/ viernes 16 de octubre de 2020

Fragmento del libro Las Águilas de Tenochtitlán de Enrique Ortiz

Ambientada con máximo rigor en la época prehispánica, es una novela épica en la que la traición y la lealtad, la sed de venganza, el poder y el honor se dan encuentro en una trama llena de conspiraciones

En redes sociales hay un tlatoani, que en náhuatl significa "el que habla, el orador" y su teocalli, o templo del conocimiento es Twitter, se trata de Enrique Ortiz, un divulgador de historia que está haciendo ruido con su nueva novela Las Águilas de Tenochtitlán porque no hay presencia española, pero sí hay "héroes, combates y exploración de un mundo perdido" como lo describe en entrevista para la Organización Editorial Mexicana.

Tlatoani Cuauhtémoc es un proyecto individual de difusión cultural e histórica que está vigente desde hace ocho años en Twitter, Enrique Ortiz, diseñador gráfico por la Universidad Iberoamericana dejó el estilógrafo para hundirse en el pasado y redescubrir la historia de México, el nombre surgió a raíz del último tlatoani Cuauhtémoc como forma de revivirlo en tiempos actuales para volverlo un influencer del conocimiento con más de 139 mil seguidores.

Foto: Cortesía

Sinopsis

Se levantaron contra el poderoso e invencible imperio Mexica y pagarán las consecuencias...

Tenochitlán, 1487. Una confederación de pueblos rebeldes le hace frente al imperio mexica, interrumpe sus vías de comercio y se niega a pagar por sus atributos. el ejército de la Triple Alianza, dirigido por el huey tlahtoani Ahuízotl, responde con una inminente declaración de guerra. Sin embargo, una conspiración se urde en el mismo corazón del imperio con el fin de derrocar al líder. El destino de Ce Océlot, el joven hijo de un veterano de batallas pasadas, puede cambiar el curso de los acontecimientos. Marcado por un augurio del día de su nacimiento, perseguirá su destino para convertirse en un gran guerrero y ser recordado por su pueblo.

Ambientada con máximo rigor en la época prehispánica. Las águilas de Tenochtitlán es una novela épica en la que la traición y la lealtad, la sed de venganza, el poder y el honor se dan encuentro en una trama llena de conspiraciones y de las más mortales batallas.

Fragmento

CAPÍTULO I

Día 7 calli, de la veintena Tepeíhuitl del año 8 acatl 30 de octubre de 1487 d. C.

“Su hijo tendrá el honor de morir ofrendado a los dioses o el deshonor de volverse un esclavo.”

Esas fueron las palabras que el tonalpouhque o adivinador de los destinos le dijo a mi madre en privado el día de mi nacimiento en el seno de una familia plebeya que había prosperado a través de los logros militares de mi abuelo y mi padre, dos guerreros tenochcas.

Mi madre, Matlalxóchitl, constantemente me recordaba que ese día una inmensa garza blanca se posó sobre un pilote sumergido en el agua del lago, justo frente a la entrada de nuestro no tan modesto hogar en el corazón del calpulli de Tlalcocomulco, “donde el camino serpentea”, en la periferia de la gran isla de MexihcoTenochtitlán. La presencia de la majestuosa ave esa fríamañana neblinosa infestada de mosquitos confirmaba las palabras del sabio, ya que entre mi pueblo la garza representa la pureza y el valor de los guerreros siempre dispuestos a salir victoriosos de la batalla para ganar el favor de los dioses. Todo eso sucedió hace dieciocho inviernos, el día 1 ocelote de la trecena 1 ocelote del tonalpohualli, el calendario ritual de mi pueblo, durante la veintena Tóxcatl, festejada en honor a nuestro señor impalpable: Tezcatlipoca.

El viejo tonalpouhque llegó momentos después de mi nacimiento y de inmediato empezó a consultar su libro de los destinos, el tonalámatl, sentado sobre el piso de tierra apisonada de mi casa. Se trataba de un hombre de avanzada edad que caminaba encorvado, con una desgastada tilma negra repleta de fechas calendáricas bordadas. Su largo cabello blanco caía sobre sus hombros. Profundos surcos atravesaban su rostro, evidencia de los muchos años que cargaba sobre su espalda. Unos cactli o sandalias de fibra de ixtle, un morral tejido y una calabaza seca pintada de rojo, posiblemente rellena de hongos o tabaco, completaban su vestimenta. Luego de extender las tiras de papel amate en el piso y tirar sobre ellas pequeñas falanges humanas, semillas y algunos guijarros, pudo descifrar y confirmar mi destino. Matlalxóchitl supo de la boca del sabio qué le depararía la vida a su hijo recién nacido. El viejo salió de inmediato de la habitación con una sonaja en la mano para agradecer a los cuatro puntos cardinales y darle la noticia a toda la familia.

—Un jade precioso acaba de nacer bajo su mirada atenta. ¡Oh, reverenciado TloqueNahuaque! Así como el algodón se rasga y el jade se quiebra, esta plumita preciosa morirá en batalla o en el altar de sacrificios de una nación enemiga para complacerlo a usted y a los señores del sol. Ese es el destino del pequeño que de ahora en adelante llevará el nombre de Ce Océlotl, Uno ocelote —exclamó el tonalpouhque con las manos levantadas hacia Tonatiuh, el sol, al tiempo que aparecía mi madre entre los dos dinteles de la puerta. Me llevaba en sus brazos mientras su hermana la sujetaba de la espalda para que no fuera a tropezar.

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El júbilo se encendió entre los miembros de la familia y del barrio, quienes esperaban pacientemente el dictamen del sabio. Mi hermano YeiOzomatli, de diecisiete años, fruto del primer matrimonio de mi padre, dio un grito de júbilo, como lo hacen los guerreros antes de entrar en batalla. Mi hermanita ChiconahuiMalinalli, de cinco años, corrió por el patio y la milpa, seguida de nuestro perro xoloitzcuintli llamado Etl o Frijol, repitiendo mi nombre y tocando su pequeña flauta de barro cocido. Mis tíos y primos, quienes desde la madrugada estaban reunidos en nuestra casa, se abrazaron y felicitaron a mi hermano, al tiempo que las mujeres corrían a la cocina para preparar el banquete que se ofrecería a todos los invitados que habían llegado, desde los respetables sabios del consejo del barrio y amigos de la familia, hasta algún noble de importancia y de mucho poder que tenía propiedades en ese sector de la ciudad.

Guerreros notables del calpulli, así como nuestros sacerdotes, también hicieron acto de presencia. Muchos de ellos llevaban puestas sus elegantes tilmas de fino algodón con lindos diseños y cenefas. Los de más alta jerarquíalucían un atado de plumas de guacamaya y quetzal sobre la cabeza. Otros asistentes, los de origen más humilde, artesanos, pescadores y agricultores amigos de mi padre, vestían tilmas y taparrabos de la fibra áspera de ixtle llamados maxtlatl. Recuerdo muy bien la frase que mi padre me repetía constantemente durante mi infancia: “En esta casa todos son bienvenidos, sin diferencias y sin importar su origen u oficio. Ocelote, siempre trata a los hombres de igual manera, ya que todos son creaciones divinas de Ometéotl”. También acudieron un par de hombres de origen mixteco que llevaban décadas asentados en la ciudad de Tlacopan, dedicados principalmente a la orfebrería. Eran los hijos de un gran amigo de mi abuelo ya fallecido, un reconocido orfebre mexica.

A pesar del frío de la mañana, en mi hogar, impregnado por el olor a tortillas recién elaboradas, guajolote asado y condimentado con hierbas aromáticas como orégano silvestre y epazote, y después de escuchar las palabras del “conocedor de destinos”, se respiraba un ambiente festivo. El gran Xiuhcozcatl, hijo de orfebres, protector de XipeTotec, Nuestro Señor el desollado, e integrante del consejo del calpulli de Tlalcocomulco, había tenido un hijo digno de sus hazañas militares. Después de la presentación del tonalpouhque, mi madre regresó a la casa para colocarme en una pequeña cuna hecha de cestería cubierta con tilmas de suave algodón y relajarse un poco. Los mareos, náuseas y dolores de cabeza aún no la dejaban descansar, después de la lucha que había sido el parto donde literalmente se había jugado la vida, de la misma forma que lo hace un guerrero en el campo de batalla. Al poco tiempo mis tías y otras mujeres empezaron a repartir entre los invitados tamales, guajolote asado, tortillas y frijoles en cuencos de cerámica. Como postre se compartieron dulces tunas rojas y verdes de la región de Otompan, así como pinole perfumado con tlilxóchitl, vainilla, traída desde el lejano Totonacapan, y pulque para los hombres, todo servido en jícaras y guajes.

La algarabía de la celebración no hizo mella en la garza que seguía posada sobre el pilote de madera que emergía de las aguas de una acequia, atenta al desarrollo de los acontecimientos. Tampoco la inquietaron los ladridos de nuestro perro, el cloqueo de los guajolotes que estaban en el corral de la casa ni el viento frío que surcaba sobre las aguas del lago de Tezcuco. No fue sino hasta bien avanzado el día, cuando el convite estaba por finalizar, que el ave emprendió el vuelo hacia el norte, hacia la región de los muertos llamada Mictlampa.

Tristemente mi padre no estuvo presente el día en que nací, ya que se encontraba librando encarnizados combates en los límites del imperio de la ExcanTlatoloyan, bajo la dirección del joven hueytlahtoaniAxayácatl. Todo empezó cuando guerreros de las ciudades de Tochpan, Xiuhcoac, Tanpatel y muchas otras se unieron para asesinar al gobernador mexica de la provincia de Cuextlán, por lo que los ejércitos mexicas se movilizaron para sofocar la rebelión huasteca. Mi padre llevaba más de sesenta días ausente, y aunque en un principio las noticias de la guerra llegaban constantemente a Tenochtitlán, con el paso de los días la comunicación cesó, algo poco usual.

Rumores de una gran derrota empezaron a escucharse por las calles y acequias de la capital mexica. Durante esos días, debido a su preocupación, mi madre dejó de frecuentar a sus amistades; solo salíade casa para visitar el templo del barrio y cumplir con sus obligaciones religiosas, así como para ir al mercado por alimentos. Pasaba gran parte del día trabajando en el telar de cintura a pesar de las ampollas en sus dedos. Esto no era más que el reflejo de la inquietud que la atormentaba por no tener noticias de su marido. Sabía que si moría en batalla o en sacrificio, su esposo disfrutaría de las danzas, cantos y combates fingidos en el paraíso solar de Huitzilopochtli. No era el miedo a su ausencia lo que la agobiaba, sino la incertidumbre, la maldita incertidumbre que tenía que sufrir cada vez que su pareja dejaba Tenochtitlán por meses para combatir en remotos lugares y así agrandar la riqueza y la gloria de la Triple Alianza. Dejó de cepillarse el cabello y de bañarse a diario por las mañanas. Pero por más pesada que fuera la ausencia de su ser amado, o por más angustiosa que fuera la duda, no mostraba otro signo de tristeza.

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Nunca vi a mi madre derramar una lágrima, ni cuando su padre murió en batalla o su madre de enfermedad. Añosdespués me habría de enterar por una tía de que la únicaocasión en que vieron llorar a mi Matlalxóchitl fue precisamente el día de mi nacimiento, cuando el tonalpouhque, después de presentarme ante a mi familia, le dio en privado la información completa de lo que había descubierto al lanzar las semillas y falanges sobre su tonalámatl.

—Pequeño copo de algodón, mis palabras no buscan acongojar tu corazón, sin embargo, no hay mejores oídos que puedan escucharlas que los tuyos de madre para saber los secretos que los dioses le deparan a tu hijo. En efecto, el pequeño Ce Océlotlpodrá ser un guerrero respetable que termine sus días en alguna batalla o altar en honor de los dioses, pero también es posible que sus amaneceres estén llenos de desdicha, tristeza y vicios, y termine su existencia como un esclavo marginado de la sociedad. Los dos caminos se entrecruzarán en la vida de tu pequeño; serán en gran medida su diligencia, destreza, valor y los inmensos sacrificios que realice los que definan el camino manifestado por las deidades. Esto es lo que he visto en el tonalámatl, este es el designio de los dioses —le advirtió.

En ese momento mi madre lloró sin hacer ruido alguno. Los únicos testigos fueron su hermana y el anciano que se incorporaba para salir de la casa. Antes de cruzar la puerta con su paso cansado, le dijo a Matlalxóchitl:

—En algún momento tendrás que compartirle a tu hijo su destino, no dudes en hacerlo. Los secretos que se guardan, como el agua que se conserva por mucho tiempo, enferman al cuerpo.

Añosdespués, cuando yo tenía trece años, mi madre me contó lo que le dijo el tonalpouhque. Como adolescente que era no presté mucha importancia a sus palabras, aunque ahora no hay día en que no reflexione sobre ellas con angustia y preocupación, ya que no me queda duda de que las acciones que realizamos cotidianamente tienen eco en nuestro futuro y en la vida de las personas que nos acompañan.

Sin permitirse mostrar su tristeza y como lo disponía el protocolo, nantzinMatlalxóchitlrecibió dentro de la casa a cada uno de los invitados que buscaban felicitarla, entregarle presentes y agradecerle por la celebración. Le obsequiaron tilmas de algodón, guajolotes, sonajas, frutas, collares de semillas y muchas cosas más. La reunión se prolongó hasta muy entrada la noche gracias al pulque, el tabaco y la comida que seguía saliendo del pequeño cuarto de cocina adjunto a nuestra casa. Al parecer fue una de las mejores fiestas de las que se tuviera memoria en el barrio.

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Tres días después de mi nacimiento, mi hermano YeiOzomatli y dos primos partieron por encargo de nantzinMatlalxóchitl y de mi tío hacia la lejana provincia de Cuextlán en busca de mi padre, del ejército mexica y de un campo de batalla con el fin de enterrar mi cordón umbilical en él. Esta era una tradición muy añeja que practicaban las familias de Tenochtitlán dedicadas a la guerra por generaciones. Cada que nacía un varón, enterraban su cordón umbilical con armas en miniatura en terreno fertilizado por la sangre humana derramada durante una batalla reciente. En el caso de las mujeres, lo depositaban debajo del fogón de la casa acompañado de diminutos utensilios domésticos como un comal y un metate. Con esto se buscaba que los niños al crecer fueran diestros y valerosos guerreros, y las niñas, mujeres devotas a su familia y hogar.

Mis familiares ajustaron sus mantas de viaje hechas de ixtle, amarraron las correas de sus cactli de cuero de venado y sujetaron a los armazones de madera llamados cacaxtin los morrales, paquetes, alimentos y todo lo que fuera necesario transportar para el viaje. Se colocaron en la frente la tira hecha de fibra de ixtle llamada mecapal para caminar con el cacaxtin sobre su espalda y llevar las manos libres para tomar las armas si era necesario, o por cualquier otra eventualidad. En un morral de piel curtida metieron mi cordón umbilical envuelto en un paño de algodón junto con un escudito cubierto de plumas rosadas y pequeñas saetas con puntas de obsidiana.

Les tomaríamás de veinte días llegar a tan remoto lugar, pero ni el calor ni el cansancio menguarían sus ánimos, pues un miembro de su familia había llegado a esta tierra como una plumita de quetzal, como un jade precioso, dispuesto a ser desgarrado y roto para complacer a los dioses. Tampoco sentían temor, pues estaban seguros de contar con el favor de las deidades de la nación mexica y la protección de los ancestros de nuestro calpulli. NantzinMatlalxóchitl y sus hermanas los colmaron de itacates para calmar su hambre durante el recorrido. Tampoco faltaron las bendiciones y rituales de protección por parte del sacerdote de la familia.

Partieron una fríamañana de otoño muy temprano, cuando la niebla del lago aún no se disipaba y los mosquitos creaban nubes sonoras sobre las chinampas. Después de despedirse con efusivos abrazos, subieron a la canoa que los llevaría a través del lago hasta Tezcuco, la ciudad aliada de la Triple Alianza donde gobernaba el anciano tlahtoani poeta Nezahualcóyotl. Al llegar a esta ciudad acolhua se integraron a una partida de veinte comerciantes que se dirigían al Totonacapan, a pesar de lo inestable de la región, para intercambiar productos exóticos como vainilla, plumas de águila, caracoles marinos, concha nácar y muchos otros.

Por desgracia, triste y misterioso fue el sendero que tomaron aquellos valientes, ya que nunca volvimos a saber nada de ellos. Jamás se encontraron con mi padre ni con el ejército mexica. Seguramente tampoco tuvieron oportunidad de enterrar mi cordón umbilical, como era su cometido. Toda mi familia llegó a la conclusión de que habían sido atacados y asesinados por guerreros huastecos que por aquellos años rondaban los caminos y libraban una guerra de desgaste contra la Triple Alianza para recobrar su débilautonomía, idea alentada y apoyada por las cuatro cabeceras de Tlaxcallan: Tizatlán, Ocotelulco, Tepeticpac y Quiahuiztlán. Tras su desaparición, el líder del calpulli organizó una partida de guerreros para investigar su paradero y, de ser posible, recuperar sus cuerpos. Nunca los encontraron. Lo único que se supo de ellos fue que habían pernoctado en un modesto templo dedicado a Yacatecuhtli, señor de los caminos, ubicado en el altépetl de Cuauhchinanco.

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Mi hermano y mis dos primos no tuvieron una muerte gloriosa ni llena de hazañas a pesar de la experiencia militar que poseían los últimos. Tampoco sus cónyuges y familiares tuvieron la oportunidad de despedirlos mientras sus cuerpos se consumían ritualmente dentro de las hogueras sagradas, menos aún de colocar la cuenta de piedra verde en sus bocas y sacrificar a un perro bermejo para que no tuvieran problemas al entrar al Tonatiuh Ichan o al Mictlán. No recibieron ninguno de los honores que merecían. Tal vez sus cuerpos se pudrieron en una barranca o en un páramo solitario después de haber sido asaltados. Con el paso del tiempo mi familia se resignó y fabricó unas figuras de madera, papel amate y máscaras que se asemejaban a sus rostros para incinerarlos ritualmente y darles el adiós que merecían.

—Tonatiuh, gran señor de la guerra que brinda luz y calor a este mundo, recibe al gran guerrero tenochcaYeiOzomatli, hijo de Xiuhcozcatl del calpulli de Tlalcocomulco, como una flecha disparada hacia el firmamento, hacia ti. Acógelo, confórtalo, pues se lo merece. Fue un gran hombre aquí en el CemAnáhuac —fueron las palabras que pronunció el sacerdote de la familia al tiempo que se consumía la efigie de madera en el fuego.

Han pasado dieciocho inviernos y su recuerdo se ha diluido entre los miembros de mi familia, a pesar de que en el altar de la casa aún se encuentran las pequeñas figuras de barro que los representan. Fueron tres muertes sin sentido, demasiado dolorosas para lograr olvidarlas. No puedo evitar el sentimiento de culpa al pensar que yo fui en parte responsable de su muerte, ¡todo por enterrar mi cordón umbilical! Desde que mi madre me platicó, cuando era niño, sobre su triste desenlace, esos tres difuntos culposos se volvieron mis compañeros en mis juegos infantiles, en la siembra, durante los entrenamientos marciales y ahora en cada paso que he dado desde que salí de mi calpulli y abandoné Tenochtitlán hace siete días junto con los magníficosejércitos de la Triple Alianza, con intención de subyugar las ciudades rebeldes de Teloloapan, Oztomán y Alahuiztlán, ubicadas al suroeste de la capital mexica.



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En redes sociales hay un tlatoani, que en náhuatl significa "el que habla, el orador" y su teocalli, o templo del conocimiento es Twitter, se trata de Enrique Ortiz, un divulgador de historia que está haciendo ruido con su nueva novela Las Águilas de Tenochtitlán porque no hay presencia española, pero sí hay "héroes, combates y exploración de un mundo perdido" como lo describe en entrevista para la Organización Editorial Mexicana.

Tlatoani Cuauhtémoc es un proyecto individual de difusión cultural e histórica que está vigente desde hace ocho años en Twitter, Enrique Ortiz, diseñador gráfico por la Universidad Iberoamericana dejó el estilógrafo para hundirse en el pasado y redescubrir la historia de México, el nombre surgió a raíz del último tlatoani Cuauhtémoc como forma de revivirlo en tiempos actuales para volverlo un influencer del conocimiento con más de 139 mil seguidores.

Foto: Cortesía

Sinopsis

Se levantaron contra el poderoso e invencible imperio Mexica y pagarán las consecuencias...

Tenochitlán, 1487. Una confederación de pueblos rebeldes le hace frente al imperio mexica, interrumpe sus vías de comercio y se niega a pagar por sus atributos. el ejército de la Triple Alianza, dirigido por el huey tlahtoani Ahuízotl, responde con una inminente declaración de guerra. Sin embargo, una conspiración se urde en el mismo corazón del imperio con el fin de derrocar al líder. El destino de Ce Océlot, el joven hijo de un veterano de batallas pasadas, puede cambiar el curso de los acontecimientos. Marcado por un augurio del día de su nacimiento, perseguirá su destino para convertirse en un gran guerrero y ser recordado por su pueblo.

Ambientada con máximo rigor en la época prehispánica. Las águilas de Tenochtitlán es una novela épica en la que la traición y la lealtad, la sed de venganza, el poder y el honor se dan encuentro en una trama llena de conspiraciones y de las más mortales batallas.

Fragmento

CAPÍTULO I

Día 7 calli, de la veintena Tepeíhuitl del año 8 acatl 30 de octubre de 1487 d. C.

“Su hijo tendrá el honor de morir ofrendado a los dioses o el deshonor de volverse un esclavo.”

Esas fueron las palabras que el tonalpouhque o adivinador de los destinos le dijo a mi madre en privado el día de mi nacimiento en el seno de una familia plebeya que había prosperado a través de los logros militares de mi abuelo y mi padre, dos guerreros tenochcas.

Mi madre, Matlalxóchitl, constantemente me recordaba que ese día una inmensa garza blanca se posó sobre un pilote sumergido en el agua del lago, justo frente a la entrada de nuestro no tan modesto hogar en el corazón del calpulli de Tlalcocomulco, “donde el camino serpentea”, en la periferia de la gran isla de MexihcoTenochtitlán. La presencia de la majestuosa ave esa fríamañana neblinosa infestada de mosquitos confirmaba las palabras del sabio, ya que entre mi pueblo la garza representa la pureza y el valor de los guerreros siempre dispuestos a salir victoriosos de la batalla para ganar el favor de los dioses. Todo eso sucedió hace dieciocho inviernos, el día 1 ocelote de la trecena 1 ocelote del tonalpohualli, el calendario ritual de mi pueblo, durante la veintena Tóxcatl, festejada en honor a nuestro señor impalpable: Tezcatlipoca.

El viejo tonalpouhque llegó momentos después de mi nacimiento y de inmediato empezó a consultar su libro de los destinos, el tonalámatl, sentado sobre el piso de tierra apisonada de mi casa. Se trataba de un hombre de avanzada edad que caminaba encorvado, con una desgastada tilma negra repleta de fechas calendáricas bordadas. Su largo cabello blanco caía sobre sus hombros. Profundos surcos atravesaban su rostro, evidencia de los muchos años que cargaba sobre su espalda. Unos cactli o sandalias de fibra de ixtle, un morral tejido y una calabaza seca pintada de rojo, posiblemente rellena de hongos o tabaco, completaban su vestimenta. Luego de extender las tiras de papel amate en el piso y tirar sobre ellas pequeñas falanges humanas, semillas y algunos guijarros, pudo descifrar y confirmar mi destino. Matlalxóchitl supo de la boca del sabio qué le depararía la vida a su hijo recién nacido. El viejo salió de inmediato de la habitación con una sonaja en la mano para agradecer a los cuatro puntos cardinales y darle la noticia a toda la familia.

—Un jade precioso acaba de nacer bajo su mirada atenta. ¡Oh, reverenciado TloqueNahuaque! Así como el algodón se rasga y el jade se quiebra, esta plumita preciosa morirá en batalla o en el altar de sacrificios de una nación enemiga para complacerlo a usted y a los señores del sol. Ese es el destino del pequeño que de ahora en adelante llevará el nombre de Ce Océlotl, Uno ocelote —exclamó el tonalpouhque con las manos levantadas hacia Tonatiuh, el sol, al tiempo que aparecía mi madre entre los dos dinteles de la puerta. Me llevaba en sus brazos mientras su hermana la sujetaba de la espalda para que no fuera a tropezar.

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Guerreros notables del calpulli, así como nuestros sacerdotes, también hicieron acto de presencia. Muchos de ellos llevaban puestas sus elegantes tilmas de fino algodón con lindos diseños y cenefas. Los de más alta jerarquíalucían un atado de plumas de guacamaya y quetzal sobre la cabeza. Otros asistentes, los de origen más humilde, artesanos, pescadores y agricultores amigos de mi padre, vestían tilmas y taparrabos de la fibra áspera de ixtle llamados maxtlatl. Recuerdo muy bien la frase que mi padre me repetía constantemente durante mi infancia: “En esta casa todos son bienvenidos, sin diferencias y sin importar su origen u oficio. Ocelote, siempre trata a los hombres de igual manera, ya que todos son creaciones divinas de Ometéotl”. También acudieron un par de hombres de origen mixteco que llevaban décadas asentados en la ciudad de Tlacopan, dedicados principalmente a la orfebrería. Eran los hijos de un gran amigo de mi abuelo ya fallecido, un reconocido orfebre mexica.

A pesar del frío de la mañana, en mi hogar, impregnado por el olor a tortillas recién elaboradas, guajolote asado y condimentado con hierbas aromáticas como orégano silvestre y epazote, y después de escuchar las palabras del “conocedor de destinos”, se respiraba un ambiente festivo. El gran Xiuhcozcatl, hijo de orfebres, protector de XipeTotec, Nuestro Señor el desollado, e integrante del consejo del calpulli de Tlalcocomulco, había tenido un hijo digno de sus hazañas militares. Después de la presentación del tonalpouhque, mi madre regresó a la casa para colocarme en una pequeña cuna hecha de cestería cubierta con tilmas de suave algodón y relajarse un poco. Los mareos, náuseas y dolores de cabeza aún no la dejaban descansar, después de la lucha que había sido el parto donde literalmente se había jugado la vida, de la misma forma que lo hace un guerrero en el campo de batalla. Al poco tiempo mis tías y otras mujeres empezaron a repartir entre los invitados tamales, guajolote asado, tortillas y frijoles en cuencos de cerámica. Como postre se compartieron dulces tunas rojas y verdes de la región de Otompan, así como pinole perfumado con tlilxóchitl, vainilla, traída desde el lejano Totonacapan, y pulque para los hombres, todo servido en jícaras y guajes.

La algarabía de la celebración no hizo mella en la garza que seguía posada sobre el pilote de madera que emergía de las aguas de una acequia, atenta al desarrollo de los acontecimientos. Tampoco la inquietaron los ladridos de nuestro perro, el cloqueo de los guajolotes que estaban en el corral de la casa ni el viento frío que surcaba sobre las aguas del lago de Tezcuco. No fue sino hasta bien avanzado el día, cuando el convite estaba por finalizar, que el ave emprendió el vuelo hacia el norte, hacia la región de los muertos llamada Mictlampa.

Tristemente mi padre no estuvo presente el día en que nací, ya que se encontraba librando encarnizados combates en los límites del imperio de la ExcanTlatoloyan, bajo la dirección del joven hueytlahtoaniAxayácatl. Todo empezó cuando guerreros de las ciudades de Tochpan, Xiuhcoac, Tanpatel y muchas otras se unieron para asesinar al gobernador mexica de la provincia de Cuextlán, por lo que los ejércitos mexicas se movilizaron para sofocar la rebelión huasteca. Mi padre llevaba más de sesenta días ausente, y aunque en un principio las noticias de la guerra llegaban constantemente a Tenochtitlán, con el paso de los días la comunicación cesó, algo poco usual.

Rumores de una gran derrota empezaron a escucharse por las calles y acequias de la capital mexica. Durante esos días, debido a su preocupación, mi madre dejó de frecuentar a sus amistades; solo salíade casa para visitar el templo del barrio y cumplir con sus obligaciones religiosas, así como para ir al mercado por alimentos. Pasaba gran parte del día trabajando en el telar de cintura a pesar de las ampollas en sus dedos. Esto no era más que el reflejo de la inquietud que la atormentaba por no tener noticias de su marido. Sabía que si moría en batalla o en sacrificio, su esposo disfrutaría de las danzas, cantos y combates fingidos en el paraíso solar de Huitzilopochtli. No era el miedo a su ausencia lo que la agobiaba, sino la incertidumbre, la maldita incertidumbre que tenía que sufrir cada vez que su pareja dejaba Tenochtitlán por meses para combatir en remotos lugares y así agrandar la riqueza y la gloria de la Triple Alianza. Dejó de cepillarse el cabello y de bañarse a diario por las mañanas. Pero por más pesada que fuera la ausencia de su ser amado, o por más angustiosa que fuera la duda, no mostraba otro signo de tristeza.

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Nunca vi a mi madre derramar una lágrima, ni cuando su padre murió en batalla o su madre de enfermedad. Añosdespués me habría de enterar por una tía de que la únicaocasión en que vieron llorar a mi Matlalxóchitl fue precisamente el día de mi nacimiento, cuando el tonalpouhque, después de presentarme ante a mi familia, le dio en privado la información completa de lo que había descubierto al lanzar las semillas y falanges sobre su tonalámatl.

—Pequeño copo de algodón, mis palabras no buscan acongojar tu corazón, sin embargo, no hay mejores oídos que puedan escucharlas que los tuyos de madre para saber los secretos que los dioses le deparan a tu hijo. En efecto, el pequeño Ce Océlotlpodrá ser un guerrero respetable que termine sus días en alguna batalla o altar en honor de los dioses, pero también es posible que sus amaneceres estén llenos de desdicha, tristeza y vicios, y termine su existencia como un esclavo marginado de la sociedad. Los dos caminos se entrecruzarán en la vida de tu pequeño; serán en gran medida su diligencia, destreza, valor y los inmensos sacrificios que realice los que definan el camino manifestado por las deidades. Esto es lo que he visto en el tonalámatl, este es el designio de los dioses —le advirtió.

En ese momento mi madre lloró sin hacer ruido alguno. Los únicos testigos fueron su hermana y el anciano que se incorporaba para salir de la casa. Antes de cruzar la puerta con su paso cansado, le dijo a Matlalxóchitl:

—En algún momento tendrás que compartirle a tu hijo su destino, no dudes en hacerlo. Los secretos que se guardan, como el agua que se conserva por mucho tiempo, enferman al cuerpo.

Añosdespués, cuando yo tenía trece años, mi madre me contó lo que le dijo el tonalpouhque. Como adolescente que era no presté mucha importancia a sus palabras, aunque ahora no hay día en que no reflexione sobre ellas con angustia y preocupación, ya que no me queda duda de que las acciones que realizamos cotidianamente tienen eco en nuestro futuro y en la vida de las personas que nos acompañan.

Sin permitirse mostrar su tristeza y como lo disponía el protocolo, nantzinMatlalxóchitlrecibió dentro de la casa a cada uno de los invitados que buscaban felicitarla, entregarle presentes y agradecerle por la celebración. Le obsequiaron tilmas de algodón, guajolotes, sonajas, frutas, collares de semillas y muchas cosas más. La reunión se prolongó hasta muy entrada la noche gracias al pulque, el tabaco y la comida que seguía saliendo del pequeño cuarto de cocina adjunto a nuestra casa. Al parecer fue una de las mejores fiestas de las que se tuviera memoria en el barrio.

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Tres días después de mi nacimiento, mi hermano YeiOzomatli y dos primos partieron por encargo de nantzinMatlalxóchitl y de mi tío hacia la lejana provincia de Cuextlán en busca de mi padre, del ejército mexica y de un campo de batalla con el fin de enterrar mi cordón umbilical en él. Esta era una tradición muy añeja que practicaban las familias de Tenochtitlán dedicadas a la guerra por generaciones. Cada que nacía un varón, enterraban su cordón umbilical con armas en miniatura en terreno fertilizado por la sangre humana derramada durante una batalla reciente. En el caso de las mujeres, lo depositaban debajo del fogón de la casa acompañado de diminutos utensilios domésticos como un comal y un metate. Con esto se buscaba que los niños al crecer fueran diestros y valerosos guerreros, y las niñas, mujeres devotas a su familia y hogar.

Mis familiares ajustaron sus mantas de viaje hechas de ixtle, amarraron las correas de sus cactli de cuero de venado y sujetaron a los armazones de madera llamados cacaxtin los morrales, paquetes, alimentos y todo lo que fuera necesario transportar para el viaje. Se colocaron en la frente la tira hecha de fibra de ixtle llamada mecapal para caminar con el cacaxtin sobre su espalda y llevar las manos libres para tomar las armas si era necesario, o por cualquier otra eventualidad. En un morral de piel curtida metieron mi cordón umbilical envuelto en un paño de algodón junto con un escudito cubierto de plumas rosadas y pequeñas saetas con puntas de obsidiana.

Les tomaríamás de veinte días llegar a tan remoto lugar, pero ni el calor ni el cansancio menguarían sus ánimos, pues un miembro de su familia había llegado a esta tierra como una plumita de quetzal, como un jade precioso, dispuesto a ser desgarrado y roto para complacer a los dioses. Tampoco sentían temor, pues estaban seguros de contar con el favor de las deidades de la nación mexica y la protección de los ancestros de nuestro calpulli. NantzinMatlalxóchitl y sus hermanas los colmaron de itacates para calmar su hambre durante el recorrido. Tampoco faltaron las bendiciones y rituales de protección por parte del sacerdote de la familia.

Partieron una fríamañana de otoño muy temprano, cuando la niebla del lago aún no se disipaba y los mosquitos creaban nubes sonoras sobre las chinampas. Después de despedirse con efusivos abrazos, subieron a la canoa que los llevaría a través del lago hasta Tezcuco, la ciudad aliada de la Triple Alianza donde gobernaba el anciano tlahtoani poeta Nezahualcóyotl. Al llegar a esta ciudad acolhua se integraron a una partida de veinte comerciantes que se dirigían al Totonacapan, a pesar de lo inestable de la región, para intercambiar productos exóticos como vainilla, plumas de águila, caracoles marinos, concha nácar y muchos otros.

Por desgracia, triste y misterioso fue el sendero que tomaron aquellos valientes, ya que nunca volvimos a saber nada de ellos. Jamás se encontraron con mi padre ni con el ejército mexica. Seguramente tampoco tuvieron oportunidad de enterrar mi cordón umbilical, como era su cometido. Toda mi familia llegó a la conclusión de que habían sido atacados y asesinados por guerreros huastecos que por aquellos años rondaban los caminos y libraban una guerra de desgaste contra la Triple Alianza para recobrar su débilautonomía, idea alentada y apoyada por las cuatro cabeceras de Tlaxcallan: Tizatlán, Ocotelulco, Tepeticpac y Quiahuiztlán. Tras su desaparición, el líder del calpulli organizó una partida de guerreros para investigar su paradero y, de ser posible, recuperar sus cuerpos. Nunca los encontraron. Lo único que se supo de ellos fue que habían pernoctado en un modesto templo dedicado a Yacatecuhtli, señor de los caminos, ubicado en el altépetl de Cuauhchinanco.

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Mi hermano y mis dos primos no tuvieron una muerte gloriosa ni llena de hazañas a pesar de la experiencia militar que poseían los últimos. Tampoco sus cónyuges y familiares tuvieron la oportunidad de despedirlos mientras sus cuerpos se consumían ritualmente dentro de las hogueras sagradas, menos aún de colocar la cuenta de piedra verde en sus bocas y sacrificar a un perro bermejo para que no tuvieran problemas al entrar al Tonatiuh Ichan o al Mictlán. No recibieron ninguno de los honores que merecían. Tal vez sus cuerpos se pudrieron en una barranca o en un páramo solitario después de haber sido asaltados. Con el paso del tiempo mi familia se resignó y fabricó unas figuras de madera, papel amate y máscaras que se asemejaban a sus rostros para incinerarlos ritualmente y darles el adiós que merecían.

—Tonatiuh, gran señor de la guerra que brinda luz y calor a este mundo, recibe al gran guerrero tenochcaYeiOzomatli, hijo de Xiuhcozcatl del calpulli de Tlalcocomulco, como una flecha disparada hacia el firmamento, hacia ti. Acógelo, confórtalo, pues se lo merece. Fue un gran hombre aquí en el CemAnáhuac —fueron las palabras que pronunció el sacerdote de la familia al tiempo que se consumía la efigie de madera en el fuego.

Han pasado dieciocho inviernos y su recuerdo se ha diluido entre los miembros de mi familia, a pesar de que en el altar de la casa aún se encuentran las pequeñas figuras de barro que los representan. Fueron tres muertes sin sentido, demasiado dolorosas para lograr olvidarlas. No puedo evitar el sentimiento de culpa al pensar que yo fui en parte responsable de su muerte, ¡todo por enterrar mi cordón umbilical! Desde que mi madre me platicó, cuando era niño, sobre su triste desenlace, esos tres difuntos culposos se volvieron mis compañeros en mis juegos infantiles, en la siembra, durante los entrenamientos marciales y ahora en cada paso que he dado desde que salí de mi calpulli y abandoné Tenochtitlán hace siete días junto con los magníficosejércitos de la Triple Alianza, con intención de subyugar las ciudades rebeldes de Teloloapan, Oztomán y Alahuiztlán, ubicadas al suroeste de la capital mexica.



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