/ jueves 1 de agosto de 2019

Un racista atrapado en el pasado

Empecemos por aclarar lo evidente. Sí, Donald Trump es un vil racista. Sin embargo, lo que no he visto que se diga mucho es que el racismo de Trump se basa en una visión de Estados Unidos obsoleta desde hace décadas. En su mente, siempre es 1989.

¿Por qué 1989? Ese fue el año en el que exigió el restablecimiento de la pena de muerte en respuesta al caso de los “Cinco de Central Park”, adolescentes latinos y negros sentenciados por violar a una corredora blanca en Central Park. De hecho, eran inocentes. Sus sentencias fueron anuladas en 2002.

A pesar de ello, Trump se ha negado a disculparse o a admitir que estaba equivocado.

Sin embargo, Trump no parece estar consciente de que los tiempos han cambiado. Su visión de la “carnicería estadounidense” es la de una nación cuyo principal problema social es la violencia de los habitantes no blancos de los vecindarios pobres de los centros urbanos.

Esa es una visión cómoda si eres un racista que considera que las personas de color son inferiores, pero es totalmente errónea como una imagen del Estados Unidos de hoy.

En primer lugar, los delitos violentos han caído de manera considerable desde principios de la década de los noventa, en especial en las grandes ciudades. Es verdad que la seguridad de nuestras ciudades no es perfecta, y algunas de ellas —como Baltimore— no han visto avances. No obstante, el estado social del Estados Unidos urbano es inmensamente mejor de lo que era.

Por otra parte, el estado social del Estados Unidos rural —el Estados Unidos rural y blanco— se está deteriorando. Al grado de que en realidad eso que llamamos la carnicería estadounidense —y, de hecho, estamos viendo un aumento en la mortalidad ajustada por la edad y un declive en la esperanza de vida— se concentra entre los blancos con poca educación, en especial en las áreas rurales, que están padeciendo el auge de las “muertes por desesperanza” a causa de los opioides, el suicidio y el alcohol, lo que ha elevado los índices de mortalidad de este segmento de la población por encima del segmento de los afroamericanos.

Lo que esto me dice es que los racistas, e incluso aquellos que afirmaban que había un problema específico con la cultura negra, estaban equivocados, y que el sociólogo William Julius Wilson tenía razón.

Su argumento fue que la disfunción social era un efecto, no una causa. Su trabajo, que culminó en el libro merecidamente aclamado, When Work Disappears , afirmaba que la disminución de las oportunidades laborales para los trabajadores urbanos, en lugar de alguna disposición cultural o racial subyacente, explicaba el declive en el empleo en la edad más productiva, el declive de la familia tradicional y otras cuestiones más.

No obstante, la verdadera ironía es que si preguntan qué distritos congresuales son verdaderos “desastres”, en el sentido de que sufren problemas sociales serios, muchos de ellos —tal vez la mayoría— apoyaron fuertemente a Trump en 2016.

Y Trump, claro está, no está haciendo nada para ayudar a esos distritos.

Todo lo puede ofrecerles es odio.

Empecemos por aclarar lo evidente. Sí, Donald Trump es un vil racista. Sin embargo, lo que no he visto que se diga mucho es que el racismo de Trump se basa en una visión de Estados Unidos obsoleta desde hace décadas. En su mente, siempre es 1989.

¿Por qué 1989? Ese fue el año en el que exigió el restablecimiento de la pena de muerte en respuesta al caso de los “Cinco de Central Park”, adolescentes latinos y negros sentenciados por violar a una corredora blanca en Central Park. De hecho, eran inocentes. Sus sentencias fueron anuladas en 2002.

A pesar de ello, Trump se ha negado a disculparse o a admitir que estaba equivocado.

Sin embargo, Trump no parece estar consciente de que los tiempos han cambiado. Su visión de la “carnicería estadounidense” es la de una nación cuyo principal problema social es la violencia de los habitantes no blancos de los vecindarios pobres de los centros urbanos.

Esa es una visión cómoda si eres un racista que considera que las personas de color son inferiores, pero es totalmente errónea como una imagen del Estados Unidos de hoy.

En primer lugar, los delitos violentos han caído de manera considerable desde principios de la década de los noventa, en especial en las grandes ciudades. Es verdad que la seguridad de nuestras ciudades no es perfecta, y algunas de ellas —como Baltimore— no han visto avances. No obstante, el estado social del Estados Unidos urbano es inmensamente mejor de lo que era.

Por otra parte, el estado social del Estados Unidos rural —el Estados Unidos rural y blanco— se está deteriorando. Al grado de que en realidad eso que llamamos la carnicería estadounidense —y, de hecho, estamos viendo un aumento en la mortalidad ajustada por la edad y un declive en la esperanza de vida— se concentra entre los blancos con poca educación, en especial en las áreas rurales, que están padeciendo el auge de las “muertes por desesperanza” a causa de los opioides, el suicidio y el alcohol, lo que ha elevado los índices de mortalidad de este segmento de la población por encima del segmento de los afroamericanos.

Lo que esto me dice es que los racistas, e incluso aquellos que afirmaban que había un problema específico con la cultura negra, estaban equivocados, y que el sociólogo William Julius Wilson tenía razón.

Su argumento fue que la disfunción social era un efecto, no una causa. Su trabajo, que culminó en el libro merecidamente aclamado, When Work Disappears , afirmaba que la disminución de las oportunidades laborales para los trabajadores urbanos, en lugar de alguna disposición cultural o racial subyacente, explicaba el declive en el empleo en la edad más productiva, el declive de la familia tradicional y otras cuestiones más.

No obstante, la verdadera ironía es que si preguntan qué distritos congresuales son verdaderos “desastres”, en el sentido de que sufren problemas sociales serios, muchos de ellos —tal vez la mayoría— apoyaron fuertemente a Trump en 2016.

Y Trump, claro está, no está haciendo nada para ayudar a esos distritos.

Todo lo puede ofrecerles es odio.

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