/ domingo 17 de febrero de 2019

Por un país unido

Uno de los problemas de verse el ombligo muy seguido, es pensar que no existen ejemplos, casos de éxito o experiencias relevantes en otros sitios. Durante once años tuve la oportunidad de pertenecer, y luego encabezar, una de las mejores iniciativas civiles para atender víctimas del delito, entre muchos otros problemas, en la Ciudad de México. Este modelo de participación civil, servicio directo y seguimiento, en coordinación con las autoridades responsables, pronto pasó, de ser un experimento, a consolidarse como una buena práctica que pudiera adaptarse a la realidad de otros estados de la República.

Poco a poco, a partir de la difusión de las acciones y programas y sus resultados, grupos de ciudadanos, empresarios, líderes civiles locales y académicos, empezaron a organizarse para replicar aquello que podía ser de utilidad para recuperar la paz, la seguridad, la tranquilidad y la confianza, en sus comunidades.

Compartir siempre provoca reacciones inesperadas. Eso fue lo que ocurrió cuando tuvimos la oportunidad de intercambiar información, metodologías, procesos y procedimientos, con estas nuevas organizaciones ciudadanas. Mientras un programa o una herramienta podía tener éxito moderado en la capital del país, en otro estado se volvía un suceso nacional; a la par que se llevaban a cabo iniciativas específicas para atender problemas muy capitalinos, otras entidades daban pasos enormes en la solución del mismo conflicto o lo superaban de manera definitiva.

Por eso es importante pensar como una sola sociedad que habita un solo país. Tenemos nuestras costumbres, apreciaciones y hasta maneras de ver las cosas, pero la realidad es que no somos distintos. Nos preocupa lo mismo -la falta de seguridad, principalmente- y vamos hacia la misma dirección: vivir mejor cada día.

Si mantenemos esa idea en mente, entonces los grandes retos que se nos presentan en este cambio de época podrán resolverse. De lo contrario, la división que hoy se fomenta entre nosotros (desde muchos frentes e intereses creados) logrará aumentar la desconfianza.

Porque si hay una enfermedad en México, esa es la falta de confianza. En los gobiernos, en las instituciones, en los partidos políticos, y hasta en nosotros mismos. Esa desconfianza generalizada es una de las causas de la enorme corrupción e impunidad que han deteriorado nuestro nivel de vida.

Es momento de entender (y apoyar) que todos cabemos en este país y que es el mejor país del mundo para los nuestros y para nosotros. Podemos no estar de acuerdo en todo, pero sí estamos obligados a impulsar acuerdos mínimos de convivencia que sirvan para ir por el mismo camino.

No es retórica, lo he visto y he tenido la oportunidad de comprobarlo muchas veces al lado de mexicanas y mexicanos formidables: Leticia Salinas, Gabriel Ortiz y Manuel González en Chihuahua; Pablo Salcedo en Jalisco; Alejandro Enríquez y Víctor Legaspi, en Zacatecas; Óscar, Gilberto y Omar Osorio, en Oaxaca; Altagracia Santaana, Carlos Maldonado y Sergio Ochoa, en Colima; Rafael Rueda Moncalián, en Morelos; Adelina Lobo y Ricardo Preciado, en San Luis Potosí; Armando García Pedroche, Alejandro Espriú y Raúl Zapata, en Puebla; Marichuy Gutiérrez, Luis Sánchez y Rogelio Piñero, en Veracruz; Sergio García López, Marco Zamarripa y Miguel Wong en Coahuila y La Laguna; Marcos López, en Cozumel; Juan Manuel Hernández, en Baja California; Erick Avilés, en Michoacán; y Alfonso Verde Cuenca, en Nuevo León; entre muchos otros ciudadanos de primera que los ayudan y respaldan, que omito por espacio.

Lo que creo, es que nos queda claro que hoy ningún gobierno podrá solucionar solo nuestras necesidades; como también que nosotros tampoco podemos hacerlo en solitario. Se trata de participar, involucrarnos y construir equilibrios sociales que permitan a los gobiernos y a nosotros hacer lo que nos corresponde. Estamos a tiempo.

Agradezco, en todo lo que cabe, esta enorme oportunidad de colaborar a partir de hoy con la gran Organización Editorial Mexicana. Aquí nos estaremos encontrando.

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Uno de los problemas de verse el ombligo muy seguido, es pensar que no existen ejemplos, casos de éxito o experiencias relevantes en otros sitios. Durante once años tuve la oportunidad de pertenecer, y luego encabezar, una de las mejores iniciativas civiles para atender víctimas del delito, entre muchos otros problemas, en la Ciudad de México. Este modelo de participación civil, servicio directo y seguimiento, en coordinación con las autoridades responsables, pronto pasó, de ser un experimento, a consolidarse como una buena práctica que pudiera adaptarse a la realidad de otros estados de la República.

Poco a poco, a partir de la difusión de las acciones y programas y sus resultados, grupos de ciudadanos, empresarios, líderes civiles locales y académicos, empezaron a organizarse para replicar aquello que podía ser de utilidad para recuperar la paz, la seguridad, la tranquilidad y la confianza, en sus comunidades.

Compartir siempre provoca reacciones inesperadas. Eso fue lo que ocurrió cuando tuvimos la oportunidad de intercambiar información, metodologías, procesos y procedimientos, con estas nuevas organizaciones ciudadanas. Mientras un programa o una herramienta podía tener éxito moderado en la capital del país, en otro estado se volvía un suceso nacional; a la par que se llevaban a cabo iniciativas específicas para atender problemas muy capitalinos, otras entidades daban pasos enormes en la solución del mismo conflicto o lo superaban de manera definitiva.

Por eso es importante pensar como una sola sociedad que habita un solo país. Tenemos nuestras costumbres, apreciaciones y hasta maneras de ver las cosas, pero la realidad es que no somos distintos. Nos preocupa lo mismo -la falta de seguridad, principalmente- y vamos hacia la misma dirección: vivir mejor cada día.

Si mantenemos esa idea en mente, entonces los grandes retos que se nos presentan en este cambio de época podrán resolverse. De lo contrario, la división que hoy se fomenta entre nosotros (desde muchos frentes e intereses creados) logrará aumentar la desconfianza.

Porque si hay una enfermedad en México, esa es la falta de confianza. En los gobiernos, en las instituciones, en los partidos políticos, y hasta en nosotros mismos. Esa desconfianza generalizada es una de las causas de la enorme corrupción e impunidad que han deteriorado nuestro nivel de vida.

Es momento de entender (y apoyar) que todos cabemos en este país y que es el mejor país del mundo para los nuestros y para nosotros. Podemos no estar de acuerdo en todo, pero sí estamos obligados a impulsar acuerdos mínimos de convivencia que sirvan para ir por el mismo camino.

No es retórica, lo he visto y he tenido la oportunidad de comprobarlo muchas veces al lado de mexicanas y mexicanos formidables: Leticia Salinas, Gabriel Ortiz y Manuel González en Chihuahua; Pablo Salcedo en Jalisco; Alejandro Enríquez y Víctor Legaspi, en Zacatecas; Óscar, Gilberto y Omar Osorio, en Oaxaca; Altagracia Santaana, Carlos Maldonado y Sergio Ochoa, en Colima; Rafael Rueda Moncalián, en Morelos; Adelina Lobo y Ricardo Preciado, en San Luis Potosí; Armando García Pedroche, Alejandro Espriú y Raúl Zapata, en Puebla; Marichuy Gutiérrez, Luis Sánchez y Rogelio Piñero, en Veracruz; Sergio García López, Marco Zamarripa y Miguel Wong en Coahuila y La Laguna; Marcos López, en Cozumel; Juan Manuel Hernández, en Baja California; Erick Avilés, en Michoacán; y Alfonso Verde Cuenca, en Nuevo León; entre muchos otros ciudadanos de primera que los ayudan y respaldan, que omito por espacio.

Lo que creo, es que nos queda claro que hoy ningún gobierno podrá solucionar solo nuestras necesidades; como también que nosotros tampoco podemos hacerlo en solitario. Se trata de participar, involucrarnos y construir equilibrios sociales que permitan a los gobiernos y a nosotros hacer lo que nos corresponde. Estamos a tiempo.

Agradezco, en todo lo que cabe, esta enorme oportunidad de colaborar a partir de hoy con la gran Organización Editorial Mexicana. Aquí nos estaremos encontrando.

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