/ viernes 24 de marzo de 2023

La dictadura que mató a Rodolfo Walsh

Tras casi 20 años de militancia política con el grupo guerrillero peronista “Montoneros”, el escritor argentino pasó a la clandestinidad junto a varios de sus amigos intelectuales y políticos

Una tensa calma corría en la tarde el 25 de marzo de 1977. El periodista argentino y militante peronista, Rodolfo Walsh, caminaba por las calles del barrio San Cristóbal, en Buenos Aires. Cumplía una tarea personal de distribuir ejemplares de su “Carta abierta de un escritor a la Junta Militar”.

Su labor fue interrumpida, un escuadrón de Tareas de la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA) lo abordó, lo intentó detener, pero Walsh se defendió con un arma calibre 22, una pistola pequeña para enfrentar a un pelotón de entre 20 y 30 elementos del grupo.

Te recomendamos: Rodolfo Walsh, el intelectual militante

El cruce de las avenidas San Juan y Entre Ríos fue testigo de la balacera, una ola de balas alcanzó a Walsh, que cayó al borde de la muerte, aún así, fue levantado y abordado en uno de los seis vehículos en los que llegó el contingente. Su muerte ocurrió en el transcurso de las avenidas del barrio argentino a las instalaciones del ESMA. Su cuerpo jamás fue recuperado y así pasó a engrosar la lista de desaparecidos de la dictadura argentina de 1976.

Un año y un día antes del ataque al periodista, se había ejecutado un golpe de Estado en Argentina. El 24 de marzo de 1976 las Fuerzas Armadas, apoyados por el sector empresarial y la Iglesia católica, derrocaron a todas las autoridades constitucionales, nacionales y locales, incluída la presidenta María Estela Martínez de Perón.

En su lugar fue impuesto una Junta Militar integrada por tres comandantes de las Fuerzas Armadas, y en la figura de presidente se nombró a Jorge Rafael Vidal. La junta, que llamó el cambio como el Proceso de Reorganización Nacional, o simplemente el Proceso, instauró un Estado burocrático-autoritario que se caracterizó por establecer un plan sistemático de terrorismo de Estado basado principalmente en la desaparición de miles de personas de ideología comunista, peronista y críticos al nuevo gobierno.

El plan del Proceso tenía el objetivo de combatir la “corrupción”, la “demagogia” y la “subversión” de la sociedad argentina, además de instaurar un sistema económico y social de la recién nacida ideología del neoliberalismo, pero por debajo de la mesa, la junta quería limpiar a la población de los “peronistas”, “populistas”, “zurdos”, “izquierdistas” y “subversivos”.

Walsh, nacido bajo principios conservadores, y en algún momento considerado antiperonista, tuvo un giro radical a su ideología desde septiembre de 1955, fecha que sucedió un primer golpe de Estado en Argentina, la “Revolución Libertadora”, que derrocó al presidente Juan Domingo Perón.

El golpe dio pie a una resistencia, y una resistencia generó persecuciones, ejecuciones y desapariciones. La dictadura ordenó el fusilamiento de un grupo de civiles por un levantamiento fallido, una de las víctimas sobrevivió y el rumor llegó a oídos de Walsh.

“Hay un fusilado que vive”. La frase cambió la vida y futuro del también escritor. Se obsesionó con dar con el paradero del sobreviviente. Su investigación lo llevó a descubrir la red de crimen y persecución de la “Revolución Libertadora” que denunció, y fue la primera causa por la que el Ejército lo pusiera en su mira.

Tras casi 20 años de militancia política con la izquierda latinoamericana, uniéndose al grupo guerrillero peronista “Montoneros”, fundando medios independientes de información y escribiendo libros políticos, el escritor argentino pasó a la clandestinidad junto a varios de sus amigos intelectuales y políticos. La dictadura del 76 le arrebató la vida a varios de sus amigos, pero el hecho que lo cambió todo fue el asesinato de su hija Victoria.

Walsh fundó dos cadenas de noticias y las usó para denunciar los crímenes de la dictadura argentina y escribió su famosa “Carta abierta de un escritor a la Junta Militar”, donde detallaba con datos precisos las atrocidades políticas y sociales de los militares.

El escrito fue enviado y publicado el 24 de marzo de 1977 en varios medios, pero con esta carta salió de su clandestinidad, en ella por fin volvía a firmar con su nombre. Walsh sellaba así su sentencia de muerte. Al día siguiente su vida acabó, pero nació su legado.

La dictadura produjo miles de desapariciones, asesinatos, torturas, violaciones, apropiación de menores, exilios y una larga lista de ataques a los derechos humanos, que fueron calificados como genocidio. Estos horribles actos fueron acogidos por los medios de comunicación privados, empresarios, por la Iglesia católica y por Estados Unidos.

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Cabe agregar el dato sobre la participación de Argentina en el Plan Cóndor, un sistema represivo orquestado por Estados Unidos en América Latina para mantener un control regional en el contexto de la Guerra Fría.

Una tensa calma corría en la tarde el 25 de marzo de 1977. El periodista argentino y militante peronista, Rodolfo Walsh, caminaba por las calles del barrio San Cristóbal, en Buenos Aires. Cumplía una tarea personal de distribuir ejemplares de su “Carta abierta de un escritor a la Junta Militar”.

Su labor fue interrumpida, un escuadrón de Tareas de la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA) lo abordó, lo intentó detener, pero Walsh se defendió con un arma calibre 22, una pistola pequeña para enfrentar a un pelotón de entre 20 y 30 elementos del grupo.

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Un año y un día antes del ataque al periodista, se había ejecutado un golpe de Estado en Argentina. El 24 de marzo de 1976 las Fuerzas Armadas, apoyados por el sector empresarial y la Iglesia católica, derrocaron a todas las autoridades constitucionales, nacionales y locales, incluída la presidenta María Estela Martínez de Perón.

En su lugar fue impuesto una Junta Militar integrada por tres comandantes de las Fuerzas Armadas, y en la figura de presidente se nombró a Jorge Rafael Vidal. La junta, que llamó el cambio como el Proceso de Reorganización Nacional, o simplemente el Proceso, instauró un Estado burocrático-autoritario que se caracterizó por establecer un plan sistemático de terrorismo de Estado basado principalmente en la desaparición de miles de personas de ideología comunista, peronista y críticos al nuevo gobierno.

El plan del Proceso tenía el objetivo de combatir la “corrupción”, la “demagogia” y la “subversión” de la sociedad argentina, además de instaurar un sistema económico y social de la recién nacida ideología del neoliberalismo, pero por debajo de la mesa, la junta quería limpiar a la población de los “peronistas”, “populistas”, “zurdos”, “izquierdistas” y “subversivos”.

Walsh, nacido bajo principios conservadores, y en algún momento considerado antiperonista, tuvo un giro radical a su ideología desde septiembre de 1955, fecha que sucedió un primer golpe de Estado en Argentina, la “Revolución Libertadora”, que derrocó al presidente Juan Domingo Perón.

El golpe dio pie a una resistencia, y una resistencia generó persecuciones, ejecuciones y desapariciones. La dictadura ordenó el fusilamiento de un grupo de civiles por un levantamiento fallido, una de las víctimas sobrevivió y el rumor llegó a oídos de Walsh.

“Hay un fusilado que vive”. La frase cambió la vida y futuro del también escritor. Se obsesionó con dar con el paradero del sobreviviente. Su investigación lo llevó a descubrir la red de crimen y persecución de la “Revolución Libertadora” que denunció, y fue la primera causa por la que el Ejército lo pusiera en su mira.

Tras casi 20 años de militancia política con la izquierda latinoamericana, uniéndose al grupo guerrillero peronista “Montoneros”, fundando medios independientes de información y escribiendo libros políticos, el escritor argentino pasó a la clandestinidad junto a varios de sus amigos intelectuales y políticos. La dictadura del 76 le arrebató la vida a varios de sus amigos, pero el hecho que lo cambió todo fue el asesinato de su hija Victoria.

Walsh fundó dos cadenas de noticias y las usó para denunciar los crímenes de la dictadura argentina y escribió su famosa “Carta abierta de un escritor a la Junta Militar”, donde detallaba con datos precisos las atrocidades políticas y sociales de los militares.

El escrito fue enviado y publicado el 24 de marzo de 1977 en varios medios, pero con esta carta salió de su clandestinidad, en ella por fin volvía a firmar con su nombre. Walsh sellaba así su sentencia de muerte. Al día siguiente su vida acabó, pero nació su legado.

La dictadura produjo miles de desapariciones, asesinatos, torturas, violaciones, apropiación de menores, exilios y una larga lista de ataques a los derechos humanos, que fueron calificados como genocidio. Estos horribles actos fueron acogidos por los medios de comunicación privados, empresarios, por la Iglesia católica y por Estados Unidos.

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