/ martes 2 de abril de 2019

La UNAM honra a jurista excepcional

El Consejo Universitario de la UNAM otorgó el miércoles de la semana pasada un muy merecido reconocimiento al doctor Sergio García Ramírez, elevándolo a la condición de profesor emérito de nuestra Máxima Casa de Estudios.

Justo honor a quien ha alcanzado la más alta categoría de quien ejerce el magisterio, la que consiste no únicamente en transmitir conocimientos sino en constituir un modelo de vida, un ejemplo a seguir. A ese enorme lustre académico es justo emparejar el que ha forjado en su actividad de servicio público, la cual en algún momento deberá ser reconocida por el Estado al que ha servido con lealtad y eficiencia, al tiempo que ha contribuido a elevar el buen nombre de nuestro país como jurista excepcional.

A lo largo de 40 años he tenido la fortuna de compartir con el homenajeado tareas académicas y de servicio público y no tengo la menor duda de que el doctor Garcia Ramírez es uno de esos mexicanos extraordinarios de los que se dan muy pocos en cada siglo. Su bonhomía la hemos constatado todos quienes lo hemos tratado. Su talento es apreciado dentro y fuera de México. Su capacidad política y administrativa ha sido reconocida en todos los frentes, prueba fehaciente de ello es el hecho de que habiendo ocupado un alto cargo de dirección en su partido, recibió el beneplácito de los opositores para fungir como miembro de la autoridad electoral. Sus aptitudes teóricas y prácticas se han demostrado en tareas de alta dificultad, siempre desempeñadas con acierto y sobre todo con honestidad.

Las presentes líneas son un testimonio de admiración y respeto de parte de quien ha servido bajo su mando y ha procurado seguir su ejemplo académico, en el que entremezcla el pensamiento teórico con la reflexión analítica de sus experiencias vividas.

Desde muy joven adquirió fama como profesor de nuestra querida Facultad de Derecho de la UNAM y sus primeras incursiones en la abnegada tarea de humanizar las cárceles —por la cual ganó temprano prestigio— lo condujeron rápidamente a funciones de primer nivel, al formar parte del gabinete presidencial apenas a los 32 años.

La primera ocasión en que trabajé bajo su directriz fue en 1977, cuando se desempeñaba como subsecretario de educación a cargo de la juventud y el deporte; ahí me percaté de su profesionalismo como servidor público, su meticulosidad para cumplir sus responsabilidades y su sensibilidad para manejar situaciones conflictivas. Su profundo compromiso con las tareas que se le encomiendan ha quedado de manifiesto en los más diversos ámbitos de la administración pública y constituye un ejemplo de la destreza política en su auténtica expresión: la capacidad para saber tomar decisiones en bien de la comunidad. Eso le permitió desenvolverse con singular éxito desde las funciones jurídicas, hasta las del manejo del patrimonio nacional y la organización de justas deportivas internacionales. En todas, invariablemente, ha entregado muy buenos resultados.

Desempeñó también de manera impecable durante seis años el cargo de Procurador General de la República. Ahí, a la tarea de fondo de procurar justicia, añadió su preocupación por las condiciones materiales del ambiente laboral. Edificó unas dignas instalaciones en el Paseo de la Reforma para substituir la antigua sede de San Juan de Letrán. Al moderno edificio lo enriqueció con decorados artísticos en memoria de insignes juristas mexicanos y para su inauguración promovió la edición de una Historia de la Procuraduría General de la República, la cual sigue siendo una obra única en su género y de necesaria consulta para conocer los antecedentes de esta institución.

Esa autoridad profesional, académica y moral le ha conducido a cargos de enorme responsabilidad política y jurídica como la consejería general del entonces Instituto Federal Electoral y la posición dignísima de juez y presidente de la Corte Interamericana Derechos Humanos. En esta, como en todas las instituciones a las que ha servido fiel y sabiamente, dejó una profunda huella. Sus resoluciones y votos constituyen una referencia obligada para todos los estudiosos de los derechos humanos en el continente.

Hay un rasgo de su personalidad que resume su grandeza: el excepcional sentido del humor; a través de él valora con ingenio y agudeza la realidad que lo rodea.

A la formidable aportación que ha efectuado a la academia, ampliamente apreciada por muchos de sus colegas, he querido añadir su dimensión como un político de primera línea. Lo que es genuinamente un político, no un buscador de puestos electorales o de designación, un Político, con mayúscula, un hombre de la Polis y para la Polis, para la sociedad en la que vive y que ha colaborado a ser mejor ahí donde ha resplandecido su presencia.

Su acendrado prestigio en múltiples foros, ha honrado a la Universidad que lo formó, la cual hoy, como un testimonio de reciprocidad, lo honra y lo distingue en su condición de universitario ejemplar.

eduardoandrade1948@gamil.com

El Consejo Universitario de la UNAM otorgó el miércoles de la semana pasada un muy merecido reconocimiento al doctor Sergio García Ramírez, elevándolo a la condición de profesor emérito de nuestra Máxima Casa de Estudios.

Justo honor a quien ha alcanzado la más alta categoría de quien ejerce el magisterio, la que consiste no únicamente en transmitir conocimientos sino en constituir un modelo de vida, un ejemplo a seguir. A ese enorme lustre académico es justo emparejar el que ha forjado en su actividad de servicio público, la cual en algún momento deberá ser reconocida por el Estado al que ha servido con lealtad y eficiencia, al tiempo que ha contribuido a elevar el buen nombre de nuestro país como jurista excepcional.

A lo largo de 40 años he tenido la fortuna de compartir con el homenajeado tareas académicas y de servicio público y no tengo la menor duda de que el doctor Garcia Ramírez es uno de esos mexicanos extraordinarios de los que se dan muy pocos en cada siglo. Su bonhomía la hemos constatado todos quienes lo hemos tratado. Su talento es apreciado dentro y fuera de México. Su capacidad política y administrativa ha sido reconocida en todos los frentes, prueba fehaciente de ello es el hecho de que habiendo ocupado un alto cargo de dirección en su partido, recibió el beneplácito de los opositores para fungir como miembro de la autoridad electoral. Sus aptitudes teóricas y prácticas se han demostrado en tareas de alta dificultad, siempre desempeñadas con acierto y sobre todo con honestidad.

Las presentes líneas son un testimonio de admiración y respeto de parte de quien ha servido bajo su mando y ha procurado seguir su ejemplo académico, en el que entremezcla el pensamiento teórico con la reflexión analítica de sus experiencias vividas.

Desde muy joven adquirió fama como profesor de nuestra querida Facultad de Derecho de la UNAM y sus primeras incursiones en la abnegada tarea de humanizar las cárceles —por la cual ganó temprano prestigio— lo condujeron rápidamente a funciones de primer nivel, al formar parte del gabinete presidencial apenas a los 32 años.

La primera ocasión en que trabajé bajo su directriz fue en 1977, cuando se desempeñaba como subsecretario de educación a cargo de la juventud y el deporte; ahí me percaté de su profesionalismo como servidor público, su meticulosidad para cumplir sus responsabilidades y su sensibilidad para manejar situaciones conflictivas. Su profundo compromiso con las tareas que se le encomiendan ha quedado de manifiesto en los más diversos ámbitos de la administración pública y constituye un ejemplo de la destreza política en su auténtica expresión: la capacidad para saber tomar decisiones en bien de la comunidad. Eso le permitió desenvolverse con singular éxito desde las funciones jurídicas, hasta las del manejo del patrimonio nacional y la organización de justas deportivas internacionales. En todas, invariablemente, ha entregado muy buenos resultados.

Desempeñó también de manera impecable durante seis años el cargo de Procurador General de la República. Ahí, a la tarea de fondo de procurar justicia, añadió su preocupación por las condiciones materiales del ambiente laboral. Edificó unas dignas instalaciones en el Paseo de la Reforma para substituir la antigua sede de San Juan de Letrán. Al moderno edificio lo enriqueció con decorados artísticos en memoria de insignes juristas mexicanos y para su inauguración promovió la edición de una Historia de la Procuraduría General de la República, la cual sigue siendo una obra única en su género y de necesaria consulta para conocer los antecedentes de esta institución.

Esa autoridad profesional, académica y moral le ha conducido a cargos de enorme responsabilidad política y jurídica como la consejería general del entonces Instituto Federal Electoral y la posición dignísima de juez y presidente de la Corte Interamericana Derechos Humanos. En esta, como en todas las instituciones a las que ha servido fiel y sabiamente, dejó una profunda huella. Sus resoluciones y votos constituyen una referencia obligada para todos los estudiosos de los derechos humanos en el continente.

Hay un rasgo de su personalidad que resume su grandeza: el excepcional sentido del humor; a través de él valora con ingenio y agudeza la realidad que lo rodea.

A la formidable aportación que ha efectuado a la academia, ampliamente apreciada por muchos de sus colegas, he querido añadir su dimensión como un político de primera línea. Lo que es genuinamente un político, no un buscador de puestos electorales o de designación, un Político, con mayúscula, un hombre de la Polis y para la Polis, para la sociedad en la que vive y que ha colaborado a ser mejor ahí donde ha resplandecido su presencia.

Su acendrado prestigio en múltiples foros, ha honrado a la Universidad que lo formó, la cual hoy, como un testimonio de reciprocidad, lo honra y lo distingue en su condición de universitario ejemplar.

eduardoandrade1948@gamil.com

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