/ miércoles 6 de julio de 2022

Sonatina de La Peña

La Peña está triste… ¿qué tendrá la Peña? La neblina cubre sus alturas; no quiere que la vean. Nubes blancas como la leche, muestran solo sus faldas. Alrededor, otras montañas se entrevén a pedazos; más bajas y atrevidas. Son repetitivas: superficies cubiertas de marrones secos y manchas verduzcas. Algunas, con senderos bien trazados; la mayoría parecieran límites para el explorador. Entre ellas crepitan la misma niebla que protege a la Peña. Con atención, se vislumbran pedazos de la piedra madre. Un gris deslavado que se mezcla con la blancura. ¿Qué hacer para apreciarte, pobre Peña desolada? Vine de tan lejos y no puedo ver nada.

Es una mañana fría en tu pueblo. Las calles siguen húmedas por la lluvia nocturna y el petricor de tus alrededores domina el aire mismo. Camino entre callejuelas buscando encontrarte, Peña amiga. Admiro los pisos de piedra y las aceras tan mezquinas. La calle pareciera para el peatón; no hay autos a la vista. Siendo honesto; no hay gente siquiera. El pueblo se ha escondido al faltarle su Peñita. El despertar húmedo los mantiene en cama; son tantas las excusas para prolongar el sueño. Mientras tanto—mientras duermen—yo paseo viendo al cielo. Busco entre firmamentos esa montaña adorada. No la veo; una pena. Los edificios han hecho un pacto con las alturas. Juntos la han guardado; la alistan antes de iniciar el día.

Sigo caminando por tus calles sin recordar andares pasados. Detalle insignificante; el poblado pareciera diseñado para guiarme. Todas tus vías van en picadas; unas suben, otras bajan. Como venas de un cuerpo, guían a tu corazón. Basta con seguirlas despacio para llegar a tu centro. Una fuerza me atrae hacia él; la promesa de su belleza. Vista privilegiada del monolito que amaneció penoso. Solo llegar basta; siento como a cada paso el clima va cambiando. Éxodo paulatino hacia la Peña prometida Los minutos agregan calor y los segundos dan esperanza. A distancia, la niebla se hace tenue; persiste como cortina. De tener surte; aprecio los indicios de aquella colina. Ahora, un edificio lo bloquea. En breve, será solo la neblina. Sigo caminando; espero un milagro para la vista.

Un paso, luego otro. Entre andares veo las fachadas cerradas de tus promesas. Panes de queso por montones; hoteles que antes fueron casas. Hay, en cada esquina, una tienda de dulces esperando la apertura. Se les suman muñecas queretanas en busca de nuevas dueñas. Juntas en calles angostas, cada entrada hace promesas a los que pasan. Aunque ya ha transcurrido un tiempo, todas siguen cerradas. Es un día entre semana para un pueblo que vive de los que visitan. Sería tanta suerte que el poblado despertase para mi travesía. Mas lo entiendo con simpatía; he de contar mis milagros al pasar por tus esquinas. Si algo logro, que sea observar aquella cima. Que el viento me sea amistoso y mis deseos se hagan realidad. Oh, Peña; ya déjate mostrar.

Entonces, aparece tu centro. Me detengo un instante. Una estatua terrosa me da la bienvenida. Es un circulo sencillo; adentro lleva otros tres. Indica que este pueblo es mágico para el que lo quiera entender. A sus espaldas, empieza un parque. Árboles se encuentran con arbustos; unas cuantas bancas a su alrededor. Faltan tantas flores, son solo hojas verdes lo que domina. Hacen una jungla a mediados de la ciudadanía. Transcurre el tiempo y no hay alma alguna; imagino pensionados platicando y jóvenes jugando en tus jardines. En esta mañana, todos faltan. Se ocultan con el cielo; se quedan en las ideas. Gentil parque al que todos llegan; ojalá pudieses contarme de las aventuras que te rodean. Como la ciudad entera guía a ti, espero aquí vivan sus historias. Siento amores florecer entre tus arboledas; llantos desdichados en tus aceras. Me temo tú igual me huyes. Guardas tus historias con un voto de simpatía. Lo entiendo, parque hermano. Yo igual querría protegieras mis pasares. Haz lo mismo con los de otros; atesóralos hasta que vengan a cobrarte.

A un lado de este verdor, aparece amarillo un templo ya antiguo. Frente suyo, una cruz color arcilla se levanta sobre un pedestal cilíndrico. Sus contornos recuerdan los inicios de esta tierra, cuando la conquista no existía y otro arte dominaba la vida. Su sujeto, sin embargo, es el de la colonia. Cristo en cruz sacrificándose por un pueblo entero. Con el arte, se reconcilian ambos extremos. Dan la bienvenida al recinto divino con sus contornos naranjas y dos bancas para el que las necesite. En medio, una entrada de tonos rosados con columnas a cada lado y un vitral a modo de corona. Hay faroles para las noches recién apagados con el amanecer; detalles florales rompen el amarillo de tu fachada. Sobre ti, un Mesías diminuto con brazos abiertos parece predicar a transeúntes. A tu lado, un solo campanario donde el choque de metales ha sido reemplazado por bocinas estridentes. Sirven un mismo propósito; el de llamar a los creyentes.

Humilde iglesia de centro, por dentro te mantienes elegante. Patrones de azulejos para tu piso; columnas grises y escasos altoparlantes. El techo es blanco y sencillo; sin presunción de grandeza. Solo en el fondo haces intentos de arte con apariencia rosada entre escasos murales. Aquí se oculta parte del pueblo; diminuta pero presente. Cabezas grises en bancas de madera, rezando por milagros o agradeciendo su existencia. No lo sé de cierto; solamente lo supongo. No soy tan distinto a ellos. Cierro los ojos y agrego mis plegarias. Espero algún día sean escuchadas.

Solo al salir me percato de cuánto tiempo ha pasado. Las calles siguen desiertas, pero el clima en algo ha cambiado. El día por fin se eleva en el firmamento; el calor parece dominar en la guerra contra el aire. Así que camino hacia aquel punto privilegiado; está ahí tan perfecta. Peña gigante, a tu sombra me encuentro. Has perdido ya tu vergüenza. Te levantas elegante, grisácea e imponente. Me regalas tu cariño antes de partir. Aprecio como las plantas tratan de hacer vida en tus piedras; admiro a aquellos que se preparan para subir en ti. Es suficiente con verte; apreciar tu magnitud. Al haberme faltado, Peña, solo te aprecio más. Tu ausencia me da esperanzas y tantas ganas de celebrar. Te guardo ahora en mi mente con tus detalles y contornos. No sé cuando vuelva a verte; mucho menos si habrás de mostrarte. Así que ahora te retrato para la belleza del subconsciente. Cuando regrese la neblina, Peña, bastará con cerrar mis ojos para verte.

La Peña está triste… ¿qué tendrá la Peña? La neblina cubre sus alturas; no quiere que la vean. Nubes blancas como la leche, muestran solo sus faldas. Alrededor, otras montañas se entrevén a pedazos; más bajas y atrevidas. Son repetitivas: superficies cubiertas de marrones secos y manchas verduzcas. Algunas, con senderos bien trazados; la mayoría parecieran límites para el explorador. Entre ellas crepitan la misma niebla que protege a la Peña. Con atención, se vislumbran pedazos de la piedra madre. Un gris deslavado que se mezcla con la blancura. ¿Qué hacer para apreciarte, pobre Peña desolada? Vine de tan lejos y no puedo ver nada.

Es una mañana fría en tu pueblo. Las calles siguen húmedas por la lluvia nocturna y el petricor de tus alrededores domina el aire mismo. Camino entre callejuelas buscando encontrarte, Peña amiga. Admiro los pisos de piedra y las aceras tan mezquinas. La calle pareciera para el peatón; no hay autos a la vista. Siendo honesto; no hay gente siquiera. El pueblo se ha escondido al faltarle su Peñita. El despertar húmedo los mantiene en cama; son tantas las excusas para prolongar el sueño. Mientras tanto—mientras duermen—yo paseo viendo al cielo. Busco entre firmamentos esa montaña adorada. No la veo; una pena. Los edificios han hecho un pacto con las alturas. Juntos la han guardado; la alistan antes de iniciar el día.

Sigo caminando por tus calles sin recordar andares pasados. Detalle insignificante; el poblado pareciera diseñado para guiarme. Todas tus vías van en picadas; unas suben, otras bajan. Como venas de un cuerpo, guían a tu corazón. Basta con seguirlas despacio para llegar a tu centro. Una fuerza me atrae hacia él; la promesa de su belleza. Vista privilegiada del monolito que amaneció penoso. Solo llegar basta; siento como a cada paso el clima va cambiando. Éxodo paulatino hacia la Peña prometida Los minutos agregan calor y los segundos dan esperanza. A distancia, la niebla se hace tenue; persiste como cortina. De tener surte; aprecio los indicios de aquella colina. Ahora, un edificio lo bloquea. En breve, será solo la neblina. Sigo caminando; espero un milagro para la vista.

Un paso, luego otro. Entre andares veo las fachadas cerradas de tus promesas. Panes de queso por montones; hoteles que antes fueron casas. Hay, en cada esquina, una tienda de dulces esperando la apertura. Se les suman muñecas queretanas en busca de nuevas dueñas. Juntas en calles angostas, cada entrada hace promesas a los que pasan. Aunque ya ha transcurrido un tiempo, todas siguen cerradas. Es un día entre semana para un pueblo que vive de los que visitan. Sería tanta suerte que el poblado despertase para mi travesía. Mas lo entiendo con simpatía; he de contar mis milagros al pasar por tus esquinas. Si algo logro, que sea observar aquella cima. Que el viento me sea amistoso y mis deseos se hagan realidad. Oh, Peña; ya déjate mostrar.

Entonces, aparece tu centro. Me detengo un instante. Una estatua terrosa me da la bienvenida. Es un circulo sencillo; adentro lleva otros tres. Indica que este pueblo es mágico para el que lo quiera entender. A sus espaldas, empieza un parque. Árboles se encuentran con arbustos; unas cuantas bancas a su alrededor. Faltan tantas flores, son solo hojas verdes lo que domina. Hacen una jungla a mediados de la ciudadanía. Transcurre el tiempo y no hay alma alguna; imagino pensionados platicando y jóvenes jugando en tus jardines. En esta mañana, todos faltan. Se ocultan con el cielo; se quedan en las ideas. Gentil parque al que todos llegan; ojalá pudieses contarme de las aventuras que te rodean. Como la ciudad entera guía a ti, espero aquí vivan sus historias. Siento amores florecer entre tus arboledas; llantos desdichados en tus aceras. Me temo tú igual me huyes. Guardas tus historias con un voto de simpatía. Lo entiendo, parque hermano. Yo igual querría protegieras mis pasares. Haz lo mismo con los de otros; atesóralos hasta que vengan a cobrarte.

A un lado de este verdor, aparece amarillo un templo ya antiguo. Frente suyo, una cruz color arcilla se levanta sobre un pedestal cilíndrico. Sus contornos recuerdan los inicios de esta tierra, cuando la conquista no existía y otro arte dominaba la vida. Su sujeto, sin embargo, es el de la colonia. Cristo en cruz sacrificándose por un pueblo entero. Con el arte, se reconcilian ambos extremos. Dan la bienvenida al recinto divino con sus contornos naranjas y dos bancas para el que las necesite. En medio, una entrada de tonos rosados con columnas a cada lado y un vitral a modo de corona. Hay faroles para las noches recién apagados con el amanecer; detalles florales rompen el amarillo de tu fachada. Sobre ti, un Mesías diminuto con brazos abiertos parece predicar a transeúntes. A tu lado, un solo campanario donde el choque de metales ha sido reemplazado por bocinas estridentes. Sirven un mismo propósito; el de llamar a los creyentes.

Humilde iglesia de centro, por dentro te mantienes elegante. Patrones de azulejos para tu piso; columnas grises y escasos altoparlantes. El techo es blanco y sencillo; sin presunción de grandeza. Solo en el fondo haces intentos de arte con apariencia rosada entre escasos murales. Aquí se oculta parte del pueblo; diminuta pero presente. Cabezas grises en bancas de madera, rezando por milagros o agradeciendo su existencia. No lo sé de cierto; solamente lo supongo. No soy tan distinto a ellos. Cierro los ojos y agrego mis plegarias. Espero algún día sean escuchadas.

Solo al salir me percato de cuánto tiempo ha pasado. Las calles siguen desiertas, pero el clima en algo ha cambiado. El día por fin se eleva en el firmamento; el calor parece dominar en la guerra contra el aire. Así que camino hacia aquel punto privilegiado; está ahí tan perfecta. Peña gigante, a tu sombra me encuentro. Has perdido ya tu vergüenza. Te levantas elegante, grisácea e imponente. Me regalas tu cariño antes de partir. Aprecio como las plantas tratan de hacer vida en tus piedras; admiro a aquellos que se preparan para subir en ti. Es suficiente con verte; apreciar tu magnitud. Al haberme faltado, Peña, solo te aprecio más. Tu ausencia me da esperanzas y tantas ganas de celebrar. Te guardo ahora en mi mente con tus detalles y contornos. No sé cuando vuelva a verte; mucho menos si habrás de mostrarte. Así que ahora te retrato para la belleza del subconsciente. Cuando regrese la neblina, Peña, bastará con cerrar mis ojos para verte.