/ miércoles 31 de octubre de 2018

Centro de barrio | Políticamente incorrecto

Fui educado en el seno de una familia católica. Colegio católico, madre catequista, padre priísta; mi abuela espontáneamente cantaba en la misa durante la Comunión. La vida no fue nunca perfecta, padres divorciados y familiares en unión libre. En la escuela nos enseñaron que la religión católica era la verdadera, el protestantismo era una escisión espuria y los judíos seguían sin entender que Cristo era el salvador. Mastubarse estaba mal, los gays irían al infierno por causa de sus cochinadas.

Con el paso de los años vino el aprendizaje, el entendimiento y la modificación de costumbres. Adiós a los chistes homofóbicos y los comentarios machistas. Aún así, a veces fallo. Son los nuevos pecados.

Militante de la nueva agenda urbana, me voy viendo envuelto en un mundo de correcciones políticas. Carnívoro hasta el tuétano, propietario de una camioneta de seis cilindros, padre de dos niños que dejaron tarde el pañal, padrastro de otro que odia viajar en transporte público. La familia tiene cierto grado de dependencia con los plásticos. La vida no es perfecta.

Prefiero moverme en transporte público, en bicicleta o caminando, y sólo manejo los fines de semana. No siempre se puede. No hay ecobici en mi colonia pero la estación más cercana está a menos de un kilómetro y la suelo usar.

No soy perfecto. Pertenezco a una sociedad consumista y me ubico en el 20% más rico, lo que me hace consumidor de recursos y generador de desperdicios. Mis mayores contribuciones al cambio climático son justamente mi dieta y mis viajes en avión, más de 20 vuelos en lo que va del año.

El desarrollo conlleva impactos ambientales, por ello éstos deben mitigarse. Más desarrollo, más impactos pero también más oportunidades de mitigar. Renunciar al Aeropuerto de Texcoco es en cierta forma renunciar al desarrollo. El proyecto contaba con una Manifestación de Impacto Ambiental aprobada, tras un periodo de consulta pública, y con acciones pendientes. Un gobierno saliente y en descrédito fue incapaz de decirlo. Aves y cuerpos de agua eran temas resueltos. En Santa Lucía también hay impactos, aún desconocidos, a los que se suma una mayor distancia de traslado.

Esta es nuestra sociedad, aspiramos a ser perfectos, mas no podemos serlo. Texcoco era la alternativa que más nos desarrollaba, pero no era políticamente correcta. Una consulta atípica, sesgada, controlada, cuyos resultados se conocían de antemano. Polarizar a la población para tirar el mayor proyecto de infraestructura en décadas no es cuestión de sustentabilidad o corrección política. Es un discurso de poder.

Puedo hacerme vegano, realizar trabajo social, decir “todxs” en vez de “todos”; al final de cuentas el desarrollo implica decisiones, las decisiones tienen impactos y éstos deben mitigarse. La dicotomía no puede ser tan maniquea como #yoprefieroellago (contra quienes defendemos el aeropuerto): somos parte de una sociedad con hábitos que hay que volver sustentables, con intolerancias que hay que deconstruir, con inequidades, discriminaciones e incorrecciones políticas que aspiramos a mejorar.

Lo que ocurrió con el Aeropuerto de Texcoco, fue simplemente renunciar al desarrollo a cambio de dominación, no le demos un cariz de corrección política, democracia o sustentabilidad. Habrá más costos que beneficios.

Fui educado en el seno de una familia católica. Colegio católico, madre catequista, padre priísta; mi abuela espontáneamente cantaba en la misa durante la Comunión. La vida no fue nunca perfecta, padres divorciados y familiares en unión libre. En la escuela nos enseñaron que la religión católica era la verdadera, el protestantismo era una escisión espuria y los judíos seguían sin entender que Cristo era el salvador. Mastubarse estaba mal, los gays irían al infierno por causa de sus cochinadas.

Con el paso de los años vino el aprendizaje, el entendimiento y la modificación de costumbres. Adiós a los chistes homofóbicos y los comentarios machistas. Aún así, a veces fallo. Son los nuevos pecados.

Militante de la nueva agenda urbana, me voy viendo envuelto en un mundo de correcciones políticas. Carnívoro hasta el tuétano, propietario de una camioneta de seis cilindros, padre de dos niños que dejaron tarde el pañal, padrastro de otro que odia viajar en transporte público. La familia tiene cierto grado de dependencia con los plásticos. La vida no es perfecta.

Prefiero moverme en transporte público, en bicicleta o caminando, y sólo manejo los fines de semana. No siempre se puede. No hay ecobici en mi colonia pero la estación más cercana está a menos de un kilómetro y la suelo usar.

No soy perfecto. Pertenezco a una sociedad consumista y me ubico en el 20% más rico, lo que me hace consumidor de recursos y generador de desperdicios. Mis mayores contribuciones al cambio climático son justamente mi dieta y mis viajes en avión, más de 20 vuelos en lo que va del año.

El desarrollo conlleva impactos ambientales, por ello éstos deben mitigarse. Más desarrollo, más impactos pero también más oportunidades de mitigar. Renunciar al Aeropuerto de Texcoco es en cierta forma renunciar al desarrollo. El proyecto contaba con una Manifestación de Impacto Ambiental aprobada, tras un periodo de consulta pública, y con acciones pendientes. Un gobierno saliente y en descrédito fue incapaz de decirlo. Aves y cuerpos de agua eran temas resueltos. En Santa Lucía también hay impactos, aún desconocidos, a los que se suma una mayor distancia de traslado.

Esta es nuestra sociedad, aspiramos a ser perfectos, mas no podemos serlo. Texcoco era la alternativa que más nos desarrollaba, pero no era políticamente correcta. Una consulta atípica, sesgada, controlada, cuyos resultados se conocían de antemano. Polarizar a la población para tirar el mayor proyecto de infraestructura en décadas no es cuestión de sustentabilidad o corrección política. Es un discurso de poder.

Puedo hacerme vegano, realizar trabajo social, decir “todxs” en vez de “todos”; al final de cuentas el desarrollo implica decisiones, las decisiones tienen impactos y éstos deben mitigarse. La dicotomía no puede ser tan maniquea como #yoprefieroellago (contra quienes defendemos el aeropuerto): somos parte de una sociedad con hábitos que hay que volver sustentables, con intolerancias que hay que deconstruir, con inequidades, discriminaciones e incorrecciones políticas que aspiramos a mejorar.

Lo que ocurrió con el Aeropuerto de Texcoco, fue simplemente renunciar al desarrollo a cambio de dominación, no le demos un cariz de corrección política, democracia o sustentabilidad. Habrá más costos que beneficios.

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