/ viernes 4 de marzo de 2022

Hojas de papel volando | Mambrú se fue a la guerra...

La guerra es cruel. Es despiadada. Es inhumana. Es la demostración del ser primitivo de quien se dice humano. Es el odio de unos expresado en el exterminio del otro. Es la sangrienta obsesión de superioridad de unos hacia otros. Es el dolor físico. Es el dolor del alma. Es el dolor histórico.

Nace el rencor. El llanto. El lamento. El adiós sin decir adiós. El cruel disparo del arma mortal en contra de gente inocente, hombres, mujeres, niños... Todo es arrasado, es agobiado. Es el silencio sepulcral y es la sonrisa burlona y sardónica del cruel agresor infausto. La guerra, desdicha fuerte, parafraseo a Jorge Manrique.

La guerra que para muchos es el momento culminante de su propia indignidad, también es para miles-millones el dolor interminable por él, por su familia y por los seres queridos a los que ya no se verá o a quienes ya nunca jamás se verá igual. ¿Quién quiere una guerra? ¿Por qué se hace una guerra? ¿Quién gana? ¿Quién pierde? ¿Todos perdemos?

“Mambrú se fue a la guerra, qué dolor, qué dolor, qué pena...Mambrú se fue a la guerra y no sé cuándo vendrá...”:

De chicos jugábamos a la guerra. Eran batallas verdaderamente audaces y feroces. Unos contra otros. Un bando contra obro bando. Un color contra otro color. ¿Quiénes eran ‘los buenos’ y quiénes ‘los malos’? No quedaba claro. Era la guerra por la guerra misma. La demostración juguetona de poder de unos frente a otros.

Portábamos armas que no eran armas, apenas algo que se le pareciera, casi siempre hechas de madera y que, al sonido vocal de pum-pum, la mano simulaba el disparo y el otro debía caer porque le habíamos “dado”. Algunos fingían haber sido heridos de gravedad y caían y permanecían en el piso, mirando al cielo, panza hacia arriba, con brazos y piernas abiertos... Los otros, ocultos detrás de los troncos de los árboles, entre las hierbas, detrás de puertas y ventanas, mantenían el resguardo y la batalla...

Ganaba el bando que quedaba con más ‘vivos’. Al grito unánime de “se acabó la guerra”, inmediato los heridos y muertos se levantaban, se sacudían la ropa y luego nos juntábamos todos para reír y relatar los detalles de nuestras hazañas.

Había otros juegos infantiles relativos a la guerra. Como aquel “Stop” por el que se dibujaba en el piso un círculo dividido en fracciones a las que se le asignaba un nombre de los países participantes en la gran guerra: Rusia, Estados Unidos, Alemania, Francia, Italia... y por supuesto México –aunque la participación mexicana en la Segunda Guerra Mundial fue más bien simbólica con aquel Escuadrón 201 de aviones y pilotos. Era divertido, sí.

Era la idea inocente de la guerra, que aún se percibía en el aire. Y aunque ya hacía años de que la gran guerra había terminado, durante mucho tiempo tanto el cine como las historietas nos inflamaban de furor bélico por lo que había ocurrido y cómo fue que unos buenos habían vencido a unos malos y de cómo el bien triunfa sobre el mal.

Mucho de aquel cine gringo era propaganda, como años después pude darme cuenta. Aunque también ahí mismo, en EU ocurría la crítica seria y rigurosa en contra de la guerra. Había quienes querían que predominara la paz. La guerra no es cosa de juegos; no es cosa de jalar el gatillo y pasar a otra cosa.

El primer encuentro que tuve con una actitud crítica al ímpetu bélico fue una película: “Johnny tomó su fusil” se llama. Es una obra de Dalton Trumbo basada en su novela “Johnny got his gun” y muestra la historia de Joe Bonham alias Johnny, un soldado estadounidense herido por una explosión durante la Primera Guerra Mundial. Pierde todas sus extremidades, el habla y los sentidos de la vista, el oído, el olfato y el gusto.

Tras varios años como vegetal consigue comunicarse con los médicos y generales por medio del código Morse, moviendo en espasmos la cabeza hacia delante y hacia atrás. Al final pide a sus médicos que el Ejército lo ponga en un ataúd de cristal para demostrar los horrores de la guerra, o en su lugar, desea que lo maten. Lo implora. “¡Ayúdenme!” No acceden a sus peticiones y queda ahí, en un estado de muerte en vida. Abandonado en un almacén. Es la guerra. Es el ser humano.

En todo caso predomina el ideal del hombre y la mujer que luchan, que se esmeran, que buscan la vida feliz, productiva, creativa, múltiple y única; en armonía familiar y con el solaz necesario. ¿Por qué si vive así y quiere vivir así, hace la guerra o permite las guerras? ¿Quién mira sin conmiseración el dolor de los niños de la guerra? ¿Y las mujeres y los hombres y los ancianos que han sufrido o sufren una guerra?

Y tiene costo en vidas. Por ejemplo, la Primera Guerra Mundial (1914-1918) fue una de las guerras más destructivas del siglo XX. Como consecuencia murieron casi diez millones de soldados de los distintos países involucrados y millones de civiles; cifra que supera en mucho la suma de las muertes de todas las guerras de los cien años anteriores. Se calcula que 21 millones de hombres fueron heridos en combate. Y los daños fueron millonarios y con frecuencia irreparables.

La Segunda Guerra Mundial (1939-1945) fue la de mayor dimensión en la historia de la humanidad. Se desarrolló en todos los continentes del planeta y enfrentó a numerosos países organizados en dos bandos. Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia y la entonces Unión Soviética, que formaron el bloque de “Los Aliados” contra Alemania, Italia y Japón, denominados como el “Eje”. Esta guerra se saldó con la derrota del Eje y causó la muerte de entre 55 y 60 millones de seres humanos.

Por todas razones, la guerra, las guerras, son motivo de enorme preocupación, como también de creación, a veces con emoción, a veces con indignación, a veces en apoyo a triunfos guerreros, pero siempre, en todo caso, en el arte y la cultura predomina el repudio a la guerra, la expresión dolorosa de sus dimensiones mortales y sangrientas.

¿Quién no se estremece a la vista de obras monumentales e históricas por su arte y emotividad como es el Guernica de Pablo Picasso, en el que expresa la tragedia-el dolor-la angustia humana-la muerte, por la irracionalidad de una guerra sin sentido?

[El 26 de abril de 1937, en plena Guerra Civil Española, Gernika, la ciudad símbolo de los vascos, fue bombardeada por aviones de la Legión Cóndor alemana. Gernika fue completamente destruida y cientos de personas murieron en una lluvia de bombas, metralla y fuego.]

O “Los desastres de la guerra” de Francisco de Goya. Obra descarnada. Sangrienta. Cargada de odio y de rencor. Y de dolor y de insaciable crueldad humana para propiciar el dolor ajeno. Un reproche. Una recriminación. Un llanto por el hombre mismo. Son 82 grabados realizados entre 1810 y 1815.

O la novela “Guerra y paz” de Leon Tolstoi; o “Doctor Jivago” de Boris Pasternak; o “Por quién doblan las campanas” o “Adiós a las armas” de Hemingway; la crónica de John Reed “Los diez días que conmovieron al mundo” sobre la revolución rusa de 1917. Y la novela de la Revolución Mexicana, de Azuela, de Martín Luis Guzmán, de Nellie Campobello. “Las batallas en el desierto”, de José Emilio Pacheco. ¿Y qué tal “El arte de la guerra” de Sun Tzu?: “Todo arte de la guerra se basa en el engaño”, escribió.

“Ninguna persona es una isla; la muerte de cualquiera me afecta, porque me encuentro unido a toda la humanidad; por eso, nunca preguntes por quién doblan las campanas; doblan por ti.” (John Donne)

Y obras musicales que refieren el tema, según la percepción de sus autores. Ahí “Marte” el dios de la guerra, con toda su dureza, de Gustav Holts; La “Obertura Solemne 1812” o “La marcha eslava” de Tchaikowsky; Dmitri Shostakóvich aportó su Sinfonía No. 7, “Leningrado”, para recordar eso: la guerra. Y muchas más.

El aspecto más sombrío de unos seres humanos que se ensañan en la pena, el dolor y la muerte de otros humanos asimismo. La ambición. El orgullo. La avaricia. Los pecados capitales puestos ahí, en una balanza histórica que terminará por decir la verdad. Aunque sea demasiado tarde.

Los niños de la guerra, los de los ojos tristes; los ancianos; las mujeres; los hombres valerosos de la guerra habrán de entonar, pronto, el himno de la paz, el de la alegría, el de la victoria...

“Vuela niño en la doble luna del pecho. Él, triste de cebolla. Tú, satisfecho. No te derrumbes. No sepas lo que pasa, ni lo que ocurre.”


La guerra es cruel. Es despiadada. Es inhumana. Es la demostración del ser primitivo de quien se dice humano. Es el odio de unos expresado en el exterminio del otro. Es la sangrienta obsesión de superioridad de unos hacia otros. Es el dolor físico. Es el dolor del alma. Es el dolor histórico.

Nace el rencor. El llanto. El lamento. El adiós sin decir adiós. El cruel disparo del arma mortal en contra de gente inocente, hombres, mujeres, niños... Todo es arrasado, es agobiado. Es el silencio sepulcral y es la sonrisa burlona y sardónica del cruel agresor infausto. La guerra, desdicha fuerte, parafraseo a Jorge Manrique.

La guerra que para muchos es el momento culminante de su propia indignidad, también es para miles-millones el dolor interminable por él, por su familia y por los seres queridos a los que ya no se verá o a quienes ya nunca jamás se verá igual. ¿Quién quiere una guerra? ¿Por qué se hace una guerra? ¿Quién gana? ¿Quién pierde? ¿Todos perdemos?

“Mambrú se fue a la guerra, qué dolor, qué dolor, qué pena...Mambrú se fue a la guerra y no sé cuándo vendrá...”:

De chicos jugábamos a la guerra. Eran batallas verdaderamente audaces y feroces. Unos contra otros. Un bando contra obro bando. Un color contra otro color. ¿Quiénes eran ‘los buenos’ y quiénes ‘los malos’? No quedaba claro. Era la guerra por la guerra misma. La demostración juguetona de poder de unos frente a otros.

Portábamos armas que no eran armas, apenas algo que se le pareciera, casi siempre hechas de madera y que, al sonido vocal de pum-pum, la mano simulaba el disparo y el otro debía caer porque le habíamos “dado”. Algunos fingían haber sido heridos de gravedad y caían y permanecían en el piso, mirando al cielo, panza hacia arriba, con brazos y piernas abiertos... Los otros, ocultos detrás de los troncos de los árboles, entre las hierbas, detrás de puertas y ventanas, mantenían el resguardo y la batalla...

Ganaba el bando que quedaba con más ‘vivos’. Al grito unánime de “se acabó la guerra”, inmediato los heridos y muertos se levantaban, se sacudían la ropa y luego nos juntábamos todos para reír y relatar los detalles de nuestras hazañas.

Había otros juegos infantiles relativos a la guerra. Como aquel “Stop” por el que se dibujaba en el piso un círculo dividido en fracciones a las que se le asignaba un nombre de los países participantes en la gran guerra: Rusia, Estados Unidos, Alemania, Francia, Italia... y por supuesto México –aunque la participación mexicana en la Segunda Guerra Mundial fue más bien simbólica con aquel Escuadrón 201 de aviones y pilotos. Era divertido, sí.

Era la idea inocente de la guerra, que aún se percibía en el aire. Y aunque ya hacía años de que la gran guerra había terminado, durante mucho tiempo tanto el cine como las historietas nos inflamaban de furor bélico por lo que había ocurrido y cómo fue que unos buenos habían vencido a unos malos y de cómo el bien triunfa sobre el mal.

Mucho de aquel cine gringo era propaganda, como años después pude darme cuenta. Aunque también ahí mismo, en EU ocurría la crítica seria y rigurosa en contra de la guerra. Había quienes querían que predominara la paz. La guerra no es cosa de juegos; no es cosa de jalar el gatillo y pasar a otra cosa.

El primer encuentro que tuve con una actitud crítica al ímpetu bélico fue una película: “Johnny tomó su fusil” se llama. Es una obra de Dalton Trumbo basada en su novela “Johnny got his gun” y muestra la historia de Joe Bonham alias Johnny, un soldado estadounidense herido por una explosión durante la Primera Guerra Mundial. Pierde todas sus extremidades, el habla y los sentidos de la vista, el oído, el olfato y el gusto.

Tras varios años como vegetal consigue comunicarse con los médicos y generales por medio del código Morse, moviendo en espasmos la cabeza hacia delante y hacia atrás. Al final pide a sus médicos que el Ejército lo ponga en un ataúd de cristal para demostrar los horrores de la guerra, o en su lugar, desea que lo maten. Lo implora. “¡Ayúdenme!” No acceden a sus peticiones y queda ahí, en un estado de muerte en vida. Abandonado en un almacén. Es la guerra. Es el ser humano.

En todo caso predomina el ideal del hombre y la mujer que luchan, que se esmeran, que buscan la vida feliz, productiva, creativa, múltiple y única; en armonía familiar y con el solaz necesario. ¿Por qué si vive así y quiere vivir así, hace la guerra o permite las guerras? ¿Quién mira sin conmiseración el dolor de los niños de la guerra? ¿Y las mujeres y los hombres y los ancianos que han sufrido o sufren una guerra?

Y tiene costo en vidas. Por ejemplo, la Primera Guerra Mundial (1914-1918) fue una de las guerras más destructivas del siglo XX. Como consecuencia murieron casi diez millones de soldados de los distintos países involucrados y millones de civiles; cifra que supera en mucho la suma de las muertes de todas las guerras de los cien años anteriores. Se calcula que 21 millones de hombres fueron heridos en combate. Y los daños fueron millonarios y con frecuencia irreparables.

La Segunda Guerra Mundial (1939-1945) fue la de mayor dimensión en la historia de la humanidad. Se desarrolló en todos los continentes del planeta y enfrentó a numerosos países organizados en dos bandos. Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia y la entonces Unión Soviética, que formaron el bloque de “Los Aliados” contra Alemania, Italia y Japón, denominados como el “Eje”. Esta guerra se saldó con la derrota del Eje y causó la muerte de entre 55 y 60 millones de seres humanos.

Por todas razones, la guerra, las guerras, son motivo de enorme preocupación, como también de creación, a veces con emoción, a veces con indignación, a veces en apoyo a triunfos guerreros, pero siempre, en todo caso, en el arte y la cultura predomina el repudio a la guerra, la expresión dolorosa de sus dimensiones mortales y sangrientas.

¿Quién no se estremece a la vista de obras monumentales e históricas por su arte y emotividad como es el Guernica de Pablo Picasso, en el que expresa la tragedia-el dolor-la angustia humana-la muerte, por la irracionalidad de una guerra sin sentido?

[El 26 de abril de 1937, en plena Guerra Civil Española, Gernika, la ciudad símbolo de los vascos, fue bombardeada por aviones de la Legión Cóndor alemana. Gernika fue completamente destruida y cientos de personas murieron en una lluvia de bombas, metralla y fuego.]

O “Los desastres de la guerra” de Francisco de Goya. Obra descarnada. Sangrienta. Cargada de odio y de rencor. Y de dolor y de insaciable crueldad humana para propiciar el dolor ajeno. Un reproche. Una recriminación. Un llanto por el hombre mismo. Son 82 grabados realizados entre 1810 y 1815.

O la novela “Guerra y paz” de Leon Tolstoi; o “Doctor Jivago” de Boris Pasternak; o “Por quién doblan las campanas” o “Adiós a las armas” de Hemingway; la crónica de John Reed “Los diez días que conmovieron al mundo” sobre la revolución rusa de 1917. Y la novela de la Revolución Mexicana, de Azuela, de Martín Luis Guzmán, de Nellie Campobello. “Las batallas en el desierto”, de José Emilio Pacheco. ¿Y qué tal “El arte de la guerra” de Sun Tzu?: “Todo arte de la guerra se basa en el engaño”, escribió.

“Ninguna persona es una isla; la muerte de cualquiera me afecta, porque me encuentro unido a toda la humanidad; por eso, nunca preguntes por quién doblan las campanas; doblan por ti.” (John Donne)

Y obras musicales que refieren el tema, según la percepción de sus autores. Ahí “Marte” el dios de la guerra, con toda su dureza, de Gustav Holts; La “Obertura Solemne 1812” o “La marcha eslava” de Tchaikowsky; Dmitri Shostakóvich aportó su Sinfonía No. 7, “Leningrado”, para recordar eso: la guerra. Y muchas más.

El aspecto más sombrío de unos seres humanos que se ensañan en la pena, el dolor y la muerte de otros humanos asimismo. La ambición. El orgullo. La avaricia. Los pecados capitales puestos ahí, en una balanza histórica que terminará por decir la verdad. Aunque sea demasiado tarde.

Los niños de la guerra, los de los ojos tristes; los ancianos; las mujeres; los hombres valerosos de la guerra habrán de entonar, pronto, el himno de la paz, el de la alegría, el de la victoria...

“Vuela niño en la doble luna del pecho. Él, triste de cebolla. Tú, satisfecho. No te derrumbes. No sepas lo que pasa, ni lo que ocurre.”


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