/ jueves 15 de noviembre de 2018

La verdad con Trump

¿Recuerdan cuando libertad era sólo otra palabra más para decir: sin nada qué perder? En estos días es otra palabra para darle mucho dinero a Trump.

Qué me dicen de las elecciones intermedias —y los reclamos infundados de los republicanos de que hubo fraude electoral— no sé cuántos se enteraron de la decisión de Donald Trump de entregarle la medalla presidencial de la libertad a Miriam Adelson, esposa Sheldon Adelson, el propietario de casinos y megadonante de Trump. Por lo general, la medalla es un reconocimiento a un logro extraordinario o al servicio público; en raras ocasiones incluye la filantropía.

¿Alguno de ustedes cree que las actividades de caridad de los Adelson fueron la causa de este honor? Esta podría parecer una historia banal. No obstante, es un recordatorio de que la actitud trumpiana hacia la verdad —que se define por lo que le beneficia a él y a sus amigos, no por los hechos verificables— también aplica a la virtud. No hay heroísmo, no hay buenas obras, a excepción de aquellas que favorecen al presidente de Estados Unidos.

Sobre la verdad: Donald Trump, por supuesto, miente mucho, por ejemplo, en las vísperas de las elecciones intermedias mentía en público más de 100 veces a la semana. No obstante, este asalto a la verdad va más allá que la frecuencia de sus mentiras, porque él y sus aliados no aceptan la noción misma de los hechos objetivos. “Noticias falsas” no significa realmente que lo que se informa es falso; hace referencia a cualquier dato que dañe a Trump, sin importar qué tan sólidamente se haya verificado. A la inversa, cualquier afirmación que le ayude, ya sea sobre la creación de empleos o votos, es cierta porque le beneficia.

Mi argumento es que el rechazo de cualquier norma, sin importar si ayuda o daña a Trump, se extiende más allá de si es verdadera o falsa para los valores básicos. Lo mismo aplica para el heroísmo y la cobardía. Un héroe verdadero como John McCain, quien criticó a Trump, es descartado por considerarlo un fracaso: “No es un héroe de guerra. … A mí me gusta la gente a la que no capturaron”. Mientras tanto, Miriam Adelson, cuyo servicio a la nación básicamente consiste en hacer contribuciones a la campaña de Trump, obtiene la medalla presidencial de la libertad.

Así como sucede con otras cosas en el escenario político actual, es fundamental darse cuenta y reconocer que esta no es una situación simétrica en la que ambas partes hacen lo mismo. Si dicen algo como: “la verdad y la virtud ahora se definen por el partidismo”, en realidad están acreditando a los malos, porque sólo un partido piensa así.

Lo que esto quiere decir es que lo que está sucediendo en Estados Unidos en este momento no es la política como comúnmente se hace. Es mucho más existencial. Hay que estar verdaderamente desvariando para considerar la respuesta de los republicanos al golpe de las elecciones intermedias a su partido como otra cosa que no sea un intento por parte de un movimiento autoritario en ciernes de hacerse del poder; un movimiento que además rechaza cualquier oposición o incluso la crítica por no ser legítima. Nuestra democracia aún corre un peligro inminente.

¿Recuerdan cuando libertad era sólo otra palabra más para decir: sin nada qué perder? En estos días es otra palabra para darle mucho dinero a Trump.

Qué me dicen de las elecciones intermedias —y los reclamos infundados de los republicanos de que hubo fraude electoral— no sé cuántos se enteraron de la decisión de Donald Trump de entregarle la medalla presidencial de la libertad a Miriam Adelson, esposa Sheldon Adelson, el propietario de casinos y megadonante de Trump. Por lo general, la medalla es un reconocimiento a un logro extraordinario o al servicio público; en raras ocasiones incluye la filantropía.

¿Alguno de ustedes cree que las actividades de caridad de los Adelson fueron la causa de este honor? Esta podría parecer una historia banal. No obstante, es un recordatorio de que la actitud trumpiana hacia la verdad —que se define por lo que le beneficia a él y a sus amigos, no por los hechos verificables— también aplica a la virtud. No hay heroísmo, no hay buenas obras, a excepción de aquellas que favorecen al presidente de Estados Unidos.

Sobre la verdad: Donald Trump, por supuesto, miente mucho, por ejemplo, en las vísperas de las elecciones intermedias mentía en público más de 100 veces a la semana. No obstante, este asalto a la verdad va más allá que la frecuencia de sus mentiras, porque él y sus aliados no aceptan la noción misma de los hechos objetivos. “Noticias falsas” no significa realmente que lo que se informa es falso; hace referencia a cualquier dato que dañe a Trump, sin importar qué tan sólidamente se haya verificado. A la inversa, cualquier afirmación que le ayude, ya sea sobre la creación de empleos o votos, es cierta porque le beneficia.

Mi argumento es que el rechazo de cualquier norma, sin importar si ayuda o daña a Trump, se extiende más allá de si es verdadera o falsa para los valores básicos. Lo mismo aplica para el heroísmo y la cobardía. Un héroe verdadero como John McCain, quien criticó a Trump, es descartado por considerarlo un fracaso: “No es un héroe de guerra. … A mí me gusta la gente a la que no capturaron”. Mientras tanto, Miriam Adelson, cuyo servicio a la nación básicamente consiste en hacer contribuciones a la campaña de Trump, obtiene la medalla presidencial de la libertad.

Así como sucede con otras cosas en el escenario político actual, es fundamental darse cuenta y reconocer que esta no es una situación simétrica en la que ambas partes hacen lo mismo. Si dicen algo como: “la verdad y la virtud ahora se definen por el partidismo”, en realidad están acreditando a los malos, porque sólo un partido piensa así.

Lo que esto quiere decir es que lo que está sucediendo en Estados Unidos en este momento no es la política como comúnmente se hace. Es mucho más existencial. Hay que estar verdaderamente desvariando para considerar la respuesta de los republicanos al golpe de las elecciones intermedias a su partido como otra cosa que no sea un intento por parte de un movimiento autoritario en ciernes de hacerse del poder; un movimiento que además rechaza cualquier oposición o incluso la crítica por no ser legítima. Nuestra democracia aún corre un peligro inminente.

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