuelos de otras aerolíneas.

El día de año nuevo, en 2018, el Banco Central despachó 36 millones de dólares en oro a Estambul por vía aérea. Se produjo pocas semanas después de una visita de estado que hiciera Maduro a Turquía.

Los envíos del año pasado sumaron 900 millones de dólares, equivalentes a unas 23 toneladas, según los datos del gobierno turco y los informes de aduanas.

EL CALLAO. Las operaciones financieras más exitosas de Venezuela en los últimos años no se llevan a cabo en oficinas de Wall Street, sino en las caóticas minas de oro del sur de esa nación.

Sumidos en la peor crisis económica de la historia moderna venezolana, un ejército de 300 mil buscadores de fortuna se ha trasladado a la selva, que guarda en sus entrañas la mayor reserva de metales preciosos del país.

Con picos y palas ayudan a financiar al gobierno de Nicolás Maduro, que desde 2016 ha comprado 17 toneladas de oro, valoradas en 650 millones de dólares, según los datos más recientes del Banco Central de Venezuela (BCV) a mayo.

El esfuerzo de los mineros artesanales, como los define el gobierno, se traduce en vitales divisas para que la gestión del presidente Maduro financie importaciones de alimentos y productos básicos que escasean en Venezuela, aunque ellos reciban su pago en la deprimida moneda local.

Funcionarios de Estados Unidos criticaron recientemente a una firma de inversión con sede en Abu Dabi por comprar oro venezolano, y advirtieron a otros operadores extranjeros de abstenerse de negociar más barras con Maduro.

Un envío de oro desde Venezuela a Emiratos Árabes Unidos se canceló hace días. Noor Capital, una firma de ese país, dijo que no tenía previsto hacer nuevas compras, tras haber adquirido tres toneladas de lingotes en Caracas el 21 de enero.

Aunque la política de compras de oro de Maduro es bien conocida, hasta ahora no quedaba claro cómo se ejecuta.

Los mineros venden sus pepitas a comerciantes sin licencia / Foto: Reuters

Con un sector minero formal casi extinguido tras la política de nacionalizaciones, Maduro se apoya en los miles de mineros que trabajan -la mayoría sin papeles- 12 horas diarias para extraer la riqueza mineral, una faena que tampoco recibe inversión estatal alguna.

Maduro también se apoya en la ayuda crucial del presidente turco, Tayyip Erdogan, para su operación, un mandatario que también desafía a Trump.

Venezuela le vende la mayoría del oro a refinerías turcas y utiliza parte de los ingresos para comprar bienes de consumo masivo, según relatan personas con conocimiento directo de esas negociaciones.

Los paquetes de pasta turca y leche en polvo ahora forman parte de las cajas de alimentos que distribuye el programa de subsidios. El comercio entre ambas naciones se multiplicó ocho veces en 2018.

La ruta del oro comienza en lugares como La Culebra, una zona de difícil acceso a una hora de la población de El Callao, al sur del país. Aquí, cientos de hombres trabajan la minería con precarias técnicas del siglo XIX. Luego viajan a El Callao para vender sus pepitas, la mayoría a comerciantes sin licencia.

El gobierno de Maduro logra adquirir el oro a través de intermediarios porque ofrece un precio por encima del mercado, la única forma de competir con los contrabandistas que sacan del país buena parte de los metales preciosos.

Las piezas compradas por el gobierno se funden en los hornos de Minerven, la empresa minera estatal, según un empleado de alto rango. Luego las barras se transportan a las bóvedas del Banco Central de Venezuela en Caracas.

El principal comprador del oro en estos días, afirman las fuentes, es Turquía.

Venezuela anunció en diciembre de 2016 un vuelo directo de Caracas a Estambul con Turkish Airlines. La ruta sorprendió dada la baja demanda de viajeros entre dos distantes naciones y las decenas de cortes de vuelos de otras aerolíneas.

El día de año nuevo, en 2018, el Banco Central despachó 36 millones de dólares en oro a Estambul por vía aérea. Se produjo pocas semanas después de una visita de estado que hiciera Maduro a Turquía.

Los envíos del año pasado sumaron 900 millones de dólares, equivalentes a unas 23 toneladas, según los datos del gobierno turco y los informes de aduanas.

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